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Full text of "La edad del oro en Chile: O sea una demostracion histórica de la maravillosa abundancia de oro ..."

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LA 

EDAD DEL ORO EN CHILE 



/ 






Cst/s 



A LOS ÉÑORES 



■ > » » »W i l » . 



Como a los representantes mas entusiastas, mas 
animosos i mas activos de los dos sistemas que se 
disputan en Chile, i especialmente en la Arauca' 
nía, la esplotacion de sus ricas comarcas auríferas, 
el uno conforme al procedimiento esclusivista i anti' 
cuado de las Indias, que ajuicio del autor ha hecho 
ya su camino i su cosecha, i el otro como campeón 
del procedimiento popular de California i de Aus- 
tralia, que está llamado probablemente a revolucio' 
nar la producción del oro en el suelo de la república 
mediante el trabajo libre i la inmigración espontá' 
nea, — este pequeño trabajo de actualidad i depropa- 
ganda comparativa, es sincera i cariñosamente de- 



dicado por el amigo de ambos, que desea a los 
unos i los otros, sistemas i hombres, descubridores i 
empresarios, ricos i pobres, capitalistas i obreros 
de un progreso caro i común, larga vida, risueñas 
ilusiones (parte esencial de la vida larga) e ilimi" 
tada prosperidad, complemento forzoso de aquélla 
i del minero 

B. Vicuña Mackenna. 



Waw^cMOj UoLA» /." fl4 /¿fáV, 



PRELIMINAR. 



cUna de las provincias mas opoleiitas de 
OTO qne se an descubierto en la América, 
es el Reync de Chile, y en tiempos pasados 
fueron muchísimos los minerales que se la- 
braron, porque todos los pueblos y lugares 
teniau minas riquísimas en sus distritos.» 
— Rosales.— iÍMtona dt Chile, yol. I, páj. 
209. 

«En general, ont peut diré que tont le 
Pays est f ort riche, que les habitans neanr 
moins y sont fort pauyres d'argent; parce 
qu'au lien de trayailler auz mines, ils b9 
contentent du commerce qu'iis font dé 
coirs, de suif, de yiande seche, de chanyre 
et de bled.j» — Freziek. — Voy age a la Mer 
du Sud~ni2, 13— 14-París 1716, páj. 
103). 



I. 



El título del presente trabajo, mas histórico que 
estadístico, mas demostrativo que industrial, mas 
ameno (si ello se alcanza) que económico i espe- 
culativo, esplica suficientemente, a nuestro enten- 



— 8 — 
der, su objeto, su significado i su alcance. — uLa 

-EDAD DEL ORO EN CniLE.» 

En esa sencilla carátula, una sola letra del alfa- 
beto castellano pone en transparencia su tela i su 
argumento, porque no decimos — ala edad de oro 
de Cbilei» sino — asu edad t/e/oro.» 

Los siglos de la colonia no fueron ciertamente 
la «edad do oro» que cantan los poetas i han fin- 
jido los historiadores de este remotísimo suelo, 
claustro emparedado de las Indias, sljilosamente 
mantenido en el apartamiento del mundo, cual 
bajo la llave de celosos conventuales, por el rei i 
las leyes de Indias, por los Andes i el Océano. 

Todo lo contrario. Esa edad fué de abatimien- 
to, de ignorancia, de catástrofes, de vergüenza i de 
lágrimas. 

Pero al mismo tiempo fué positivamente la 
«edad del oro», porque, como decia el conquista- 
dor Pedro de Valdivia, todo el país no era sino auna 
mina de oro», si bien cada grano de éste costaba 
a sus vasallos, por las inclemencias del tiempo, de 
la guerra i de la conquista, «cien gotas de sangre 
i el doble de sudor». (1) 



(1) aPor costamos cada peso de oro (cada castellano) clon 
gotas de sangre y doscientas de sudor.»— (Caria de Pedro Val' 
divia al emperador Carlos V. — Concepción, eeticmbre 16 de 
IS.'iO.) 



— 9 — 



n. 



El oro era abundantísimo en aquellos siglos do 
oro: el suelo parecía a la vcrdatl cuajado del pre- 
cioso metal, i a nuestro juicio lo está todavía, sal- 
vo que se hallaba, entonces como hoi, diseminado 
en moléculas tan diminutas i difíciles de amalga- 
mación i recojida, que solo por el esfuerzo de una 
gran innovación en los procedimientos de solici- 
tación individual o colectiva se habrá de llegar en 
el presente a grandes resultados, especialmente en 
el suelo vírjen de la Araucania. 

No son en verdad gotas de sudor ni menos de 
sangre las que la esplotacion del oro en grande o 
on pequeña escala habrá de requerir en los tiempos 
de libertad i de progreso moral i mecánico que he- 
mos alcanzado en nuestros dias, sino gotas de inje- 
nio, condeusadas por el vapor o la fuerza hidráuli- 
ca, palancas colosales destinadas a remplazar al in- 
dio esclavo, débil i abatido de las Encomiendas i 
al lento i fatigoso trapiche que molía durante las 
lluvias el duro cuarzo aurífero, a razón de tres o 
cuatro onzas de oro en polvo cada día. 



I a este propósito, i como una demostración 
jeneral i palmaria de lo que decimos, será oportu- 

LA S. DEL o. 2 



— 10 — 

no recordar que así como todas las ciudades i al- 
deas del llano central desde Santiago a Concep- 
ción, las dos cajDJtales de la conquista i la colonia, 
debieron su oríjen a la fertilidad agrícola de su 
topografía, así casi todas las ciudades i villas, al- 
deas i asientos del Norte i de la estremidad aus- 
tral del territorio, tomaron su oríjen del descu- 
brimiento i riquezas del oro. 

Copiapó, como lo demostraremos mas adelante 
en el curso de este libro, no arrancó su fundación 
do Chañarcillo i sus portentos arjentíferos, sino 
del oro de su propia planta, del oro de Palpóte, 
del mineral del Inca i del célebre cerro de Capote. 

La Serena, a su turno, no debió su antigua 
prosperidad ni a Arqueros ni a Tarnaya, que todo 
esto es comparativamente fortuna de ayer, sino a 
Andacollo, mineral inagotable de riquísimo oro. 

I lo mismo puede i debe decirse de Illapel, que 
en indio significa «pluma de oro)^, milla (oro) 
peí (pluma); de Petorca i sus famosos laboreos 
del Bronce; de la Ligua i de su ponderada mina 
Amazonas, que boi una compañía desaterra per- 
siguiendo un gran problema aurí'ero-jeolójico, i 
en jeneral de todos los lugarejos de alguna nora- 
bradia en esa rejion de la república, desde las mi- 
nas desaparecidas de San Cristóval de Lampa- 
gui, que despoblaban las ciudades de Chile cuando 
en 1713 visitara la colonia el hábil injeuiero de 
Luis XIV, Fiezicr, hasta Casuto, aldea de oro, 



— 11 — 



que siglo i medio mas tarde hemos divisado no- 
sotros desde alto moute, en el fondo de una árida 
quebrada, cu el departamento de Illapel. 



IV. 



I de igual manera acontecía en el Sur, porque 
sí bien algunas antiguas poblaciones eran impues- 
tas al reino por la configuración de su terreno, 
por las distancias, por los alojamientos (los tam- 
bos indíjenas), i con mayor particularidad por 
las uecesídades de la guerra i su estratejia, como 
Chillan, en los llanos del Nuble i Nacimiento en 
la confluencia del Biobio i del Vergara, los An- 
jeles en el centro de la isla de la Laja, Angol co- 
mo punto intermedio entre la antigua Penco i la 
floreciente Imperial (i de aquí su primitivo nom- 
bre Los Confines^, i Cañete, por último, hacia la 
costa; i así como otras ciudades nacían espontá- 
neamente del comercio, cual la de Talca, en la 
mediania de los cambios del largo trayecto de un 
confin a otro del país, i algunas (que éstas fueron 
las menos) se delineaban en la superficie a virtud 
de un simple decreto del capitán jeneral, como 
RancagUH i el Parral, San Carlos i Cauquenes, así 
las mas famosas ciudades de la conquista en loslí- 
nn'tes australes de Chile civilizado i cristiano, sur- 
jieron de la riqueza del oro, como Osorno, que tuvo 
casa de moneda para sellar el opulentísimo metal 



— IS — 

de Ponzuelos, como YiHarica, que lleva en su 
nombre i en sus seculares ruinas la historia de su 
esplendor pasado, i como Valdivia, cuyo metal fué 
reputado, junto con el de Andacollo, en la opues- 
ta zona del pais, el mas puro i saneado de las 
Indias. La lei media del oro de Chile i probable- 
mente del mundo es de 20 a 21 quilates; pero el 
de Andacollo subia a 23 i el de Valdivia a 24, lo 
cual equivalía a su máximun de limpidez, malea- 
bilidad i pureza. 

El que hoi se saca como muestra del oro arau- 
cano en las montañas de Lebu es de la misma o 
mejor lei, porque éste tiene, conforme a los ensayes 
de compra de la casa de Moneda, hasta 969 milési- 
mas de fino, que es casi la pureza absoluta del me- 
tal, o sea una fracción pequeña menos de los 24 
quilates de la denominación i prueba españolas. 



V. 



I precisamente estas demostraciones, arranca- 
das, no a la ciencia, porque el que esto escribe 
no es ui químico, ni minero, ni jcólogo i menos 
que todo esto no es ni podria ser hombre de ne- 
gocios, sino a la jeografía i a la historia en cuyo 
estudio ha consumido dos tercios de su vida, es lo 
que nos ha movido a escribir este libro que nada 
tiene que hacer ni con la especulación ni con las 
empresas. 



— w — 

Es sencillamente una compilación de hechos i 
de observaciones históricas i tradicionales cuya 
responsabilidad queda a cargo del suelo a que so 
refieren, a los autores que las han conservado i a 
los numerosos datos inéditos recojidos especial- 
mente en los archivos i en las oficinas públicas 
del pais, que dau constancia de esos fenómenos. 

I esta convicción deribada de la riqueza aurífe- 
ra de Chile no es en nosotros ni aislada ni reciente, 
porque en diversos libros le hemos dado antes for- 
ma i aliento, i porque la hemos llevado hasta la 
lejislacion pública en una moción lejislativa que 
ha recibido ya su primera sanción jeneral en el 
Senado. I como ese proyecto de lei coopera en no 
pequeño grado a esplicar los móviles i los fines 
que nos inducen a dar a luz el presente trabajo, 
nos parece de utilidad i conveniencia reproducirlo 
íntegi'amente en seguida, i con tanta mayor efica- 
cia cuanto que la presente publicación está desti- 
nada a circular de preferencia entre los diputados 
i senadores que en la inmediata renovación de los 
poderes co-lejislativos van a decidir con su estu- 
dio i con sus votos cuestión de tan vital trascen- 
dencia para el porvenir de la república. 



VI. 



Esa moción presentada en julio último al Se- 
nado está concebida en los términos siguientes: 




»El hermoso porvenir que aguarda a la Arau- 
cauia rediinida i civilizada no se halla limitado 
únicamente a la ostensión i feracidad de sus terre- 
nos adaptal)le8 a la agricultura i a la colonización, 
sino a las riquezas mineralójicas que, según una 
tradición constante i autorizada, encierra su es- 
ténse i vírjen territorio. Nadie ignora que Chile 
fué, especialmente en el siglo XVí, un país seña- 
lado en el mundo como uno de los centros pro- 
ductores i esportadores de oro en mayor escala 
entre los conocidos; i los nombres de Yillarica y 
Madre de Dios, en el rio Valdivia, se hicieron fa- 
mosos entonces i mas tarde hasta la gran rebelión 
del primer año del siglo XVII que arruinó todas 
aquellas florecientes poblaciones llamadas las «sie- 
te ciudades», tal vez en razón misma de su riqueza 
y de la coflicia exaltada de sus pobladores. Es un 
hecho histórico comprobado hasta por las ruinas 
hoi existentes, que la Antigua Imperial, a orillas 
del Cautín, i Osorno, a orillas del rio Rahué, ali- 
mentada la última ciudad por el famoso mineral 
aurífero de Ponzuelos, tuvieron casa de moneda, 
dos siglos antes que Santiago, i el único metal que 
allí se elaboraba era el oro. Es un hecho también 
averiguado que este metal pasaba, por su pureza i 
maleabilidad, como el mejor i mas obrizo del uni- 



— 15 — 

¡rerRO, al menos el que se esportaba por Valdivia: 
— «el oro de Valdivia.» 

»Hoi misino, los últimos reconocimientos he- 
chos, mas por un hallazgo casual que bajo un plan 
i propósitos dados, en las faltlas occidentales de la 
cordillera de Nahuelbuta, especialmente en laa 
quebradas de Pilpilco i Caramávida, esta última 
de fama aun entre los primitivos españoles, auto- 
riza a creev que no es infundada la espectativa de 
que esos territorios, cuya posición jeográfica i per- 
files jeolójicos mas acentuados recuerdan «los pla- 
ceres» de California (situados éstos en una posi- 
ción completamente análoga en el nuestro a la 
del hemisferio norte del Nuevo Mundo), sean tan 
ricos aquéllos como los últimos. Esta es también 
la opinión vulgar de unos cuantos esploradores 
californienses que hau visitado últimamente «los 
placeres» de Lebu, no como hombres de ciencia 
sino como simples lavadores de oro (goldwashers). 

]>Mas, sea como sea, el hecho que hoi se pre- 
senta como el mayor obstáculo a la esplotacion i 
progreso de la industria aurífera en la Araucania, 
es el de que la ordenanza de minas vijentc, si bien 
sabia i amplia en muchas de sus disposiciones, es- 
tá fundada respecto de la esplotacion del oro en 
bases que, habiendo desaparecido con el trascurso 
de los tiempos, dañan hoi profundamente esos in- 
tereses i aun los esterilizan. 

líEstribando, en efecto, la esplotacion antigua 



— 16 — 

íel oro, como la de los demás metales preciosos 
de las Indias, en el principio del trabajo servil i 
barato, es decir, el de la mita del indio, la enco- 
mienda del inquilino i la tarea del negro esclavo, 
se otorgaba al minero, esto es, al señor feudal, al 
conquistador, con el nombre de «pertenenciaB o 
«estaca», una porción considerable del suelo, du- 
plicándola para los que el código de minería llama 
todavia «descubridores». 

»La pertenencia o estaca de oro abarca boi mis- 
mo un espacio de diez mil metros cii/idrados, i co- 
mo un solo individuo puede pedir i obtener con 
diversos nombres, dos, cinco, veinte o mas esta- 
cas, resulta que, amparado por las disposiciones 
terminantes de la ordenanza, el réjimen feudal, 
es decir, el monopolio, queda sancionado hacién- 
dose* el que tiene influjo o solo la prioridad del 
denuncio, dueño esclusivo de un vasto placer aurí- 
fero o de una montaña entera, como se asegura 
ba sucedido últimamente en la cordillera de Na- 
buclbuta, paralizándose así toda labor i malver- 
sando en pleitos las riquezas arrancadas por la 
industria libre al suelo. 

»Si los esplotadores de oro tuviesen hoi a su 
disposición, como en remotos tiempos, las cuadri- 
llas de indios que sin mas salario que el látigo i 
sin mas alimento que un puñado de maíz tostado 
lavaban en sus bateas de palo el cascajo de los es- 
teros, como sucedia en Andacollo, en Casuto, en 



— 17 — 

Marga-Marga, en Taleamávida i en Villarica, el 
réjimen legal que dejamos recordado tendría to- 
davía su esplicacion, porque la leí española favo- 
recia en todo la cupidez del conquistador i del 
rei, que iba en compañía con él, interesado forzo- 
samente en el veinte por ciento de la producción 
neta — «los quintos reales. d 

»Pero hoi no existe en todo el mundo pura la 
esplotacion en grande escala del oro, sino un sis- 
tema (ítil i racional, el trabajo libro o individual, 
el sistema de California i de Australia, que dejan- 
do al lavador, esto es, al minero, la mas amplia 
libertad de acción, ha producido riquezas que han 
asombrado al mundo moderno, sobrepasando mui 
lejos todas las leyendas i todas las realidades de 
la conquista de América i, como consecuencia, im- 
provisando, mediante la inmigración cspontáuea 
de las razas, como consecuencia forzosa de la li- 
bertad de industria, nacionalidades verdadera- 
mente portentosas, 

»Se hace, pues, indispensable cambiar la base 
de la esplotacion del oro, es decir, sustituir a la 
pertenencia inamovible, que es el monopolio feu- 
dal, la estaca o pertenencia reducida pero movible 
que permite al minero recorrer i esplotar sucesi- 
vamente una vasta esteusion de territono, dando 
por este procedimiento cabida a millares de obre- 
ros a la vez. 

»A este respecto el réjimen que se ha adopta- 

LA E. DEL O. 3 



— 18 — 

do en California i en Australia, los grandes mer- 
cados del cix) nativo en la época presente, es el 
que en breves palabras pasamos a esponer. 

dEI Estado reconoce como minero no al que 
pide tal o cual estaca o perteuencia determinada, 
sino al que paga o mas bien compra anualmente 
una licencia cuyo precio es jeneralmeute de cinco 
pesos en Oalifornia i de una libra en Australia. 
Esta licencia da derecho al que la posee para ca- 
tear, trabajar i esplotar un espacio cuadrado, mas 
o menos de diez metros por costado, sin perjuicio 
de que uno, diez, cien, mil, diez mil mineros tra- 
bajen conjuntamente en sus respectivos lotes den- 
tro de una legua o diez leguas cuadradas, sea en 
llano o en quebradas. 

»Sucede de esta manera que el trabajo libre 
descubre i esplota una comarca aurífera en un 
mes, cuando por el réjimea antiguo del monopo- 
lio, un solo propietario, asediado de pleitos, tar- 
daría diez años en la misma esplotacion, porque 
ha de tenerse presente que si bien nadie puede 
invadir el cuadrado movible en cuyo centro plan- 
ta su barreta el obrero, si nota éste que su lote 
es de mala lei, o no contiene metal, o se agota, 
se muda inmediatamente a otro paraje que mejor 
le acomode, sin mas trámite que mostrar su licen- 
cia al superintendente o subdelegado que para la 
policía jener¿il del aplacer» delegue la autoridad 
vecina o el gobernador del departamento. 



— 19 — 

3)Será también digno de observarse que este 
Hstema, aunque completamente individual en su 
baso, no so opone al principio fecundo de la aso- 
ciación, sino que lo favorece, porque deja espedí to 
el campe a la agrupación de los mineros en ac- 
tual trabajo, formándose entre ellos asociaciones 
i cuadrillas de muchos centenares para esplorar o 
poner en beneficio un campo dado. Se halla así el 
trabajo aurífero protejido eficazmente contra el 
monopolio de uno solo; pero el cíipitalista, el res- 
catador, el habilitador de oro, pueden encontrar 
fácil acomodo a üu industria i a su capital desde 
que existe un trabajo colectivo i una producción 
abundante. Por lo jeneral, las cuadrillas de lava- 
dores de oro se forman en grupos de a cuatro indi- 
viduos para cada lote, distribuyéndose entre sí las 
tareas especiales del trabajo, — el que cava, el que 
lava, el que cocina, etc. Sábese que por su estraña 
i parsimoniosa distribución jeolójica en todo el 
universo, el oro requiere un trabajo esclusivamen- 
te individual i por lo mismo no oxije mas capital 
que una batea de mano ni mas fuerzas que las de 
un niño o una mujer. 

íNo es fácil, por desgracia, implantar el nuevo 
réjimen en la parte ya ocupada i sometida a las 
leyes antiguas o modernas del país, porque los in- 
tereses creados entrarian en choque con la indus- 
tria, especialmente por lo que toca a la propiedad 
del suelo, del agua, del combustible, la formación 



de caminos, el derecho de tránsito i demás ele- 
mentos propios de las faenas mineras. 

sPero la posesión futura del territorio arauca- 
no, mas a título de reincorporación de suelo que 
de conquista, por cuanto aquellas comarcas fue- 
ron civilizadas i los indios rebeldes las subyuga- 
ron, permite sin dificultad alguna el planteamien- 
to de un réjimen completamente nuevo, que abra 
horizontes a una basta i espontánea inmigración, 
necesidad absoluta e imperiosa de nuestro país, 
especialmente respecto de lo que pasa en nacio- 
nes vecinas i diez veces mas vastas que la nuestra. 

íEn esta virtud i alentado con la esperanza de 
que las ideas contenidas en esta brevísima esposi- 
cion, encuentren una favorable acojida en el seno 
del Congreso, por cuanto una bienhechora i fecun- 
da esperiencia las ha sancionado en pueblos mas 
ricos i mas adelantados que el nuestro, tengo el 
honor de formular el siguiente 

PROYECTO DE LEÍ: 



«Artículo 1." El Estado es el único i esclusivo 
dueño legal de todos los yacimientos auríferos 
que existen o se descubran en el territorio com- 
prendido entre la actual línea del Traiguén i la 
del rio Cruces i las cordilleras de Nahuelbuta i de 
los Andes, sea que aquc^llos existan en forma de 
lavaderos («placeres») o de minas de pozo de es- 



plotacion regularizada por las galerías subterrá- 
neas. 

7> Artículo 2." El cateo, trabajo i esplotacion de 
esos yacimientos es completamente libre, i su 
concesión no se otorgará por via de merced i de 
estacas medidas i fijas, sino por medio de licen- 
cias personales concedidas a los que las soliciten 
ante el gobernador del respectivo departamento 
o la autoridad especial que ésto delegue. 

j Artículo 3.' Las licencias serán esclusivamen- 
te personales c intrasmisibles por ningún título, i 
su precio no podrá esceder de diez pesos para las 
licencias de «placeres», por cada individuo, i de 
doscientos pesos para las licencias de minas de 
pozo. La ausencia de licencia se penará con el 
diez tantos de su valor i su falsificación con una 
cantidad equivalente a cincuenta veces su impor- 
te, sin perjuicio de las demás penas impuestas por 
el Código Penal. 

» Artículo 4." Cada licencia da facultad al que 
la posee para trabajar una estaca o pertenoncia 
de veinte metros en cuadro sin constituir por esto 
ningún derecho de propiedad sino el del simple 
usufructo mientras la pertenencia se halle en ac- 
tual trabajo. El abandono o suspensión del traba- 
jo de una pertenencia por espacio de veinticuatro 
horas consecutivas, constituye despueble i da de- 
recho a nuevos ocupantes Bucesivamente. 

3) Artículo 5." Las aspas o prolongación hori- 



— 22 — 

aontal de las pertenencias de minas de pozo o 
galerías verticales, en ningún caso podrán tener 
mas de cien metros a uno i otro costado del pozo 
de ordenanza. 

» Artículo 6." Las licencias se otorgarán por un 
año, pero pueden prorogarse indefinidamente pa- 
gando en cada renovación el precio correspon- 
diente. 

» Artículo 7." El producido del ramo de licen- 
cias de minas será aplicado por mitad al fisco i a 
los respectivos municipios, deducidos los gastos 
que su aplicación requiera. 

j) Artículo 8.'' Las disposiciones de esta lei se^ 
harán estensivas a los placeres auríferos del terri- 
torio magallánico cuando el gobierno lo tenga 
por conveniente. 

«Artículo 9," El presidente de la república dic- 
tará los reglamentos que la planteacion do esta 
lei exija, especialmente respecto del otorgamiento 
de licencias i las penas. 

j>Artículo 10. Queda abolida la ordenanza vi- 
jentc de minas en cuanto sus disposiciones fueren 
contrarias a la presente lei. 

íSantiago, julio 11 de 1881. 



í)Benjamin Vicuña Mackenna, 
»( Senador por Coquimbo).» 



23 — 



VIH. 



Presentada esta moción al Senado el 17 de ju- 
lio de 1881 fué aprobada en jeneral i pasó a co- 
misión en la^sesíon del 24 de agosto con un solo 
voto en contra que fué el del señor senador su- 
plente por Coquimbo don Teodosio Cuadros, mi- 
nero de profesión, intelijeute en su ramo, pero 
tal vez familiarizado en demasía con los privilejios 
esclusivistas de la ordenanza vijente de minas. 

Por lo demás, las bases que preceden i que le- 
jos de ser definitivas contienen apenas el bosque- 
jo de una evolución industrial de notoria impor- 
tancia i susceptible de considerables perfecciona- 
mientos, al ser aprobadas como simple punto de 
partida casi por la unanimidad del alto cuerpo a 
cuya deliberación fueran presentadas demuestran 
su importancia i su actualidad; i si bien ha reci- 
bido algunas impugnaciones pjr la prensa, estos 
mismos debates han contribuido a darle vida i a 
suscitar sobre ella una interesante i provechosa 
discusión. (1) 



(1) En la áecciou de anexos que fi*(urará en la parte final de 
esta pnblicaciou i que tiene por objeto acopiar aquellos docu- 
mentoa esplicativos que no encontrarían oportuna cabida en el 
testo, reproducimos del Diario Oficial la parte de la sesión del 
Senado en que se aprobó la moción anterior i las cartas que so- 
bre los propósitos i resultados q^ue la última pudiera alcanzar 



— 24 — 



IX. 



No dejaremos ciertamente de llamar la aten- 
ción en. esta palabra preliminar a dos circunstan- 
cias de notoria importancia que habremos de es- 
forzarnos por desarrollar mas adelante i que aho- 
ra nos limitamos simplemente a enunciar en bos- 
quejo; a sabei': 1.' la estraordinaria semejanza 
jeolójica i jeográfica que Chile presenta con el 
aspecto esterior del territorio de la Alta Califor- 
nia, situada en las mismas latitudes, entre el Pa- 
cífico i la cordillera Nevada en el hemisferio norte 
del Nuevo Mundo, i aun con Australia, continente 
fronterizo al nuestro, océano de por medio; i 2/ 
la tradición universal que han conservado todos 
los antiguos historiadores i cronistas de Chile, so- 
bre la estraordinaria riqueza aurífera de la Arau- 
cania i la taciturna pero inquebrantable tenacidad 
con que los araucanos persisten hasta hoi en ocul- 
tar sus catas i minas de oro, especialmente desde 
la ruina de las siete ciudades que en los tres pri- 



Be cambiaron, a mediados de setiembre último, entro el seiior 
Francisco Ovalle Olivares, esforzado minero aurífero de Lebu, i 
el autor, correspondencia en la cual uno i otro concluyen por 
ponerse de acuerdo sobre la necesidad de alterar la lei vijeate 
sobre el descubrimiento i esplotacion de los minerales auríferos 
de la repáblica. 



- 25 — 

moros años del sigío XVII sepultó, jun^ con la 
codicia insaciable de los conquistadores, el secre- 
to de la desdicha de los naturales reducidos a la 
condición de esclavos en las encomiendas del oro, 
desde Quilacoya, que fueron minas riquísimas i 
personales de Pedro de Valdivia, junto a la actual 
Concepción, hasta la Madre de Dios, opulento la- 
vadero de oro en el rio Cruces, junto a Valdivia. 



X. 



Con este mismo propósito de ilustrcicion nos 
proponemos dar a luz o simplemente reprodu- 
cir algunas escursiones hechas por nosotros en 
época remota a diversos lugares de antigua fama 
como productores de oro, buscando en esto, junto 
con la comprobación de nuestro tema principal, 
el solaz del lector i el nuestro propio, en cuanto 
nos sea dable obtenerlo. 



XI. 



Dos razones de índole diversa, que podríamos 
llamar subsidiarias pero de palpitante actualidad, 
nos han inducido también a emprender este rápi- 
do trabajo de acopio i de demostración, en que co- 
mo faena de curiosidad el mayor esfuerzo queda 
confiado a la investigación. 

La primera de esas razones es puramente mo- 

lA £. DEL O. 4 



— 26 — 

ral, o si ^ posible decirlo así, sintomática, porque 
si es cierto lo que reza el proverbio filosófico a 
propósito de que — u:la privación es causa eficaz del 
apetito», de creer es que ninguna oportunidad seria 
mejor escojida que la presente, por cuanto el oro 
ha comenzado a ser para los chilenos, al menos en 
su calidad, un mito de otras edades. 

Ea ciertos papeles antiquísimos hemos leído en 
efecto que un. célebre capitán chileno del siglo 
XVII, don Pedro de Amasa, feudatario de Purutum 
i de Quillota, prestó, cuando tenia mas de sesenta 
años i era por consiguiente de sobra mayor de 
edad, una declaración judicial de la cual resultaba 
que jamas había visto un doblón de oro, es decir, 
una onza de oro sellada, como las que hace un 
cuarto de siglo eran el tipo de la riqueza, el lujo i 
la fostuosa pompa de Ohile — la edad ya lejos pa- 
sada del (íoro en polvo» i de la «plata labrada» 
de nuestros bisabuelos, que así llamaban las bue- 
nas prendas i aun las virtudes humanas. 

I por el camiuo que hoi recorremos ¿no es de 
temer que la jeneracion inconvertible que hoi se 
forma ha de verse antes de mucho en el caso del 
noble encomendero de Quillota respecto de nues- 
tros tipos monetarios antiguos i modernos, el do- 
blón i el cóndor? 

Por esto nos ha parecido que un bosquejo de la 
desvanecida abundancia en la producción de las 
mas ricas pastas monetarias conocidas, el oro i la 



— 27 — 

plata, habrá de despertar alguna novedad entre las 
jentes i distraer su es|)íritii de la mouotonia i pe- 
sado olor de las sustancias fóbiles que han tomado 
hoi el puesto de aquellas ricas, brillantes, malea- 
bles i doradas pastas tan apetecidas desde el co- 
mienzo delmuudoidel latin... Auri sacra fame^ 
(Virjüio).,.. Auna mediocritas (Hmacio). 

XII. 



Pero mucho mas importante que aquel preca- 
rio i transitorio motivo existe, en concepto nues- 
tro, para tratar del oro en la ausencia del oro. 
Aludimos a la circunstancia económica del poder 
incalculable de ese metal como medio civilizador i 
como elemento de progreso para un país i para la 
humanidad. Nunca, a la verdad, fué mas cierto el 
áurea mediocritas («el elemento del oro») del poe- 
ta que en la presente edad, porque es preciso con- 
venir, contra el vulgo, que aparte de su estima- 
ción como metal raro i nobilísimo bajo su pun- 
to de vista químico i miueralójico, aparte de su 
mérito como joya i como arte, aparte de su re- 
presentación irrcmplazable como moneda i tipo 
monetario, el oro es una grim fuerza económica 
que tiende a revolucionar con su producción al 
mundo, sirviendo de poderoso caduceo al comer- 
cio i de potentes alas a la industria. 

Observa con razón Levasseur, que desde las es- 



— es- 
tupendas producciones de California i de Austra- 
lia, corrientes solo desde la medianía del presente 
siglo, rendimiento aurífero que lia alcanzado mas 
de cien millones de pesos en un año, i que ha mas 
que duplicado la existencia de esa pasta en el co- 
mercio humano desde los dias del diluvio, todo ha 
marchado en el mundo industrial con una pujan- 
za asombrosa. 

No habría por esto metáfora en decir que la ma- 
yor parte de los ferrocarriles del orbe moderno, las 
grandes compañías de vapores, las fábricas de to- 
do jénero montadas en pié jigantesco para abara- 
tar la producción, como las del Creussot en Fran- 
cia i las de Essen en Alemania, todo eso ha veni- 
do del ensanche íiibuloso de la producción del oro 
en los últimos tiempos. 

I esto por una razón muí sencilla. 
Porque las reservas metálicas de los erarios pú- 
blicos, de los bancos i de los particulares, ha permi- 
tido a todos los dispensadores del crédito centupli- 
car el medio circulante fiduciario; i de aquí las 
notables facilidades otorgadas a la producción en 
grande escala, de aquí los enormes acarreos que 
aquellas traían aparejados como resultado indis- 
pensable, i las transacciones i cambios mercanti- 
les que su distribución en el glob*requerian. — El 
oro ha sido, mas que la comuna i el nihilismo, el 
gran transformador del siglo; pero en el sentido 
de favorecer los intereses lejítimos i no los egois- 



— 29 — 

mo8 salvajeB de la humanidad. Decíamos por esto 
que de ese concepto económico i verdadero se de- 
riba la estimación latente i positiva que el ensan- 
che de la producción del oro hoi alcanza. 

XIII. 



No se han abierto suficiente camino 'todavía 
entre nosotros estas ideas, porque la rutina here- 
dada i antigua nos hace mirar en el oro simple- 
mente el símbolo, la moneda, — «la onza», «el cón- 
dor», es decir, la materialidad del medio, i no sus 
influencias ajenas al elemento circulante. I a la 
verdad, solo cuando se ha tenido la fortuna i el 
placer de visitarlas bóvedas del Banco de Inglate- 
rra o de otros establecimientos de este jénero, en 
que las barras yacen cautivas en rimeros duran- 
te larguísimos años, o cuando para cubrir un che- 
que ocurren los pagadores de las grandes casas 
de comercio a la romana o a una poruña de me- 
tal para vaciar en los talegos o en los bolsillos de 
los cobradores rimeros de libras esterlinas sin con- 
tarlas, llega el chileno, montaraz como el cóndor, 
a formarse cuenta de que el oro es una mercade- 
ría cualquiera, como el trigo i la chuchoca, i que 
su valor intrínseco no le viene de haber pasado 
por el volante de una casa de moneda, sino por 
sus cualidades valiosísimas, como sustancia mi- 
neralójica. 



A crear impresiones semejantes a ésas, que son. 
las correctas, está encaminado este pequeño libro, 
i de su lectura resultará talvez algún pequeño 
bien, colocando bajo su verdadera luz social, po- 
lítica i económica una producción nacional de tan 
señalada importancia, que aun siendo CUile, tris- 
te i apartada colonia de un estado sórdidamente 
avaro del oro como metal sellado, nos colocó en el 
segundo o tercer rango entre los grandes territo- 
rios productores de él en el ancho Universo. 

XIV. 



Dirijidos a ese mismo fia, si bien de una mane- 
ra correlativa, van los datos en su mayor parte 
inéditos que agrupamos mas adelante (i talvez en 
volumen por separado) sobre los estraordinarios i 
aun maravillosos descubrimientos de plata ocurri- 
dos en Chile en los últimos dos siglos; i no antes, 
porque pareceria, conforme a la fkbulosa teoría do 
los alquimistas del viejo mundo de i los aboríje- 
nes del nuevo, que la plata, hija de la luna,'' habia 
de brillar en nuestros arenosos páramos solo des- 
pués que el oro, enjendro directo del sol i de su ro- 
jo fuego, hubiese escondido su disco tras la loma. 

En realidad todos los hallazgos arjentífercs de 
srran cuantia ocurridos en Chile desde los de San 
Pedro Nolasco en el Cajón de Maipo al de Tres 
Puntas en los yermos de Atacama, desde el de 



— 31 — 

Arqueros al de Chiiüarcillo, desde el de Caracoles 
al de Chañaral, (segiiii se demostrará) han sido 
obra no de la ciencia ni siquiera de la perseveran- 
cia, sino del acaso, del leñador, del arriero, del 
pastor, del indio trajinante como el Diego Huaica 
de Potosí en el siglo XVI i como Juan Godoy, el 
indio Uel Potosí chileno en el primer tercio del 
siglo XIX. 

I esto está probando lo que antes decíamos, i 
forñía el tema principal de este libro, a saber, que 
el suelo de Chile se halla cuajado de riquezas ig-, 
notas, es])ecialraente en plata i oro, faltando solo 
para traerlos al alcance^ del pico, del fuego i del 
vajel el gran ájente de todos estos misterios i 
portentos humanos — la casualidad — opaca pero 
feliz linterna de las ciencias subterráneas. 

XV. 



Dadas estas indispensables esplicaciones i es- 
tampados los corolarios que preceden, va a ser 
para nosotros tarea sencilla i hasta grata entrar 
en el terreno de las demostraciones históricas ¡ de 
las revelaciones autorizadas de la tradición i de 
los archivos públicos i privados, que si no habrán 
de conducirnos como a Jason i sus argonautas a las 
playas fabulosas de la Colchida i su «vellocino de 
oro», nos llevaran al menos a los placeres i vene- 
ros auríferos reales en que los «pellejos de carne- 



-32- 

roD (que son los verdaderos vellocinos de la fábu- 
la), puestos a la salida de los trapiches de Chile 
para recojer las menudas partículas del precioso 
metal según se ejecuta actualmente en California 
i en Australia, en Catapilco i en Llampaico, ha- 
brán de hacernos llegar al pleno reino de «la edad 
del oro en Chile.» ' 

I dicho todo esto, entraremos en materia para 
conducir al lector en el mas breve espacio de 
tiempo que sea dable i con la menor fatiga posi- 
ble a los reinos encantados, amenos i hasta festi- 
vos del oro, rei del mundo desde don Pedro de 
Valdivia a don Alfredo Paraff. 



CAPITULO I. 



EL ORO DE CHILE EN TIEMPO DE LOS INCAS. 



Los primitivos chilenos no conocian ni el uso, ni el valor, ni la esplota- 
cion del oro.— Arte que les enseñaron los peruanos i tributo que les im- 
puso el Inca. — Ideas de los peruanos sobre el oro. — Lo usan solo como 
ornamentación, pero no como medio de cambios— Nociones de Garcilaso 
de la Vega. — Almagro encuentra en Copiapó minas de oro cientificamen- 
te trabajadas. — En qué consistia el tributo de Chile.— Derroteros fabu- 
losos sobre el rescate de Atahualpa en Chile. — Vaso de oro hallado 
en Copiapó i regalado al presidente Prieto. — Imponderable acumulación 
de oro hecha por los Incas, mediante la producción de las minas del Pe- 
rú i de Chile. — Noticias de Cieza de León i de Gomara.— La maroma 
de Huáscar i la cadena de oro de los jesuítas de Santiago. — Riquezas de 
los templos del Sol i de las minas de Carabaya. — Ocultaciones de oro 
según Garcilaso i otros antiguos cronistas. — Comprobación auténtica de 
las riquezas acumuladas en el Perú, mediante el rescate de Atahualpa, i 
8u acta de repartición. — Lo que cupo a Carlos V. i a Francisco Pizarro. 
—Las riquezas del palacio de verano del emperador de la China en 
1860, i los tesoros de Arjel i de Casamarca. — Comparaciones i anéc- 
dotas. — Verificaciones posteriores.— Remales recientes de ofrendas de 
oro i plata del Perú en Londres. 

cDecimos, pues, que el Oro y Plata que 
davan al Rey, era presentado y no de tri- 
buto for$oso, porque aquellos Indios (oomo 
oy lo usan) no supieron jamas visitar al 
Superior, sin llevar algún presento 

{Garcilaso de la Vega.— Comentarios Rea' 
les, Lib. V.) 
LA E. DEL O. S 



— 34 — 



I. 



Es un heclio de tradición constante que los 
pueblos salvajes no conocieron el valor del oro, 
ni como elemento i símbolo de cambio ni siquic' 
ra como arte i ornamentación. 

El oro i sus usos dan al contrario i por todas 
partes testimonio evidente de los comienzos de 
la civilización. 

El oro ha sido civilizador, porque ha creado el 
trabajo i el obrero. 

I de tal hecho ha sido comprobación viva la 
historia de ese metal en Chile, porque hai cons- 
tancia que sus primeros pobladores bárbaros no 
lo conocieron, ni lo esplotaron, ni menos lo ne- 
cesitaron para su áspera vida. 



11. 



Verdaderamente, cuando un siglo antes de la 
conquista castellana, los Incas, que ya habían ocu- 
pado a Quito, descendian desde el Cuzco a las lla- 
nuras de Tucuma (el Tucuman) i recibieron de 
los embajadores de este pais la noticia de que mas 
allá de la cordillera nevada existia una comarca 
llamada aChile», estos emisarios i solicitadores de 
la conquista incarial hablaron, no de sus riquezas, 



— 35 — 

sino de bu población; no del oro, sino de la indó- 
mita bravura de rus tribus. 

Por consiguiente, la invasión incásica de Chile 
no fué una empresa de codicia sino una cruzada 
de civilización i predominio, conforme al admira- 
ble i paciente sistema do aquellos conquistadores 
que dominaron un mundo con un hilo de lana de 
vicuña i una borla roja en la cabeza por via de 
diadema. 

Pero los peruanos, aunque bárbaros en el sen- 
tido de la moderna civilización material i cristia- 
na que al presente prevalece sobre la tierra, cono- 
cían el valor del oro como sustancia química de 
Bobresaliente mérito, como pasta dúctil i brillan- 
te, como elemento precioso de arte, de placer i de 
culto. A semejanza de los palacios i de los tem- 
plos del Indostan, todos los palacios i todos 
los templos de los Incas eran de oro, o estaban 
recamados de oro como el de Salomón. 



ni. 



No conocian los Incas ni sus subditos el valor 
mercantil de esa sustancia, ni el de la plata i en 
realidad el de ningún metal precioso, porque nada 
vendían ni nada compraban sino a virtud de la 
permuta directa de sus frutos i consumos. En este 
sentido era i ha sido hasta hace poco tan ruda la 
condición de los aboríjeucs en la parte austral del 



- 36 - 

continente, que los araucanos preferían por ejemplo 
al oro i a la plata las piedras de color o simplemen- 
te jaspeadas que encontraban en el pedregal de 
sus esteros i denominaban llancas; i todavía cam- 
bian alegremente sus prendas de mayor estima por 
los vidrios i chaqui ras de los buhoneros. — «El Oro 
y Plata y las Piedras preciosas que los Reyes In- 
cas tuvieron con tanta cantidad, dice en efecto Gar- 
cilaso de la Vega, que en esto i a guisa de indíjena, 
es buen juez, no eran de tributo obligatorio que fue- 
sen los Indios obligados a darlo; ni los Reyes lo pe- 
dian, porque no lo tuvieron por cosa necesaria para 
la Guerra ni para la Paz; y todo esto no estimaron 
por Hacienda, ni Tesoro, porque como se sabe, 
no vendían, ni compra van cosa alguna por Plata 
ni por Oro, ni con ello pagavan la gente de gue- 
rra, ni lo gasta van en socorro de alguna necesidad 
que se les ofreciese; y por tanto lo tenían por cosa 
supcrflua, porque ni era de córner, ni para comprar 
de comer: solamente lo estimavan por su hermo- 
sura y resplandor, para ornato y servicio de las 
Casas reales y templos del Sol y Casas de las Vír- 
genes.» 

I en otra parte el nieto de los postreros incas 
añadía: — «Qaando hablan (los vasallos) al Rey 
en sus negocios particulares, o en los de sus tie- 
rras, o quando los Reyes visitavan el Reyno, en 
todas estas visitas jamas le besavan las manos, sin 
llevarle todo el Oro i Plata y piedras preciosas 



que sus indios Bacavan, quando eetavan ociosos: 
porqTie como no era cosa necesaria para la vida 
humana, no los ocnpavan en sacarlo, qnando avia 
otra cosa en que entender. Empero, como veian 
que lo empleavan en adornar las Casas reales i 
los templos (cosas que ellos tanto estimaban) 
gastavan el tiempo que les sobrava, buscando Oro 
i Plata i piedras Preciosas para tener que presen- 
tar al Inca i al Sol que eran sus Dioses.» (1) 



IV. 



Bajo este punto de vista especial de la conquis- 
ta peruana, los lugartenientes del Inca impusieron 
a sus vasallos de Chile, desde Copiapó hasta el 
Maule, el tributo anual del oro, i así como les en- 
señaron a cultivar la tierra, a sembrar el maiz, a 
abrir canales, a ejemplo del que el sombrío Vita- 
cura labró para Santiago i que todavia sirve para 
proveer de agua corriente a la ciudad en sus 
barrios del norte, así les enseñaron a lavar las 
arenas auríferas de sus rios, a abrir hondas ca~ 



(1) Garcilaso. — Comentarios Reales, lib. V. páj. 139. 

El lector chileno se dará fácilmente cuenta, a virtud de lo 
que cuenta Garcilaso, de la costumbre que todavía rijc en todos 
nuestros campos de llevar algo, si mas no sea que una gallina o 
una docena de Lnevos, o un atado de berros al señor, al feudata- 
rio, al inca, es decir, a! patrón, es decir, al moderno Vüacura. 
— Los indijenas bolivianos llanmu hasta hoi Viracocha d, \jodiO 
hombre blanco i rico. 



— 38 — 

tas i hasta laboreos en el duro cuarzo de sus cerros. 
Cuenta el ilustre Gronzalo Fernandez de Oviedo, 
contemporáneo de Almagro i 8U amigo de intimi- 
dad (puesto que le confiara a su hijo, el cual vino 
con el Adelantado a Chile i se ahogó a su regreso 
en el rio de Arequipa), que el viejo conquistador 
cuyas cartas él viera en la isla de Santo Domingo 
antes que el rei, encontró minas de oro formales 
en los valles de Copiapó i el Huasco, Coquimbo i 
hasta el rio de Aconcagua. «I el general se partió 
de allí (de Copiapó), dice, tierra adentro é visitó 
lo que della mejor avia y envió mineros é hÍQO dar 
catas, 6 hallaron las minas é quebradas é naci- 
miento dellas tan bien labradas como si españoles 
entendieran en eUo.y> (1) 



Los infelices chilenos pagaban en consecuencia 
al blando conquistador indíjcna el mismo lujoso 
tributo que los tucumanos, los quiteños i todas las 
tnbus dominadas por los emperadores del Cuzco, 
i esto lo verificaban forzosamente en aquella pasta 
mas preciada i de mas fácil trasporte, o para decir 
mejor, en la única materia trasportable a brazos de 



(1) Oviedo i Valdéa. — Historia jeneral i uatural de las lu- 
dias, vol. II. páj. ¿73. 



lombre, el cual, junto con la llama, era la bestia 
de carga usual en sus dominios. El ilustre ma- 
drileño Diego de Rosales, historiador que disfrutó 
papeles antiquísimos, no conocidos de los cronis- 
tas que le precedieron o le copiaron, afirma que 
a la época de la entrada de Almagro a Chile, el 
tributo de oro de este país alinea ascendía a catorce 
quintales i medio al año, i que este injente caudal 
llevábanlo con gran aparato sus subdito en andas de 
cañas que paseaban triunfalmente en la distancia 
de quinientas leguas que se contaban del Mapocho 
al Cuzco, —ce El tributo anual que rendían al Inga, 
Emperador del Perú, dice el bien informado jesuí- 
ta, los chilenos en distrito de ciento y cincuenta le- 
guas que conquistaron al principio sus capitanes, 
fué de catorce quintales de oro azendrado, de mas 
de veinte y dos quíntales y medio, en tejos de a 
cincuenta pesos, señalados con la marca de un pe- 
cho raugeril. El último tesoro que cerca del Cuzco 
embargó y repartió entre sus soldados el Adelan- 
tado Don Diego de Almagro era de mil y doscien- 
tas libras de oro y entre ellas llevaban dos granos 
que el uno pesaba setecientos ¡jesos y el otro mas 
de quinientos.» (1) 



(1) Rosales, vol. I, páj. 2(0 —«Trajinaban los indios del Pe- 
ra, agre^ ol crouiata, estetes.ro por tierra con mucha majestad 
y pompa, eu vaulcs de cañas brabas curiosamente tesidas. So- 
bre las tapas eat:ibaa labradas dü la misma caüa las armas del 
rey laca^ que eran im sol eu mauus do dos rapantes tigres pen- 



de grandísimas 




Es oportuno advertir aquí que Almagro i sus 
compañeros viaieron precisamente a Chile, no 
persiguendo un interés jeográfico i de descubri- 
miento, sino en demanda de aquello que tan feliz- 
mente les salia al encuentro, — del oro. — «Por el 
informe que hicieron los indios peruanos (dice 
Rosales) a don Francisco Pizarro y a don Diego 
de Almagro en el Cuzco de la fertilidad y riqueza 
de oro del Reyno de Chile, se concertaron en su 
nueva amistad y concordia, aviendo estado antes 
mui enemistados.» 

El oro, que las mas veces es pábulo de guerra i 
de discordia como el acero, suele ser pacificador i *■ 
aun apaciguador de pequeñas i 
querellas. 



VI. 



No nos es fácil comprobar la exactitud métrica 



dientes de los rayos, y uaa borla roja, de finissima laaa, iusig- 
nia de los Reyes, que la train en la frente, de lana de vicuña, y 
a los otros señores se les consentia el traer borla colgada ha- 
zia la oreja, pero en la frente era solo de Reyes, como lo refiere 
el Padre Acosta. Cada cofre iba en andas eu ombros de cuatro 
indios, y assistian otros para irse remudando. Precedían cua- 
trocientos flecheros, asegurando los caminos y previniendo los 
aloxamientos. Por cualquiera pueblo que pasaban loa i'eciviaa 
con singular aplauso y regocijo, celebrando el poder y soberauia 
de su Rey.j» 



del tributo chileno, cuya devolución hoi, a nuestro 
turno, reclaraaraos a los vencidos por nuestras ar- 
mas; pero en lo que están de acuerdo todos los cro- 
nistas ¡primitivos de Chile i del Perú es en referir 
que el Adelantado don Diego de Almagro, al llegar 
desbaratado a Copiapó, por el camino de Jujui i 
Catamarea en el rigor del invierno de 1536 (a fi- 
nes de junio), encontró en ese valle o algo mas 
adelante, un injente tesoro, i que regocijado por 
este hallazgo, con su acostumbrada jenerosidad, 
tan conocida i alabada por los conquistadores en 
contraposición a la terca codicia de los Pizarro, 
rompió las escrituras que por adelantos i avios de 
guerra le habían firmado todos sus compañeros de 
descubrimiento. La deuda así cancelada pasaba, 
según Herrora, de doscientos mil pesos, magnifi- 
cencia de reí, o mas bien de minero de oro en al- 
cance de oro. 



vn. 

Es mui posible que los conductores del tributo 
del Inca se dieran maña para ocultar una parte 
considerable de su contenido; i a esa causa débese 
talvez el hallazgo que hace mas de cuarenta años 
se hizo en un solar del actual pueblo de Copiapó 
de un rico vaso de oro macizo, en el cual libaron 
jeneroso vino al patriotismo i la victoria el presi- 
dente don Joaquín Prieto i sus ministros cuando 
Be recibiera en Santiaco la noticia de la batalla de 



LA K. DEL o. 



<^ 



Yungay, por febrero de 1839. Ese vaso, que lioi 
existe en poder de la familia del hijo del jencral 
Prieto, de su mismo nombre, le fué obsequiado 
por el intendente de Copiapó don Juan Melgarejo, 
i entendemos que el doctor Fhilippi ha publicado 
hace poco una descripción i grabado de él. 

El tributo del Inca, interceptado por Almagro, 
ha dado también lugar a la inestinguible leyenda 
popular, cana de tantos famosos derroteros del 
desierto i de las gargantas andinas, según la cual 
existen en Chile no menos de cien parajes, espe- 
cialmente rios, lagunas i quebradas, en cuyo fondo 
los portadores del tesoro lo arrojaron, espantados 
al saber que Atahualpa habla sido ajusticiado en 
Caxamarca,.. I de aquilas mil patrañas en íbusca 
del tesoro del Inca». 

El esplorador Pertuisset ha llevado en esta 
parte la petulancia de la fantasía hasta forjar una 
di.sparatada novela segUQ la cual el tesoro del In- 
ca ha ido a parar a la Tierra del Fuego ^Les 

trésor des Incas d la Terre da Feu....T> 

VIII. 



Sea como fuere, lo que importa saber para nues- 
tro propósito es que muchos años antes de la in- 
vasión castellana existia en Chile el oro en es- 
traordinaria i casi prodijiosa abundancia, i como 
tal era enviado en forma de tributo anual al Perú. 



— 43 — 

I es llano calcular que si el homenaje anual era 
(le mas de 14 quintales de metal, en el largo siglo 
que duró el dominio incarial contribuyó nuestro 
suelo con no menos de mil i quinientos quintales 
DE ORO a la vajilla, al placer i al culto de aquellos 
emperadores de la América, como los llama el 
cronista. - iVisitava por sus gobernadores, dice 
del Inca a esto res]">ecto Garcilaso (Comentarios 
Reales, Lib 8, páj. 274) el Reyno de Chili, cada 
dos o tres años y cmbiava mucha Ropa fina, y Pre- 
seas de su persona para los Curacas, y sus Deu- 
dos, y otra mucha ropa de la común para los 
Vasallos. De allá le enviavan los Caciques mucho 
Oro, y mucha plumería y otros frutos de la Tie- 
rra: y esto duró hasta que Don Diego de Alma- 
gro entró en aquel Reyuo, como adelante vere- 
mos.» 

I era esa corriente aurífera, que en el Ingar 
oportuno la estadística nos ayudará a comprobar 
como cosa asombrosa, junto con el raudal de las 
minas de Carabaya, no lejos del lago Titicaca, ve- 
neros de oro que trabajaban con tesón los perua- 
nos, i agregados los suministros de otros tributos, 
lo que esplica la fabulosa acumulación de oro que 
los primitivos narradores de las maravillas del 
imperio incásico no se cansan de referir ni de 
ponderar. 

Escuchémosles un instante, si mas no sea que 
por la grata impresión qué produce, al través 



de los siglos i de las pobrezas sucesivas, su pro- 
pio iujénuo deleite. «Tenían en gran estima el 
oro, (dice Cieza de León, el mas antiguo narra- 
dor de los portentos del Perú i contemporáneo de 
los Pizarro, así como el contador Agustín de Za- 
rate, que en ello también anduvo), porcpe de él 
hacia el Rey y sus principales sus vasijas para su 
servicio, y dello hacían Joias para su atavio y lo 
ofrecian; y traia el E-ey un Tablón en que se sen- 
tava, de Oro, de diez y seis quilates, que valió de 
buen oro mas de .veinte i cinco mil ducados, que 
es el que don Francisco Pizarro escojió por su 
joia al tiempo de la Conquista, porque conforme 
a su capitulación le avian de dar una joia que él 
escogiese, fuera de la quenta común, b 

I tomando por su cuenta propia la palabra el 
cronista que se jactaba de ser hijo i nieto de los 
emperadores i de sus reales collas (princesas), el 
inca Garcilaso, añadía lo que sigue, como cosa 
i tradición de familia í de su casa: «Al tiem- 
po que le nasció vn Hijo el primero, mandó ha- 
cer Guaynacava vna Maroma de Oro, tan grue- 
sa (según ay muchos indios vivos que lo dicen) 
que asidos a ella mas de doscientos Indios Ore- 
jones, no la levantavan mui fácilmente. Y en 
memoria de esta tan señalada joia llamaron al 
Hijo Guasca que en su lengua quiere decir Soga, 
con el Sobrenombro de Inga que era de todos los 
Keyes, como los Emperadores Romanos se llama- 



45 

van Augustos. Esto he traído aquí por desarrai- 
gar vna opinión que comunmente se ha tenido en 
Castilla entre la gente, que no tiene platica con 
las cosas de las Indias, de que los indios no te- 
nían en nada el Oro, ni conoscian su valor. Tam- 
bién tenían muchos Graneros i Troges hechas de 
Oro y Plata, y grandes figuras de hombres i Mu- 
geres, y de Ovejas, y de todos los otros anímales, 
y de todos los géneros de yervas, que nascian en 
aquella tierra con sus espigas y bastígas y ñudos, 
hechas al natural, y gran suma de mantas, y hon- 
das, entretegidas con Oro tirado, y aun cierto nú- 
mero de leños, como los que avía de quemar, 
hechos de Oro y Plata.» 



IX. 



(lEn todas las casas de las Doncellas escojidas 
para el Inga, agregaba todavía el inca Garcílaso, 
aumentando la maravilla de sus predecesores que 
comenta, la Bajilla i los demás vasos de servicio, 
eran de Plata' y Oro, como los avía en la Casa de 
las Mugeres de el Sol, y en su famoso Templo; y 
como los huvo (según diremos) en las Casas Eea- 
les: que hablando en suma, se puede afirmar, que 
toda la riquega de Oro, y Plata, y Piedras precio- 
sas, que en aquel grande imperio se sacava, no se 
empleava en otra cosa sino en el adorno, y servi- 
cio de los Templos del Sol, que eran muchos, y 




de las Casas ele las Viíjenes, que por cousiguicQ- 
te eran otras tantas; y en la Siiniptiiosidad, y 
Magestad de las casaa reales, que fueron muchas 
mas. Lo que se gastava en el servicio de los se- 
ñores y Vasallos era poco o nada porque no era 
mas de los vasos de beber i esos eran limitados 
por su cuenta i número, conforme al privilegio 
que el Inca les dava para ellos; otro poco se em- 
pleaba en los vestidos, y arreos con que celebra- 
van sus fiestas principales.» (1) 



X. 



Entrando en la enumeración de casos particu- 
lares, el mismo historiador mestizo, o mas propia- 
mente indíjena, deleitábase i aun gastaba la ufa- 
nía de un príncipe caído en referir los que por su 
amenidad en seguida copiamos, i en los cuales 
presentóse al publico de la Península mas como 
que historiiidor como testigo de vista, cuando es- 
cribía en Córdoba, en cuya magnífica catedral 
diez afios hace vimos con respeto su sepulcro. — 
«De las riquezas de Oro i Plata que en el Perú se 
sacan es buen testigo España, dice el real mesti- 
zo en el Lb. 8.** de su fiíraosa historia, pues de mas 
de veinte y cinco años, sin los de atrás, le traen 
cada año doce, trece Millones de Plata i Oro, sin 

(1) Comeaturiüs lleales, lib. IV. páj, 110. 



— 47 — 

otras cosas que no entnin en esta cuenta: cada 
Millón monta diez veces cien mil ducados. El Oro 
se coge en todo el Pera: en vuas provincias es en 
mas abundancia que en otras, pero generalmente 
lo ai en todo el Reyno. 

«Hállase en la superficie de la Tierra y en los 
Arroios, y Ríos donde lo llevan las avenidas de 
las lluvias: de allí lo sacan, lavando la tierra o la 
arena, como laban acá los Plateros la escudilla de 
sus Tiendas, que son las barreduras dellas. Lla- 
man los Españoles lo que aquí sacan, «Oro en 
polvo7>, porque sale como limalla. Algunos granos 
se hallan gruesos de dos, tres pesos i mas. Yo vi 
granos de a mas de 20 pesos, Uámanles Pepitas; 
algunas son llanas como Pepitas de Melón, o Ca- 
labaza, otras redondas, otras largas como Huevos. 
Todo el Oro del Pera es de diez y ocho a veinte 
quilates de Ley, poco mas, poco menos. Solo el 
que se saca en las minas de Callavaya o Callahua- 
ya es finísimo de veinte y cuatro quilates, y aun 
pretende pasar dellos, según rae lo han dicho al- 
gunos Plateros de España. 

»El año de mil y quinientos y cincuenta y seis, 
se halló en vu resquicio de vna Mina de las de 
Callahuaya vna piedra de las que se crian con el 
Metal, del tamaño de la cabe<^a de un hombre, el 
color propiamente era color de bofes, i aun la he- 
chura lo parecía porque toda ella estaba aguge- 
reada de vnos amio-cros chicos y í^randcs que la 



-- 48 — 

pasavan de vn cabo a otro. Por todos ellos aso- 
mavan puntas de Oro como si le huvieran echado 
Oro derretido por cima, vnas puntas salían fuera 
de la piedra, otras eraparejavan con olla, otras 
quedaran mas adentro. Decian los que entendían 
de Minas que sí no la sacaran de donde estava, 
que por Tiempo viniera a convertirse toda la pie- 
dra en Oro. En el Cozco la miravan los Españoles 
por cosa maravillosa, los indios la llamavan Hua- 
ca, que como en otra parte digimos, entre otras 
muchas significaciones que este nombre tiene, 
vna es decir Admirable, Cosa digna de admira- 
ción, por ser linda, como también significa Cosa 
abominable, por ser fea. Yo la mirava con los 
vnos y con los otros. El dueño de la piedra, que 
era hombre rico, determinó venirse a España y 
traerla como estava para presentarla al Rey Don 
Felipe II que la Joia por su estrañega era mucho 
de estimar. 

dDc los que vinieron en el Armada en que él 
vino, supo en España que la Nao se avia perdido 
con otra mucha riqueza que traia.» 



XI. 



Pero Garcilaso no se contentaba con contar lo 
que él mismo habia visto con sus ojos, siendo ni- 
ño i palpado con sus manos cuando anciano, por- 
que citaba los prodijios del oro que otros habian 



— 49 — 

referido antes que él, i a este respecto, por no 
acumular las citas, vamos a cederle otra vez la pa- 
labra en su justamente celebrado libro. 

«Estando 3^0 allí, dice el nieto de los últimos 
Incas, en el Cozco, tomando de los principales de 
allí la relación de los Ingas, oí decir que Paulo 
Inga y otros principales decian que si todo el te- 
soro que avia en las provincias y guacas, que son 
sus templos, y en los enterramientos, se juntase, 
que haría tan poca mella lo que los españoles 
avian sacado, (de oro) quan poca se hacia, sacan- 
do de una gran vasija de agua una gota della. I 
que haciendo mas claro y patente la comparación, 
tomaban una medida de maíz de la cual sacando 
un puñado decian; Los cristianos han ávido esto, 
lo dem¿is está en tales partes que nosotros mismos 
no sabemos dello. Así que grandes son los tesoros 
que en estas partes están perdidos. Y lo que se ha 
ávido, si los españoles no lo hubieran ávido, cier- 
tamente todo ello o lo mas estuviera ofrecido al 
diablo i a sus templos y sepulturas donde enterra- 
van sus difuntos; porque estos indios no lo quie- 
ren, ni lo buscan para otra cosa, pues no pagan 
sueldo con ello a la gente de gueri'a, ni mercan 
ciudades ni reinos, ni quieren mas que enjaezarse 
con ello, siendo vivos, y después que son muertos 
llevárselo consigo. Aunque me parece a mí quo 
todas estas cosas eramos obligados a los amones- 
tar que viniesen a conocimiento de Nuestra Santa 

LA K. DEL O. 7 



— 50 — 



Fe Católica, sin pretender solamente licnchír las 
bolsas, etc.» 

XII. 



«Lo que Francisco López de Gomara escribe 
en su Historia de la riqueza de aquellos reyes es 
lo que se sigue, sacado a la letra del capítulo 121. 
Todo el servicio de su casa, mesa y cocina era de 
oro y de Plata y quando menos de plata, y cobre 
por mas recio. Tenia en su recámara estatuas 
huecas de oro, que parecían gigantes, y las figuras 
al propio y tamaño de quantos animales, aves, ár- 
boles y yervas produce la tierra, y de cuantos pe- 
ees cria la mar y aguas de sus reinos. Tenia asi- 
mismo sogas, costales, cestas y trages de Oro i 
Plata, rimeros de palos de oro, que pareciere leña 
rajada para quemar. En fin no havia cosa en su 
tierra que no la tuviese de oro contrabecha y aun 
dicen que tenían los Incas un vergel en una isla, 
cerca de Puna, donde se iban a holgar quando 
querían Mar, que tenia la ortaliza, los árboles y 
flores de oro y plata invención y grandeza hasta 
entonces nunca vista. Allende de todo esto tenia 
infinitísima cantidad de oro y plata por labrar en 
el Cuzco que se perdió por la muerte de Guascar, 
qtie los indios lo escondieron, viendo que los es- 
pañoles se lo tomavan y embiavan a España. Mu- 
chos lo han buscado después acá y no lo hallan.» 



XIII. 



"cHasta aquí es de Francisco López Gomara, y 
el vergel que dice que los reyes incas teaian cerca 
de Puna, lo tenian en cada casa de todas las rea- 
les que avia en el Reyno, con toda la demás ri- 
queza que dellas escrive, sino que como los es- 
pañoles no vieron otro vergel en pié sino aquel, 
que estava por donde ellos entraron en aquel rei- 
no, no pudieron dar relación de otro; porque luecío 
que ellos entraron, los descompusieron los indios 
y escondieron la riqueza, donde nunca mas ha 
parecido, como lo dice el mismo autor, y todos 
los otros historiadores. La infinita cantidad de 
plata y oro que dice que tenían por labrar en el 
Cuzco, allende de aquella grandeza y Majestad que 
ha dicho de las Casas reales, en lo que sobrava 
del ornato de ellas, que no teniendo . en que lo 
ocupar, lo tenian amontonado. 

íNo se hace esto duro de creer a los que des- 
pués acá han visto traer de mi tierra tanto oro, y 
plata como se ha traido (concluye el historiador 
indíjena pero avecindado en Córdova) pues solo 
en el año de 1595, en espacio de ocho meses, en 
tres partidas, entraron por la barra de San Lúcar, 
treinta y cinco millones de plata y oro.» 



XIV. 



Eb muí p08Íble que en lo que contaron a sus 
contemporáneos el viajero Cieza de León (que 
era andaluz), el tesorero Zarate, Pedro de Xeres, 
Kecretario de Francisco Pizarro, i otros conquista- 
dores, conforme a la tendencia hacia lo portento- 
so qne en aquel tiempo dominaba especialmente 
en Cádiz, en Sevilla i en Córdoba, puertos i ciu- 
dades de entrada i pasaje del oro, i era hasta 
cierto punto un sistema (como aconteció trescien- 
tos años mas tarde en California), hubiese alguna 
ponderación del lenguaje o de la credulidad, Pero 
la operación metálica i de banco que se ha llara^a- 
el rescate de Atahualpa, hecho positivo i compro- 
bado por cuentas reales i archivadas, viene a dar 
razón a los prodijios mismos, porque de las listas 
del reparto que se han conservado i que esplica 
minuciosamente el concienzudo Prescott, resulta 
que lo que juntó el Inca en el famoso aposento 
que todavía se muestra en Caxamarca, ascendió a 
la suma fabulosa de 1.326,539 pesos de oro, i 
51,610 marcos de plata. El peso de oro, equivalen- 
te al actual castellano i tomando en cuenta el valor 
del metal en aquel tiemj^o, representaba, segnn 
Prescott, la suma do quince millones i medio de 
pesos; pero si la comparación de los valores hubie- 
ra de hacerse con los del presente según <lon Diego 



- 53 - 

Clemenciü, resultaría que el rescate de Atahual- 
pa importó mas de sesenta millones de pesos, 
sin contar con el valor de la plata. — Tan solo a 
í*izarro le cupo dol botin la suma de 57,222 pe- 
sos de oro i 2,350 marcos de plata i, como simple 
galantería de los suyos, el trono dol Inca de que 
habla Cieza de León (quien lo viera i en él pro- 
bablemente se sentara), el cual era compuesto de 
ima tabla de oro reluciente que valia por si sola 
en aquel tiempo mas de cien mil pesos o sea 25,000 
pesos de oro. (1) 



(1) (cLa joia qne dice qae don Francisco Pigarro escogió, fué 
de aquel gran rescate, que Atahnalpa dio por sí, y Pií^arro como 
jeneral podia, según Ley Militar, tomar del montón la Joia que 
quisiese, y aunque avia otras de maa precio, como Tinajas y Ti- 
najones, tomó aquella porque era singular y era asiento del Rey 
(que sobre aquel Tablón le ponian la silla) como pronosticando 
que el Rey de España se avia de sentar en ella. 

»De la maroma de Oro diremos en la vida de Hiiayna Capac, 
vltimo de los Incas, que fué vna cosa increíble.» — (Ghvrcilaso. 
Comentarios Reales citados.) 

Respecto de esta maroma de oro, que dio por ser imitación 
de una soga, según vimos, su nombre al heredero lejítirao del 
imperio peruano, i que, a ser cierto lo qne de ella cuentan, debió 
pesar algo mas que las cadenas de tosco fierro del Huáscar mo- 
derno, ya hemos copiado lo que dice el historiador indíjena, i 
parfidario, como cuzqueño, del inca Huáscar contra el quiteño 
Atahualpa, a quien trataba de usurpador. — Piérola contra Gar- 
cía Calderón, Garcia Calderón oontra Piérola.... 

1 mui probablemente de esta estupenda maroma de oro viene 
la leyenda popular, que uosotrüs oimos muchas veces en nuestra 



XY. 



"Los soldados de ta caballo recibieron confor- 
me al Acta de repartición del rescate^ documento 
que aun existe en los archivos de la Península, 
8 mil pesos de oro i a los infantes les cupo la mi- 
tad, o sea 4,440 pesos de oro, sin contar la plata 
que de suyo se liizo vil, como en el saqueo moderno 
del palacio de los emperadores de la China, a 
quienes no se dio tiempo para ofrecer su rescate, 
porque lord- Elguin i el conde de Palikao, esto 
Pizarro i este Almagro de la época presente, se lo 
tomaron todo para sí, i para borrar la huella del 
despojo, incendiaron sus grandiosas arcas. — «Los 
aposentos inmediatos a la sala del trono del pala- 
cio de Yuen-min-yen, residencia de verano de los 
emperadores de la China, situado en los suburbios 
de Pekin i que los aliados ingleses i franceses pu- 
sieron a saco e incendiaron en octubre de 1860, 
dice el mas serio de los historiadores de la espe- 
dicion a la China, i después de haber descrito el 
fabuloso lujo i riqueza de esas mismas salas, rebo- 



niñez, según la cual los jesuítas de Chile tenian una cadena de 
oro con la que daban una vuelta entera a la plaza cuando hacían 
8U8 procesiones, cuya cadeua echarou u uu pozo de la Coinjtafu'a 
cu la noche que precedió a su espubion i uo ha vuelto a saberse 
mas do ella..... 



— 55 — 

saba de objetos de oro i de'plata'adoniados de pie- 
dras preciosas, de armas ricamente adaipasquina- 
das, de porta-copas de oro i plata incrustados de 
turquesas, de flores i de frutas formadas de per- 
las finas, de pequeños palacios, árboles i animales 
raros festonados por las sustancias mas precio- 
sas)». (1) 

XYI. 



Mas adelante, agregad mismo sobrio narrador, i 
sin pretender en lo mas mínimo hacer contrastes 
ni acordarse del rescate de los incas en vista del 
de los emperadores, i después de atravesar por un 
puente espléndido de mármol echado sobre un de- 
licioso lago artificial, se penetraba en los aposentos 
reservados de la emperatriz i del emperador; i 
sobre la portentosa riqueza de e.stos aposentos re- 
servados, se espresa como sigue:— «Es preciso re- 
nunciar a describir lo que contenían esos depar- 
tamentos. Las palabras faltan para pintar las ri- 
quezas materiales i artísticas que esas habitaciones 
encerraban. Todo lo que hasta ese momento ha- 
blan encontrado los visitantes del palacio de ve- 
rano no era sino una pobre muestra (un miserable 
échantülon) del espectáculo que ahora se les pre- 



— 56 — 

"sentaba a la vista. Era una visión de las Mil i una 
noches, un cuento de hadas que la iniajiuacion ha- 
bría sido impotente para forjar i comparar con 
aquellas realidades que todos tocaban con la ma- 
no Sobre los altares relucían candelabros, va- 
sos e incensarios de oro macizos, i en uno de estos 
templos se encontró una espléndida armadura cuyo 
casco estaba coronado por una perla fina del mas 
puro oriente i del tamaño de un huevo de palo- 
ma.» (1) 



(1) Fam.— Obra citada, páj. 245. — En cuanto al botin en 
lingotes de oro i de plata Je Pekín, aunque inferior al de Caxa- 
raarca, fué tan enorme que apesar de la rapacidad de los jefes, 
cupieron a cada soldado (sobre cinco o seis mil) 100 francos por 
cabeza, i esto sacado de unas pocas batTas de oro encontradas 
en los departamentos de la emperatriz. — De la plata dice el 
historiador francés que era tan abundante, que los soldados, 
despreciándola, daban hasta cien pesos fuertes por una o dos 
botellas de mal coñac, i respecto de laij mas ricas sederías bor- 
dadas de plata i oro, las arrojaban como basura a lo largo del 
camino solo por librarse de su peso, sin embargo de llevar mu- 
chos indíjenas cargados con ellas i atados por su larga treuza a 

un buton de sus casacas para que no se les escaparan Ardid 

espiritual i eminentemente propio de francés! 
;. Por lo demás, estas grandes acumulaciones de riqueza no son 
raras en los países despóticos. Sin hacer mención de los incal- 
culables tesoros de Mahoma en la Meoa, ni de los del sultán en 
Constantiuopla, ni la del último i pródigo Khedive de Ejipto 
MartÍQ de Monssy dice en su obra, sobre la República Arjentina, 
vül. III que el tesoro encontrado por los franceses en la ciudad 
de Arjel cuando la tomaron en 1830 asceadió a mas de 53 mi- 
llones de francos. 



— 57 — 



XXVII. 



Westa riquísima joya entre muchas otras desti- 
nada al emperador i a la emperatriz de los fran- 
ceses, exactaiüente como Francisco Pizarro mandó 
a Carlos V. con su hermano Hernando los esplén- 
didos vasos, jarrones, figuras de animales i choclos 
de oro con su cabello i su grano todo macizo i de- 
liciosamente imitado que vio i admiró en Santo 
Domingo Oviedo i Valdés, cuando el emisario pa- 
saba para España. 

Pero mas feliz el emperador en cuyos dominios 
no se ponia el sol que aquel que hoi yace en pres- 
tada tumba, vio llegar a sus pies todos los tesoros 
de Caxamarca, mientras que el último i su impe- 
rial consorte, que hoi vaga solitaria por las mon- 
tañas de la Suiza, no conocieron la famosa perla 
de la emperatriz de la China sino de nombre por 
cuanto jamas llegó a sus manos.... 

XVIIL 



Ahora bien, en vista de esto, i tomando en con- 
sideración la inverosímil profusión de oro que 
existia en el Perú al comenzar la conquista, pro- 
fusión que hace afirmar al padre García que el 
Perú era el verdadero Ofir i que de sus playas lle- 
vó Salomón las planchas de oro con que tapizó su 
templo, en vista de todo esto, preguntábaraos,-¿hai 



LA E. DEL O. 



— 58 — 

motivos suficientes para tildar de exajeradas las 
descripciones de los primeros cronistas de la con- 
quista, testigos de vista de aquellos prodijios, co- 
mo el narrador francés parece haberlo sido de los 
del palacio de verano de Pekin? 

Nosotros (lo decimos injenuamente) no lo du- 
damos; i como habremos de justificarlo con cifras 
estadísticas acumuladas en nuestros archivos res- 
pecto de la abundancia positiva del ovo de Chile, 
en su edad del oro, abrigamos al contrario la per- 
suasión, de que esceptuando las formas del len- 
guaje todos los portentos de que se nos hablan 
fueron en el fondo cosa cierta. Las cuentas de la 
repartición de Caxamarca están allí; los presentes 
a Carlos V. todos los vieron a sus pies; i mas ade- 
lante i por capítulo separado presentaremos noso- 
tros las comprobaciones inéditas del oro de Chile 
que en nada desdicen de las del Perú i de las del 
Celeste Imperio. 

Por esto mismo damos remate al presente con 
esta última cita del Inca peruano que bien pudie- 
ra apropiársela el historiador de la romántica i fa- 
bulosa campaña de la China. 

«En todas las casas reales tenían hechos jardi- 
nes y huertos donde el Inca se recrea va. Planta- 
ban en ellos todos los árboles hermosos y vistosos, 
posturas de Flores y Plantas olorosas y hermosas, 
que en el Keino avia: a cuia semejanga contraha- 
cían de Oro y Plata muchos Arboles, y otras Ma- 



— sa- 
tas menores al natural, con sus Hojas, Flores y 
Frutas: vnas que empegaran a brotar, otras a me- 
dio sagonar, otras en todo porficionadas en su ta- 
maño. Entre estas y otras grandecas hacían Mai- 
gales, contrahechos al natural con sus hojas, ma- 
Corca y caña, con sus raices y flor: y los cabellos, 
que echa la majorca, eran de Oro y todo lo demás 
de Plata, soldado lo vno con lo otro, y la misma 
diferencia hacian en las demás Plantas, que la 
flor, o cualquiera oti-a cosa, que amarilleara, la 
contrahacian de Oro y lo demás de Plata. 

íTambien avia Animales, chicos y grandes, 
contrahechos y vaciados de Oro, y Plata: como 
eran Conejos, Katones, Lagartijas, Culebras, Ma- 
riposas, Zorras, Gatos monteses, que domésticos 
no los tuvieron. Avia pájaros de toda suertes, 
vnos puestos por los árboles como que cantaban; 
otros, como que estaban bolando, y chupando la 
miel de las flores. Avia Benados i Gamos, Leones 
y Tigres, y todos los demás animales y aves que 
en la tierra se criavan, cada cosa puesta en su lu- 
gar, como mejor contrahiciese a lo natural. 

sEu muchas casas, o en todos tenían baños con 
Grandes Tinajones de Oro y Plata, en que se la- 
bavan, y caños de Plata y Oro por los cuales ve- 
nia el agua a los Tinajones.» (1) 



(1) Comentarios Reales, Hb. 8.° páj. 172. — Esta aficiona 
imitar en oro i plata los objetos especiulmeute los aiiiaiales, ha 



— 60 — 



XIX. 



De todas suertes, i rebajando cuanto se quiera 
por pasión, credulidad o afición a lo estupendo 
propio de aquellas edades i de las presentes, sobre 
lo que no puede establecerse la mas pequeña du- 
da es sobre que el Perú indíjena era el mas rico 
país del orbe en oro. Ahora en cuanto a que Chile 
fué su principal tributario en tan espléndida for- 
tuna, habrá de cabernos la satisfacción de demos- 



quedado todavía \^va hasta hoi entre los indios del Cuzco, de 
Quito i con mas primor en los de Guamangas (hoi Ayacucho) 
cuyos plateros fueron eximioB, especialmente en las laborea 
de filigrana, rivales en esto de los joyeros de Malta i de Flo- 
rencia. Hasta hace pocos aüos los plateros de la América espa- 
ñola, incluso los de Chile, imitahan todo i con particularidad 
gallinas, pavos, gansos, vacas, caballos, etc. I apropósito de esto 
se cuenta de un caballero qne en el siglo pasado llevó en Lima 
a un fiscal famoso por su venalidad un venado de plata maci- 
zo, i habiéndole rehusado aquél, observAudole que tenia dos hi- 
jas i no acostumbraba dar a la una lo que no podía dar a la otra, 
entendió en el acto el solicitante la fina alusión, salió a la calle, 
entró a la primera platería de la calle de Espaderos, compró un 
huanaco del mismo peso i tamaño del venado, i volvió al estu- 
dio del letrado, con lo cual las hijas del fiscal quedaron iguala- 
das i él sacó una vista a su paladar i deseo. 

De todos maneras, el talento i guato por las artes manuales 
ha sido común a chinos i a peruanos, i esta es mas seria analo- 
jía de raz.is que las que algunos han encontrado afirmando que 
Ancón procede de Hong-Cong i Chancay de Shangay... 



— 61 — 



trarlo con nuevos i no menos peregrinos i com- 
probados antecedentes i noticias mas adelante. (1) 



(2) Respecto de las al parecer inagotables riquezas del Perú 
en oro, los europeos i especialmente los ingleses han tenido oca- 
sión de ver muestras casi tau espléndidas como las enviadas a 
Carlos V. por los Pizarros, en algunas de las ofrendas o despo- 
jos patrióticos de sus paisanos que el dictador Piérola ha envia- 
do a Londres para convertirlas en libras esterlinas. Los diarios 
de esa ciudad dan cuenta en efecto de haberse rematado en 
agosto último en su Gaí&ria Artística de Pall-Mall por los se- 
ñores Foster, antiguas joyas del Perú de oro i plata hasta la su- 
ma total de 10,778 libras esterlinas. Entre los objetos mas dis- 
putados por los entusiastas ingleses que se imajinarian talvez 
asistir al ccrescate de Atahaalpa,i> cuando era solo al derroche 
de Piérola, figuraban un mostrarlo o relicario de oro con peso 
de 378 onzas por el que pagaron 1 mil pesos, otro del peso de 
185 onzas vendido en 940 libras esterlinas i así varios otros 
restos de la pasada opulencia incarial i dictatorial de aquel des- 
dichado país.. — Posteriormente se ha dicho que la venta total 
de estos objetos ha producido en Londres mas de cien mil libras 
esterlinas, o sea varios millones de soles. El Peri\ no se des- 
miente. 



CAPITULO II 



EL ORO EN CHILE EN TIEMPO DE DON PEDRO DE VALDIVIA. 

T. — MARGA-MARGA.— 11. QUILACOYA.— III. LA IMPERIAL. 
— rv. OSORNO. ~ V. VILLARRICA. 



El Adelantado don Dieg-o'de Almagro llega hasta el territorio de Casabl#nca 
i Melipilla. --Causas verdaderas de su regreso al Perú. — A posar de que- 
dar Chile «mal fajiiado» por los de Almagro, conserva la tradición de su 
gran riqneza aurifeía, i esta es la que mueve a Valdivia i a sus compa- 
ñeros a emprender de nuevo oÍ descubrimiento. — Los primeros siete 
años de la conquista i ana miserias. — Ardides de oro de quo so vale Val- 
divia para traer socorros. — Las estriberas do Monroi i el sombrero de 
oro de Concón. — Los ochenta mil dorados de Caraacho. — Descubrimiento 
de las minas de oro de Mai^á-Marga i su prodijiosa riqueza. — La da- 
mora. — Cómo el oro comen2Ó a promover la emigración espontánea a 
Chile. — Loa primeros emigrantes del oro en Marga-Marga, .según el 
contemporáneo Marino de Lovern. — Cúlcdlo do lo que produjeron las 
minas de Marga-Marga basado en el incierto quinto iJel reí. --ha. lejisla- 
ciüu del oro colonial. — Primeros acuerdos del cabildo do Santiago, en 
ausencia de Valdivia, sobro las cuadrillas, estacas, denuncios, juegos, 
etc., en las minas de Marga-Marga — Cómo las multas de Marga-Marga 
comenzaron a servir a la ciudad de Santiago para su hijiene, su Cate- 
dral, sus calles, etc., — Cuno.sa carta de los mineros de Marga-Mar- 
ga pidiendo una guarnición militar para defenderse contra los indios. — 
Acuerdo del cabildo concediéndola i manda bien pagado al verdugo Or- 
tun Xerez i tres compañeros de a caballo. — Regresa del Perú Valdivia, 
i notando el incremento de las minas, nombra alcalde de ellas en enero 
de 155<K — Los ediles de Santiago acuerdan turnarse para hacer la justi- 
cia en las minas. — El primer abogado en las minas de oro. — Aspecto 



— 63 - 



actual da los lavaderos del Rio de las minas i sa imponente ostensión, 
— Visitas del autor en 1851 i en 1877. — Una faena de oro en el Rio do 
las minas en el último año nombrado.— Abundancia de orij en polvo en 
Santiago a mediados del siglo XVI [. — Se prohibe su uso como moneda 
en osa forma cin severas peiun, pero en vano. — El oro en polvo es el 
tipo do la fortnna i de la moneda en Chile hasta el obispo Cienfnegos 
que en esa forma lo llevó a K'jma. — üesciibriraiento de las minas do 
Quilacoya en octubre de 1553 i su prodijiosa rinueüa. — Dos quintíde» d« 
oro diartog, según alguien que los vio. — Descubrimiento de placeres en 
la Imperial, i cómo ayudan sus productos a eriiir su Catedral i su mitra. 
— Las minas de oro do Villa Rica i la calidad do su metal. — Aspecto 

Íuc las ruinas de esta romántica ciudad ofrecían en 1G4U i en 1«58.— 
,08 esploradores Lee-Smith i Colé. — Riqueza aurífera de Osorno antes 
del descubrimiento de Ponzuolos. — Minas de oro olvidadas i la cofradia 
de Puigato. — Estraordinaria opulencia personal de Valdivia i sospechas 
de que quiso cor(.)nar3e en Chile, declarándose independiente. — La inde- 
pendencia del oro antes de la independencia de la libertad. — Visita 
Valdivia sus minas do Quilacoya enl a víspera de su muerte, i ¿n profé- 
tico desabrimiento en presencia de las ofrendas del oro. — El sacrificio 
de este grande hombre perturba la riqueza aurífera de Chile para rena- 
cer con mayor aliento. 

uLo que paedo decir con verdad da la 
bondad do esta tiera es qae cuantos vasa- 
llos de V. M. están en olla y han visto la 
Ntieva España dicen ser mucho mas can- 
tidad de gente que la de alia; es toda an 
pueblo e un& simentera y una mina de nro.» 

(Carta de Pedro Valdivia á CájrloaV.-- 
Concüpcion, setiembre 25 de 1551.) 

«Las primeras minas que labraron loa 
Españoles fueron las de Marga-Marga, mas 
cerca de Quillota que de Santiago. I do 
solo a(iuella mina rendían a los quintos 
Reales cada anit treinta mil pesos, ensa- 
yados de oro de ley. Fué tanto el oro que 
daba aquella mina, que se pesaba con ro- 
mana.» — (Rosales, Historia de Chile, páj. 
210) 



I. 



Dimos cuenta en el capítulo precedente ele có- 
mo los placeres de oro contribuían con notoria 
abundancia al tesoro ¿^l Inca peruano 2>or vía de 
anual tributo i de cómo adueñándose don Diego 



— 64 — 

de Almagro de una de estas remesas periódicas, 
o según dicen algunos, de una colecta extraordi- 
naria destinada al «rescate del Incav, creyóse aquél 
el conquistador mas favorecido del Nuevo Mundo 
i rompió todas las escrituras de empeño que al 
partir del Cuzco le habian firmado sus lugar te- 
nientes i sus soldados i pecheros. 

Pero fuera que los indios se dieran maña para 
ocultar sus mejores minas, fuera impaciencia de 
la Jente, flaqueza de ánimo del anciano esplo- 
rador, o lo que es mas probable, resultado de su 
recelosa enemiga con los Pizarros, a quienes ha- 
bía dejado dueños absolutos del campo i el poder 
a su espalda, el resultado fué que él personalmen- 
te no llegó sino hasta las vecindades que forman 
el promedio entre Casablanca i Mclipilla («la tierra 
de los Ficones^ dice el Adelantado en sus cartas 
al rei, i es por donde está todavía la hacienda de 
Pico, a dos o tres leguas de la última ciudad), 
donde hizo lavar un poco de oro, i calculando por 
lo fríjido de la temperatura i lo rudo de sus pobla- 
dores (tque en toda aquella tierra no hallarían una 
punta de oro», (1) dio la vuelta al Cuzco para mo- 
rir en el garrote vil a manos de sus avarientos i 
crueles espoliadores. 



(1) Oviedo, vol. IV. páj. 272. 



— 65 — 



II. 



No dio tan punzante espina la noticia de aque- 
lla tierra «mal faraadaB (así por iifania la llama él 
mismo) a su sucesor en el descubrimiento don 
Pedro de Valdivia, el animoso, porque desdeñan- 
do las riquísimas minas de plata de Parca que le 
tocaron en encomienda, marchó el último cuatro 
años mas tarde a Giiile; i en doce de proezas i de 
aventuras lo conquistó entero, al tranco del caba- 
llo i al bote de la lanza, hasta el rio i pueblo que 
llevan todavía su glorioso nombre. 



III. 



En los primeros siete años de la conquista (los 
años de Faraón) fué todo penalidades, hambres, 
lluvias i miserias para los pobladores, incluso el 
invierno de lo-tS que el jefe de la hueste compara 
con el diluvio; i aun para atraer alguna junta de 
socorro necesitó Valdivia ocurrir a una estrataje- 
ma cuyo aliciente como de costumbre fué el oro. 
«Determiné, dice en carta escrita a Carlos V. dea- 
de la Serena el 4 de Setiembre de 1545, cuatro 
años después de la fundación de Santiago, de- 
terminé para mover los ánimos de los soldados 
llevando muestra de la tierra, enviar hasta siete 
mil pesos, que en tanto que e&tuve en el valle de 

LA E. DÉLO. ^ 



- 60- 

Cancoiicagua entendiendo en el bergantín los ha- 
bían sacado los anacouas, y talvez anaconcillas de 
los cristianos, que eran allí las minas, y me los 
dieron todos para el común bien, y porque no lle- 
vasen carga loa caballos hice seis pares de estribe- 
ras para ellos. Y guarniciones para las espadas 
y un par de vasos en que bebiesen.^ (1) 



VI- 



Venían los primeros pobladores de Chile engan- 
chados por sus capitanes exactamente como las 
«peonadas» que algunos hacendados i buscadores 
de oro de Chile llevaron cuando en 1849 vinieron 
en alas de la codicia las primeras noticias i alboroto 
de California, en tantas cosas semejante a los pri- 
meros ensayos de colonización en las Indias; i por 
esto, hablando de sus dificultades i escaseces, el 
gobernador agregaba en la misma carta que aca- 
bamos de citar, estas palabras. — «Y estando al 
presente en esta tierra doscientos hombres, que 
me cuesta cada uno mas de mil pesos puesto en 



(1) Por este mismo tiempo ocurrió la matanza de los espafio- 
les que construian uu barco en la caleta de Concón, a conse- 
cuencia de haber descuidado sus armas al mostrarles loa indios 
del valle un sombrero lleno de oro. De aquella matanza escapó 
solo un negro, i el mayordomo del g;oberaador, Gonzalo de los 
Ríos, abuelo de la ñimosa i abominable Quinirala, doña Cata- 
lina de loe Híos, la Lucrecia Borjia de Chile. 



— 67 — 

ella; porque a otras tierras nue^^as van por la bue- 
na fama a ella los hombres, y desta huj^en todos 
por la ynaJa en que la hahian dejado los que no 
quisieron hacer en ella como tales; y así rae ha 
convencido hasta el din de hoi para la sustentar, 
comprar los que tengo a peso de oro.^ 

V. 

I sin embargo la constancia invencible de aquel 
grande hombre, que araba el suelo con su propio 
caballo de batalla i andaba vestido con pellejos 
como su último soldado, recompensóle en breve 
de sus imponderables afanos, porque se descubrie- 
ron las minas de Marga-Marga, en la vecindad de 
Valparaíso, i de sus primeras bateas sacó el go- 
bernador, o mas bien sus subditos a quien las pi- 
dió en préstamo forzoso, los primeros «ochenta mil 
peces dorados» del gracejo Camacho, que fueron 
ochenta rail pesos de oro (algo como dos millones 
de hoi), con los cuales fué el gobernador al Perú 
en 1547 a darse aire de opulentísimo señor i traer 
con BU munificencia refuerzos. (1) 



(1) De este despojo tau parecido a robo de Valdivia i que ma» 
tíirde le recordó en uii sertaon de burlas un gracejo llamado Ca- 
inacbo en las bodas de la sobrina del gobernador celubradas en 
Concepción, bablnn casi todos los historiadores primitivos, espe- 
cialmente Marino de Lovora que fué testigo de vista o poco me- 
nea Marino de Lovera era hombre verídico, natural de Ponteve- 
dra, la patria de Méndez Nufiez. 



— 68 — 



VI. 



Las minas, o mas propiamente los lavaderos de 
Marga-Marga (Malga-Mahja, dice el venerable 
Libro-becerro del Cabildo de Santiago) fueron en 
su principio riquísimas i de sus estupendos traba- 
jos hállanse visibles las huellas en todas partes en 
aquel hoi solitario i yermo valle. Aunque se tra- 
bajaba solo durante el otoño (después de la cose- 
cha) i en el invierno, que era lo que se llamaba 
la demora, (1) sacaban con unas pocas cuadrillas 
de infelices indios hasta mil pesos de oro al dia. I 
no debian ser tan numerosos los indíjenas por cuan- 
to, aun en tiempo de rebelión, bastaban cuatro 
hombres a caballo i pagados por el rei para man- 
tenerlos a raya, mientras que hasta el último ga- 
ñan se enriquecía. <iEra la grosedad de estos 
minerales tan abundante, dice un soldado que an- 
duvo con Valdivia i estuvo destinado a morir con 
él (Marino de Lovera) que venían hombres con 
mujeres e hijos tan pobres que para los fletes no 
tenían, y se remediaban luego con la grosedad de 
la tierra.» 



(1) La demora duraba en todos las Indias ocho meses i varia- 
ba probablemente en cadapliís según el clima. En Chile dobla 
comenzar a fines de onero, cuando ya estaban guardadas laa co- 
sechas eu las trojes, i terminaba por liuets de aeücmbro cuaado 



— 69 — 



vn. 



Resulta claramente de este pasaje de un con- 
temporáneo, que la primera inmigración espontá- 
nea i no enganchada por dádivas o levas que 
penetró en el «mal famado Chile» fué encaminada 
por su riqueza aurífera o mas propiamente por las 
minas de Marga-Marga: i de estos mismos place- 
res hace referencia el padre Rosales en su libro 
que escribió un siglo cabal mas tarde cuando dice: 
íDe las minas de Quillotay Limache sacaban mil 
pesos do oro cada dia. En las minas de Culacoya, 
distante de la Concepción seis leguas, se sacó gran 
suma de oro y hasta oy se saca. Y se halló allí un 
grano que pesó cuatrocientos pesos, y en otras 
muchas de a ciento. De la encomienda que tenia 
el governador D, Pedro de Valdivia en los valles 
de Tucapcl y Arauco, travajaban en la labor de las 
minas de aquellos paises cada semana noventa y 
seis marcos de oro, como refiere Arcila.í (1) 



comenzaba el sembradío de chácaras, qae era en lo que enten- 
dían los indios. 

(1) Ercilla.Como se sabe, el marco de oro pesa media libra i 
eqnivaliaa .50 pesos de oro, o sea 150 pesos de plata, de aquel 
tiempo, equivalentes a quinientos o mil del presente. Sobre ol va- 
lor mercantil del primer oro de Chile, hó aquí lo qne dice el pa- 
dre Rosales en el Lib. V. de su Histuria citada, «El marco de oro 
C3 de ocho onzas, rj^ue montan ciuuueuta pesos de oro, cada peso 



— 70 — 



VII] 



Es a la verdad tan interesante bajo el punto de 
vista no solo de los oríjenes de la primitiva in- 
dustria minera en Chile sino con relación a nuestra 
lejislacion, vijente todavía en su espü-itu, que no 
podemos menos de echarnos a pesquisar en los vo- 
luminosos acuerdos de los primeros cabildos de la 
capital todo lo que en ellos fué materia de acuerdo 
con referencia al primer asiento regular de minas 
de oro, únicas riquezas propiamente talos que hu- 
bo en Chile durante dos siglos, sometidas a cier- 
tas reglas de esplotacion mas o menos bien esta- 
blecidas. 

I desde luego tropezamos con una serie de re- 
soluciones tomadas cuando "Valdivia aun no re- 
gresaba del Perú, en su viaie vengador contra 
los Pizarro, medidas reglamentarias cuya aplica- 
ción en el terreno, limitando los privilejios de 
los esploradorcs en el empleo de sus cuadrillas, 
en el reparto de las estacas, en la obligación de 
llevar el trabajo hasta la circa (ala peña») i hasta 
en la prohibición del juego, enfermedad incura- 
ble de todo asiento minero, no seria infructuoso 



ocho tomines, cada tomín doze gmnfs, y cada cnatro granos de 
oro puro es un quilate. Assi so practica en el Pert'i, como lo dicen 
Miijutíl Jeiónimo de Santa Cruz y Juan de Arze en au. quilator 
dor. El peao de oro valia en Chile sieudo de perfecta ley 450 
uiaravedis castellanos. i» 



— 71 — 



retener en la memoria para lejislar en los presen- 
tes tiempos sobre el oro venidero. 



He aquí en efecto estos curiosísimos acuerdos 
de los primeros ediles de Santiago que correspon- 
den al 10 de diciembre de 1540 i dicen testual- 
mente como sigue: 

«En la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo 
de estas provincias de la Nueva Estremadura, lu- 
nes diez días del mes de dictemhre de mil e qui- 
nientos e cuarenta e ocho años, se juntaron a ca- 
bildo e ayuntamiento en las casas de S. M. los 
magníficos señores Salvador de Montoja e Rodri- 
go de Quiroga, alcaldes ordinarios, y Juan Fer- 
nandez Alderete, y Rodrigo de A raya, y Juan Go- 
dinez Alderete, y Juan Bautista de Pastene, regi- 
dores, e Juan Gómez alguacil mayor e así juntos 
por ante mí Luis de Cartagena, escribano de este 
su cabildo, acordaron y ordenaron lo siguiente, 
sobro lo tocante a las minas de donde se saca oro. 

i> Primeramente, que se eche a las minas a sa- 
car oro desde 15 de enero primero venidero del 
año de 1549 años; porque salgan las cuadrillas a 
tiempo que tenga lugar de sembrar al fin de la 
demolía, 

»Item ordenaron y mandaron: que de hoi en 
adelante, que cualquier persona que hobicse sido 



minero y ^raido cuadrilla a su cargo de cualquier 
persona, que dentro de tres años no pueda traer 
cuadrilla suya propia en ninguna mina de oro, 
aunque tenga jente para ello; so pena de perdido 
todo el oro que sacare, aplicado en tres tercias 
partes: la una para la cámara del rey, y la otra pa- 
ra la persona que lo denunciare, y la otra para las 
obras públicas de esta ciudad de Santiago; y que 
tenga perdidos el tal minero las piezas con que lo 
sacare, 

íOtrosi ordenaron i mandaron los dichos seño- 
res: que cualquier señor de cuadrilla que tuviere 
y trajere mas de una cuadrilla en tales minas de 
oro y de un minero, y descubriere minas que no 
puedan estacarse ambos a dos a una estaca^ sino 
que se le dé salteada y que el alcalde do minas dé 
allí mina al primero qiiela j'iidiere. 

sOtrosi, que si algún esclavo o anacona que 
trajere cuadrilla de su amo sacando oro, que si 
las catas que diere y no llegare a la peña, que pa- 
gue de pena y se lleven dos pesos de buen oro por 
cada cada cata que diere y no llegare a la dicha 
peña. 

DÜtrosi mandaron: Que rdngun minero ni otra 
persona sea osado de jugar ni jueguen en las di- 
' chas minas y teroiino de ellas a naipes, ni a da- 
dos, ni bolas, ni a otros juegos; so pena de cien 
pesos de buen oro de lei perfecta, aplicados en 
cuatro partes: la una para la cámara de S. M. y 



— 73 — 

la otra para la persona que lo denunciare, y la 
otra para las obras públicas de esta dicha ciudad, 
y la otra para el alcalde de minas que lo ejecuta- 
re; y que si el dicho alcalde lo disimulare y no lo 
ejecutare, que se (jacute en él y se le lleve la inlsma 
pena en que desda ahora le dan por condenado, lo 
contrarío haciendo. 

íOtrosi, que ninguu negro, ni esclavo, ni ana- 
conas no jueguen en las dichas minas, sopeña por 
la primera vez de cieri azotes, y por la segunda 
doscientos i que esté todo un dia atado a la picota 
que está en las dichas minas. I de como lo acor- 
daron y mandaron, lo firmaron aqui de sus nom- 
bres. I mandaron se pregone todo lo susodicho 
publicamente, para que venga a noticia de todos. 

»Otrosi ordenamos y mandamos: que ningún 
minero ni otra persona alguna mande trabajar, ni 
trabajen los indios ni anaconas que sacan oro, los 
domingos y fiestas quese yaardan en ellos en cosa 
alguna que sea de trabajo; sopeña de 20 $ de 
oro, en los cuales les damos por condenados a la 
persona que los mandare trabajar, aplicados en 
tres partes: la una pura la iglesia mayor de esta 
ciudad de Santiago, y la otra para la persona que 
la denunciare, y la otra tercia para las obras pú- 
blicas de esta dicha ciudad. I el alcalde de minas 
que luego lo ejecute e reciba los dichos veinte pe- 
sos i los reparta en los que se aplican; so pena 
que si lo desiraulare, sea ejecutado en la dicha 



LA K. DEL ü. 



10 



— 74 — 

pena, en la cual le diuxios por condenado lo con- 
trario haciendo,» 



I fué de esa manera (obsérvese ello bien), con 
las rnulias, es decir, con la cosa mas aborrecida por 
el santiaguino, i otro sí con multas de oro, como 
comenzó la ciudad a tener calles i acequias, ace- 
ras i empedrados, templos e liijiene; siendo asun- 
to digno de nota, en aquellos ascéticos tiempos 
que la multa por quebrantar la santidtid i el ocio 
del domingo era en realidad leve, cuando la del 
juego no podia ser ni mas severa ni mas humi- 
llante. — Cien pesos de oro componían entonces 
una pequeña fortuna i cien azotes serán siempre 
un castigo mui poco apetecido aun por los que 
nacen envilecidos i esclavos. 



XI. 



No es menos interesante respecto de la guarda 
i de los lavaderos de Marga-Marga la siguiente 
resolución que en un caso de apuro, por amenaza 
de un levantamiento jencral de las indiadas, tomó 
dos meses mas tarde el ayuntamiento de Santiago, 
cuando iba a comenzar la demora, es decir, la épo- 
ca de sudor i de azote de los lavaderos. — El acuer- 
do dice testualmcnte como sigue: 



— 75 - 

«En la ciudad de Santiago del nuevo Extremo 
de estas provincias de la Nueva Estremadura, 
miércoles 13 dios del mes de febrero, -año de mil 
e quime7itos e cuarenta y nueoe años, se juntaron 
a cabildo e ayuntamiento los magníficos señorea 
capitán Francisco de Aguirre y Juan Fernandez 
Alderete, alcaldes ordinarios, y Salvador de Mon- 
toya y Rodrigo de Quiroga, y Gaspar de Vergara 
y Francisco de Riboros, rcyidorcs, y Juan Gómez 
alguacil mayor, y así juntos por ante mí Luis de 
Cartagena, escribano de este su ayuntamiento, 
acordaron y proveyeron lo siguiente: 

»Dió en este cabildo Gaspar de Vergara reci- 
bida una carta misiva que traia del asiento de las 
minas de donde (se) saca oro; la cual venia diri- 
jida para los dichos señores justicia y rejidores, 
del tenor siguiente: 

«Muí magníficos señores: Pedro Gómez de las 
Montoyas, en nombre de todos los mineros que 
están en estas minas de Malga-Malga, digo: por 
cuanto la tierra está robeladií, y han muerto todos 
los españoles do Coquimbo y los de Copiapó, se- 
gún los indios dicen, lo cual todas vuestras mer- 
cedes mejor saben; suplico a vuestras mercedes en 
nombre de todos los mineros, pidan y requieran a 
los oficiales de S. M. que para que se puedan sus- 
tentar estas minas y estén seguras y no denlos 
indios en todos los que estamos aquí, manden pro- 
veer de aljíuna gente de a caballo a costa de la ha- 



— 76 — 

cienda de S. M. y de sus quintos reales como en 
otras partes donde hay minas se suele hacer, por- 
que si no se envia jente que sustente las minas y 
nos guarden, yo y todos los dichos mineros esta- 
mos determinados de desampai'ar las 7ninas, y ca- 
da señor de cuadrilla venga a poner cobro en ella 
dentro de ocho dias si no lo proveyeren. I de esta 
manera los quintos reales de S. M., por no gastar 
lo que pueden dar a seis hombres a caballo que 
nos guarden y sustenten las minas, perderá S. M. 
cantidad de veinticinco o treinta mil pesos de oro 
de quintos. I porque me pareció a mi y a todos 
los dichos mineros, conviene al servicio de Dios y 
de S. M., y aumento de sus quintos reales, y pro y 
seguridad de la tierra, lo pido y suplico por mi y 
en nombre de todos los dichos mineros (que) lo 
piden y requieren, como arriba digo, a los dichos 
oficiales de S. M. que lo hagan como arriba su- 
plico. 

»Besan las magníficas manos de vuestras mer- 
cedes.- -Pec/ro Gómez.— Juan Gutiérrez. — Fran- 
cisco de Loarte. — Pedro Dominguez, — Francisco 
GoTnez. —Sebastian Vázquez. — Alonso Pérez Jura- 
do.— Francisco Gómez.— Francisco Aforeno. — Fran- 
cisco Rabio. — Juan de Chavez. — Amador de Silva. 
— Fran cisco Gallego. » 

»E leida la dicha carta los dichos señores jun- 
tamente con los señores oficiales de S. M., visto v 
acordado que así conviene se provea de alguna 



- n - 

jente de a caballo que esté y resida en el dicho 
asiento de minas, para la buena guardia i susten- 
tación de los españoles que allí están sacando oro; 
se proveyó 4 de a caballo y que estos sean paga- 
dos de la real hacienda de S. M., y que se les dé 
de salario 50 pesos de oro cada mes a cada uno de 
ellos, atento a que al presente vale muí caro el 
herraje, y todo lo demás para sustentar sus armas 
y sus caballos y sus personas. Lo cual se les ha de 
pagar, como es dicho, de la caja del rey a cada 
persoua de los dichos cuatro de a caballo, 50 pe- 
sos de buen oro y lei perfecta, cada mes, para que 
estos tengan cuidado de velar cuando fuere me- 
nester a los cuartos del alba y andar paseándose 
con sus armas y caballo al tiempo que cada noche 
vienen las cuadrillas a dar el oro que han sacado^ 
a los mismos; y que se les escriba que todos juntos 
los dichos mineros y las demás personas que resi- 
den en las dichas minas, duerman todos en las 
dos calles principales que están en las dichas mi- 
nas y que todos estén con sus armas apercibidas; 
pues conviene así para la sustentación y buena 
guardia de las dichas minas. I como lo acordaron 
y proveyeron y lo firmaron aquí de sus nombres. 
— Francisco de Afjuirre. — Jaa?} Fernandez Alde- 
rete. — Salvador de Monioya. — Gaspar de Vergara. 
■ — Ante mí, Luis de Cariajena.i (1) 



— 78 — 



XII. 



Un año habiii pasado. Era el mes de enero de 
1550, i el dadivoso Pedro de Valdivia, que en es- 
to i^ialó a Almagro, habla vuelto mas gallardo i 
poderoso que antes de su segunda campaña del 
Perú en la que vengara a aquél i «a los de Chile» 



tos el que hacia el oficio de verdugo i se llamaba Ortura Xerez 
cumplieron al parecer su contrato i el cabildo su compromi- 
so, porque en el mes de setiembre (el 25) de ese misrao aQo, el 
ayuntamiento mandó pagarles sus salarios de la fenecida demora 
conforme al acuerdo siguiente. 

aAcórdose por los dichos señores justicia e rejidores que por 
cuanto por muchas peticiones que ea esta cabildo han dado por 
parte de Antonio Muñoz 7 de Juan Hermosa e Ortum Xerez y 
Bartolomé Camacho que fueron las personas que por este libro 
de cabildo parece haber sido tomados e concertados para ir a las 
minas donde se saca oro, nombradas Malga-Malga, para lávela 
e guarda da ellas, por estar la tierra e los naturales de guerra y 
convino así al servicio de Dios y del Rey y aumento de sus de- 
rechos e quintos reales; so los proveyó de un libramiento de 
quinientos y veinte pesos que se les debia a todos cuatro do dos 
meses e veinte dias que estuvieron con sus armas y caballos en 
las dichas minas hasta el dia en qn3 fueron despedidos.» 

El padre Rósalos que indijdaljlementa consultó eu Santiago 
el casi iniutelijible libro-becerro,^cita equivocadamente la sesiou 
del I." de febrero por la del 13, cuando dice: — «Y dize assi el li- 
bro de el Cabildo: (tViernes primero de Febrero de 1.549. Los 
miueros de Malga-Malga escribieron al Cabildo de e.sa Ciudad 
querían desamparar las minas, sabido lo qne pasaba en Coquim- 
bo y Copiapó. Y escriben perderá el Rey eu solas aquellas mi- 



— 79 — 

haciendo cortar la cabeza en Ayacncho a Gonzalo 
Pizarro. Iba a comenzar la demora de Marga-Mar- 
ga; que ya producía al reí solo de quintos 30 mil 
)e8os de oro, i a tanto sabia la fortuna del raiue- 
il que el gobernador juzgó necesario nombrar al- 
caldes que allí residieran por turnos para admi- 
nistrar justicia, conforme al rescripto que copia- 
mos a continuación: 

aDon Pedro de Valdivia, gobernador e capitán 
general por S. M. en esto nuevo Extremo, &*. 
Por cuanto me conviene nombrar alcalde do minas 
en el asiento de Mal2;a-Mal^a donde sacan oro las 
cuadrillas mias e de los vecinos de esta ciudad 
de Santiago, para que determine los pleitos, cau- 
sas y diferencias que sobre el estar de las minas 
del oro e sobre las demás cosas que se suelen mo- 
ver entre los mineros e las demás personas pobla- 
dores de las dichas minas, que sea hábil e suficien- 
te e tenga esperiencia de lo que al tal oficio con- 
viene; e porque vos Mateo Díaz sois tal persona y 
en quien concurren las dichas cualidades y las de- 



nas de quintos, si los desamparac^ caatidad de 25 o 30 mil pesos 
de oro.» 

En la jnnta del 1." de febrero uo se trató absolatamente de 
Ifts minas de Miilga-Malga, sino del alzamiento de loa indios de 
(Joqiiimbo, cuya mala nueva llegó prDbabltíuieüttí ese día, i en 
consecuencia se acordó mandar a Francisco de Yillagra a apa- 
ciguarlos, quedando de gobernador interino Franclaco de Agni- 
rre, que para ello tenia poder de Valdivia. 



— so- 
las que se requieren tengan las personas que han 
de ser nombradas para semejantes cargos, Vos 
nombro e proveo para alcalde de las dichas minas 
de oro en el rio de Malga-Malga e asiento de ellas, 
e vos doi poder para que como tal alcalde podáis 
conocer e conozcáis de todas las causas, pleitos e 
negocios que se ofrecieren en lo que a vuestra ju- 
risdicción tocare sobre las tales minas; e los tales 
pleitos e causas difinir e sentenciar ditinitivamen- 
te, ejecutando las dichas sentencias como en todo 
lo acostumbran hacer los demás alcaldes de minas 
puestos en estas partes de Indias por los goberna- 
dores e justicias de ellos. E así mismo os doi po- 
der para que si en dichas minas y términos de ella 
sucediere entre los vasallos de S. M. alguna cues- 
tión, los podáis prender, y hecha vuestra infor- 
mación enviarlos a esta ciudad remitidos al licen- 
ciado de las Peñas, (1) mi justicia mayor, o a los 
alcaldes de S. M. para que conozcan de la tal causa 
e la lleven conforme a derecho a debida ejecución. 
E así mismo porque conocéis los indios naturales 
cuan mentirosos son e huídores, no por el mal 
tratamiento que ahí se les hace, ni por traba- 
jos excesivos que se les dan en el sacar el oro, 



(1) Este licencindo fué el primer abogado i embrollón de plei- 
tos de miuas que hubo en Chile, por lo cual, sobre sus honora- 
rios, llevó sendas palizas, según consta de la historia. El según* 
do abogado se llamaba Altamirauo, era natural de Huete i 
hombro de guerra. 



ni por falta de mantenimiento que tengan, si- 
no por ser bellacos y en iodo mal inclmados e por 
esto ser necesario castigarlos conforme a justicia: 
vos doy poder para que los podáis castigar dándo- 
les azotes c otros castigos en que no intervenga 
coiiar miembros; ni tampoco castiguéis cacique 
ninguno que merezca por el delito de cortar al- 
gún miembro o la muerte; y en tal caso teniendo 
información, merece así ser castigado, yo os man- 
do le enviéis a esta ciudad al dicho licenciado para 
que él lo determine conforme a justicia e dé la 
pena que mereciere.» (1) 



(1) Acuerdo semejante a este celebraroa loa ediles de Santia- 
go un año mas tarde, esto es, el 29 de enero de 1551, estable- 
ciendo alcaldes de turno entre ellos mismos, confonne a una 
resolución que es del tenor siguiente: 

«Asi mesnio acordarou y proveyeron aus raercedea que por 
cuanto en esta ciudad hay personas de confianza e conciencia y 
(le fidelidad en quien concurren las calidades que se deben te- 
ner pura el efecto susodicho y para que estén y residan en las 
dichas minas por sus términos de mea a mes. E los tales reji- 
dores de este dicho Cabildo, al tiempo que se hallaren en las di- 
chas minas de Malga-Malga, puedan conocer e conozcan de to- 
dos los casos auejos e pertenecientes a las dichas minas de oro, 
e juegos e rescatei y en otraa cosaá que por sus personas e bienes 
(de los) que rebeldes fueren; e conforme a las dichas ordenanzas 
y lo demás que está mandado e proveido, por esta dicho Cabil- 
do, apUcando las tales penas para la cámara e obras públicas de 
esta ciudad. Y en todo hagan e administren justicia, en todo 
aquello que couviene al servicio de S. M., e de la ejecución de sn 
justicia ebien e pro de la repáblica e de esta ciudad. E cono- 

LA E. DÉLO. VV 



— 82 — 



XIII. 



Eran tan íibundantes i tan ricas en polvo aurí- 
fero los páramos del distrito que es hoi departa- 
mento de Gasablaaca, qne aceptando la base su- 
mamente mezquina del derecho qae los mineros 
pagaban al reí (cuando ello se les antojaba) su pro- 
ducción llegaba a cien mil pesos de oro en cada 
año, pero la realidad entre jen te tan áspera, apar- 
tada de la lei, de sujo revoltosa i que andaba de 
continuo con la espada en la mano contra el mis- 
mo rei, no podía menos de superaren muchos co- 
dos de oro a esa cuenta. 

Del aspecto que esos lagares presentan hoi di- 
duci ríase en efecto que fueron trabajados largos 
años i por millares de obreros, porque el cascajo es- 
tá revuelto, grietado i en montones por espacio de 
varias leguas i horadada la tierra con hondos po- 
zos liasta la circa. Mas suponiendo que no hubie- 
ran sjdo esplotadas sino en los primeros veinte 
años de la conquista, esto es, hasta 1561, en que 
fueron descubiertas las minas de Choaj)a que las 
eclipsaron, resultaría que sin salir de la tasa es- 
tablecida, i trabajándolas solo durante ocho me- 



ciendo en todos los casos civiles y criuiiuales, lo podáis conocer 
y ejecutar asi en peua pecunial como en pena corporal y como 
mas convenga al servicio de 8. M. e de la repúbUca.T> 



— 83 — 

ses en cada año, habrían producido dos millones 
de pesos de oro, equivalentes a sois de plata i a 
veinte i cuatro millones de pesoa de la actual mo- 
neda, computíida la diferencia de valor del oro i 
de la j)lata de aquellos i de los presentes tiem- 
pos. (1) 

XIV. 

Recorrimos nosotros en, la primera edad de la 
vida, peregrinos de la política i sus sentencias.... 
políticas, el Rio de las minas, o de Marga-Marga, 
que es el mismo de Viña del Mar, en el raes de 
julio de 1851, i no cual señor dictando leyes a 
usanza de don Pedro de Valdivia, que también 
estuvo preso i condenado a muerte, sino en pobre 
rocin, prófugo de una cárcel, donde quedárase el 

último Ortura Xerez ejerciendo su ñital oficio I a 

la verdad que no pudimos menos de maravillar- 
nos de aquellos imponentes escombros del trabajo 
servil i de la tiranía humana. 



(3) Respecto del valor riel caatellaao de oro (que era lo (|ne 
se llamaba peso de oro) hé aquí lo que dico Rosales de acuerdo 
con cálculos posteriores de Clemencia i da Prescott. 

«Mainlásc avaluar, por cédiilu do 13 de marzo de 1G13, cada 
peso casttíUniio de oro por quinientos y oclieuta y nueve mara- 
vedÍ3, como lo refiere Gaspar Escalona en su Glasofilncio, con 
que montan loa treinta mil pesos: sesenta y cuatro mil, nove- 
cíeutos y sesenta y tres peaos, un real y treinta maravedís de 
plata.D 



— 84 - 

Veinte i seis años mas tarde (marzo de 1877) 
volvimos a visitar el Rio de las minas, que así se 
llama, i custodió el verdugo Ortum Xerez i sus tres 
éocios tres siglos antes; pero solo hast^i sus juntas 
con los esteros de Quilpué, tierra antigua de oro, i 
de Reculeinu que viene del fondo de la hacienda 
jesuítica de la Palma, cuyos ricos lavaderos i trapi- 
ches de oro visitó espresamente Frezier en 1713. 

I todavía en el tiempo de nuestra última corre- 
ría habia allí una faena de oro, impulsada por va- 
por i perteneciente a un esforzado, si bien poco fe- 
liz, minero atacameño; su nombre, don Antonio 
Covarrubias. Un motor que había sido arrastrado 
por 13 yimtas de bueyes desde la estación del Salto 
había' remplazado las cuadrillas de don Pedro de 
Valdivia i de los encomenderos de Santiago, pero 
con mucho menor fortuna i recojida. (1) 



(1) De temer es ciertamente que eso8 veneros, como muchus 
otros tle pasada fama, estea ho¡ completamente agotados porque 
los espaQoles los trabajaron hasta la «peña,» es decir, hasta la 
circa o roca pin tónica, según se observa en los documentos i es- 
combros ya citados. 

Por otra parte, i en el lugar elejido por el industrial arriba 
nombrado, era preciso luchar con las capas de arenas arrastradas, 
que allí miden mucho metros de ospesorj i con la abundancia de 
agua qne aquellas mantienen en suspensión i que es la que hoi 
dia surte a Valparaíso. Por esto nos pareció poco propicia aque- 
lla empresa, i de ella eu su época dijimos lo que en seguida co- 
piamos: —«Pero este trabajo no seria de importuucia si no fuera 
que es preciso luchar en estos parajes a brazo partido i hora 



— 85 — 



XY. 



Vi 



Mas, volvientlo de regreso a los siglos i ti los la- 
'uderos de Marga-Murga, vecinos de los de Llam- 
paico, Quilpué, Mulacara (que es Maleará) la 
quebrada de Alvarado i otros parajes circunveci- 
nos de la provincia de Valparaíso notorios por loa 
vestijios de su antigua opulencia, fueron tan pro- 



por hora, mÍDuto a minuto, con el agua, esa misma agua que 
vienen a buscar como oro los hidróscopos de Valparaiso. 

íEl actual esplorador del Rio de las minas ha tratado de de- 
saguar su pozo de reconocimiento con una bomba a vapor. No 
dio ésta abasto, i el tenaz empresario llevó al sitio, hace un mes, 
un enorme caldero arrastrado por once yuntas de bueyes que 
andaban un quilómetro por dia. I como esto fuera todavía iu- 
snficiente, practica ahora otra esploracion a vapor algo mas 
arriba del estero, a pocos pasos de una f lena abandonada por los 
españoles, al pié de una palma, cuyos escombros acusan un es- 
fuerzo colosal i cuya tradición habla, como siempre, solo de «ca- 
pachos de oro» ....Por nuestra parto, deseamos solo uno, pero bien 
colmado, al esforzado compatriota ouo allí tiene empeñada su 
f jrtuna i su vida por realizar un inmenso problema nacional. 

j>Notaremo8j de paso, que aaí como en loa lavaderos de Cata- 
pilco se lucha con la carencia de agua, aquí el constante enemigo 
del éxito es esa misma agua que bruta límpida i brillante a ca- 
da golpe de barreta. I así, como en este cajón de cerros, \'ive 
siempre el hombre entre la esperanza i la fortuna en la redon- 
dez entera del mundo, malogrando en las mas ocasiones su ha- 
do, unas veces rpor cartas demás i otras por cartas de meaos», 
— {De Valparaíso a Santiago, por B. Vicuña Mackenna, ])áj. 
120.) 



— 86 — 

líficos los primeros de oro en polvo, que se hizo 
iiidisiieiisable tomar medidas serias para obligar a 
sus dueños a fundirlo, marcarlo i sacar de él el 
tributo que antes se pagaba al Inca i ahora al Rei, 
— el quinto del oro, — o sea el veinte por ciento, 
estilo del salitre de Antoíiígasta, Iquique i Aguas 
Blancas. 

Hé aquí en efecto una curiosa resolución del ca- 
bildo de Santiago del 24 de enero de 1551 (enero 
era de ordinario, como víspera de la demora, el 
mes en que se lejislaba sobre minas en Chile), 
que hoi parecería a los que mandan a la plaza sus 
desgarrados billetes un delicioso pero inverosímil 
sueño. 

sEste día (enero 24 de 1551) acordaron i man- 
daron sus mercedes: que por cuanto a noticia de 
BUS mercedes era venido como muchos yanaconas, 
indios, indias, asi naturales de estas provincias 
como de las provincias del Perú, van a comprar 
con oro en polvo a las casas de los mercaderes que 
residen en esta ciudad y los mercaderes reciben 
de ellos el dicho oro e venden su ropa en mas cre- 
cidos precios que a otras personas, yendo los di- 
clios mercaderes contra la orden y mando de sus 
mercedes que antes de ahora está mandado. Por 
tanto dijeron que mandaban e mandaron a todos 
los merca<lere6 y otras personas que al presente 
residen o rossidiercn en esta dicha ciudad, que 
ellos ni otra persona ninguna por ellos vendan 



— 87 — 

ninguna ropa de la tierra ni otra mercadería a 
ningiui yanacona, ni india, ni indio a trueque de 
oro en polvo sino fuere a trueqne de oro fundillo c 
marcado, so pona de cada cincuenta pesos de buen 
oro, aplicailos la tercia parte para la cámara de 
S. M. y los otras dos tercias partes para las obras 
públicas de esta ciudad, c lo firmaron de sus nom- 
bres. 

»A8Í mismo acordaron sus mercedes: que por 
cuanto antes de ahora e ahora lian usado e usan 
de nombrar por alcalde de minas de oro, persona 
que siempre ha tenido e tiene carg'o de cuadrilla 
de indios, que en él estau encargados, no pueden 
ser de derecho tal persona por alcíilde, sino uua 
persona que no tenga cargo de indios ni minas, 
por tanto dijeron sus mercedes que mandaban e 
mandaron que de hoi en adelante no puede ser ni 
Rea por alcalde de minas de oro persona ninguna 
que tenga cargo de indicJis de cuadrilla, ni nigua 
minero; e si tal persona fuere alcalde, sea en si 
ninguno el tal oficio, e lo que por él fuere hecho 
tocante a las dichas minas y lo demás que por él 
Be hiciere c fuere proveído. — Rodrigo de Qniror/a. 
— Rodrigo de Araya, — Pedro Gómez. — Francisco 
Miñez. — Diego Garda de Cáceres. — Pedro de Mi- 
randa. — Juan Gome:i. — Pasó ante mí, Pascual de 
Ibazeta escribano público de Cabildo. (1) 



(1) üurante todos los siglos del coloniaje 'se repitieron reales 



— 88 — 



XYI. 



Antes de la muerte de Valdivia, acontecitnion- 
to funestísimo para Chile ocurrido en los últimos 
dias de diciembre de 1553, la riqueza aurífera de 
Chile alcanzó un desarrollo verdaderamente pro- 
dijiososo. Un cronista del siglo pasado refiere que 
el despierto cuanto infíxtigable primer gobernador 
ordenó se hiciese pesquisa formal de minas de oro 
entre los indios i añade que el éxito coronó su 
empeño i la fortuna de los cateadores o deman- 
deros. (1) 

Pero un soldado contemporáneo, que militaba 



céJulas i penas para prohibir el uso del oro en polvo como rao- 
nedn; pero era inútil como se vio en este mismo siglo en Cali- 
fornia, prueba de que el oro no valo como moneda sino como sus- 
tancia. Los patricios de 181.0 qne pudieron emigrar en 1814, lle- 
varon su fortuna en oro en polvo, i en oro en polvo, de sus minas 
del Chivato llevó sus donas al papa León XII el obispo Cieufue- 
gos cuando fué dos veces a Roma a sus acuerdos espirituales, al- 
gunos años mas tarde i trajo consigo un papa, el futuro Pió IX, 
(I) «Dispúsose el que se solicitare el descubrimiento de mi- 
nas que mejorarian el reyno, para cuyo efecto se despacharon va- 
rias personas inteligentes en busca de ellas, y después de haber 
corrido mucho, volvieron los emisarios gozosos poi*la descubier- 
ta qne habían hecho y que demostraban ser mui ricas, princi- 
palmente las de Quilacoya, cuya noticia la celebraron los espa- 
ñoles con demostraciones singulares de alegría: mas no así el 
gobernador, quien la recibió con ánimo indiferente sin que se le 
observase mutación exterior.» (Córdoba i Figiieroa — ílistoria 
de Chile páj. 54), 



— so- 
bajo el estandarte de Valdivia i anduvo con ¿\ 
hasta el dia víspera de bu muerte, Pedro Marino 
de Lovera, natural de Galicia, cuenta sencillamen- 
te el descubrimiento del fumoso mineral de Quila- 
coya, que lioi besan los rieles del ferrocarril entre 
Concepción i San Rosendo, en los naturales térmi- 
nos siguientes, i como hombre que lo viera i lo 
palpara: 

«Poco después de su partida (la de Valdivia pa- 
ra Santiago) se descubrieron unas minas en un 
lugar llamado Quilacoya que está cinco leguas de 
la Concepción cuya riqueza es tan excesiva que so- 
lo los indios que sacaban oro para el gobernador, 
le daban cada dia cinco libras y mas de oro fino. 

)^Hallada esta opulencia tan grande se hizo un 
asiento de minas en aquel lugar, el cual se comen- 
zó en el mes de octubre de 1553, poniendo para 
ello españoles mineros que gobernasen a los in- 
dios porque pasaban de 20,000 los que veuian a 
trabajar por sus tandas, acudiendo de cada repar- 
timiento una cuadrilla a sacar oro para su enco- 
mendero. Fué tanta la prosperidad que se gozó en 
este tiempo que sacaban cada dia pesadas de dos- 
cientas LIDRA3 DK ORO, lo citíil testifica el autor co- 
mo testigo de vista, cosa de tanta opulencia que 
quita la vanagloria a los famosos rios Idaspe de 
la India y Pactólo de Asia.» (1) 



(1) Marino de Lovera, flistoria de Chile, páj. 144. Marino au- 

LA E. DEL o. 12 



— 90 — 



XVII. 



La oscura colonia brilló entonces como desluni- 
bradora centella en el horizonte de las Indias, po- 
blada de codicias, i lo que habia sido rincón del 
Universo comenzó a ser emporio. De todas partes 
en los dos mundos afluyó de tropel la jente mer- 
cenaria i rebuscadora, como a California tres siglos 
justos mas tarde, i esa Oalifornia del siglo XVI 
fué la Araucania. «Con estas poblaciones, dice el 
historiador Rosales, que en esta parte merece mu- 
chas veras, como hombre grave i de la época, ha- 



daba con ValJivia en calidad de aiiuple soldado cuando éste, a 
mediados de diciembre de 1553, sa dirijió a Giacepcioii para ir a 
morir en Tucapel, i estuvo de paso uaou dos días iugpeccionando 
sus ricas minas, con ánimo triste i aoiubrio, al decir de tiuieaes 
lo acompaQabau. «Aquella misma mvQaaa ea que llegó a las 
minas, dice en efecto Marino de Lovera que allí estaba, trajo el 
mayordomo al gobernador llamado Rodri^jo Volante, una fuente 
de plata con seis libras de oro en polvo, i se In puso delante di- 
ci^aduleque aquel oro liabiau sacado sus indios el dia antes, y 
que cada dia le sacaban otro tanto; por otra parte le trajeron una 
bermosa fuente llena de diversas couserviis, (dulces), mas él 
estaba tan amargo que ni lo primero le alegró el corazón, ni lo 
segundo endulzó el gusto, antes mirando el oro dijo:— l'o alabo 
aquel que tal cria., i con esto mandó «¡uitarlede delante; pues era 
tiempo de tomar laa armas i no de cobdicia de riquezas i de las 
conservas tomó una tajada de diacitrou (dulce de cidra), el cual 
al parecer se le atravesó en la garganta, donde parecía tener un 
nudo que lo impedía.» — (Obra citada, páj. 152.) 



— 91 — 

blando de las ciudades araucanas nacidas del oro 
como la Imperial, Valdivia, Villarica, Osoruo, Au- 
gol i muchas otras, se puso cuidado en todas partes 
en catear (1) la tierra y descubrir minas de oro, y 
se bailaron algunas riquísimas, particularmente en 
Culacoya (Quilacoya), la Imperial, Valdivia, Cal- 
coimo, Relomo, Tucapel y Angol, donde los indios 
al principio juraron de no descubrir oro ninguno 
porque no los obligasen a trabajar en las minas; 
pero después las descubrieron a ruego e instancia 
de los españoles y se sacaron granos muy gruesos 
de a ciento y doscientos pesos. 

»El oro que los españoles poseían era mucho, 
añade el concienzudo jesuíta, porque todo el tra- 
to de compras y ventas era en oro en polvo y en 
tejos, y las penas de las Justicias eran también de 
a quinientos y mil pesos de oro. Lo común era que 
a Valdivia le daban cada día mil pesos de oro y 



(1) Ea curioso observar que esta palabra anticuada qae en 
espaüül sigaifica buscar^ descubrir, coincitle con el araucano, en 
el cual la palabra cata significa agujero, como el que se hace 
]>ara escavur las minas de oro, i aaí dicen todavía por los para- 
jes donde ha habido lavaderos que ahni muchas catas.» — Cata- 
pilco es lugar de caías i las lioi en mucha abundancia. — El pe- 
queño canal que corría para conducir el agua a las cafas se Ua- 
maba jt'í/co, (i así también se llama en indio el paladar) i de 
aquí Catapilco. 

¿Llamarían también por ventura los indíjenas catas, catitas,eic. 
a las hembras de los loros porque viviau i ponían sus huevos en 
irf/ujeros labrados por ellaa en las barrancas de los ños? 



— 92 — 

días de mil doscientos, como lo declararon los 
maiordomos que tenia en las minas paua recojer 
los tributos, y todos los sábados pesaban lo que se 
juntaba.» (1) 

XYIII. 

Hallóse tan poderoso i tan acatado don Pedro 
Valdivia con tan estupenda riqueza, que en el 
sentir del mismo historiador que esto cuenta, hu- 
bo i'entes que pensaron se alzarla contra el Rei, 
como Gonzalo Pizarro i el tirano Aguirre. Pero el 
leal i astuto gobernador de Chile que acababa de 



(1) Rosales. Lib. 7 vol. I páj. 470.— Se obserrará qne de algu- 
nos de los minerales de oro cuyo nombre apunta Rosales se ha 
perdido toda huella como los d¿ Caleoimo i Relomo (junto al 
Cnutin) i así mushoa otros. En el Libro-becerro de Santiago 
existe constancia por ejemplo de un mineral enteramente desa- 
parecido llamado de Puigato, el cual debió ser tan rico que 
dieziocho años después de la fundación de Santiago había dado 
ya lugar a una cofradía —la cofradía de Ptiigato, que supone- 
mos no fuera del Tiqmngato. 

Hé aquí lo que de esa mina i cofradía dice en efecto el acuer- 
do del cabildo de Santiago en 20 de mayo de 1559. — «Este di- 
cho dia en el dicho cabildo los dichos señores proveyeron e nom- 
braron por diputados de la cofradía de las minas de PaigatO-¡ a 
Alonso de Córdoba e a Juan de Cuevas, vecinos de esta ciudad^ 
para que ellos e cada uuo de ellos entiendan en todo lo que con- 
viniere tocante a la dicha oofi-adia de sus bienes.» —Alonso de 
Escobar i Juau de Cuevtvs íigurabau outie los tnas pudientes i 
resiietados veciuus de Santiago. 



— 03 — 

llegar del castigo del primero de esos caudillos, 
igra demasiado hombre i demasiado sensato para 
icometer tan riesgosa empresa, i esta ambición 
de coronarse rei no pasa, en concepto nuestro, de 
una dramática leyenda tan falta de verdad como 
la de que los indios" le mataron en Tucapel hacién- 
dole tragar oro derretido, o como la de que hombre 
tan fastuoso i principal tuviera su casa en un sitio 
de adobon a espaldas del Santa Lucía en Santia- 
go, i no en la Plaza de Armas, como la tuvo, i era 
de práctica i de lei. (1) 

XIX. 

De los famosos lavaderos de la Imperial, que 



(1) cNo faltaroa calumniadores que riendo a Valdivia ea 
tanta prosperidad riqueza i maado, qulaieron dfícir que se pre- 
tendía hacer Virey de Chile», Rosales Lib. 1 vol. I páj. 470. 

El padre Rosales ae indigna con la sospecha de que don Pe- 
dro de Valdivia se hubiera levantado contra bu rei i señor natu" 
ral. Poro olvida que desde el primer aQo de su estadía en Chile, 
el fiero estremeño se sublevó de hecho i de derecho contra don 
Francisco Pizarro, de qnien vino aomo simple lugar-teniente, 
haciéndose gobernador del Nnevo Estremo por aclamación po- 
pular. Por otra parte, no se crea que la revolución de 1810 fué 
toda nacida de causas políticas, porque si pusieran hoi (como es 
fácil hacerlo) en una balanza la idea i el oro, como causas jene- 
ratrices de la independencia de Chile no seria empresa de ro- 
manos demostrar que el platillu del último era el que inclinaba 
con mus vigor el fiel. 



— 94 — 

dieron «i esta ciudad tan justamente famosa su 
altivo nombre, pueblo de heroiuas por cuyas soli- 
tarias ruinas cruza en los momentos que escribi- 
mos a manera de fénix misterioso el fluido eléc- 
trico que resucita, sino las cenizas, la luz, habla 
también con entusiasmo el jesuita misionero que 
tuvo a su disposición sus archivos i visitó su ame- 
nísima campiña medio siglo después de su deso- 
lación. 

I es digno de advertir aquí que sus lavaderos 
dieron a la Imperial mitra i catedral antes que 
a Santiago porque el oro era entonces, como hoi, 
todopoderoso i la pobreza sierva, «según consta 
dice el padre Rosales, que en aquellas comarcas vi- 
viera 40 años, del libro de las rentas de la iglesia 
catedral de la Imperial. Con que le sacaban cada 
semana cuatro mil y ochocientos pesos de oro fino. 
Pero de los libros de cuenta de sus mayordomos 
consta que la tarea de cada día era de setecientos 
pesos en oro, y a esta proporción le acudían de 
otros minerales.» 

i)Las minas de aquella tierra, agrega el mismo 

historiador mas adelante de su cnSnica, fueron 

t 

muchas y mui ricas porque los cerros por donde 
vaja el rio de las Damas las avia abundantísimas 
y en las lomas de Calcoimo y Eclomo fueron mas 
célebres por ser el oro allí mas crecido y de ma- 
yores pepitas o granos.» 

•íPor donde entra el rio de Repocura al rio de la 




Imperial, se sacaba miieliissiiiio oro y también 
mili crecido, que como los indios no avian hecho 
caso de él ni sacádole jamas, porque no llegó a la 
Imperial el imperio de los Reyes Ingas y no le 
tributaron oro, y ahora que labraban las minas, 
como era a los principios, hallábanle mui crecido, 
y on muchas partes los granos tan grandes como 
Abas.» 



XX. 



Visitó también el prolijo i andariego jesuíta en 
la racdiauia del siglo XVII la ponderada ciudad 
Villarica i atravesó hacia las pampas su camino 
que llama -ale flores* por lo ameno i por lo lla- 
no. I él aludiendo ala riqueza que le dejó su nom- 
bre, su fama i su actual codicia, en vísperas talvez 
de ser saciada, se espresaba de ellas como sigue: 
— «Los indios eran muchos y de buenos naturales, 
las minas riquísimas, pues se hallaban granos de 
doscientos pesos, y de las otras ciudades venían 
los indios a esta a sacar oro para dar tributo a sus 
encomenderos. Y aquí también acudian los tribu- 
tarios de Valdivia a sacar oro de Puren, Tucapel 
y Arauco por la mucha abundancia i crecidos gra- 
nos.» (1) 





Araucania i eapecialmeote lo relativo a Villarica tiene al presen- 
te, cuando se hahla de ir a repoblarla, no podemos mério3 do co- 
piar la signiente admirable pintura quede ese encantador paraje 
hace RosaleSj que lo conociera personalmente hace dos siglos i 
medio, i medio siglo después de bu destrucción. 

<iEl sitio de la Villarica es el mas deleitoso, el mas ameno, 
y de mexor vista que ay en todo el Reynoy porque está en ana 
mesa nn poco levantada a la orilla de una deliciosa laguna que 
está en la parte austral, de seis o ocho leguas de circunferen- 
cia, de donde nace el famoso rio de Tolten; qnaudo el tiempo está 
sereno parece desde la eminenoía de la ciudad un hermoso y re- 
luciente espejo, y cuando los vientos la turban, un pequeño mar 
humanamente bravo y suavemente espumoso, siempre se deja 
tratar y nunca avara da regalados peces y en una isla que for- 
ma en medio mucha arboleda y deleitosas sombras para el re- 
creo. Y era uno de los grandes que los vecinos y las dair.as de 
aquella ciudad teaiau el discurrir por las apacibles aguas de la 
laguna en vareos, el ir a gozar de las frescuras de la frondosa is- 
la, y de las meriendas y regalos que en ella servían al apetito; 
por esta laguna acarreaban con gran comodidad sus comidas y 
cosechas en embarcacioues, porque por todos lados estaba la tie- 
rra poblada de indios en grande abundancia, que el gobernador 
repartió liberalmeute entre los primeros pobladores y vecinos, 
los quales hicieron estancias en los pueblos de sus indios y por 
la laguna iban de unas partes en otras a cuidar de sus eátanoias 
y al tragin de sus cosechas, siendo la principal asistencia la ciu- 
dad." 

A propósito del aspecto, de las tradiciones i de laa ruinas de 



— 'J7 — 



riftdor que tanío lustre i novedad lia dado a las 
noticias antiguas de Chile, pondera sin embarfjo 
su riqueza, porque de ella dice lo siguiente. «El 
terreno de Osoruo es de un cascajal que trajo el 
rio y sobre él, medio estado de tierra cenicienta; 
e« sujeto 0. heladas, abundante de aguas, porque 
demjis de los dos ríos dichos tiene dos arroyos a 
loa dos costados llamados Pilaiicoy Mollulco don- 
de se hicieron dos molinos; es abundantissimo de 
arboledas de todo genero, tiene minas do plata i 
oro, y esie se sacaba en tanta abundancia, que con 
un día o dos que los indios trahajabaii sacaban la 
tassa que avian de dar a sus encomenderos cada sc- 



Villarica, h¿ aquí lo que uu amigo, noblemente entusiasta por 
el oro, nos escribu dostle Valparaíso hace pocos días; — «Me ha 
referido el docjtor TrurubuU, ilistitigHÍdo médico de Talcahuano 
que en 185S los jóveiios don Juun Lee Smith i F. Colé penetra- 
ron hasta Villaricu, siendo estos talvez los únicos hombres ci- 
TÍIÍ2»idus que hasta ullí han llegado, i so persuadieron que el 
distrito eu torno a Villarica era metal'fero eii alto grado. Al- 
canzarou a traer algunas j)ietlr:i« muí ricas de phita i cobre, npe- 
sar de la vijiiancia de los indios, que era tal que casi no les per- 
mitian bajarse de sus malas ni prira los usoa mas necesarios. 
Afiadian los esploradores que los restos do edificios i aun ma- 
quinaria.... Ctnipiches?) en Villarica douniestrau haber sido esa 
ciudad muí importante, i que allí i en muchas partes vierou res- 
tos de lavaderos de oro mui cstensos.» 

Hablaban también los esploradores norte-americanos del fa- 
moso boquete dtí Viliíirica i de su paso a las pampas con 1 a mis- 
ma admiración que Rosales, dou Luis Cruz i actualmente el 
iiijeuiero Frlck de Valdivia. 



LA li. DEL O. 



13 



^ 08 ^ 



mom^ gr ZeS s^hrcAd^ y &acg,han grafios tan grande' 
que los ¡petrtian y iban dando a pedci'4O90r su tarea.y 



I bjejirtodo ^eso desapareció, o liíasibieii se eclip- 
só en un dia con la muerte del hombre grande 
que'ha-bia hecho en el país el primer asiento de la- 
civilización, del gobierno i ¡del orojen Ghiijéj pero 
para teapavecer con mayor brillo tódavia en píocias 
años d,e "paz, según habrá, de verse en seguida: 
tíinta era la portentosa e inagotable riquezSk de 
esta primitiva California en que el oro se romay^ 
peaba por quintales! 



CAPITULO III. 



LA CRISIS DEL ORO EN EL SIGLO XVtl 



lufluoucia de la muerte de do» Tcdro de Valdiviii en la prodMCcion dol oro 

cnChilo. — Abandono lotal do In Araiicaiiia. — Despueble du Coiicepciim i 
de Ifts nijuas deQiiilacoy:*. — liestoi de oslas visiblos na 1S79. — Bl CMti- 
llo do doi» Pedro de Valdivia. — A la muerto del primer snbornudor se su- 
ceden los disturbios do sus luj{arlt!iiieii(os por el iiiandu hasta U llegada 
de don Hurtado do Mendoza oii 1557. —Pone éste en óiden el reino i se; 
descubren las ricjuisiruas minas de oro de Choapa i del rio de Valdivia. — 
Noticias que de ustas da p1 contemporáneo Góngora Marniolojo i el pa- 
di'9 Rosales. — El oro se hace mas barato que el (icrr'J, i los colonos le 
usan en hi^jTar de esto metal p:»ra ollcios viles. — Kl oro servido en 
salvillaa en los banquetes de Santiago, se jiin ol padre Ovalle. — La fam» 
de esta riquo/..! inunda ni mundo i viene el Dralco a piratear en eatoa 
mares. — Captura on Valpaniiso OO.ODO pesos do oro do Valdivia— Hl 
Caca í'iif:/o i el Caca piala. — El corsario «Kicharte> captura oro, gallinas 
i una dama de la vircina del Peni en Valparaíso. — líl niinoi-al de Pon- 
zuclos i oacuridad que reina sobre su oríjen i su ubicación. — Un clerigií 
do Oaorao funda las mmjas Claras con dos tíj.a3 de oro de Ponzueloa.»- 
Inmensa opulencia do oro en el siftlo XVI — La primera edad de la edad 
de oro.— Sobreviene la rebelión jeneral de principios del siglo XVII i 
comienza la crisis en la [iroduccion del oro.— La Arancania es otra vex 
desamparada por los íspañoleí i suciimh*»n sus siete ciudades ---Eí oro i 
su niiiaosprceio dui-unle el asedio di! Villa Rica,— Se .<iticeden ^rande^ 
saca», pe.?te« í esterilidadep. — El terremoto de lti47.— El .'ícfior de MaTO 
es el eniblemii de Chile durauíe aquella fatal edad. — A estos cataclis- 
Tnos sitíiicu lin bucaneros 1 su» roboí, — ^Sharp o C/inn^tti en Coquimbo — 
Ocidtacion sistemática en les indios de la» riquezas auriforas do Cliilo 
después do la conquista. — Casos ime refieren los jesuítas Ovalle i Ró- 
salos, los viajeros Ullna i .Iiiari i el capitán de injunieroa Mackcnna — 
La tradición de Manan-Chili en Lampa i los tesoro-i de Rocha en Potosí, 
---profundo abatiinionlo en que cae la colonia durante el si¡;[0 XVII i 
su iudcciblg miseria. — La ta/a do la pila do ta plaza i el badajo de 4^ 



— 100 — 

campana de eabUdo.— La apatía i la abundancia de mantenimiento^ del 
país hnceii que los chilenos no se preocupen del laboreo de sus minas. 
—Opiniones del padre Ovalle i del viajero FrcKÍcr sobro este particu- 
lar. — El dfi'5cul)riniiento do AndacoUo i su esplotacion es lo único que 
mantiene la vitalidad económica del reino durante el siglo XVII, — An- 
dacollu es la casa de Moneda de Chile i su oro el único tipo de laa 
tran.sacciones. — Noticias encontradas por el autor en el Archivo de 
IndiaK sobre este rico mineral. — La disminución de la producción del 
oro no provino en et siglo XVII do aiíotamiciilo sino da causas estrañas 
alas fuentes de prodicciou. — Ipuaí feBÓmeno se observa en 18111 al 
comenzar Ja era do la Independencia. 

«Quien v'ose tanto oro en aquellos tiem- 
pos en Chile i tan poco en éstos, no dude 
((lie Chile íientf ahura el viuiiin qne mitrx, i 
ítdviei'to que el no verlo ahora en tant» 
al)iiridancia ai ¡mr hi (jiirrru i ¡inr In/nllit 
/teiín/fl^—'íRofialsa escribiendo en 1674. — 
IIi»loría tlf. Chile, lib. 111, cap. II.) 



La muerte del primer gobernador de Chile don 
Pedro de Valdivia, si no fué la primera i dolorosa 
crisis del reino, fue la mayor de su historia en el 
temprano siglo de su vida. 

Todo se paralizó como por via de sortilejio, i 
muí tratóse de desocupar totalmente el país, como 
lo ejecutara diezioeho años antes el Adelantado 
don Diego de Almagro, volviéndole airado la es- 
palda como a tierra ingrata i maldita — «tierra sin 
oro.» 

La ciudad de Concepción, («el fuerte Penco» de 
los antiguos, junto al mar), fué abandonado por 
sus pobladores en medio de los varoniles denues- 
tos de doña Mencia de los Nidos; i Lautaro, ele- 
vado de paje del gobernador muerto a caudillo 
de su patria, llegó con sus huestes vencedoras has- 



— 101 — 

ta tres jornadas del Mapocho, es decir, hasta Pe- 
teroa, i allí rindió heroico i sorprendido la vida, 
donde yace hoi el fértil valle de Nancagiia. 

Ljis opulentísimas minas de Quilacoya, que en 
un día natural rendían hasta «dos quintales de 
oro», según lo atirnia quien lo viera i lo pesara, 
fueron precipitadamente desamparadas, i no que- 
dó de ellas mas memoria que la de dos botijas do 
oro que junto a unos perales enterró imo de los 
mayordomos de Valdivia al huir, i que mas tarde 
misterio de encantadores trasmudaron de lugar i 
de sepultura para hacer perder la huella a los ávi- 
dos cristianos. (1) 



(1) En mayo do 1879 aI<jtjno8 de inia amigos del sur, entu- 
siasmados por las leyendas del oro que en esa época i aun desde 
1877 circulaban profusamente en el pais, se diríjieron a reconocer 
los vestijiosi de las minas de Quilafioya, i he aquí lo que auo de 
ellos D08 decia en curta de Chillan, junio 4 de 1879. 

«Bl estero de Quilacoya nace ea la cima de la montaQadela 
costa i, deapu&i de recorrer cia&.t leguas por inmensaa pendien- 
tes i después de pasar al pié de altos cerros todos auríferos, de* 
semboca en el Biobio. 

>Es verdad que antes de la caida al último río nombrado re- 
corrí) uua planicie inclinada de dos lo^ruas, pero no por esto deja 
de tener bastante corrii'iite. 

dSb tiene la evidencia que lo que se llama vega de Quilacoya 
esti compuesta del solevauLamiento del terreno a causa de la 
constante corrida de aretuis, todos auríferas, que han ido depo- 
sitándose ahí desde hace mas de 300 años. Hace algún tiempo 
que a don Manuel Biirragan ae le ocurrió hacer un pique en la 
ribera del rio, i a lus 12 metros do profundidad encontró palas 



— 94 — 

dieron a esta ciudad tan justamente famosa su 
altivo nombre, pueblo de heroioas por cuyas soli- 
tarias ruinas cruza en los momentos que escribi- 
mos a manera de fénix misterioso el fluido eléc- 
trico que resucita, sino las cenizas, la lu/5, habla 
también con entusiasmo el jestiita misionero que 
tuvo a BU disposición sus archivos i visitó su ame- 
nísima campiña medio siglo después de su deso- 
lación. 

I es digno de advertir aquí que sus lavaderos 
dieron a la Imperial mitra i catedral antes que 
a Santiago porque el oro era entonces, como hoi, 
todopoderoso i la pobreza sierva, «según consta 
dice el padre Rosales, que en aquellas comarcas vi- 
viera 40 años, del libro de las rentas de la iglesia 
catedral de la Imperial. Con que le sacaban cada 
semana cuatro mil y ochocientos pesos de oro fino. 
Pero de los libros de cuenta de sus mayordomos 
consta que la tarea de cada día era de setecientos 
jpesos en oro, y a esta proporción le acudían de 
otros minerales.» 

»Las minas de aquella tierra, agrega el mismo 
historiador mas adelante de su crónica, fueron 
muchas y mui ricas porque los ceiTOS por donde 
vaja el rio de las Damas las avia abundantísimas 
y en las lomas de Calcoimo y Relomo fueron mas 
célebres por ser el oro allí mas crecido y de ma- 
yores pepitas o granos.» 

dTor donde entra el rio de Repocura al rio de la 



— 103 — 

Por disputarse itn reino vacio, que ora solo im 
nombro jeográíico, una fatiga diaria i una alarma 
permanente de la vida en ol hogar i en la batalla, 
apellidándose los mas briosos de los lugartenien- 
tes de Valdivia sus herederos, estuvieron al vcniri^e 
a las manos a golpes de lanza i de escritos de 
abogados, siendo los mas inquietos don Francisco 
de Aguirro i don Francisco Villagra. Pero des- 
pués de largos años de riñas i arbitrajes, quo 
trajeron toda la colonia en zozobnis i alborotos, 
vino a ponerlos en paz un m«BO de tan cortos 
años que aun no lo crccia el bozo en el labio, pero 
que tenia muchos pelos en el pecho. Embarcó el 
recien venido a los émulos para Lima, i fué tal 
su Severidad i su cnorjía, que además de lo que 
cuenta Ercilla sobre que le mandó cortar la cabe- 
za en la Imperial, por cierto enojo en un palen- 
que, cuando so recibió ca Santiago, los ediles de 
la ciudad íirmaron el acta de entrega a la luz de 
las mechas de los arcabuceros que las tenían en- 
cendidas sobre sus caberas i sobre la mesa i el 
papel. 

Puso don Garcíii Hurtado de Mendoza (que 



los orillas de ese último lago encoutró grandes piedras de moli- 
no de oríjen volcAaico, i (j^ue habiaa sido labradas i usadas por 
lus primitivos castellanos. 

)íEl descubrimiento es bueuo, pero lo mejor iiuc tiene es que 
nadie podri pedir ¡lor él ^^rivilejio csciustw.» 




En cuanto a los placeres de Osorno, aunque no 
nombra a Ponzuelos, el ilustre misionero e histo- 

Araucania i especial meóte lo relativo a Villarica tiene al presen- 
te, cuando se habla, de ir a repoblarla, no podemos meaos do co- 
piar la siguiente admirable pintura que de ese encantador paraje 
hace Rosales, que lo conociera personal mente hace dos siglos i 
medio, i medio siglo después de su destrucción. 

«El sitio de la Villarica es el mas deleitoso, el mas ameno, 
y de mexor vista que ay en todo el Rej/no^ porque está en una 
mesa un poco levantada a la orilla de una deliciosa laguna que 
está en la parte austral, de seis o ocho loguas do circunferen- 
cia, de donde nace el famoso rio de Tolteii; qaandij el tiempo está 
sereno parece desde la eminencia de la ciudad un hermoso y re- 
luciente espejo, y cuando los vientos la turban, un pequeño mar 
humanamente bravo y suavemente espumoso, siempre se deja 
tratar y nunca avara da regalados peces y en una isla que for- 
ma en medio mucha arboleda y deleitosas sombras para el re- 
creo. Y era uno de los grandes que los vecinos y las damas de 
aquella ciudad teaiau el discurrir por las apacibles aguas de la 
laguna en vareos, el ir a gozar de las frescuras do la frondosa is- 
la, y de las meriendas y regalos que en ella servían al apetito; 
por esta laguna acarreaban con gran comodidad sus comidas y 
cosechas en ombarcaciones, porque por todos lados estaba la tie- 
rra poblada de indios en grande abundancia, que el gobernador 
repartió liberalmeute entre los primeros pobladores y vecinos, 
los qualea hicieron estancias en los pueblos de sus indios y por 
la laguna iban de unas partes en otras a cuidar de sus estancias 
y al tragiu de sus cosechas, siendo la principal asistencia la ciu- 
dad." 

A propósito del aspecto, de las tradiciones i de las ruinas de 



— 97 — 

riador que tanto lustre i novedad ha dado a líw 
noticias antiguas de Chile, pondera sin embargo 
su riqueza, porque de ella dice lo siguiente. <tEl 
terreno de Osorno es de un cascajal que trajo el 
rio y sobre él, medio estado de tierra cenicienta; 
es sujeto a heladas, abundante de aguas, porque 
demás de los dos rios dichos tiene dos arroyos a 
los dos costados llamados Pilaucoy Mollulco don- 
de se hicieron dos molinos; es abundantissimo de 
arlK)lcdas de todo genero, tiene minas de plata i 
oro, y este se sacaba en tanta abundancia, que con 
un día o dos que los indios trabajaban sacaban la 
iassa que avian de dar a sus encoinenderoa cada se- 



Villarica, hé aquí lo que un amigo, noblemente entusiasta por 
el oro, no8 escribe desde Valparaíso hace pocos días: — «Me ha 
referido el doctor Tnirabull, distinguido médico de TalcaUuano 
que en 1858 los jóvenes dou Juan Lee Sraith i F. Colé penetra- 
ron hasta Villarica, siiMido estoá talvez los únicos hombres ci- 
vilizados que hasta allí han llegado, i so persuadieron que el 
distrito en torno a Villarica era metalífero ai alto grado. Al- 
canzarou a traer aljjimas piedras mui ricas de plata i cobre, ape- 
gar de la vijilaucia de los indias, (pie era tal que casi no les per- 
mitían bajarse de s>is ninbis ni para los usos mas necesarios. 
Aüadian los esploradores que los restos do edificios i aun tnor 
quinaria.... (trapiches?) en Villarica demuestran haber sido esa 
ciudad mui importante, i que allí i cu muchas partes vierou res- 
tos de lavaderos de oro mui estensos.» 

Hablaban tivrabica los esploradores norte-amcricaaos del fa- 
moso boquete de Villarica i de su paso a las pampas con 1 a mis- 
ma admiración que Rosales, don Luis Crua i actualraetitc el 
iijjcuiero Frick do Valdivia. 

LA li. DEL o. lli 



— 106 — 



que hacían bueno el dicho de Valdivia cuando de- 
fine a Chile como «imagran mina de oro,» puesto 
que en todas las zonas de su territorio aparecía el 
espléndido i deslumbrador metal, espresábase to- 
davía el mismo autor en los términos que en se- 
guida pasamos a copiar de la pajina 210 del pri- 
mer volumen de su historia: 

«El oro mas celebrado fue el de Valdivia, de 
las minas de la Madre de Dios: están en un valle, 
dos leguas de la Mariquina y doze de la ciudad de 
Valdivia, de donde se sacaba el mas fino oro que 
se conoce, porque se graduó bruto y como sale de 
la mina en veinte y tres quilates y dos granos. 
La pensión que pagaba cada dia un indio eran 
treinta pesos de oro y treinta y cinco, sin fatigar- 
se mucho para enterar la tarea, y le sobraba mu- 
cho que guardaba para sí. Adquirieron tanto oro 
los españoles, que tenian por mas barato labrar de 
oro los frenos, espuelas, estribos, evillas y errada- 
ras de los caballos, que de yerro; no corría en el 
comercio sino oro en polvo para comprar el pan, 
la carne, fruta, ortalizas y todo lo demás. No avia 
otra moneda sino oro, y andaban todo.s los mer- 
caderes, taberneros, tenderos y vendederas, carga- 
dos de pesos y valanzas para comprar y ven- 
der.» (1) 



(1) A lii producción i a las leyes tlel oro en el siglo XVI se 
refiere también el siguiente interesante pasaje del historiador 



— 107 — 



IV. 



No contradice estas demostraciones, i por el con- 
trario las confirma con datos domésticos i casi pre- 
senciales, en su historia el padre Alonso de Ovalle 



jesuíta. 

«Y aunqae después se prohibió por cédula Real, hasta que se 
quintase, ordenando que se usase de moneda de reales para las 
compras y ventas, como consta de cédula de 26 de abril de 1 550, 
y por provission del virrey D. Luis de Velasco, como lo refiere 
Escalona, pero siempre dispensaron los virreyes, juzgando que 
ira portaba niaa este trnto qno el de los Reales. 

DAdquirian esta riqueza de oro los Españoles, añade el histo- 
riador, a poca costa, sin gasto de azogue ni estraordinarios ina- 
iramentos y otros materiales, por que la mayor cantidad la 
cojian en los arroyos y vertientes, que todo lo beneficiaban en 
lavaderos, aun lo que desenterraban en los socabones que haziau^ 
sin ahondar macho la tierra, que si hubiera intervinido el azo- 
gne sin duda alguna doblaran la ganancia. Las minas de la Im> 
perial, en el rio de las Damas, fueron mni celebres, y sobre to- 
das las de Galcoimo y Relomo, donde sacuban grandíssimas 
pepita?. Y eü fin, no ay parte en todo Chile donde no aia mucho 
oro. Y en Coquimbo solamente falta el agua para labarle, que 
Hueve poco en aquella tierra, y en lloviendo en cualquiera parte 
se lava oro.» 

I tan cierto es esto último qne habiendo sido lluvioso el pre- 
sente i el pasado aüo (1880-81) ha salido raucho oro en todas 
las quebradas de Andacollo. Según datos del actual diputado 
por la Serena don Pedro N. Videla, liijo i nieto de antigüo.s mi- 
neros de oro de aquel lugar^ los habitantes de e.ste hoi decaído 
mineral han recojido no menos de 40 mil pesos «de buen oro de 
AndalloGO,]) sacando cada lavador de uno a tres pesos por dia. 



— 108 — 

cuando refiere que en las fiestas de banquetes de 
matrimonios, óleos u otras semejantes, era cos- 
tumbre poner en los salones de las casas solarie- 
gas de Santiago, en lugar de sal, oro en polvo; i el 
lujo i la gala de los fastuosos colonos era derra- 
marlo como quien derrama sal para que al día. si- 
guiente los domésticos lo barriesen, i esto era su 
despojo i su abarato.» 



Prosiguió el curso de la abundancia verdadera- 
deramcnte prodijiosa del oro en este suelo, con- 
vertido en una verdadera California, durante todo 
lo que restaba por correr del siglo XVI, de suer- 
te que no seria aventurado asegurar que en los 
primeros sesenta años de la dominación española 
Chile fué el pais mas rico en oro en todo el uni- 
verso, puesto que a la conclusión de eso dominio, 
ocupaba todavía el tercer puesto. 

Cundió indudablemente por el mundo la fama de 
esa riqueza, por mas que la España la guardara 
en sijilosos cofres, i de aquí la aparición que en los 
mares de Chile comenzaron a hacer sucesivamente 
desde el último tercio de aquel siglo los piratas i 
corsarios ingleses; i el primero entre estos el ilus- 
tre Dralíe. Cuando este afortunado navegante 
asaltó a Valparaiso el 4 de dicieml>re de 1578, 
apresó allí 60 mil pesos de oro de Valdi\'ia, i se- 



giin el almirante Lamero Gallegos a él solo le 
tomó 800 mil pesos, en compensación de cuya 
pérdida el presidente don Alonso de Sotomayor 
le regaló la hacienda de Longotoma, en el depar- 
tamento de Petorca, que el agraciado, cuando vie- 
jo, dio en trueque por una sepultura a los padres 
de San Agustin, sus actuales "afortunados due- 
ños. (1) 



VI. 



Cuando 14 años mas tarde i tras las huellas de 
Drake, visitó a Valparaíso el famoso i romántico 
Kicardo Hawkins (el «Richarte» de los españoles) 
se apoderó también de una remesa de oro de Val- 
divia, i de algo que el galante marino británico 
acariciara mas que el oro, — la bella doña Teresa 
de Castro, dama de honor de la vireina que se di- 
rijia al Perú, llevándole por presente o solo como 
compañeras de navegación, ademas del oro, dos 
mil gallinas. . . . 



(1) Sir Francisco Drake (el Draque) capturó en seguida en 
este famoso viaje, primero do los ingleses al derredor del man- 
do, un buque con 57 barras de plata de Potosí en Arica, i poco 
mas adelante un pequeQo galeón que llevaba 26 toneladas de 
plata i un quintal de oro, oro probablemente de Chile, es decir, 
oro de Valdivia. El guluou se llamaba Caffa fuego, el Draque 
que era chistoso, le puso, en celebración de esta presa, el Caca 
plata. 



— lio — 



VII. 



De todas suertes, i si bien se carezca casi por 
completo de datos estadísticos precisos, porque 
todo el oro salia en crudo, es decir, en polvo, del 
país, i se empleaba como único medio de cambio 
en su forma primitiva (por lo cual todo el mundo, 
así como boi usa cartera de marroquí para los bi- 
lletes, llevaba en los bolsillos una pequeña pesa de 
metal); es un becbo que no admite duda el de 
que el suelo de Chile produjo pingües rendimien- 
tos de oro durante toda la segunda mitad del si- 
glo XVI, i que a ello debió su mediana prosperi- 
dad, balanceando ésta los estragos de la guerra 
con los araucanos, que consumía todos los cauda- 
les i agotaba toda la sangre." 

Hemos leído una antiquísima escritura de fun- 
dación, de la cual aparece que el monasterio de 
monjas de Santa Isabel en Osorno (que es el mis- 
mo de Las Claras en Santiago) fué fundado en 
aquella ciudad con dos tejos de oro que para el 
caso legó o donó en vida un clérigo llamado Hur- 
tado, que así devolvía probablemente al cielo lo 
que el altar le habia dado de las misas ricamente 
pagadas «a peso de oro», oro de Villarrica i la Im- 
perial, de la Aladi-c de Dios i de Ponzuelos. (1) 

(1) Es curioso observar quo ríe este mineral de oro, el mas l'ív- 
moso tttlvez de Chile, estaudu a la trudicion, no hable nominati- 



— 111 — 



vm. 



Tal fué, diseñada en ancho bosquejo, la mara- 
Tillosa riqueza aurífera de Chile en el siglo XVI. 
Pero así como el sacrificio de Pedro de Valdivia 
en la vega de Tucapel marcó una edad de pasajera 
si bien significativa decadencia en su producción, 
así la aleve matanza del gobernador Oñez de 
Loyola, sobrino de San Ignacio, ocurrida a fines 
de 1598 en la quebrada de Curalaba marcó lar- 
guísima época de quebrantos. 

A la verdad, el siglo XVII todo entero fué una 
edad de angustias i de miserias, como el que le 
precediera se alternó entre abismos i portentos. 

Comenzó aquél con una gran rebelión que estu- 
vo al despoblar por la tercera vez el reino, huyen- 



vamente niagua cronista antiguo. — Las noticias que hoi mismo 
tenemos son vagas e incompletns. —Únicamente dice de él don 
F. S. Astaburuaga en su esceleute Diccionario Jeográfico de 
Chile, que existia en la bauda izquierda del rio Negro, afluen- 
te del Rahue, a 35 quilómetros al sudoeste de Osorno, donde se 
descubren todavía sus ruinas. — Añade que las minas de Pon- 
zuelos fueron descubiertas en 1561, esto es, cuando don García 
se retiró del reiao, i sobre la cali lad de su metal agrega. — «El 
oro, ademas de haber sido mui abundante, era el mas obrizo i 
puro de los de Chile i casi no se difereuciaba del verdaderamen- 
te aceudrado. — Este mineral podrá rendir pingües bene/icios si 
ae trabaja de nuevo conforme a los métodos modernos.^ 




de sus calamidades hasta los mas sufridos vas- 
tagos de la conquista. 

En los primeros tres años de ese siglo se per- 
dieron las siete ciudades i con ellas inj entes rique- 
zas i millares de vidas. 

Desde entonces (1603) con la calda de la fuer- 
te Yillarica, con la desocupación de Osorno, la 
ruina de la Imperial, defendida por heroica hem- 
bra, i la pérdida de Valdivia i sus cautivas, la 
Araucania dejó de ser española para ser otra vez 
bárbara, como sigue siéndolo hasta hoi dia, para 
mengua eterna de nuestras clases dominantes. 



IX. 



Pero en todo esto hubo de notable que aun en 
aquella terrible brega con los bárbaros en que to- 
maban parte las mujeres como amazonas i los sa- 
cerdotes como héroes, tuvo ocasión de mostrarse la 
profusión de oro que a la sazón existia en las ciu- 
dades araucanas. — «Encarecia el hambre el valor 
de la comida, dice el historiador Rosales del cerco 
de Villarica, ciudad que no sucumbió sino cuando 
solo quedaban en torno de su campeón, el ínclito 
capitán Bastidas, once hombres i doce mujeres, 
(1602), encarecia el hambre el valor de la comi- 
da Y hazia despreciar el oro y la plata, que nunca 
falta quien la codicie aunque sepa que la ha de 
perder. Valia una morcilla de sangre de caballo 



— 1 13 — 

diez pesos oro, im tasaxo catorce, un celemín de 
zebaíla cuarenta. Hombre ubo que durante la ani- 
bre se comió media cuera de ante de Castilla y 
dos panes de jabón. Una miiger se comió, acababa 
do parir, la criatura de sus entrañas. Carne huma- 
na la comieron muchos, y de los indios que ma- 
taban hazian cecina. Creció tanto la necesidad 
que los hombres querían echar suertes para co- 
merse unos a otros.» 



X. 



Vinieron después de todo esto las pestes, las se- 
quías i las hambres. 

I en pos de esas plagas sobrevino el gran cata- 
clismo terráqueo que se llamó el temblor grande 
del 13 de mayo de 1647, del cual nos ha quedado 
vinculado el terror i la misericordia en el rostro 
airado do una efijic i una corona de espinas caída 
a su garganta. El aSeñor d»í Mayo» es el emble- 
ma histórico de aquella fatal edad, como la abo- 
minable «Quintrala» fué su emblema social: i 
arabos tipos están ligados por íntima tradición de 
vecindad, de profanación i de culto. 

Pereció, en la horrenda noche del temblor de 

•mwjOy la cuarta parte de la población española o 

criolla de Chile, i se trató de desalojar a Santiago 

llevando la planta de la ciudad a otro paraje, como 

antes se había tratado de desalojar el reino. 

15 



LA E. DEL O. 



— 114 — 



xr. 



A laa rebeliones, a la inseguridad de las ciuda- 
des, a las sequías, a los terremotos, a las siete pla- 
gas de Ejipto, se sio^iieron todavía los bucaneros 
o salteadores del mar que invadieron todas las 
costas del Pacífico, desde que el atrevido Enrique 
Morgan pasó al Darien con sus voraces filibus- 
teros atravesando a pié el Itsmo de Panamá en 
1670. 

Las principales fuentes del oro habían quedado 
sepultadas en las selvas de Arauco, i, lo que era 
peor, los indios alzados mostraban una aversión 
sombría i terrible a revelar los secretos perdi- 
dos, causa de su esclavitud i de su estcrminio. 
Refiere el padre Ovalle que habiendo en su tiem- 
po ofrecido un indio de Santiago conducir a un 
estanciero a cierto paraje de la cordillera en que 
había una rica mina, i aunque el feudatario tuvo 
la precaución de ocultarlo para que nadie sospe- 
chara su dilijencia, amaneció el revelador ahorca- 
do, porque esta era la pena de todo el que traicio- 
naba la leí del invencible arcano que para ellos 
rije todavía. «Están las principales minas de oro, 
dice el jesuíta Rosales, que en esto afianza el tes- 
timonio de su contemporáneo arriba citado, están 
las principales minas de oro en tierra del enemif/o, 
y por verse trabajados los indios y maltratados so- 



— 115 — 

bre sacar oro a los españoles, se revelaron y arro- 
jaron ol oro que tenían en el rio de Valdivia j se 
concertaron de no descubrir raí ñas ningunas, ame- 
nazando de muerte al que las raanifestarc, y con 
aver también en tierras de paz minas muy ricas las 
"^ienen ocultas, y por el temor de que no les quiten 
la vida otros indios no quieren descubrirlas.» (1) 



(1) 'RoskLKS. — Historia de Chile, vol. I, páj. 211.— El padre 
Ovalle abriga la misma opinión i cita varias íiasos particulares 
qae la confirman. Hé aqaí sus palabras en la eclicioa italia- 
na de su hibtoriu, única que teiieraos a la mano.— «Che canse 
trace, che qnefte ricchezze non fi godíno, ne fi raanifeftino. La 
]irima fe la coramnne ragione di ftato & inviolubile refulutioue, 
che coramiioement«hanno gl' Indiani di coprirle e non manifes- 
tarle a neffun altra natione il che offeruano con tanta gran pun- 
tualitá, che non v'é raioor pena, che della vita fra di loro il 
violare queflo filentio, ch' effi ftimano per cofa facra &. iudif- 
penfabile; e fe alcnao per interefie, o halordangine, o per altro 
motivo a lui convenevole, fcopre qnalche ctifi di quefto, fe 
infallihile la fuá, nwrte^ ne v'é difefa humana, che poffída quc- 
11a liberarlo.» — (Ovallk; Historia de Chile, páj. 116.) 

1 estQ mas o méuos era lo mismo qae habia sucedido en todas 
Lis ludiiis. íPerdiérunse, diocu Juan i Ulloa en su Relación del 
tiajf' (t la Ami'rica meridional, hablando de las ricas minas del 
Ecuador (vol, II. páj. 602), perdiéronse las minas de oro que en- 
cierra la jurisdicción de Macas, por la sublevaciou de loa iüdios, 
y no se procuraron recuperar; de suerte que Cftn el trascurso del 
tiempo hasta la memoria de loa sitios donde determinadameute 
estaban, se oscureció: descaecieron los labores de las minas de 
Zarwna porque empezó a olvidarse allí el arfe de beneficiar los 
metalea y faltó la aplicación en ius Jentes para dedicarse a ello; y 
al mismo respecto fué esperimentaiido bu decadencia de toda la 



— 118 — 



XII. 



I como los cronistas antir^uos siempre citan en 
su abono casos particulares de lo que cuentan, 
como si temíerau no ser creídos por la posteridad 
bajo su sola respetabilísima palabra, el jesuíta 
Rosales, a ejemplo del padre Ovalle, su discípulo i 
amigo, refiere el siguiente lance de ocultación de 
minas de oro ocurrido en su tiempo en la enton- 
ces restam'ada ciudad de "Valdivia: — «Y a acon- 
tecido ir algunos indios importunados y acaricia- 
dos de los Españoles a enseñarles algunas minas 
y huídoseles del camino, porque si ven una zorra 



provincia.B 

I un poco mas adelante, los mismos autores agregaban: 
«Lo mismo que laa minas de Zaruma esperimentau otras 
también de oro que hay en la jurisdicción del gobierno de Jaén 
de Bracamoros: de estas se sacaban grandes {¡orciones havrá 
cosa de 80 afioa; pero desde que los indios de aquellas partes, a 
imitación de los de Macas se sublevaron, quedaron olvidadas en- 
teramente; y nunca se ha hecho diligencia de volverlas a descu- 
brir para beneficiarlas.» — (Vol. II. páj. 007.) 

En realiadad, las tradiciones de la América española están tan 
empapadas de estas ocultaciones misteriosas de tesoros por los 
Indios como de las del rescate del inca o los luiljoues de los je- 
suitas en la noche de su expulsión. El viajero ingles C. B. Mar- 
ckham, qno visitó el Cuzco en 18.53, refiere qtie un siglo atrás ua 
cura de Lampa, en la provincia de Puno, habia descubierto un 
inmenso tesoro en un paraje del cual \in indio sacaba cou fre- 
cuencia objetos de oro ¡laru eiupeDarlus en hs, tambos. Denun- 



- 117 - 

O un guanaco dizen que les es mal agüero j les 
sale al camino a anunciarles la muerte. Quando 
dieron la paz los indios de Valdivia y la Maiiquina 
por los años de 1646, fué allá el capitán D. Martin 
de Santander, que avia sido vecino muy rico de 
aquella ciudad, a sacar algunos parientes cautivos, 
y de camino hizo grandes diligencias con algunos 
indios porque le mostrassen las minas y no lo pudo 
conseguir, y aviendo pagado mui bien a uno, lo 
mas que hizo fué llevarle por unos cerros muy do- 
blados y señalarle desde uno dellos una quebrada, 
y le dixo que allí estava la mina, que la fuese a 
buscar, que él no podia pasar adelante, y como no 
le quiso dar mas que esta noticia confusa, se hubo 



ciado el indio por la mujer que recibia aqaeWes /luacas en pren- 
da, faé azotado por el cura hasta qne confesó i mostró el sitio 
del entierro; i de este sacó el codicioso párroco, ayudado por don 
Pedro Aranibar, vecino de Arequipa, la enorme suma de dos 
millones i medio de pesos. El lugar donde este tesoro fué des- 
cubierto se llama lioi Manan — cAili, i couforme a las predicciones 
del infeliz indio se ha convertido en un lagunato de agua. — 
\Marckkam. — Ajourney to Cuzco, Li'indres 1856, páj. 217.) 

El célebre escritor potosino, don Julio L. Jaimes, dio también 
z \xxz Qü. \a. Revista de Lima en 1873 una tradición de este jé- 
nero cou el título de Loa Tesoros de Rocha, tesoros qne parecen 
una filbula calcada sobre la Je los subterráneos que el abate 
Faria mostró en el castillo de Iff a Moiitecristo, pues se trata de 
infinitos millones ocultos en una caverna del ooiio de Potosí a 
mediados del pasado siglo. Pero el señor Jaimes nos ha asegura- 
do que el hecho es cierto i consta de documenton orijinalos (juc 
él ha rejistrado eu Potosí. 



— 118 — 

de volver. Y los indios que de nuevo avian dado 
la paz se qiiexaron al Govcrnador de que andu- 
viese baziendo diligencias por descubrir minas, 
que avian sido la ocasión del alzamiento general, 
oon que le dixo el Governador que desistiese por 
entonces de aquel intento, que era temprano, y 
los indios, como nuevos, estaban delicados.» (1) 

• XIII. 

Fué por todo esto el segundo siglo de la exis- 
tencia de Chile estremadamente infeliz, porque 
fué un siglo sin oro, es decir, un siglo sin comer- 
cio, sin cambios, sin esportacion, sin inmigrantes. 



(1) Rosales Ihid, lib, V. — Los araacaaoa do solo h.an recela- 
do siompre de divnlgar la3 antiguas minas sino hasta los tisíen- 
tos de Jas nntigiias cimlacles arruiíia'his. — Dando cuenta ol 
capitán de iojenieros don Juan Mackeuna <le la manera casual 
como en 1792 fueron descubiertos los escombros de Oaorao coa 
sus cinco iglesias i cuatro conventos de frailes, se espresa así cu 
un niíinuacrito que existe en la Biblioteca Nacional. —«El go- 
bernador de Valdivia, de urden superior, después de varias es- 
ploraciones en requeriaiientode las ruinas de Osorno, pero todas 
en vano por motivo de la estreraada cautela i recelo de ius iu- 
dioa, a quienes infuiidia terror la menor preguuta de Osorno, 
cuyas ruinas miraban como a objeto de aboru i nación, todo nacido 
de la triste idea qtie por medio de tradición conservabíin de lo 
que sus antepasados habían piidecido bajo el duro i tirano yugo 
de los encomenderos; jiero al fiu una casualidad descubrió lo 
¡q^uo uo pudieron los mas bien combinados recouocimieutos.D 



— 119 — 

El oro tan abiinrlante en los (lias de Valdivia i 
do Dnike, hahia dü8ap;irocido como si las entra- 
ñas de la tierra que lo producía se hubiesen en- 
fermado de esterilidad, cual los valles del Perú res- 
pecto del trigo. 

I así era la verdad, porque a mas de estar ce- 
gadas las fuentes productoras de Ponzuelos, de 
Yillarica, de la Imperial, de la Madre de Dios i 
de la rcjion que hoi mismo vuelve a aparecer en 
las cordilleras do Cararaávida junto a Lebu, los 
habitantes del reino desalentados, pesarosos i pro- ' 
vistos sin embargo de lo que sobraba a su existencia 
material, no se imponían la menor fati<;'a para pro- 
curarse aquellas riquezas que tantos afanes, sangre 
i desengaños habian impuesto a sus mayores. 

El oro habia hecho mucho mas viudas que el 
acero en Chile, i por él liabiau perecido dos gober- 
nadores del Estado, — don Pedro de Valdivia en im 
totoral junto a Tucapel i don Martin Garcia Oñez 
de Loyola en una garganta estrecha llamada Cu- 
ral aba. 

I en este particular, es decir, en la poca dili- 
jencia de los colonos para incrementar sus inte- 
reses por la industria i bienestar, hállanse de 
acuerdo el padre Ovalle i el viajero Frezier, que 
con el intervalo de 70 años (1640 a 1715) escri- 
bieron sobre el país, sus riquezas i sus habitantes. 
«La segunda causa que encuentro, decia el prime- 
ro para esplicar la disminución de la producción 



— 120 — 

del oro a raediados del siglo XVIT, por la cual los 
chilenos no aprovecharon estas riquezas, era la 
gran abundancia de mantenimientos que ofrece la 
tierra, de suerte que la hambre, que es el aguijón 
de la codicia, no quiere arriesgarse a nada i nadie 
quiere perder la comodidad de su casa para lan- 
zarse a las asperezas de los montes en busca de 
minas.» (1) 

Los chilenos de aquel tiempo dedicídamente no 
eran cateadores porque no tenian hambre: 

XIV. 

A la verdad, a tal grado habia llegado el abati- 
miento i la miseria del reino, que habiendo queri- 



(1) (tLa fecoada caufa che trouo, cho non fi godauo qnefte 
ricchezze, e la molta abboudaaza che v'é ia tutta la térra delle 
cofe neceffarie per paffare la vita, fiche maucando la faitie, che 
fe il follecitatortí della cnpudigia, non v'é chi fi rifchi, n& vogli 
perderé la comraoditá della fuá cafa per andaré per l'afprezza 
de monti alia cerca delle miniere.» — (Ovallk. — Uistoria de Chi- 
le, páj. 16.) 

Exactamente de esta upínion i como hombre que la habia 
comprobado por sua propios ojos, era Frezier cuando hablando 
de la indolente pereza de los colonos de Chile, decía ea 1713:— 
«íQiioiqu'il en foit, il est vrai que ees lavoirs sont tres fré- 
quana daña le Chili, que la nonchalance des Espagaols et le 
peu d'ouvriers qu'ilg ont, laissent dea trésors inmenses en terre, 
dnnt ils pourroient facilemenfc jouir, raaia córame ila ne se 
bornont paa ii des pronta mediocres, ils ne s'attachent qu'aus 
miniéres, oíi ils peuvent trouver un gain considerable.» 



— 121 — 

do el presidente EHiiqíiez construir la taza de cal 
i ladrillo de la primera pila que tuvo Santiago en 
el centro de su plaza principal i única, hubo de 
valerse de nn criado «uyo «pie sabia algo de alba- 
üilería; i cuando el famoso bucanero Bartolomé 
Sliarp asaltó a Coquimbo— ('JTiit llegó charqui 
(Sharp) a Coquimbo) solo se encontraron en la 
sala de armas de la capital tres trabucos viejos para 
salirle al encuentro. (1) 



( 1 ) Sobre este punto ile si fué cierto el alboroto que producía la 
aparición de Bartolomé Sharp i sus compaüeroa de salteo en la 
Seronn lo que dio oríjon al curioso i cspresivo refrán — la llc^ó 
charqui a Coquimbo! o si el dicho viene de la alegría que en 
aquella provinuia i cupiUil produciaen tiempos remotos la llega- 
da del charqui del sur, hacemos nuestras reservas, sí mas no aea 
eu honor de la lengua c:iátiza de la provincia que de la cual so- 
mos por ahora, i cou harto honor uuiestro, lenj/uaraz. 

Parecería eii efecto ser natiual la priuiüra anuqiie estropeada 
derivación porque en uuestra niñez oíamos decir,— Xa llegió 
charqui a Co^juiiibo, cuando llegaba alguien huciendo halla i za- 
lagarda. Apropósito de esto, el tesrjrero Madariaga que escribió 
a mediadyd del siglo pasado una rolaciou que se mantiene iné- 
dita sobre el o1»¡8pado de Santiago (1744) dice estas palabras con 
motivo de la alarma coutinua de los serenenaes. -«A la menor 
noticia de vela de alguna mngiiitud qne aportase a su puerto, 7io 
quedaba persona que no dispusiese su rttirada¡ por la ninguna 
defensa con que se cousideruhaQ.D 

Pero al projiio tiempo el mismo escritor en afcro pasaje añade, 
comentando la pjbreza de mauteniraientos de aquella provincia 
en los pasados tiempos. — «Siendo preciso siempre el que de 
otros parajes f<e lleve porción de vacas i carneros para bu abas- 
to, e/iari/ui, grasa i sebo, ,'3Ín cuyo socorro lo pasarían con mu- 

LA K. DEL o. 16 




De esta misma época data también el siguiente 
curioBO acuerdo del cabildo de Santiago que por 
gráfico i característico de la época trascribimos 
íntegramente como sigue: 

cEn la mui noble y mui leal ciudad de Santiago 
de Chile, en 17 dias del mes de enero de 1681 
años. Los señores del Cabildo, justicia y regimien- 
to se juntaron en su lugar acostumbrado para tra- 
tar y conferir el bien y útil de la república. Este 
dia acordaron que por la falta que ace la campana 
del cabildo, assi para llamar a los capitulares los 
dias acostumbrados, como para combocar los mi- 
nistros en las ocasiones de las fugas de las cárce- 
les y acer la señal de la queda para que a las nue- 
ve se recojan las personas que lo deben acer a esta 
llora, se llame a Nicolás López, maestro herrero 
que paga censo a los propíos de este cabildo y se le 
obligue a que, por cuenta de los réditos, aga se pon- 
ga la lengüeta a la dicha campana dentro de diez 
■i seis dias y se comete esta diligencia al S. Licen- 
ciado don José Gonjcalez Manrique, abogado de es- 
ta real audiencia y alcalde ordinario de esta ciudad 



cUo trabajo.» I agregan loa íintignos que cuando entraban laa 
recuas coa cliaríjiá a l:i Serena, repicivhan laj cam[mnas; i de 
tt(juí el — la llec/ü chargui u Coquimbo. 



— 1^ — 

y con esto se ceiTÓ este cabildo. -Don José Gonzá- 
lez 3fannque. — D. Pedro Becalde Briseño. — D. 
Jerónimo de Víllaloii. — D. Diego del Águila.— D. 
Juan Antonio Bara. — Antonio Ponce de León. — 
MatiiXS de liga (escribano público y de ciudad). d 

XVI. 

I sin embargo de todo esto, en el largo i penoso 
curso del siglo XVII existió una mina de oro, una 
sola mina de copiosa riqueza, i que por si sola, a 
nuestro juicio, sostuvo a todo el reino impidiendo 
con su provisión constante un verdadero cata- 
clismo. 

Esa mina fué la famosa de Andaeollo, de la 
cual al comenzar aquel siglo siglo decía el presi- 
dente García Ramón al reí, en carta de abril de 
1607: — «el cerro de Andaeollo es uno de los ríos 
que hai en el mundo de oro.» (1) 



(I) No existe constancia cierta de la época en que fuera des- 
cabierto el mineral tle Andaeollo. De nn mannscrito del siglo 
pasado, que cifcareoios ampliamente mas adelante, resultaría qne 
pudo ser conocido antes de la conqnista castellana, porque 3e 
habla de labores trabajadas «en tiempo de los jentile8,i> i ademas 
el nombre parece de etiinolojía peruana: — talvez Anta-Colla, 
dos palabras quichuas. Fuera do esto, en el Archivo de Inilias 
de Sevilla encontramos en 1870 nna comunicación del presiden- 
te Bravo de SaraHa fecliada en la Serena (puert<t donde desem-. 
barco para venir por tierra a Santinw) el 19 de agostu. de lo68 
en que agradece a los mineros de oro tle aqiicl'a ciudad el je- 
ncroso donativo que le hicieron de los productos de un mes de 



124 

tosco conquistador, creyendo talvez usar solo 
una figura para describir la abundancia, denuncia- 
ba sin embargo una gran verdad jeolójica, que la 
ciencia ha venido a comprobar dos siglos mas tar- 
de; a saber, la de que la mayor parte i los mejores 
panizos de oro son aquellos que han corrido como 
rios, sirviendo de poderosos estuarios a corrientes 
antediluvianas, que trituraron las montañas i re- 
dujeron a polvo sus veneros. 

Teníase a la verdad por fenomenal i prodijiosa 
la riqueza aurífera no agotada todavía de Anda- 
collo en pasados tiempos i aun hoi mismo, todos 
los cascajos (la circa como allá se dice) de aque- 
lla vasta i árida subdelegacion, enclavada en un 
riñon de cerros entre la Serena i Ovalle, contie- 
nen oro, bastando la menor lluvia para hacerlos 
producir no despreciables sumas. Era por esto muí 
exacta la definición de García Ramón, cuando de- 
nominaba aquellas secas quebradas <iun rio de 
oro,!» porque cuando el agua corre el oro se li- 
quida. I de esto volveremos a tratar mas adelante 
con datos recojidos a fines del pasado siglo i en 
el presente que no tardará en acabarse. 

No es posible, entretanto, ni hai barómetro 



los ocho de la demora para los gastos de la gvierra, — En corres- 
.pondencia, el presidente se proponía enviar a Coquimbo una 
guarnición de cien soldados para defender a sus vecinos en caso 
de una sublevación de los intlina, i todo esto prueba que el oro 
era allí abundantíi^imo eii el último tercio del siglo XVI.» 



-125- 

adecuado para valorizar la riqueza que Andacollo 
ha rendido ¿i nuestro suelo, a no ser por las pre- 
seas de su vírjen milagrosa i por las ofrendas de 
BUS devotos que han solido producir hasta 40 mil 
pesos en un aüo, o sea cuatro millones en un si- 
glo. Pero a juzgar por los documentos públicos i 
particulares de aquel tiempo, Andacollo no solo 
era el mercado proveedor de Chile sino su verda- 
dera casa de Moneda, porque invariablemente to- 
dos los contratos i escrituras públicas de esa época 
(i de éstas hemos visto nosotros algunos centena- 
res) se hacian «en buen oro de Andacollo,» que 
era jeneralmente de 23 quintales. 

A semejante período de nuestra historia mer- 
cantil i social, cuando todo se It^cia con oro en 
polvo, se refiere también la declaración que antes 
citamos del feudatario Amaza, cuando por el año 
de 1660 declaraba que no conocia las onzas de oro 
sellado sino «de oidas.» 

El oro de Andacollo sirvió por consiguiente de 
pilar a Chile, i en medio de una crisis que duró 
un largo siglo, le ayudó podeíosamente a vivir. 

XVII. 



Pero una considerable reacción, fruto talvez del 
esceso de la miseria, o del acaso, vinieron a abrirse 
en los primeros años del siglo subsiguiente nuevos 
horizontes a la industria, al trabajo, a la produc- 



- 126 - 

cion; i como acontece siempre fué el oro el que 
dio la voz del despertamiento i la fortuna. 

Después de un largo eclipse, la edad del oro, que 
habia comenzado en don Pedro de Valdina, volvió 
a renacer con el siglo que en el viejo continente se 
lia llamado de la luz, i que en Chile con razón 
debería denominarse «el siglo del oro», como en 
breve vamos a dejarlo demostrado. 

Es suficiente entretanto que quede establecido 
aquí, porque este ha sido el principal propósito 
del presente capítulo, que la riqueza aurífera de 
Chile, tan prolífica í comprobada en el siglo 
XVI, no se paralizó por agotamiento de sus ve- 
neros naturalegj sino por fenómenos económicos 
completamente ajenos a la tierra que lo rinde, i 
especialmente por los efectos de la guerra que 
cegó de golpe todos los afluentes del oro en la 
Araucania, dejando solo en curso los del Norte i 
especialmente el de Andacollo. 

I, cosa digna de tomarse en cuenta, igual nove- 
dad va a producirse muchos lustros mas tarde plor 
causas completamente análogas cuando habría de 
comenzar la guerra de la Independencia. 

Con datos completamente irrecusables, sacados 
de las oficinas públicas de Santiago, demostrare- 
mos en efecto i en el lugar oportuno que él año X 
lile el año del oro'por esceleneia en Cliile, i que sin 
embargo, junto con la guerra, comenzó la esteri- 
lidad, como en 1553 i como en 1603. 



CAPITULO IV. 



LA RESURRECCIÓN DEL ORO EN EL SIGLO XVIII 



"avorahles auspicio!; con qne Cf>raien7,a el siglo XVIIl para los mineros de 
oro de Cttile. — La pobre/a jeneraL producida por las catástrofes del si- 
glo XVII incita a los trabajos i a lo* dascubriiiiientos. — Kl mineral de 
oro de Tiltil en 1713. — Los trapiches da oro.— «lEntrc .*olera i voladora». 
— Escritura de venta de wn trapiche de oro en la Serena. — El niecanis- 
ran de un trapiche, su trabajo i sus obreros. — Importantes descubrimien- 
tos auríferos en Copiapó en 17üti. — Fre/ier en Copiapó i en la Serena. — 
Lo que ara un liuitrou o trapiche real. — El oro de Capote. — üpinionei 
científicas de Frezicr sobre la formación del oro conforme a las teorías 
modernas. — Singulares creencias de los jiadros Rosales i Olivares, se- 
ijim las C'ialeo el oro crecía couv) la^ semillas. — PützoU i .Suess. — lacre- 
monto que toma Copiapó con sus mina^ de oro un siglo antes de aparecer 
la plata.— La aldea es elevada a villa i el valle a correjiíuiento.— Ins- 
trucciones al corrcjidorSaravia en 174Ü. — Antigüedad de la «cangalla». 
— Las minas de Laiupagui i por qué se abandonaron.— l'obreza relati- 
va de las minas de cuarzo respecto de los placeres de oro en Chile i en 
todo el mundo. — Proporción de Laveleye. — Descubrimiento de las minas 
do Petorca i de la Lij^ua. — Lampa-^ii i d'>a «Bartolo Intento». — Cálculos 
de Ulloa, de Molina i de Olivares sobre la prod.iccion del oro en Chile a 
mediados del siglo passado. — El oro do los buches de gallina. — Las ga- 
llinas de Truz-Truz i la perdiz do Petoroa.— La abundancia de oro in- 
duce a los vecinos de Santiago a solicitar la fundación de una casa de 
Moneda desde 1730.— La Moneda de Santiago iio nació de la plata iki, 
del cobre, ni de una «equivocación del rei», sino del oro. 



«Las lavaderos de oro son tantos, que 
ulgimos piensan, no sin razón, que en toaas 
partes del reino los hui, poco o mucho. 
En Tiltil, Petorca, Ligua, Coquimbo, Huas- 
ca, Copiapó, Talcarnávida, Culacoyan, es- 



— 128 — 



tancia del reí í Valdivia. De este último 
podemos hablar sobre el informe de nues- 
tros ojos, visto en varias partes de la cín 
cimferencia esterior de la plaza, aun a po- 
cos pasos fuera del cuartel, ocuparse en la- 
var tierra algunos pobres, sin azogue ni 
otro adminiculo, de los que tocan a este 
benefício i quedan muí bien pagados de su 
trabajo, aun cuando acusan de adversa su 
fortuna, pues cuando menos logran, con la 
dilijencia de una o dos horas, el peso de 
UQ torain de oro de ganancia.»— Olivares, 
JíUtoriu de Chile, paj. 27.) 



I. 



El siglo que abrió la puerta al que hoi a su 
turno se va, comenzó para los infelices colonos de 
Chile bajo auspicios harto mas dichosos que el que 
le había precedido. 

Los indios se mantenían quietos, i desde el Bio- 
bio al norte se encontraban completamente do- 
mados. 

A los rapaces bucaneros del mar, a Morgan, a 
Davis, a Sharp, estos dos últimos azote de la cos- 
ta del reino desde Coquimbo a Ghiloé, habian 
sucedido los ricos armadores de San Malo que 
vinieron al Pacífico con permiso del rei francos 
Felipe V, nieto de Luis XIV, i abarrotaron rmes- 
tra."? ciudades con las baratas comodidades de las 
fábricas de su país. 

I por último, la miseria misma i las escaseces 
producidas, trocadas en enseñanzas i en estímulo, 
a virtud de la sabiduría del viejo probervio, según 
el cual nada aguza mas el humano entendimiento 



— 129 — 

que la inhumana necesidad, los colonos echando 
al sucio sus capas de perezosos hidalgos se hicie- 
ron, como en los días do Parafif, (dias de pemi- 
ria), solícitos rebuscadores de oro. 

I de aquí surjieron los descubrimientos casi coe- 
táneos de Tiltil, de Copiapo (170G) i de Lampa- 
gui (1710) en las cordilleras de lUapel. 



II. 



No hemos llegado a desenterrar de los archivos 
la fecha exacta del descubrimiento de los mine- 
rales de cuarzo de Tiltil, cuyo vocablo en indio 
tiene el nombre de un metal que no es el oro («el 
cstañoi)); pero un viajero eminente que visitó sus 
trapiches en 1712, nos ha dejado una idea bastan- 
te cabal de su riqueza i de la industria de los chi- 
lenos. El mineral era comparativamente pobre, 
como sigue siéndole» hoi mismo; pero bastaba que 
cada cajón, de 64 quintales españoles rindiera en 
la molienda dos onzas de oro para que costease su 
esplotacion. Todo lo que de esa leí de rendi- 
miento subiese era provecho, i cuando el minero 
encontraba entre el vacio i recovecos de las grie- 
tas una «bolba» o «riñonadaí» de oro, como la que 
a principios de este siglo disfrutaron los famosos 
«Osorios de Tiltil ji, entonces el provecho se con- 
vertía en pingüe fortuna. 



LA K. DEL o. 



17 



— 130 — 



III. 



El sistema de los trapiches em primitivo, pero 
eficaz, barato i tal vez el mas apropiado a la pecu- 
liaridad del oro cuarzoso de Chile, que es laminar 
mas que granulado, i por lo mismo sumamente su- 
til, delgado i susceptible de ser arrastrado por las 
fuertes corrientes de la presión hidráulica como 
ha sucedido, de seguro, euNiblinto i tal vez en Ca- 
tapilco. El ilustre injeniero Frezier que vino a re- 
correr la América del Sur con ojos de Argos i con 
encargo especial de Luis XIV i a sus espen- 
sas, compara los trapiches de Tiltil a los que se 
usan en Norraandia para moler manzanas i es- 
trujar de su jugo la cidr;i; i los restos de esos 
aparatos que todavía existen, i que el viajero puede 
al acaso divisar desde el foudo de su veloz asiento 
en el trayecto de la quebrada, entre Polpaico i 
Montenegro, componíanse solo de dos piedras gra- 
níticas o calcáreas como las de molino, de las cua- 
les la que servia de lecho llamábase solera, i la que 
la oprimía con su peso jirando en torno a su eje 
de madera, voladora: i de aquí el refrán chileno de 
decir cuando se halla alguien en aprietos que ha 
sido puesto «entre solera i voladora.» 

Un rodezno de palo i un cauce de temporada 
cuando llovía, completaban el aparato industrial 
del minero, i permitiau así a cualquier hombre me- 



— 131 — 



dianamente empeñoso, emprender las risueñas 
tareas del oro tan cspléndidameate favorecidas 
por las leyes españolas. (1) 



(1) Sin embargo i apesav de su gimplicidad primitiva, un tra- 
piche de la colonia representaba cierto capital i 8i>lia valer iil- 
gunos centenales de pesos equivalentes a otros tantos miles hní 
dia. Comocoaa de curiosidad para el minero de oro, reproduci- 
mos en seguida la escritura de una venta de trapiche de oro 
celebrada en la Serena entre un rico minero de Copiapó i una 
viuda pobre, hace justamente un siglo. 

(lEn la ciudad de la Serena en 27 dias del raes de abril a 
1779 años: ante mí el escribano y testigos dofla María Antonia 
Santelicea, viuda del Maestro de Campo don Francisco Bergara, 
su Albacea testamentaria, tutora y guarda<lora de sus raeuorea 
hyos, dixo: Que en consecineucia de haver falleoidu su dicho 
marido en corta fortuna debiendo crecidas cantidades de pesos, 
que aun con todas sus fincas y vienes no alcanzaba a satisfa- 
cerlas y por evitar el trance y remate que nesesariamente ae 
había de executar formándose concurso de los acrehedores y 
que muchos de ellos por su menor antigüedad saldrán perjudi- 
cados en SMS ¡¡rincipales, expecialmeiite los corabentos del señor 
San Juan de Dios, casa de exercitdos y nuestra aeúora de Mer- 
cedes de esta ciudad; por los caídos que ¡»e le debían de varios 
zensos impuestos en su favor en dichas fincas; consiguió de to- 
dos en alguna parte perdón general de sus respectivas depen- 
dencias y créditos, con tal que se aseguren los principales y 
para ello trató con el maestre de campo don Miguel Riberos y 
Agttirre el venderle la hacienda de el Molle y con el capitán don 
Francisco Súber Caseaux ?/« Irapinlw que dejó fundado el fina- 
do su marido en la otra banda del rio de esta ciudad libre de 
todo empefio, zenso é hipoteca tácita ni expresa, que no la tiene 
ni le queda en manera al;;una, porque la venta (pie hizo el dia 
de ayer de la hacienda de el Molle, quedaron en clin cargados 




De Tiltil el viajero francos se dirijió a Copiapó, 
i después de haber levantado los planos de Santia- 
go, Yalparaiso, La Serena i Caldera, se internó en 



quatro mil y quatrocientoa pesos a favor cíe los ya citados com- 
beotoa y casa de exercicio, y tres mil pesos qae reconoce, d.08 
rail al cómbente del señor San Francisco y los mil restantes a 
favor de don Lucas Fernandez de Leyva, están impuestos i si- 
tuados en las casas de esta ciudad... 



3), ..I dice que da en venta pública y real al referido capitán 
don Francisco Ca.seaax para el susodicho, sus aub-cesores y he- 
rederos y para quien de el y a cualquiera de ellos uviere titulo, 
voz y recurso: A saber: el referido trapiche quo e.stá situado, 
plantado y edificado a la otra banda del rio en tierra do doña 
María Calleja, avil y comente, con todos sus aperos, usos, libre 
de zenso, empeño ni hipoteca como dicho es, y lo asegura en 
todo tiempo en cantidad de 700 $, que por su valor le ha dado y 
pagado en plata corriente, i porque su recivo no es aprescente, 
renunció la excepción y Leyes de la non numerata pecunia y 
demaa a este caso y le otorga recivo en forma.» 

La construcción de los trapiches de oro continua siendo hasta 
ahora una esjiecialidad de ciertos parajes i de ciertos obreros. 
El valle de lllapel desde el pueblo actual i desde su asiento viejo^ 
situado una legua mas al oriente, hasta el niiaeral de Chillaa, 
está sembrado do trapiches de oro en número de 12 o 15, como 
la famosa rivera de Potosí de injenios de plata. 

La gran dificultad para formar un trapicho cr procurarse las 
piedras, es decir, la voladora, la solara la contra solera. Se 
trabajan éstas por canteros especiales, tardau hasta seis meses 
en cantear una parada, i suele valer cada piedra de S'^ a 100 pe- 



— 133 — 

el pobrísimo valle que un siglo después debía ha- 
cer abaratar la plata en todos los mercados del 
mundo en la misma proporción que lo habían he- 
cho antes en el Alto Perú Potosí, i Guanajuato 
en Méjico. 

Copiapó antes de 1706 era un simple tambo de 
indios para el escaso trajín del desierto; pero los 
ricos placeres i minórales de oro que en los cerros 
que emparedan al pueblo actual por el norte i en 
su propia aurífera vega se descubrieron en aquel 



sos, meJido sa diámetro por cuartas, a razou de 10 pesos la 
cuarta. 

I este es un gasto fuerte, bí bien único, porque la voladora es 
devorada en un aTio cuando muele metales duros. La vida de la 
solera es el doble mas prolongada i la de la contia solera, o ci- 
miento, es eterna. Lo.s demás gastos son menores, coa escepcíoa 
del /jetm, o grueso tronco de quillai o de higuera que sirve de 
eje perpendicnlftr a la voladora, Un buen 2^<¡on suele costnr 30 
pesos, i el resto del aparato se compone de cuatro pilares do al» 
garrobo, i algunas vigas fuera del rodezno o cuchara del mo- 
lino. 

Ea Illapel son famosos como canteros de piedras de trapiche 
en el asiento viejo los dos Aracena, padre e hijo, sucesores de 
Loi*enzo Albornoz, ya difunto. Un trapiche de oro vale hoi ea 
Illapel 1,500 pesos, el doble de lo que importaba durante la co- 
lunia. 

Los trapiches están jeneralmente a cargo de dos moledores, 
hombres peritos que ganan seis realps, alternándose en la noche 
i en el dia. Jeneralmente los mineros de oro llevan sus metales 
a maquila al moledor i pagan a razón de 2 pesos por cajón el 
metal blando i el doble por el cuarzo duro. Suelen tomarse en 
arriendo a ra^ou '200 i 250 pesos por aüo. 



— 134 — 

año, hicieron emigrar casi en masa a los pobla- 
dores de la Serena, al punto de que cuando Fre- 
zier visitó esta última ciudad, no se hablaba toda- 
vía, seis años mas tarde, sino del oro de Copiapó, 
conocido en aquel tiempo con el nombre de oro 
capote, por la riqueza de su lei marcada en el ce- 
rro del último nombre. 

El distinguido injooiero i espia político (pues 
tal lo era a la sombra del nieto de su rei), encon- 
tró en la incipiente i desparramada ranchería de 
Copiapó, especie de placilla de Juan Grodoy del 
oro, seis trapiches como los de Tiltil; pero la abun- 
dancia del metal había alentado a un industrial 
de empuje a implantar lo que entonces se llamaba 
un buitrón o «trapiche reab, esto es, un aparato 
hidráulico de pisones que trituraban en un día do- 
ce veces mayor suma de metal que los trapiches 
antediluvianos de solera i voladora. El trapiche 
7'eal de Copiapó estaba destinado a moler seis ca- 
jones diarios de metal, al paso que los antiguos 
trituradores de granito o ala de mosca convertían 
en harinas (este era el nombre lugareño) los gui- 
jarros en la ])roporcion de medio cajón por día. El 
primer buitrón de Copiapó estuvo tal vez estable- 
cido en el mismo lugar de la Chimba de esa ciu- 
dad, en que hoi, según noticias, existe habilitado 
i en actual csplotacion el hiifron, llamado por el 
nombre de su dueño «el trapiche de Sierra.» 

Por lo demás, estos trapiches eran tan numero- 



— 135 — 

808 en el país que sus restos han sido encontrados 
en las mas altas cordilleras del norte i del centro, 
como en lagañas australes de Valdivia, fabricados 
éstos por los primitivos conquistadores, al paso 
que todos los asientos urbano de la plaza de la 
villa Alhué situada encima de la montaña de este 
nombre, frente a Rancagua i hacia el poniente, 
están sencillamente formados por aquellas piedras 
circulares desgastadas i disminuidas por el uso i 
que hoi la decadencia de la industria mantiene en 
descanso. 



V. 



Adquirió en vista de sus observaciones perso- 
nales el esplorador francés de comienzos del pa- 
sado siglo la convicción ilustrada de que Chile era 
un país de oro, i así con toda claridad lo espuso 
en la imparcial relación que redactó de sus viajes 
a su regreso a París en 1715. — «En este valle de 
Copiapó, dice, se encuentran ademas de los lava- 
deros tan gran número de minas do oro, i algunas 
de plata en las montañas, que habria como ocu- 
par cuarenta mil hombres, según lo que me comu- 
nicó el gobernador de Coquimbo.» 

Era considerado entonces por su leí como el 
mas aquilatado oro de Cliile, cual el de Valdivia 
lo fuera en el siglo XVI, el que producía el hoi 
estinguido mineral de Capote en los cerros de es- 



te nombre que marcan el lindero entre los actna- 
les departamentos de Freirina i Vallenar. — Apun- 
ta Frezier que este oro, el oj-o capotCy que este 
nombre jenérico tenia, era el mas dúctil, obrizo 
rebuscado i el verdadero tipo monetario de la 
colonia, como el de Amlacollo lo fuera en el siglo 
precedente «el buen oro de Audacolloi). Agrega 
el esplorador francés que algunos emprendedores 
vecinos se proponían levantar en aquellos parajes 
nuevos trapiches, pero faltaban brazos. (1) 



(1) cDans cette métoe valide, outre les lavoira, il se trouve 
Bar les montagnes une si (/rande quantité de miniares d'or et 
quelques unes d'argent, qu'il y auroit de quoi occuper plus de 
40,000 /iommeSy iice que j'ea ai appris du Guuvuraeur de Co- 
quioabo; oa se propose d'y faire incessamtueut des moalias, mnís 
les ouvriers y maaquent'o. — (Frezier, obra citada, páj. 121.) 

El mismo autor aüade sobre este antecedente particular i a 
propósito de las grandes riquezas auríferas de Chile en el siglo 
XVI] I., lo Bigüiente: 

«Un trouve daus presque tontea lea conléeadu Cbilij de la te- 
rre d'ofi on peut tirer de l'or, il n'ya que les plus et le moiiis qiii 
en fasse la difference; ello est ordinairement rougeátre, et minee 
vers la surface; á hauteur d'homme elle est mélée de grains de 
groB sable oü commence le lit d'or; et en creusant plus bas, sout 
dea bañes de fond pierreux comme d'un rocUer pourri, bleuátre, 
melé de quantité do pailles jauues qui oaprendroit pour de l'or, 
luais qui ne sont effectivement que des jnrites ou Tnarcasiics, si 
minees et si legéres, que le courant de Teau les entraíne. Aa- 
dossous de cea bañes des pierres on ue trouve plus d'or, il sera- 
ble qui il est retenu dessus pour {'(re tombé de plus /laut.s 

Discurre el hábil injeniero francés con detención sobre las 
causas físicas i jeolójicas de la producción de oro, i esplica su 



137 — 



VI. 



Hallábanse completamente de acuerdo a este 
respecto el viajero científico de Luis XIV i un 
buinilde jesuita chillanejo que vivió i escribió me- 
dio siglo después que él, el padre Miguel de Oliva- 



existencia en Cliile por el diluvio, las lluvias, los terremotos. 
Pero ciertameute no piensa como el padre Rosales que atribuye 
su oríjea a la acción de los rayos solares en las eatrailas de la 
tierra, agregando como ejemplo de su sutileza que la jeate recia 
i granada dul valle de Aconcagua, tierra de oro, lo es tal porque 
ha absorvido por sus plantas el nobilísimo jugo aurífero do su 
suelo. Los jesuítas de Chile, a ejemplo de los alquimistas de la 
Edad-Media, creiau que el oro nacía i se desarrollaba como una 
semilla cualquiera, i de aquí el decir con frecuencia del padre 
Rosales quüu el oro de tal i tal parte estaba ya mas o ménoa 
crecido, sognn el tiempo en que se le habiu trabajatlo, 

Pero Frezier era un verdadero hombre científico i es de notar 
la analojía que existe entro su opinión marcada en su última fra- 
se del párrafo que arriba copiamos, con las ideas dominantes de 
los mineralojistaa que, como el alemán Petzholt i el profesor de 
la Universidad de Vieua, Suess, eu su libro (no reñido del toJo 
este último con el presente, al memos en su título. — «El porve- 
nir del oroí) los cuales esplicau la escasez antigua, actual i per- 
manente del oro por la lei de su peso específico qne lo ha preci- 
pitado a las entrañas de la tierra a donde apenas alcanza el 
injenio i la maquinaria humana. Sobreestás curiosas teorías, en 
todo conformes a las de Frezier, puede leerse un interesante 
artículo publicado en la liemie das deux Mondes por M. Emilio 
Laveleye con el titulo De la 2»'oduccion i el consumo de los 
metales preciosos. 



LA E. D£L o. 



18 



138 



. quien cuenta, a la par con Molina, verdaderos 
prodijios de la abundancia del oro en Chile en los 
(lias a que hacemos raferencia. (cLas minas de me- 
tales, dice el buen jesuíta, suelen hallarse en pai- 
ses áridos: pero a Chile lo mejoró tanto el Hace- 
dor de las cosas, que a mas de la abundancia de 
frutos que produce la tierra, ayudada de la indus* 
tria, son sus senos otros tantos ricos cofres en que 
guarda para sus habitadores los mas preciosos me- 
tales. Los asientos mas principales de minas de 
oro están en Copiapó, Huasco, Coquimbo, Anda- 
collo, Talca, Amallanca, lUapel, Petorca, Tiltil, 
Quebrada Honda, Caren, lUagiie, Algüé, Guillipa- 
tagua, Apalta, Pichidegua, y los mas de estos 
asientos son tan ricos de metales, que en muchos 
íRiientos se hallan mas de cien boca-minas, y en 
algunos no miii raros mas de qaiiiienta»: unas se 
trabajan actualmente; otras (tnas no de las nom- 
bradas) se abandonan porque no satisfacen en el 
todo a los deseos de los mineros, que acostum- 
brados a elejir entre muchos, desechan todo lo que 
no es mili sobresaliente; y mas quieren el torpe 
ocio que la diligencia que produzca una moderada 
conveniencia. En la tierra que habitan los indios 
de BioBio para el estrecho, hay opulentas minas; 
pero éstos repugnan tanto que las trabajemos, que 
aun querrian que las ignorásemos; pero nunca po- 
drá el tiempo borrar la memoria de las de la Im- 
perial, Vílla-Kica y Osorno, las cuales solas, sin 



— 139 — 

ayuda do otros fruton temían pobladas t/ felices aque- 
llas ciudades, y luibieiido i)a8ado mas do siglo y 
viedio sin trabajarse, deben rcjmtarse al presente 

COMO VÍLJENES,:) 

I en confirmación de las maravillas que nos 
cuenta el honrado fraile que esto escribía en el 
retiro a mediados del siglo XVIII (1760) refiere 
como comprobación personal que una señora de 
Valdivia se hacia labrar sus alhajas con el oro 
que sus sirvientes le recojian en los alrededores 
de su casa cuando llovía (que allí esto sucede to- 
dos los dias), agregando que im capitán amigo 
suyo residente en esa ciudad, ni ese trabajo se im- 
ponía porque se proporcionaba algún oro sin mas 
trabajo que ordenar a su cocinera sacase del hucke 
de las gallinas el que estas de ordinario guardaban 
sin dijerir.,.. (\) 

(1) Esto que parecería singnlar en cnnlquicr pais del mundo 
8 común en Chile. Existe eu el norte uaa tradición según la 
cual el mineral ile oro de Hierro Viejo fhé descubierto por una 
perdiz que do pudo volar a causa de tener el buche lleno de oro 
i, atrapada por un minero, le dio el buche i el vxo la pista del 
descubrimiento. 

Hemos oido decir también al comandante don Rafael Vargas 
que cuando hizo la espedioion ile ultru-Cautiu en I8G8 con el 
ministro de la guerra don Francisco Echáurren, encontraban en 
los buches de la mayor parte de las gallinas que mataban, espe- 
ciulnaente en la reducción de Trnz-Tmz, algunos granos de oro 
quG fueron traídos por curiosidad a Santiago. 

Piutorescanieute se ha llamado por ulgunua esa correría la 
nCuui]>aña de lus cazuelas de gallinuj» pero ¿no seria igimlnien- 



— 140 — 



I todo esto que 



receria patraña no lo es tal, 
porque aun hoi (lia mismo se ve a los muchachos 
de las calles de Ancud andar a la cosecha de oro 
después de un aguacero, exactamente como via- 
jando nosotros en nuestra mocedad con frecuencia 
a Coquimbo (1851-52) íbamos encontrando en 
cada una de sus quebradas i riachuelos, en la Li- 
gua, en Longotoma, en Quilimarí, en Choapa, en 
niapel, en el Limarí, en todas las aguadas, grupos 
de infantiles lavadores de oro sin mas instrumento 
que un pedazo de mate para recojer la arena en el 
ancón, es decir, en aquella parte del cauce en que 
el curso del agua hace curva, i en seguida lavarla. 
No había mentido ciertamente Valdivia al em- 
perador cuando desde la Serena decíale: — «Sacra- 
tísimo príncipe, , toda esta tierra es una mina de 
oro.» 

VII. 



Entretanto, i por el camino de los lavaderos i 
de los trapiches de cuarzo, i otros sistemas case- 
ros conocidos en Chile para la esplotacion del oro, 
antes del ensayo hasta aquí poco afortunado del 
sistema californiense de la presión hidráulica, ha- 
bíase hecho Copiapó, por el oro antes que por la 
plata, un mineral tan importante de Cnile que en 
1744 se elevó su aldea al rango de villa por el 

te apropiado denomiuarla en adelante — «la campaña de los bu- 
ches de oro?» 



— 141 — 

laborioso i organizador presidente Manso de Ye- 
lasco, i, aun con anterioridad a esta fundación, ve- 
mos que aquel intelijente funcionario había toma- 
do medidas de incremento i orden económico en 
aquellas ricas i, por lo mismo, turbulentas faenas. 

Orijinales tenemos a la vista las instrucciones 
que en 29 de octubre de 1740 diera aquel capitán 
jeneral a su delegado en Gopiapó don Antonio de 
Saravia, encargándole guardase el orden, adminis- 
trase buena justicia, persiguiese a los ladrones, 
atajase a los contrabandistas que introduciati mer- 
caderías desde Buenos Aires por los puertos de la 
cordillera, i autorizándolo para otorgar, por cs- 
cepcion, estacas i dar permisos para heridos de 
trapiches, prefiriendo en todo caso a los dueños de 
la tierra, que era precisamente lo contrario de lo 
que los subdelegados hacian, a título de que los 
dueños del suelo eran indios. 

Recomienda también el celoso capitán jeneral 
a su delegado, como medida do buen gobierno, que 
tenga la vista fija en un tal don Juan de Dios 
Arias, hombre tumultuario i probablemente tinte- 
rillo, algún «licenciado Las Peñas» del oro de Go- 
piapó, que en los minerales andaba revolviendo 
las jentes, por lo cual el presidente habíale dos- 
terrado el año de 1739 por dos años al Huasco. — 
Se imponían también severas penas a los ladrones 
de metiiles en las canchas, prueba de que el mine- 
_ ral era rico i la «cangallai» antigua. 



— 142 — 

Por lo demás, Copiapó como comunidad do oro, 
Lübia crecido tan aprima que el presidente re- 
comendaba a su correjidor hacer alarde de jentc 
de armas, i le autorizaba para formar con ellas 
un rejimieuto si su número llegaba a seiscientas 
plazas de guerra. 

vni. 

Coincidió con el anje de las minas de oro de 
Copiapó, o mas bien, vínole de refuerzo, el descu- 
brimieato de las minas de oro de Petorca i de su 
célebre mina del Bronce, mas animada sin embar- 
go entre los mineros que por su notoria riqueza 
por la trájica muerto de los siete mineros que fue- 
ron a robar oro i se quedaron convertidos en es- 
tatuas de piedra, según da cuenta una rima popular 
de aquellos tiempos, que mas adelante haremos 
conocer. (1) 

(1) En cnauto a las miaas de Lampagui de que habla Fre- 
zier,' como si bnbieraa sido muí ricas, no solo en oro siao ea 
plata, cobre i otros metales, iio lia quedado liuella conocida, i lo 
único que ae colije por el grado jeográfico qne él les asigno, 
(pues en su tiempo se descubrieron, i despoblaron con la nove- 
dad i la codicia a Santiago) deben haber existido ea la serranía, 
en un paraje medianero entre los departamentos de Conibarba- 
Iii e Illapel, Parece que el mineral era verdaderamente rico pero 
demasiado duro, por lo cual hubo de abandonarse, como muchas 
minas de cuarzo aurífero en Chile. Sabido es que casi la totali- 
dad del oro existente en el mundo procede de lavaderos o place- 
res, en Ift proporción de 83 por ciento, mientras que el oro de 
minas, seguu loa cálculos de Lavelcye, suio ha cuiítribuido a la 



— 143 ^ 

• 

La ponderada mina do la Amazonas, junto a la 
Ligua, que boi dcsaterra el injeuiero aurífero 
Simpson con capitales extranjeros, i en seguida 
los trabajos del rico minero Gamboa, fundador de 
Alhué, frente a Rancagua, a fiuea del pasado si* 
glo, completaron la red de riquezas auríferas que 
ostentaba Cliile en sus entrañas i que le colocaron 
en primera fila entre los países productores de oro 
en aquel siglo. 



masa comuu en la propurcion de un 12 por ciento. 

Frezier es el úutco autor qua mcuciona a Lampagni i fija pa- 
ra 8u ubicación el grailu 31°. 

El cordou do Lampagui i el de Llavin (o Llahain) que tam- 
bién meadüna el viajerú fiMUGes, formau hoiel límite que separa 
a Illapel de Conil>arbalá por el lado de la cordillera; pero es 
mui posible que el mineral de oro de que habla el viajero fran- 
cés, sea el Uaniado hoi por los mineros de Illapel i de Combar- 
balá líLatupago» o «Mauípago» en el cerro de loa Hornos, alta 
cuesta medianera entre ambos departamentos, como el cerro de 
Capote entre Valleuar i Freirina. 

A tres o cuatro cuadras del caoiiao real del norte, hacia el 
oriente, se ven en efocto txlavia grandes desmontes de metales 
durísimos, i hace pocos años que un minero de oro de aquellos 
parajes, llamado Rudesiudo Aguirre, a quien hemos conocido, 
«yendo a la leña,» encontró en ése desmonte un pequeño guija- 
rro tan tachonado de oro que un cambiasta de Illapel le dio 
por él 3 pesos. Coníérvase tudavia en aquella ciudad la tradi- 
ción del último dueño de la mina de Lampago, el mentado 
cdon Bartolo Intento» (Atieiizi-?) hombre tau rico que (tcuan- 
do salían a ladrarle los perros, los espantaba con pesos fuertes.» 

La famosa mina de la Caria, que hoi se trata de rehabilitar, 
está en la misma corrida de los Hornos. 



144 



IX. 



De todo esto habremos de dar cabal cuenta 
mas adelante, pero en nada se aventura la verdad 
al anticipar desde ahora lá formal creencia de que 
el siglo XVIir fué la segunda Edad deloro que 
nosotros hemos inscrito como carátula de este 
trabajo histórico i de prueba. 

Dos viajeros científicos que en su medianía vi- 
sitaron de lijcra nuestras costas, como Frezier en 
sus comienzos, don Jorje Juan i don Antonio de 
IJlloa, capitanes de fragata de la armada españo- 
la, resumen, en efecto, las impresiones ñivorables 
que de la somera inspección del reino recibieron, 
en las palabras que a continuación copiamos: 

«Entre Quíllota i Valparaiso en un paríije que 
dan el nombre de la Ligua, hai un mineral de oro 
mui abundante i de buena leí. También en Co- 
quimbo se trabajan algunas minas de oro i del 
mismo modo en Copiapó i en el Huasco: a el que 
Be saca de estas últimas dan el nombre de oro ca- 
pote^ siendo el mas sobresaliente de el que se co- 
noce. Hai en aquel reino otra especie de minas 
del mismo metal distintas de las antecedentes, i 
estas son tan superficiales, que a poco de haber 
empezado a trabajarlas i rendido alguna porción 
se desparece la veta; estas son en grande número 
como también las de lavaderos; las cuales se ha- 
llan como a una legua de Valparaiso, entre este 



— 145 — 

lugar i las PeñueUis; (1) otras en Yapél, en las 
fronteras de los indios jcntiles i en las inmedia- 
ciones de la Concepción: de todas estas i otras 
varias que se conocen en aquel reino ee saca oro 
en polvo, encontrándose tal vez algunas pepitas do 
bastante grandor, por el qual han solido hacerse 
particulares. 

íTodo este oro que se estrae eu Chile se vende 
allí, añaden los navegantes españoles, para llevarlo 
a Lima, que es donde se sella, porque en Chile no 
hai casa de Moneda, i se tiene averiguado por la 
razón que se toma de él, que sale anualmente la 
cantidad de seiscientos mil pesos; pero aseguran, 
que el que se extravía por la cordillera pasa de 
quatrocientos rail, i así compondrá el todo un mi- 
llón o al(jo mas. (2) 



(1) Este lavadero podía ser o el actual de Lltimpaico, tan 
lleno hoi de panizos para sus eaplotadores, o el que los jesuítas 
teuian en su hacienda de las Palmas i que visitó Frezier en 
1713. Pcrü uno i otro distau algo mas de una legua da Valpa- 
raíso. 

(2) Aunque los célebres navegantes españolea no hicieron 
mas que asomarse a las costas de Chile en persecución do Lord 
Anson i su escuadnlla en 1741-43, se quedaron mui atrás déla 
verdadera producción del oro al hablar de un millón al año, así 
como a Molina se le i)is6 la mano, aegun lo observa Humboldt, 
al hacer subir el reiidiuiieuto del oro a cuatro millones de pesos 
por año. Mas adelante se restablecerá la verdad coa cifras es- 
tadísticas; jiero entretanto no estará demás recordar que un ini- 
Jlon en la niediunia del siglo pasado equivalía como valor mer- 
cantil a cuatro millonea del presente. 

LA K. DKL U. lU 



146 



J»Goqmmbo i el Huasco, países donde los minera- 
les de todíia suertes de lüe tales son ttm comunes 
que parece que la tierra está oonvertida en ellos, son 
los parajes donde se trabajan los de cobre, de que 
se abastece todo el Perú i reino de Gliile: pero aun 
de este metal, cuya calidad es lo mas sobresalien- 
te, que se conoce, solo se hacen labores en aquellas 
miuiís que se consideran necesarias para el consu- 
mo que hai de él, quedando intactas lamayor parte 
de las otras de que hai noticias i se tienen descu- 
biertas.! (1) 

Fué a la verdad tan notable el incremento de 
la producción, del oro en Chile desde el primer 
tercio del sig-lo XVIII, que sus pobladores comen- 
zaron a solicitar del rei el planteamiento de ima 
casa de Moneda para sellar oro, desde 1730, liber- 
tándose de los riesgos de mandarlo a Lima i de 
los contrabandos a Buenos Aires i a todas partes. 

La actual Moneda de Chile no debió su oríjen, 
por consiguiente, a la equivocación de una real 
cédula, según corre en una patraña popular, que la 
destinaba a Méjico, sino a la abundancia de su pro- 
ducción i esportacion de oro, I hecho tan significa- 
tivo es el que vamos a comprobar en el próximo 
capítulo, valiéndonos de los propios archivos de la 
Real Casa, en los cuales encontraremos también 
mas de un autorizado dato estadístico que confir- 
me por completo lo que venimos sosteniendo. 

(1) Jl'ají i ülloa. — Relación ttlst/irifíri de. viajes hechos a la 
Amértc'i Mciidiimal f'J8//arw¿u., vol. llf. ¡láj. 35U. 




CAPITULO IV. 



LA CASA DE MONEDA DEL ORO. 



La abundancia d« la producción del oro induce a loa chilenos en 1730 a 
solicitar una casa de Moneda para acmtai'lí». — Desaire i tn6ho3pi*ecio da 
los magnates de Lima a, propósito dtí esta solicitml. — Insisten los mag- 
nates santiapnnoa i va a E-spaña el cal>aüero vi/caino don Pranciaco 
García Hiiidubru, qnien obtiono ol privilcjio do establecer la casa de 
Moneda por »u cuenta. — Curiosas condiriones do este monopolir) perso- 
nal. — Viaje de García HuidobiM a Chile, su captura por los ín^'leüe.s en 
Portuaral í su roícate. — lle^Toaa a Santiago i edifica la Cas-a Real de la 
oual se liacc maripiés. — Celos de lus santiaguiaos con el juarnués de Ca- 
sa Real i se oponen a su prívilejio.— Datos iniiditos.— So instala la pri- 
mera Casa de Moneda i coTaicii/.a a funcionar en 1759. — ^Monto do la 
amonedación hasta 1770. — Trescientos ochenta i cinco nuíntalea de oro 
«nonce año!». — •Píng'ües provechos del raarqué-* de Casa Real.— Se reoue- 
van los celos de los santíafjiiínos i, ayudados por el codicioso Vírey 
Amat, obtienen 1h abolición del prívílejío del nianjués. — «Lo» testigo» 
del Vírey Orcasitas.» — Enérjica defensa que de su derecho hace el mar- 
qués Huidol)ro i cómo prueba el gran incremento que ha tenido la pro- 
ducción del oro ¡ la renta del rei con su Casa de Moneda. — lis expropia- 
do, i Carlos Ili trampea el valor de la Moneda i lo paga la República 
un siglo inaí tarde. — Regocijados los santiag-iiinos con el despojo dol 
manillas, ofrecen al presidente Morales «El Rasura!» para fundar la 
«Casa do Moneda del oro.^ — Se oponen los padres de Santo Domingo e 
iniciau un pleito que dura veinte aüos. — Documentos inéditos. — Los ci- 
mientos di4 Basural dan en a{;ua i -se traslada la planta de la Casa de 
Moneda a la .\rboloda de Ion jeiuitas, donde hoi existo. — Relaciuu del 
Vírey .\mat sül)re la planteacion do la nueva Casa de Moneda i .su plan 
de sueldos. — Presupuesto de estos en IHIO. — líl archivo déla Moneda. — 
Compra de oro en 1772 a 1781. — Gastos semanales de amonedación. — 
«Rl volante.» — Rendimiento del oro i de la plata conforme a las compras 
hechas en ul decenio de 17H!) a 1798. — Cuadro del oro comprado desde 
ITO'J a 1817. — La producción máxima del oro en ISOU i en 1810.— «Dos mil 

?ii¡ntales do oro». ^Comienza la decadencia de la producción junto coa 
a griúrra de lu Indúpenduucia.— Nuevas coniprabacíoaes. 



— 148 — 

«Realza i multlplicíi cl jubilo a lo.s veci- 
nos i niürailorea da esta ciudad (Santia<;o) 
i ana de todu oi roino, In noticia (|Uti tienen 
do la concesión i permiso do la Casa de 
Moneda íiuo S. Al. se ha dignado pcrinilir 
en ella.» — (Maiiau: aíía — fíelwion del obis- 
pado de Sanliaijú, inédita, 174-4.) 

«Mayores eran las cantidades á» cm qiio 
pasando por alto para fuera del reino o 
coii»uii]i<iiidü3e en obran antes de sellarse, 
dofraudaljan el deroeliodül|rci.» — (Miauui. 
va ÜLiVAUES, obra citada, páj. 28.) 



I. 



Decíamos poco ha qne la Casa de Moneda de 
Santiago de Cliile era un perdurable monumento 
levantado a su oro, o, como es mas propio decir, 
a la ccedad del oro» cuyos anales aquí de ¡3 risa bos- 
quejamos. I así en efecto lo afirma el TÍrrei Araat 
en la parte inédita de sus Memorias que se con- 
serva en nuestra Biblioteca Nacional, como un 
documento precioso para la historia económica, 
mercantil i financiera de esta pobre colonia sacada 
en aquel tiempo del lodo. . . por el oro. 



11. 



A consecuencia de la abundancia de producción 
que comenzaron a rendir todos juntos los minera- 
les de Tiltil, de Copiapó, de Capote, de Limipa- 
gtti, de Limadle, del Asiento de la Ligua (Lúa, 
dice Fernandez Oviedo), todo el norte en fin, 
(como antes habia sido todo el sur), los santia- 



— 140 — 

guiños, que nunca fueron cortos en pedir, se fitre- 
vieron en efecto por el año de 1730 a solicitar 
directamente, poniéndose a los pies del rei de Es- 
paña, una Casa de Moneda propia, qne les liber- 
tara del yugo, de las trampas i do la soberbia de 
Lima, aborrecida ya desde entonces. 

Tenían por esc tiempo casa de Moneda, como 
cosa o casa propia, ademas de la opulentísima i 
despótica Ciudad do los Royes, Potosí, Méjico i 
hasta Popayan; i por aquello tal vez de que «todo 
el mundo es Popayan i», los chilenos, acordándose 
que sus mayores habian disfrutado de los pingües 
beneficios de aquella institución real en la remo- 
tísima Osorno, exijieron con ahinco un privilejio 
que no era sino una devolución. 



ni. 



Pero los grandes mercaderes i potentados de 
Lima, condes i marqueses, que miraban entonces 
a Santiago exactamente como Santiago miraba 
hace pocos años la «villa del Góbil,» antes de in* 
corporársela como uno de sus mas sucios arrabales, 
echaron a la risa la pretensión de los colonos del 
sebo, del charqui i del afrecho de trigo. Los lime- 
ños pretendían seguir lisa i llanamente usufruc- 
tuando el oro de Chile, como usuíructnaban el sebo 
de sus ramadas de matanza para el alumbrado de 
BUS casas i de la ciudad, del charqui para la paila 



• _ IDO — 

de sus negros esclavos i del trigo para los amasi- 
jos de sus panaderías. 

Negáronse por consiguiente a tal enormidad, i 
las cosas quedaron así entre peticiones i papeles 
por mas de una década de años. 



IV. 



Lo mas curioso del caso era que el virei de Li- 
ma, informando en contra al rei, daba por razón, 
del desaire que hacia a los chilenos, el riesgo 
de sus terremotos para edificar casas reales; de 
suerte, que, a juicio de aquellos majistrados, los in- 
felices habitantes de este pobre reino estaban des- 
tinados a vivir solo en ranchos, al airc libre o ba- 
jos los árboles, como los indios i los pájaros. Pero 
lo cierto fué que aquella escusa labró alguna me- 
lla en el real ánimo, por cuanto lo que mas se 
encargó mas tarde al arquitecto Toesca, traído 
espresamente de Roma para ediíicar la actual Mo- 
neda, fué que la hiciese «a prueba de terremotos.» 
I de aquí la inquebrantable solidez i enormísimo 
peso de este mausoleo de piedra que a tantos ha 
aplastado i sigue apla.staudo con su mole de cal, 
ladrillo i canto, — acal i canto.» 




— 151 — 



I 



ron la horma de su zapato en im caballero vizcaí- 
no, intelijentc como su raza, especialmente para 
el negocio, i tenaz para sus empresas, como el fie- 
rro de sus montañas. Llamábase este hidalgo don 
Francisco García Huidobro, i se habia avecindado 
en Santiago como negociante i como minero, ca- 
sándose con una de las mas ricas herederas de la 
ciudad i de la familia que dio todas las grandes 
dotes, si no las grandes bellezas, a la colonia en 
su último período, — la familia Larraiu, llamada 
por su número prodijioso la «de los Ochocientos.» 
Empeñado el caballero vizcaino en la obra de 
acuñar el oro de Chile en casa propia i no alqui- 
lada, fuese a España; i tan buena maña se dio que 
en 1744: obtuvo el real permiso para poner de su 
cuenta casa de Moneda en la capital de Chile, con 
el título de tesorero perpetuo de ella, i sin maa 
gravamen que reconocer el derecho do señoreaje 
por el cuño (llamado el uno i medio de Cobos, por 
el secretario do Cirios V. a quien el emporador 
dio este regalo do millones) i la obligación de 
enajenarla al rei, si éste algima vez lo tenia por 
conveniente, pagando la empresa, a tasación de 
peritos, i abonando un cinco por ciento por los ca- 
pitales que al tiempo de ajustar el pago quedasen 
en moras.— El rei era el mayor tramposo de todos 
los deudores de ludias, i esto harto lo ha conoci- 
do la familia del fundador de la Moneda que solo 
en plena república, i hace pocos años, ha recibido 




cía Huidobio, marques de Casa-lieal 



Gozozo con sil espléndido monopolio, embarcó- 
Be el emprendedor vizcaíno en Cádiz con su maqui- 
naria i obreros con rumbo a Buenos Aires para 
<lesde allí atravesar las pampas i las cordilleras 
con sn volante i yu cuño, queesoera con algunos po- 
cos fierros i crisoles lo que entonces se llamaba 
Casa de Moneda. 

Pero al principio le cupo poca fortuna, porque 
como la España era rica i la Inglaterra pobre, 
estaban las dos monarquías en eterno pleito en 
aquellos siglos; i esto de tal suerte que a poco de sa- 
lir de Cádiz apresaron al tesonero vizcaíno, i con 
su maquinaria i obreros, lo llevaron a un puerto de 
Portugal, entonces como lioi, sucursal de la Gran 
Bretaña, i allí lo declararon buena presa. 

VIL 



Mas como los ingleses son jento práctica, cono- 
cieron a poco que mas les valia soltar la presa, con 
la esperanza de atrapar nígun dia los doblones de 
oro Siellados de Chile; i por un rescate del doble del 
precio de iábi'ica o de factura de la maquinaria, 



le dejaron seguir su camino. Esto mismo cuenta 
el fundador en un documento de reclamación al 
rei que existe en el Archivo de la Cámara de Di- 
putados, agregando que la prima que pagó a los 
ingleses por su soltura fué de 100 a 150 por 



ciento. 
B^ Llegi 



VIII. 



Llegado al fin a Chile, compró el futuro mar- 
qués de Casa-Eeal un sitio en parte central i pre- 
destinada de la ciudad, edificó casa adecuada, «la 
Casa Real)), que es la misma que hoi reedifica de 
cal i ladrillo con zócalos de Regolemo la Caja Hi- 
potecaria, esta moderna casa real de Chile; i así, en 
la medianía cabal del siglo por escelencia del oro, 
quedó instalada la fábrica de moneda con el gasto, 
injente entonces, de noventa mil pesos, en cuya 
suma dice el caballero vizcaino invirtió «el cau- 
dal de sus amigos i la dote de su mujer.» 

El mismo filé nombrado, por su propia virtud, 
administrador i tesorero, cuyo título debia pasar 
a sus sucesores hasta la mas remota jene ración, 
por juro de heredad, como el derecho de correos 
que tenia monopolizado en el Perú i en Chile la 
familia de Caravajal, sin que pudieran perderlo 
sus herederos, ni aun por el mayor delito, con tal 
que éste no fuera uno de estas tres enormidades, 
lesee magestatis, «xpecado nefando», i lo que era 
mucho peor que todo esto — la íherejia». .. 



LA E. DEL O. 



20 



— 154 — 



IX. 



No se había engañado el sagaz vizcaíno en bus 
cálculos, poique el oro afluyó a sus cuños como ua 
verdadero raudal, i estando a las cuentas compro- 
badas del vírei Amat, en solo doce años, esto es, 
desde 1759 a 1770, selló la casa de moneda la 
enorme cantidad de 77,344 marcos, 5 onzas i 8 
octavos de oro, o lo que es lo mismo, — 38,672 li 
bras o TREScibiNTOS OCHENTA I SEIS QUiNTxiLEs de oro, 
todo oro chileno, fuera del que se pasaba por alto 
(que así se decía porque llevábanlo de contraban- 
do por encima de la cordillera), que probable- 
mente era el doble o el triple. Los chilenos no 
querian ser menos que el reí i, como dice el padre 
Olivares, a su vez, lo trampeaban. . . 

X, 

Por su parte, el contratista vizcaíno hacia pin- 
güe cosecha, rindiéndole tal provecho los golpes 
del volante sobre la blanda pasta, que luego com- 
pró un marquesado real, dándole el título de su 
propia casa. Según el avaro i cuidadoso cálculo 
de sus contemporáneos, el marqués no ganaba me- 
nos por año de veinte mil pesos, lo que era como 
ganar hoi un millón. (1) 



Cl) Hé aquí las curiosas e importantes revelaciones qne a 



— 155 — 



XI. 



Pero esto mismo fué al fin la perdición dol 
marqués, porque ha sido también i es todavía 
achaque emineatemente santiaguiuo esto de no 
dejar que otros ganen cuando no ganan todos con 
él, como si no fuera refrán tan cierto como la luz 
del sol i el agua de los aguaceros que- -ucuando 
llueve todos se mojan», i aquel otro de que — «mas 
da el duro que el desnudo.» 

Fué de todas maneras lo cierto que la negra en- 
vidia comenzó a afilar sus colmillos; ayudó a los 
murmuradores el avariento virei Amat; despertóse 
la cupidez del réi; fueron tal vez regalos i las tale- 



este respecto contiene la memoria inédita de Amat: 

—«Desde el año nC)d, hasta el de 1770 (aoibos iaclusive) 
qne se comprenden doce años, y en que ae mandó incorporar a 
la Corona dicha Beal Casa, se habían labrado, y amonedado en 
ella 77,344 marcos, 5 onzas, 8 octavos de oro. En los primeros 
tiempos buvo menos labor; pero posteriormente pasaron de 4,000 

'inarcos los qne se acuñaron al año. Suponiendo que en la es- 
presada Ca.<»a, ímicameete se acuüasen 4,000 marcos, importan 
éstos, a razón do 135, pesos 544,000 pesos. Y pagándose a 128 

I pesos 32 maravedís según ordenanzas de Casas de Monedas 
únicamente 512,470 pesos 4 reales 28 maravedís, lograba el 
Asentista 31,527 pesos 3 reales 10 maravedís; y aunque consu- 
miese mucha parte en materiales y sálanos, con todo, le queda- 
ba una crecidísima utilidad, qtte es la que ai presente reporta su 
Majestad, con mas las covreispondieutes <[ue ofroceu las mone- 
das de Plata.» 



gas del virei Orcasítas como testigos, i de repente 
vino la real orden de quitar al marqués de Casa- 
Real su casa i adjudicarla al real tesoro de Carlos 
m, que en agarrar lo ajeno no fué corto. (1) 

XII. 

En vano fué que el monedero mayor de Chile 
hiciera toda clase de argumentos. Ponderó en sus 
defensas el estraordinario incremento del reino 
con el derrame del oro acuñado en el pais, lo que 



(1) El bando promulgando la Eeal Cédula de San Ildefonso 
que mandaba crear la casa de moneda de Santiago por cuenta 
de un particular, fué publicado en la capital, el 10 de setiembre 
de 1544, i en él ae prohibía que se sacase del reino ningún horo. 
Asi, al menos testualmente dice el libro de actas del comercio 
de Santiago durante el siglo XVI II que orijinal teníamos en 
nuestro poder hasta que hace poco nos lo robó alguien, junto 
con los seis volúmenes de preciosos manuscritos del jeueral 
Mackenna i otros importantes documentos i haata valiosos li- 
bros. 

Pero los caballeros santiaguinos, verdaderos perros de hortelano 
(aunquejamas robaron libros, ni mauuscristos, ni horo), se con- 
gregaron inmediatamente en j anta, i pidieron al rei que revocara 
al permiso dado a García Huidobro como obtenido «por informe 
i relación subsepticia» (por subrebbicia), i pidieron "que el rei 
tomase la erección de sn cuenta. 

En cuanto a los testigos del virei Orcasitas, de Méjico, dicen 
que fueron 200 talegos de a rail pesos qne presentó en un 
armario para probar su inocencia, i así la obtuvo en un caso de 
¡leculado, de un ministro de España, a quien le había prome- 
tido probarle bu acrisolada honradez «con doscientos testigos.» 



— 157 — 

era efectivo; probó que lo8 quintos reales del oro, 
que antes no pasaban año con año de 9,300 pe- 
eos, habían subido en 1773 a 30,749 pesos, fuera 
del derecho de señoreaje o privilejio de fabricar 
moneda que él habia pagado, doblón sobre doblón, 
hasta la enorme suma de 116,217 pesos en los 
años corridos de 1750 a 1766. Todo fué inútil, i 
aun contraproducente, porque ni siquiera le valió 
haber hecho en 1767 un donativo de 1,300 pesos 
contra el inglés (dulce venganza del cautiverio i 
rescate de Portugal!) ni liaber regalado diez mil 
pesos al presidente Morales para la cjuerra con 
los Araucanos en 1770. 

Citaba también el acongojado marqués en sus 
memoriales el progreso visible del reino: — «la ma- 
yor labor y descubrimiento de minas; la ninguna 
extracción del oro a Reinos Extranjeros; el au- 
mento de Mineros; la extensión del comercio y 
población tan ventajosa al Estado en el floreciente 
en que hoy se halla la capital y reino de Chile.» (1) 



(!) Los regocijados santiaguínos, veficedores del opulento 
marqués vizcaino, acordaron regalar, i de hecho regalaron al rei, 
el sitio llamado el Basural para la nueva caaa de Moneda. 
Pero no contaban los ediles ccn la huéspeda, es decir, con los 
padres de Santo Domingo, quienes, llamándose a dueños del 
terreno, pusieron pleito, el cual duró veinte años, conforme a los 
documentos inéditos que eu seguida copiamos i que existen 
oryiuales, el primero eu la Biblioteca Nacional i el segundo en 



— 158 ~ 



xin. 



Mas, no hubo arbitrio. El presidente Morales 
tomó posesión de la casa real a nombre de Carlos 



el archivo del cabildo, i dicen así: 

I. 

aEu esta ciudad de Santiago de Chile, en uno dia del mes de 
jnaio de 1772 afios, los señores de este ilustrísimo Cabiltlo, con^ 
eejo de justicia y reximiento, estando juntos en su sala de ayun- 
tamiento como lo han uso y costumbre, a saber los que abajo 
firmarán sus nombres. En este dia disponen que linliáudose no- 
vissimamente adjudicada al real Patrimonio la casa de Moneda 
de esta ciudad, con noticia de que para su construcción ee deli- 
bera".sabre el sitio de mejor propósito y siendo de este el que 
poaee esta ciudad a continuación de los solares de el convento 
de Santo Domingo, asei (hacia?) a bu espalda, acordaron (para?) 
que las tales intenciones tengan su logro, debían hacer y hacian 
oblación de dicho sitio para que en él pueda plantificarse la cas- 
aa aiu que Su Majestad tenga prccisica alguna de ninguna exhi- 
bición para la consecución del terreno y sitio correspondiente a 
jdicha casa y que assi mismo contribuirá poner con bueldo, (coa- 
Buelo?) con todo aquello que se conbiniere en sus facultades para 
ofrecerlas en su servicio y obsequio de Su Majestad. — Asi lo 
acordaron y firmaron do que doi fé. — Luis Manuel de Zañartu. 
— José Miguúl de P^udo, — Mariano Zavalla. — Miguel Penz 
Cótapoay Villamil. — Pedro Andrés de Zagra. — Jnaii Ignacio de 
Gogcolea. — Juan de Santa Cruz. — JJlor. Ac/uistin Seco y Santa 
Cruz, licenciado. — Ante mí José Gmnez de Silva, e»CTÍh&no pil- 
blico.» 



aSantiaffO¡ 11 de ju7iio de 1772. 
^Admítese cu nombre del Rey la i'ferta que hace el procura- 



— 159 — 



III; recbíizó la compra del edificio del marqués 
por '■ «estrecho», i siu embargo de haber hecho 
tasar la maquinaria por peritos de tan poca leí 



dor jeaeral de esta ciudad por representación de su Cabildo, Jus- 
ticia y regimiento del sitio que posee a iumediacioa del Puente 
y al Coavento de Predicadores, para que en él se leyante la nue- 
va (jasa, de Moneda incorporada a la Rjal Corona, en perpetui- 
dad y con proporción a todas sus oficinas y se le dan las gra- 
cias u nombre de Su Majestad, informáudole de este servicio 
como de la continuada demostraciou de su fidelidad y del celo de 
propender al maiur beneficio de la real hacienda; y los oficiales 
reales tomarán posesaion del precitado sitio con las formalida- 
des prevenidas en derecho mandándole medir por ol alarife, con 
citación de todos los circunvecinos y darán cuenta de su deli- 
gencía para que se provea lo mas que convenga. 

Morales. — {Luque.)-» 

II. 

Cabildo estraor diñaría de 24 de julio de 1791. 

«Instruidos de los autos formados entre el señor Procurador 
Jeueral de ciudad y el convento del señor Santo Domingo sobre 
el derecho a un sitio nombrado el Basural en que ae declaró 
para el Supremo Gobierno de este Reino, a consequencia de la 
seatencia dada por el Tribunal de esta Real Audiencia tocan y 
pertenecen a dicho convento el sitio, segua la mensura hecha 
por el alarife Vicente Marcelino de la Peña, acordaron que en 
atención a no haber acreditado dicho convento maa dominio que 
de siete solares, según documentos de f. y fs., lo que no tuvo 
presente el enuociado alarifü para la mensura que practicó a 
que por ol citado auto de f. 83 quaderuo 1." se dejó reservado 
a dicho aeüor Procarador para que sobre el error que notaba la 
indicada mensura y demás pretensiones que constan de los autos 
para que usase de el en esta Real xVudiencia y a que tiene 



— 160 — 

que, según las palabras del agraviado, valori- 
zaron en doce pesos tres reales i un cuarti- 
llo, ciertos utensilios que ellos mismos habian 
fabricado haciéndose pagar 425 por cada uno, 
quedó debiendo el rei a su subdito 79,600 pesos, 



demostrada el conveato a la calle del Monasterio de Capuchinas 
quo debía dirijirse a la nombrada de las Ramadas, en cuio terre- 
no tiene parte la ciudad, el señor Procurador Jeneral do ella, con 
reflexión a estas consideraciones, esforzándolas lo mas que le dio- 
tare su celo, se presente al tribunal de esta Eeal Aadíencia con- 
testimonio de esta causa, a fia de que se declare por dicha su- 
perioridad que el dicho convento está bastantemente enterado 
de los siete solares a que tiene dominio con lo que se halla de 
claustrada y que el demás terreno que intenta edificar pertene- 
cen en ambos derechos de posesión y propiedad a los propios de 
esta ciudad, y quando a esto lugar no haya, exponga que en aten- 
ción a la necesidad púbhca de todo aquel terreno, así por el be- 
neficio de la población como por otras circunstancias que este 
Cavildo tiene consultado con el M. I. S. Presidente, se obliga a 
la ciudad a comprar a dicho convento la parte que tenga del 
citado terreno a beneficio de sus pro])ioa. 

íY assi lo acordaron y firmaron dichos señores que doy fee.» 
Con todos estos trámites la construcción de la actual casa de 
Moneda tardó 36 años, desde 1772 en que se dio el sitio del Ba- 
sural hasta 1808 en que ]|i instaló definitivamente el presidente 
Muñoz de Guzman con un gasto de 922,263 pesos, según cuentas 
archivadas en la Contaduría mayor. El gasto del edificio habia 
corrido desde el 1." de junio de 1783 en que se principió la obra 
actual ha&ta el 1." de julio de 180S. 

En la Historia de Sanliayo, vol. II., hemos hecho la historia 
de la Moneda, pero solo como edificio, i con relación a la edilidad. 
Los datos publicados aquí sobre la Moneda del oro, son entera- 
mente nuevos e inéditos. 



— 161 — 

los mismos que un siglo mas tarde pagó la hon- 
rada república a sus herederos. 

Carlos IIE, reí flaco i cazador, fué ciertamente 
manilargo, i al ver lo que sus lugartenientes i es- 
pecialmente el odiado i temido Amat hablan he- 
cho con los jesuítas, vecinos de calle del marqués, 
debió echar éste la barba en remojo. I en efec- 
to, los unos i los otros fueron, con diferencia 
de pocos años, despojados: los padres en 1767 i el 
marqués en 1770. 

XIV. 



En consecuencia, la maquinaria de la casa de 
Moneda fué trasladada temporalmente al claustro 
desocupado de la Compañía de Jesús, en la parte 
que caia a la calle de la Catedral, i allí estuvo va- 
rios años hasta que el presidente Benavides, des- 
pués de haber hecho cavar los cimientos de la 
nueva casa en el basural del rio (donde hoi está 
el Mercado central), i dando aquéllos, como se le 
habia anunciado, en agua, la ubicó definitivamen- 
te en la arboleda que en el sitio en que hoi se 
levanta tenían los jesuítas, en torno de una cuarte- 
ría de teatinos, i de esto vino el nombre de la calle 
de atravieso. La calle de Huérfanos, destinada a 
ser calle de plata, i que hasta entonces había vi- 
vido huérfana de nombre, como todas las de la 
capital, pasó a denominarse calle de la Moneda 



LA B. DEL o. 



— 162 — 

tif^a (por la desocnpafla habitación del marques 
de Casa-Real) i la de Morandé tomó este norabro 
por la alianza i edificio de esta familia con la del 
marqués. Antes llamaban vnlgarraentc a la últi- 
ma calle de lá botica de los ■ jesuítas, por la que 
estos bnenos servidores de la ciudad tenían en el 
preciso sitio en que hoi se levanta el peristilo del 
Senado, botica i mortero de la república. (1) 

XY. 

Tal fué la historia de la primera casa de la Mo- 
neda del oro, i queremos completarla cediendo la 
palabra a su principal autor en la forma i planta 
que hasta el presente tiene, esto es, al sagaz i co- 
dicioso pero resuelto virei Amat, el catalán de la 
Perrichola, insaciable de amoríos i de oro. He aquí 
su interesante relación tomada del capítulo 26 de 
su Memoria inédita citada, el cual capítulo lleva 
este rubro: — Beal casa de Moneda de Chile, i di- 
ce así: 

«La porción crecida de oro, que se sacaba en el 
Reino de Chile, se pasaba a amonedar a esta ca- 
pital; pero mucha parte se extrahia por la via de 
Buenos-Aires, y así por el cabildo Justicia, y Re- 
Jiraiento de la ciudad de Santiago, se solicitó la 



(1) Memorial orijinal en el archivo de la Cámara de Dipu- 
tados. 



— 163 — 

creación de una RI. casa, para labrar Oro y Plata 
ofrecieLdose a su construccioa, y a la sntisíaccion 
de salarios y demás gastos á sus propias expensas, 
Dou Francisco Garcia Huidobro, con tal de que 
se le concediese el empleo de tesorero perpetuo 
para sí, sus hijos herederos y subherederos, lo que 
visto por su Majestad en Rl. Cédula de 16 de Oc- 
tubre de 1744, vino en semejante solicitud, bajo 
de las condiciones, calidades, ampliaciones, y pri- 
vilejios contenidos en dicha Real determinación, 
proviniéndole a mi Antecesor ausiliase el referido 
establecimiento, que corrió de este modo por al- 
gunos años. 

»Por Rl, Cédula de 8 de Agosto de 1770 so 
mandó incorporar a la Corona la referida casa, 
cometiéndoseme su ejecución, y cumplimi( nto, y 
que al mencionado Huidobro, se le satisfaciese lo 
que correspondiese a su contrata y certificase en 
toda forma haber gastado en semejante habilita- 
ción; pero que se le mantuviese en dicho empleo 
de Tesorero durante sus dias. 

3) Para esta resolución fué preciso tomar varias 
medidas, que orientasen mas los conocimientos, 
que yo tenia de antemano de aquel Reino. Al Pre- 
sidente de aquella Real Audiencia, con fecha 11 i 
13 de Marzo de 1772 le comuniqué las órdenes, y 
advertencias respectivas, con arreglo a las orde- 
nanzas de la casa de esta capital, para su planti- 
ficación, A las personas que tuvo provistas para 



— 164 — 

Intendente, contador, y Ensayador, que son los 
móviles de primera plana, les mandé se instruye- 
sen en esta Real casa, con formal estudio del me- 
canismo de estas operaciones, para que se acom- 
pañase a la especulación la práctica tan necesaria 
para su puntual desempeño. Nombré Intendente, 
Contador, Oficial de Tesorero, Guarda materiales 
y Portero marcador, quedando los demás empleos 
reserbados a la discreción de aquel Presidente, 
mediante lo que se estableció, provisionalmente 
el reglamento comprehensivo del número de ofi- 
ciales, y sueldos, que haviau de gozar, de que di 
puntual noticia a S. M., quien se sirvió aprobar 
mis providencias por Rl. Cédula de 30 de julio de 
1774. 

Sueldos que se satisfacen a los Dependientes de la 

MI. Casa de Moneda de Chile, por Decreto 

de 12 de marzo de 1772. 

Al Intendente 3000 

Al Contador 2050 

Al Tesorero 2050 

Al primer Ensayador 1500 

Al segundo Ensayador 500 

Al Balanzario 550 

Al Fiel de Moneda 1000 

Al Fundidor mayor 1000 

Al Guarda cuños que ha de suplir de 
Contador de Moneda en la sala de 




— 165 ^ 

libranzas 300 

Al Guarda materiales y maestro de 
Moneda que sirve también de guar- 
da-vÍ8t<i de la fundición á50 

Al Oficial de Contaduría que debe su- 
plir por el Balanzario 480 

Al tallador mayor ~] 

A 8u oficial V 1400 

Al Aprendiz de Talla j 

Al oficial de Tesorería que sirva de 
ayudante de Balanzario y Contador 

de Moneda 300 

Al Escribano 200 

Al ayudante de fundidor mayor que 

suple por el guarda materiales. . ., 000 
Al Portero mayor que sirva de Conta- 
dor de Moneda. . . ..*i,.... 200 

A un sirviente 90 

A un cerrajero, su oficial i soplador.. 300 
A un guarda de noche 150 

Total 16520 

»La cantidad de quince mil quinientos veinte 
pesos destinada para los sueldos de Oficiales, y 
Dependientes es fuera de los gastos ordinarios 
que se consumen en la labor de Oro, y la plata. 

»Para esta referida Real Casa como igualmente 
para la de Lima, y Potosí, según llevo anterior- 
mente dicho, remitió su Majestad nuebos cuños, 



sellos, y Punzoues con arreglo a la Real Pracma- 
tica de 29 de mayo de 1772 ya citado, comimícáii- 
dole Yo, á aquellos oficios las reglas é instruccio- 
nes que pide el mas exacto cumplimieuto coada- 
cente al Real servicio, como podrá V. E. ber, por 
loB autos, y papeles que se le entregarán por mi 
secretario de Cámara.» (1) 



(1) Los eneldos de la plana mayor de la Casa de Moneda 
cuando en 1810 pasó de manos del reí tramposo a las de la Re- 
pública bneaa pagudora, quedando así vengado de los desairea 
su fundador, estübaü rednoidos a 10,331 pesos según un docu- 
meato orijínal de la época i coa el siguiente personal. 

Superiotendente don José Santiago Portales $ 3,000 

Contador don Santiago Vicente O'Rian » 2,050 

Tesorero don Silvestre Martín Ochagavia » 1,500 

Ensayador mayor don Francisco Rodríguez Bro- 

chero ..•••••'•• i> 1,500 

.^Beaor don Jos¿ Gragorio Argomedo... ,,.. » 150 

Ccipellan don 'M.a.anBl Cañol t ^50 

Escribano don José Ignacio Zenteno b 200 

El total do gastos de empleados era de $ 10,381. 



El primer ensayador de la Moneda que vino a Chile se llama- 
ba don 3osé de Larrafieta, i fué nombrado ensayador de las cajas 
reales por el virreí del Perú; pero los desconfiados mercaderes de 
Santiago se reunieron en junta de comercio el 20 de enero de 
1756 i elevaron una representación para tener ensayador por su 
cuenta. 

El último ensayador del rei fué don Fraucisco Rodiíguea 
Brochero, hombre muí iutelijente i de cuyos trabajos nos ocupa- 
remos mas adelante. 



— 167 — 



XVI. 



El despojo real de la Casa de Moneda del mar- 
qués de Gasa Real pado ser ¡ajusto como la es- 
piilsion de la archi-mílloaaria Compañía de Jesús 
i, a nuestro jaicio, lo fué; pero en el fondo una i 
otra disposiciones tuvieron un alcance profunda- 
mente político i benéfico para la industria i la 
prosperidad de la colonia, por cuanto eran la re- 
dención de un doble monopolio, monopolio de la 
agricnltura que los padres esplotaban i esportabaa 
fiin pagar ningún tributo, a títiüo de relijiosos, i 
el monopolio del oro que el marqués de Casa Real 
habia resumido en su familia, a título de empre- 
sario contratista. 

XVII. 



La casa de Moneda siguió, en consecuencia, fun- 
cionando por cuenta del rei; i de sus libros, que he- 
mos rejistrado en su enorme i polvoroso archivo, 
resulta la comprobación del incremento gradual 
do la producción del oro en todo el país, sin to- 
mar en cuenta sino el que allí iba a sellarse, que 
era lo menos. 

Hemos, en efecto, formado un prolijo estado 
del oro que se amonedó en la primera década de 
la administración por el rei, i de esa demoytracion 



— 168 — 

perfectamente comprobada, libro por libro, fecba 
por fecha, resulta que se compraron por el teso- 
rero real no menos de 45,955 marcos de oro, que 
al precio de 128 pesos, que era el de ordenanza, 
valia 5.948,118 pesos conforme al siguiente pro- 
lijo estado: 



Marcos. 



Importan, 



1.382 253.257 

3.953 506.505 

5.042 646.040 

4.382 567,538 

5.002 640.877 

5.138 646.418 

5.248 660.900 

5.429 695.550 

5.168 662.772 

5.216 668.261 



45.955 



5.948.118 



XVIII. 



No va comprendida en esta cuenta la ganancia 
que dejaba al erario la diferencia siempre favora- 
ble de la calidad del oro, porque éste se compraba 
indistintamente como si fuera de 22 quilates, 
siendo de ordinario su lei mucho mayor. 

Hubo año (el de 1781), según los libros de 



— 169 — 

cuentas de la casa de Moneda, eo que esta diferen- 
cia rindió una utilidad de 11,575 pesos 3 reales i 
2 maravedises. La utilidad media de la amoneda- 
ción del oro era para el tesoro de 40,000 pesos al 
afio, siendo los gastos, con escepcion de los suel- 
dos, comparativamente insiguiíicantes. I esta pre- 
cisamente habia sido la astuta cuenta sacada por 
los santiaguinos al marqués de Casa-Real cuando 
comenzó a enriquecerse hasta dar celos a los mis- 
mos jesuitas. (1) 



(1) Hé aquí algunos iiems de los gastos ordinarios de laamo- 
nedacion del oro: 

Carhoa en ab ufio 94 pesos 50 ceatavos. 

A don Agustín Tagle ]iorO quintales 3S libras de fierro ver- 
gazon para componer loa hornos de afinación, a 20 pesos quin- 
tal, 129 pesos. 

El cobre se compraba a 2 i medio realjs la libra para las liga- 
ciones i el cobre en granalla a 4 reales libra. 

El azogoe era traído directamente de Espaüa i llegó a vender- 
se a 84 pesos el quintal, pero en 1781 estaba cargado solo a 70 
pesos i 5 reales. 

Habia también algunos gastos estraordiaaríos, como el que se 
incurrió en el año arriba recordado para «asegurar el volante,> 
operación que costó 00 pesos i medio real. Jeueralmente la fun- 
dición del oro se hacia en cuatro porciones al afxo i el gasto total 
no pasaba nunca de 3,000 pesos. En 1781 este gasto fué de 
3,099 pesos ti i medio reales i en 1782, de 2,301 2 reales. 

En estas cuentas no están comprendidos los pailones o boca- 
dos de oro que se sacaban de cada uno de las monedas que ne 
fundían, onzas, medias onzas, cuartos de onTias i octtivos de on- 
za i que se remitían directamente por los tesoreros de las casns 
de Moneda de la América espaüola, al cofre del rei, destinados a 
LA E. DEL o. 22 



— 170 — 



XIX. 



)ros de la casa de Moneda colonial que 
en número de varios centenares se conservan to- 
davía en sus armarios, dan completa luz sobre la 
■estraordinaria riqueza aurífera de Chile en la épo- 
ca que hemos recorrido, porque de ellos resulta 
que lejos de ir en desmedro, la ¡iroduccion aumen- 
tó a pesar de los cortísimos medios i herramientas 
de que en aquel tiempo, fenecidas de hecho i por 
lei las encomiendas, disponían los mineros con sus 
bateas de palo i sus trapiches de piedra. 

La compra de oro i su amonedación, que según 
«1 virei Amat había sido de cuatro mil marcos, 
término medio por año en la mitad del siglo, fué 
subiendo liasta llegar muchas veces a la cifra de 
cinco rail marcos i aun a la de seis mil. 

Notable es como coincidencia la de que el pri- 
mer año del presente siglo se estrenara con la ma- 
yor producción de oro conocida por el asiento de 



eervir probablemente para comprar alfileres al cofre de la 
reina. 

Eu cnanto tú volante del marques de Casa Eeol, le conocimos 
nosotros faucionando, mauejadu por dos robustos peones que 
lanzaban alternativamente sus brazos de fierro provistos en la 
estreiuidad de uua pesixda bola de fierro, a fin de apretar el cu- 
fio. Fauciouaba especialmente loa jueves (dia de cimarra) por los 
años de 1845, i despnea que se remontó la Moneda en su pié ac- 
tual. Be vendió como fierro viejo. 



— 171 — 

los libros que lioi justifican nuestra teoría, coma 
los del Cabildo dieron antes razón de nuestras 
ideas sobre los períodos de secas i de lluvias que el 
cielo i las nubes se ha encarga Jo de justificar des- 
de su publicación hasta el presente. 

La compra de oro en la tesorería de la Moneda, 
alcanzó en efecto el año de 1800 a la cantidad de 
6,476 marcos o sea mas de 32 quintales, que al 
precio de compra importaron 829,689 pesos, des^ 
preciando fracciones. 

XX. 



Cosa no solo de curiosidad sino también de in- 
terés político i económico es el hecho estadístico 
de haber alcanzado la producción del oro su niáxi- 
mun después de aquella fecha, precisamente en 
el año que podríamos llamar de oro en nuestra 
vida política de pueblo libre, — «el año de 1810.» 

Las pastas compradas en ese año pesaron, en 
efecto, 6,359 marcos, o sea cerca de 32 quintales. 
I ¡cosa curiosa! apenas aparece la revolución con 
sus inquietudes, sus turbulencias i sus desconfian- 
zas, se advierte la disminución gradual de la pro- 
ducción, descendiendo a poco mas de cinco mil 
marcos en 1811 i en 1812 i declinando a 4,594 el 
año 13, año de guerras i a 3,455, en 1814, año de 
desastres. 

He aquí la comprobación de lo que acabamos 



*3e esponer, formada en vista de loa pergaminos de 
la Moneda de Santiago que de esta manera se han 
convertido en nuestros testigos, irrecusables como 
«las talegas del virei Orcasitas». 

El cuadro siguiente que abraza im período de 
15 años hasta 1817, arroja una producción de 
77,837 marcos, miii superior (en los años que abra- 
sa del coloniaje), a las que fijaba el virei Amat 
para la racdiania del siglo XVIII, i dice así: 



1799 


■ 6,193 m. 


665.314 H 


1800 


6,476 > 


829,689 " 


1805 


6,256 5 


692,873 


1806 


4,686 3) 


600,359 


1807 


4,625 3) 


592,544 


j 1808 


4,642 y> 


594,722 


[ 1809 


4,815 » 


616,886 


1810 


6,359 V 


814,700 


¿ir.i 1811 


5,230 » 


670,055 


1812 


5,631 !> 


721,430 


1813 


4,574 j) 


586,010 


1814 


3,455 3) 


442,646 


r. 1815 


4,778 j 


612,145 


:. 1816 


4,719 y> 


604,587 . 


, 1817 


4,398 J> 


563,461 _ 


1 


77,837 m. 


9.087,452 (1) ^ 



(1) Estos cuatlros columaarios han siJo formados por noso- 
tros eu vista de los rcapectivoa libros úd archivo do la MoniíJa. 



— 173 — 



XXI. 



No habría, por coiisigiiitínto, en vista de estos 
datos numéricos i auténticos, razón alguna para no 
colocar a Chile durante su edad del oro en el piná- 
culo de los países productores de este metal, mu- 
cho mas tomada en cuenta su estension, su esca- 
sez de brazos i la pobreza de sus medios de pro- 



Pero hé aquí un cuadro corapletu de un decenio, comprendido 
el oro i la plata, que se eucucutra orijiual en la Biblioteca Na- 
cional i arroja con corta cliíereacift un millón de amonedacioa 
por afio. 

El cuadro a que nos referimos se refiere precisamente a los 10 
nñoa qne preceden al que nosotros hemos furmado arriba i dice 
así: 

Estrado que manijicsta las cantidades de oro i phita que se han 
labrado en esta real Casa do Moneda en un decenio corrido 
del \° de enero de 1789 hasta ñn da diciembre de 1798, 

Años. Marcos de oro. Su valor. Marcos da plata. Su valor Valor do am- 
bos metales. 



1789 


5012 


681.63a 


29.645 


251.982.4 


933,614.4 


1790 


5307 


721.752 


21.770 


185.045 


900.797 


1791 


5621,4 


764.524 


'¿3.582.4 


203.001 


967.525.2 


J792 


5403 


734.808 


21.324 


181.251 


916.062 


1793 


4S50 


659.600 


2'J.895 


254.107.4 


913.707.4 


1794 


5708.4 


770.3.50 


24.164 


2a5,."194 


981.750 


1795 


6072.4 


825.860 


2S.:306 


240.Q01 


1.066 451 


.1796 


C245 


849.320 


28.141 


2W. 108.4 


1. 088.51 8.4 


1797 


0005 


8 10.080 


57.490 


233.005 


1.050.345 


1793 


5838 
56,602.4 


793.^68 


23.076 


190.146 
-^lO0.r3V>1.6 


990.114 


10 


7,6'¿5.500 


257.093.4 


9,814.894.6 



duccion. Porque suponiendo que el térmiao lujedio 
del reiidimieuto del oro hubiese sido solo de 4,500 
marcos por año durante el siglo que comenzó en el 
viaje de Frezier i terminó en la batalla de Chaca- 
bueo, tendríamos, conforme al cómputo de la amo- 
nedación, que es el mas ínfimo, una producción to- 
tal de 4.500,000 marcos, equivalentes a 2.225,000 
libras, o lo que es lo mismo a la enorme suma de 
2,250 quintales, o sea una verdadera montaña de 
oro acumulada durante un siglo. 

XXII. 



I en esto no liai engaño sino estadística mez- 
quina, porque en realidad la amonedación repre- 
sentaba solo la mitad o im tercio del total produ- 
cido, i esta rectificación, sin esfuerzo, alguno ele- 
varia la cantidad anterior a 4,000 i aun a cinco mil 
quintales de oro. 

Pero aceptando solo la cifra de 4,000 quintales 
españoles de oro producido en Chile desde 1700 
a 1818, en que el rendimiento desapareció casi 
por completo junto con la libertad política que 
hizo del obrero esclavo i barato un trabajador li- 
bre i dispendioso, tendríamos, que vendida esa 
suma de metal por el precio hoi corriente del oro, 
que es de 32,890 pesos el quintal español, habría 
producido la colonia en el pasado siglo, verdadera 



— 175 — 

Giliíbiuia lavada en bateaK, la enorme suma de 
131.560,000 pesos. (1) 

XXIII. 

Para formar los cómputos anteriores no hemos 
dispuesto únicamente de loa libros de la casa de 
Moneda, pues existen a nuestro alcance medios 
no menos importantes de comprobación, cuales son 
los de la inspección local de los minerales de oro 
que produjeron esas sumas, lioi al parecer fabulo- 
sas, con medios verdaderamente miserables, i 
los estudios comparativos que sabios eminentes, 



(1) Los precios que hoi (octubre de 1881) se pagaa ea la ca- 
sa de Moneda por el oro son los sigaieates, conforme a uu apun- 
te que ha tenido a bien sumioistraraos su iutelijeute fuadidor i 
eosayador don Antonio Brlebn: 

Un kilogramo de oro fino (1,000/1,000) § 715 

Un quintal métrico de id. id » 71,500 

Un id, espaúol de 100 libras » 32,890 

Un marco de oro fino (media libra) » 163.45 

Una libra de id. id » 328.90 

Dada la diferencia del kilogramo al marco antiguo, i supo- 
niendo que el kilogramo contenga poco mas de 4 mareos, no ha 
habido un aumento demasiado exajerado eti el precio del oro en 
bruto cuando éste se compraba eu oro sellado, respecto del que 
hoi se paga con papeles inconvertibles. La diferencia del peso 
de 4 marcos o 2 libras españolas al de uu kilogramo ea de 512 
Xjesos oro, a 715 pesos papel. 



176 — 



desde Humbolt a Chevalier, desde Laveleye a Si- 
monin, han hecho de la producción del oro en el 
mundo, i en los cuales hace Chile siempre figura 
distinguida i preeminente. 

A tan interesantes objetos consagraremos por 
separado el próximo i subsiguientes capítulos. 



CAPITULO VI. 



EL ORO EN EL NORTE DE CHILE EN EL SIQLO XVIII. 

ATACAMA I COQUIMBO. 

Las ciuebradas i las quiebras de los hombren ilel «cuño antiguo». — Falta 
de dato^i subra la, proceduacia del ora que se amonedaba en la Moneda. 
— Api'oxirnacionfts lu^arcjñas. — La'? tres zonas del oro en Chile.— El oro 
de Atacama ea el siglo XVIU. — .Minerales de oro del Irxea, de Cliamo- 
nate i Chancho/juin. — Colficcion de muestras del correjidor da Copiapó 
Fiuto 1 Coboa, i sus cuentas. —Sus ideas sobre la opulencia verdadera de 
aquella comarca. — El rajest:ario del rei i el de la academia de San Luis 
en Sanliigo.— Trabajos del ensayador mayor Rodrij^uez Brochero. — El 
oro en Coquimbo — La Peu-adora i el mineral de Talca. — Quebraja Hon- 
da. — La Fluniíiica deijcubierta por un indio en la cordillera de Elqui. — 
El mineral da Cklnriolex do oro, plata i cobre. — Carácter errante de los 
mineros da uro. — Los asientos do minas i las plíicitlas. — Proverbios de 
la o )lotiia sobre el ow.— El oro es el único arlicuio de exportación ul- 
tramarino de Chile dirante el siiflo XVHI. — El mineral de .Andacollo 
duraiite el siglo pasado. — Trabajos de los jcntilei.— Las inimks del Toro 
i Ohiirunjata del canónigo Contador. —Doq José Tomás Uniiojiota como 
minero dj oro. — Laj lluvias i la producción penr.anente de AndacoUo. — 
Noticias individuales de las labores de Andacollo en 1792. — El oro en 
lllapel.— Kestos da su op'ilencia. — Sus quince trapiches. — La dure/a da 
BU cuarzo. — La mina CliamxiacaUa. — Minerales del «Chillan» i del cerro 
del Cuyaiio. — La^» arenan auríferas de Illapel. — Casuto i sus pepas de ua 
quilogramo. — La popa de cinco libras de oro de don Santiago Lira. — 
Planta que se da a este mineral en \SiO i su actual decadencia. 



LA E. DEL O. 



«Así viven los quo trabajan minas de oro 
en el reino. Ellos ?e inclinan a ellas. Pre- 
valecen en su oficio. Ninguno o mui poco 

23 




vemos logrado. Ea el conjunto de todos se 
logra aimalniente un comercio de bastante 
entidad, reüpeclo al poco fomento con que 
empiezan, sus dependencias en pié, los rea- 
les quintos aumentados a au gremio que 
Cada dia se van csteudlendo en nuevos des- 
CubiLniientos, accidentes que en unos i otros 
son dig^nos de admiración i solo la esperan- 
za mantiene a todos.»— (MaDakiaga, — Re- 
lación del Obispado de Santiago, en 1744 
(inédita.) 



To cuidaron nuestros mayores de apuntar en 
sus libros la procedencia del oro que fundían i 
menos del que «pasaban por alto».... Ni para qué? 
— La estadística era para ellos una ciencia tan 
desconocida como la jeolojía, i le.s bastaba la 
«ciencia de los números», que es la ciencia, si no 
del minero, del chileno. Verdad es que las cuen- 
tas de aquel tiempo acababan casi siempre en que- 
brados de reales i de maravedies i los libros, como 
la circa de las minas de plata, acababan en quie- 
bras. I a la verdad, no hemos conocido sino muí 
pocos, (si altyuno) entre los memorables tesoreros 
reales de la colonia que no se alzase con los cau- 
dales del rei «i tomase iglesia» píira cancelar en 
el asilo la doble cuenta dj su conciencia i de la 
cárcel. I por esto cuando oimos con frecuencia 
hablar de la honradez de 'icufio antiguo»., .tene- 
mos buen cuidíido de mirar i remirar el cuño, para 
ver si no ea algún desecho del cuño de la tesorería 
real o de la Moneda antigua.. . 



— 179 — 

Felizmente, no es difícil con un poco de perse- 
verancia desaterrar el cauce ya casi del todo bo- 
rrado por el cual corría el oro líquido del colonia- 
je, i dejar espedito el camino que de costumbre 
seguia para llegar desde su criadero de empeder- 
nido cuarzo al volante de fierro de Vizcaya de la 
casa de Moneda a convertirse allí bajo el cuño 
real en «doblones», qne así llamaban los colonos 
las (tonzasT) con la efijie de los narigones reyes 
de la estirpe borbónica de España (la única ra- 
ma que disfrutó en Chile de este privilejio), de 
donde vino llamar familiarmente a las onzas sim- 
plemente — «narigonas». 



II. 



Con el ausilio de los archivos i especialmente 
el de la paciencia, linterna sorda pero de dura 
que alumbra aun en las mas proñmdas entrañas 
de la tierra i sus veneros, vamos eu consecuencia 
a esforzarnos por comprobar, sitio por sitio, la 
cuenta del raudal de oro que a fines del siglo pa- 
sado Humboldt hacia subir a doce mil marcos de 
peso, o sea seis mil libras, o sesenta quintales por 
año en Chile, peso líquido i destarado que repre- 
sentaba cuatro tantos justos del tributo del inca 
en la época prchiütórica. Este, según el lector ha- 
brá de recordarlo, era de catorce quintales i medio. 

Comenzaremos por el Norte, porque así como 



— 180 — 

"para su clima i su agricultura, nuestro largo terri- 
torio, faldeo continuado de los Andes, puede di- 
vidirse en tres zonas auríferas: 

La zona del Norte. 
La zona del Centro. 
La zona del Sur, 
Termina la primera en el Choapa, la segunda 
en el Maule i la tercera en el Rahuc o rio de 
Osorno, i todas son igualmente ricas, como lo es 
la de Magallanes i la de la Tierra del Fuego que 
hoi va a esplorarse. 

De esta última, que a su tiempo llamaremos 
zona austral, diremos también algo. 



IIT. 



En el lugar oportuno dimos noticia de los des- 
cubrimientos de oro que a principios del pasado 
siglo formaron los cimientos de la actual ciudad 
de Copiapó i fijaron los arranques de su fama hoi 
universal. 

No nombran los escritores antiguos los lugares 
precisos de la primera estraccion del oro; pero 
parécenos que entre otros que lian perdido basta 
su nombre con su broceo a agotamiento, el mine- 
ral del Lica, en que el apreciable ciudadano don 
José Ramón Sánchez, hijo de Valparaiso i de viz- 
caíno, ha invertido injeutes caudales, es de los 
mas antiguos. 



— 181 — 

En viejos papeles conservados en la Biblioteca 
nacional encontramos también la huella de los 
minerales de oro de Chamonate i Chanchoquin, 
que todavía sudan (al menos el último) algunas 
gotas de oro bajo el pico i la batea. Según unas 
muestras que en 1806 se conservaban por el pro- 
lijo i rebuscador afán del ilustre patriota don Ma- 
nuel Salas en la Academia de matemáticas de San 
Luis, fundada por él en Santiago, el mineral de 
Chamonate rendia cinco onzas por cajón i el de 
Chanchoquin el doble. 

Existia ademas en beneficio a fines del siglo 
XVITI una mina de oro en el partido do Copiapó 
descubierta por un «José Diaz» (buen nombre para 
descubridor, pues es el de Caracoles) quien la con- 
sagró al santo patrón de su pila. Llamábase San 
José, i según los análisis practicados por el ensa- 
yor mayor de la casa de Moneda don Francisco 
Rodríguez Brochero, llevaba aquel mineral a 
principios del presente siglo tres estacas a firme 
que habian producido ocho cajones i medio de 
metal de lei de cinco onzas por cajón: harto es- 
caso rendimiento en verdad, a menos que el me- 
tal o criadero fuera blando, porque lo que arruina 
al minero de oro son dos cosas,— la dureza del 
cuarzo i la cangalla de oro. T este es peor que el 
pedernal porque aquélla se ejercita sobre el sudor 
ya logrado de la industria. 



rv. 



El mineral de San José era notable sin embar- 
go por hallarse el oro embutido en una gran por- 
ción de cobre, oro, plata, hierro i azufre, i parecía 
tan rico en la primera de estas sustancias acceso- 
rias (si bien bol seria principalísima) que su lei, 
según los ensayos de la casa de Moneda, en aquel 
tiempo (1806) era de 14 o 15 quintales de cobre 
por cajón o sea un 2o por ciento. (1) 

En la segunda mitad del sic¡;lo último había 
comenzado por las causas arriba mencionadas, i la 
distancia de los parajes socorridos, la decadencia 
del oro en Copiapó. Mas verificábase esto solo pa- 
ra que el broceo del oro fuese sucedido inme- 
diatamente por la riqueza de la plata, según en el 
lugar a propósito lo dejaremos demostrado. En 
1744 según el tesorero real Madariaga (que bien 
debia saberlo) existían treinta i dos estacas de oro 
en el partido de Copiapó; pero añade que era «do 
poca fama su beneficio como lo demuestran lo 
desamados que están sus dueños, u 



(1) Puede verse en la Biblioteca ííacional el interesnate do- 
cumento titalado: «Infiírine a km señores del Eeal Tribunal de 
Minería de este Reino de Chile por el ensayador tnayor de esta 
Real casa de filoneda don Francisco Rodríguez Brochero. — San- 
tiago, enero 10 de 1806.» 

Este informe, que contiene 20 pajinas en folio, se refiere a 128 
muestras de diferentes xiiiaerales, i de estas corresponden 50 ul 
[)artido de Rancagua, 35 al de Copiapó i 43 al de la Serena. 



— 183 — 

Sin embargo, al terminar el siglo i habiendo 
visitado en persona todos los minerales de aquel 
distrito su correjidor don José Joaquín Pinto i 
Cobos {que entendemos fué bisabuelo del último 
presidente de la república) para dar cumplimien- 
to en 1792 a una real orden, se espresaba en es- 
tos términos sobre las verdaderas causas del aba- 
timiento de la producción minera en aquella mas 
tarde opulentísima comarca. — a Finalmente es mui 
digna de traerse a consideración la actual suma 
decadencia de este opulento mineral, no siendo otra 
la principal causa que la total escasez que se es- 
periraenta de bastimentos y demás preciso y ne- 
cesario para la manuteucion diaria de los peones 
y demás operarios empleados en las faenas de mi- 
nas de que pende la subsistencia y estabilidad de 
estos importantísimos laboreos tan recomendados 
por S. M.como que de ellos resultan conocidas ven- 
tajas a su real erario y bien público en jeneral. 
Pues siendo este remo, priíNCIPAlmentü este parti- 
do, TAN ABUNDANTE L»E VETAS DE TODAS CLASES DE 
METALES, COMO LO HAN RECONOCIDO LOS HOMBRES MAS 
INTELTJENTES I PERITOS QUE HAN VENIDO A ÉL, CaUSa 

una gran lástima ver que las causas antediclias 
sean las que desaniman y acobardan a los mineros 
y aniquilan sus fuerzas y destruyen su constancia 
en estos útiles laboreos.» (1) 



(1) Hemos copiado el interesante párrafo anterior, que está 



— 184 — 



En cuanto al valle i serranías del Huasco, que 
en aquel tiempo formaban parte del partido de 
Copiapó, (así como la provincia de Coquimbo se 



de acuerdo coa las opiniones del tesorero Madariaga sobre la 
minería de Chile a mediados del pasado siglo, de uq importante 
manuscrito que existe eu la Biblioteca Nacional, el cual tiene la 
fecha de 8 de marzo de 1782 i la siguiente larga i demostrativa 
carátula. 

«Relación iastructoria y circunstanciada que el subdelegado 
don José Joaquín Pinto y Cobos, diputado del R.' de San Fran- 
cisco de la Selva, ha extendido a consetmeacia de la orden que le 
comunicó'con fecha 16 de abril de 1791 el administrador general 
del Real importante cuerpo de minería, doctor don Antonio 
Martinez de Guata para la colección de nuestros minerales de 
este reiuo, mandada practicar por Real Orden do 15 de marzo 
del año anterior, con arreglo a la instrucción que se ha dirijido 
para el efecto, y advertenoias que sobre ei partiijular se le lian 
hecho, en cumplimiento do lo resuelto y determinado acerca de 
este importante asunto por la superintendencia general de Reul 
Hacienda en decreto de 1 1 de noviembre de 1790 que se ha te- 
nido presente, con una breve y clara explicación de las minas 
que se hallan eu actual laboreo en la jurisil ice-ion de dicho Real 
de minas, la distancia eu que se halla cada veta, sn rumbo, su- 
jetos que la trabajan, y demás especificixciones conducentes al 
esclarecimiouto y mejor comprensión de cuanto se relaciona para 
la cabal inteligencia de la superioridad o sujterioridades lespec- 
tivas, practicada para dicho di])utíulo en consorcio de las gentes 
que le acompaOarou.í) 

Por vía de curiosidad estampamos también eu seguida la 
cuenta que por su trabajo de buscas i muestras i bu acomodo, 



esteudia desde el Choapa al Loa), la única noti- 
cia de minerales de oro que ha llegado hasta no- 
sotros es la que apunta el subdelegado de Valle- 



pasó al corrtíjidor doa José Jua<][uln Pinto al capitán jeneral, i 
dice así: 

«Razón de los costos impendidos en la colección de muestras 
minerales practicada a coaseoaeucia de superiores órdenes co- 
mimicadiia a esta diputación de villa de San Francisco do la 
Selva en la forma i manera siguiente: 

Ppecísaraento por el custo qne han causado mis salidas a la 
eatmciadu ouleccion dtí muestras de todo este mineral, compren- 
diéndose los costos de arrieros, manutención y otros gastos que 
han sido indispensables como líquido importe, asciende. 85 p 
Id. a los peritos facultativ^os qne me acompañaron a es- 
ta dilijencÍAj los que fueron en cabal'j aclaras propias 
y manteniéndose /?or si, treinta y cinco pesos a cada 

ano, y hacen 70 d 

Por el cotouátí, clacos, ylo y precintar (poner bandas 

de cuero?) los cujoncitos, dos pesos dos reules 2 » 

Por los diez posos pagados al escribiente que copió las 
referidas relaciones, y gasto de papel 10 00 

167 '¿ 

Según parece de las partiias arril)a> nominadas asciendan a 
la cantidad de ciento sesenta y siete pesos, dos reales. S. Y., y 
para quo conste lo firme, Copiapó y abril 24 de 1792. -^José 
Joaquín Piafo y Cobos.í» 

Como se habrá observado, bi cuenta es en demasía moderada; 
pero es preciso tener también presente la pobreza qne en todo lo 
demás reinaba en aquel estrecho valle. Según Madariaga, todo 
el partido de Copiapó (incluso el Ilua'jco) no tenia sino SÜO va- 
cas que no alcanzaban para la comida, ni siquiera para la leche 
de saa moradores, i producía apenas 200 arrobaá de vino que se 
bebían sus mineros i su cura en el cáliz bajo el pajizo techo de 

LA E. DEL O. 24 



Ti'ar don Gregorio del Villíir, cuando aquel bonito 
pneblo era una sucia raoclicría. Llamábase aquel 
Tnineral San Fernando viejo, i había sido descu- 
bierto por don Juan Cortés. sEn su actual laboreo, 
dice el subdelegado de aquel tiempo, se han es- 
traido de ella 100 cajones de metal que han pro- 
ducido 50 marcos de oro.í) (1) 



VI. 



Eu cambio de esta penuria lugareña la riqueza 
aurífera del distrito de la Serena fué, i lo es toda- 
via, un solo i prodijioso riñon de serranía que se 
empina en su centro — el famoso AndacoUo. 

Trabajóse, es verdad, el oro en diversos parajes 
de aquel suelo, que es todo un solo manto abigar- 
rado do metales, sin esceptuar el lapizlázuli i el 
cristal de roca; i a mediados del siglo habia no rae- 
nos de treinta minas de oro en beneficio sin con- 
tar el derrame nunca agotado de AndacoUo. 

Notables entre aquellos veneros fué el llamado 

811 iglesia parroquial. I todo esti> comprendida la hacienda del 
convento de la Sltírced (ijue todavía existe) «que es la que en 
Bustancia se señalaba en todo el partido.»— {Madariaga, 17-14.) 

No Bcrá fuera de lugar agregar qae el correjidor Pinto no 
pndo acfimodar las muestras couforme a las instrucciones de 
Madrid, porque no pudo hallarse en todo Copinpó el sacate o 
jéuero a propósito para enfardelar laa maestras. 

(1) Informe inédito fechado en San Ambrosio de Vallcnar del 
Huasco, enero 30 de 1792, 



— 187 — 

de Irt Pesmdora en el mineral de «Talca», «riquí- 
simo» de fama pero de cuarzo tan intratable por su 
resistencia a la barreta i al trapiche, que al fin fué 
preciso desampararla, como el mineral de Lam- 
pangui a principios del siglo XVÍII. Según un 
informe que tenemos a la visti de las postrime- 
rías del último, producía todavía la veta Pescadora 
«de casi invencible durezat», 100 pesos por cajón, 
«de modo que no se costea, decía de ella el reji- 
dor de la Serena don Víctor Ibañez de Corvera, i 
solo con la esperanza de que, habiendo sido raui 
rica pueda hallar los metales en mayor profundi- 
dad, la trabajan.!) 



Vil. 



Había también en Coquimbo un mineral lla- 
mado el Potrero de Quebrada Honda del cual ha- 
bla el historiador Olivares, así como menciona al de 
«Talca», i aquel producía en 1792 hasta una libra 
de oro por cajón; pero era tal su dureza i la exi- 
güidad de los medios de explotación, que en seis 
años sacaron sus dueños solo cclicnta CMJones de 
metal. Los productos de estas minas se traían a la 
Serena i so molían en el trapiche de la viuda 
Santelices, que en 1779 compró el caballero fran- 
cés i opulento minero de Copíapó don Francisco 
Subercaseaux, según antes contamos. 



Yin. 



A la fama aurífera del mineral de Talca, en las 
sierras de la Ssrena, sucedió a fines del siglo la de 
La Flamenca, fríjído asiento de temporada situado 
éa las cordilleras de Elqui, que encontrara por 
acaso un indio cazador de huanacos llamado Euse- 
bio Palta, exactamente como tres siglos antes Die- 
go Huaica descubriera a Potosí cazando vicuñas. 
Distaba aquella mina 40 leguas de la Serena i den- 
tro de la cordillera real, i de ella una relación inédi- 
ta que tenemos a la vista da los curiosos detalles 
que a continuación copiamos. «Trabaja en ella al 
presente (1792) una estaca mina de oro en la veta 
de Palta don Miguel Lastarria en compañía del 
teniente coronel don Thomas Shee. Su primer des- 
cubridor fué Eusebio Palta indio, que la halló 
cazando Guanacos a pié el año 1784 en un cerro 
escarpado mui alto. Este indio trabajó poco tiem- 
po esta pertenencia nominada la Descubridora por 
ha verle quitado la vida en el rio de Rapel. 

dCayetanos Baras, con quien parece havia for- 
mado compañía, suscitó pleito y quedó con ella, 
formó compañía con don Thoroas Shee y la tra- 
bajaron hasta el presente año de 92 con poca uti- 
lidad, pues resultó (la compañía) descubierta en 
2,000 pesos. 

» Posteriormente vendió su parte Baras a don 



— lííc — 

Mignel Lastarria, quien sigue en compañía con 
Shec. Se iguora los cajones que se han sacado. En 
el dia tiene dos boca-minas, la primera con un ca- 
ñón de 30 estados perpendicular j seis labores en. 
benejicw, la otra dos cañones en 40 estados y dos 
labores en beneficio, unas y otras llevan desde una 
mano de metal hasta una tercia. La leí de estas es 
Tana. La muestra niimero 18 da 28 a 30 pesos 
por cajón, la número 14, pesos 70 y la 15, qua- 
renta, de modo que unos con otros salen de 50 a 
60 pesos por cajón. La saca con 4 barretas es de 
tres tercios por «lia, que componen 6 quintales de 
metal. 

»En este mineral solo se trabajan seis meses en 
el año por estar en lo ríjido de la Cordillera. Tie- 
ne aguas y leña en la inmediación. Los caminos 
no obstante haberlos hecho componer, son peli- 
grosos y se conducen los metales al rio de Rapel 
que dista ocho leguas de la mina. En el beneficio 
se pierde de un real a 2 de azogue.» 



IX 



Menciona también el ya recordado ensayador 
de la Moneda, Rodríguez Brochero, un curioso mi- 
neral del norte llaniado de Chingóles (Cliincoles?) 
que, como las papas arjentíferas de Huautajaya en 
Tarapacá, ofrecian la peculiaridad de contener el 
oro en piritas de plata. Hallábase el codiciado me- 



— 190 — 

tal en matriz de cuarzo i hasta de leí de 7 i 8 on- 
zas por cajón, pero aliado, sin estar en combina- 
ción, con el cobre i con la plata, i aunque se traba- 
jaba por ésta, el ensayador de una muestra de ella 
decia en 1806: — «Si todo el mineral fuera como 
esta muestra tendría mas cuenta beneficiarla jjor 
oro que como plata.» 



X. 



Como jente enérjica e independiente, los co- 
quimbanos han sido de suyo cateadores, i era re- 
gla antigua de la colonia la de que las minas ricas 
de oro se hallaban solo en panizos pobres i estéri- 
les como los de su suelo. — «No son las minas de 
oro en mucha abundancia, decia el tesorero Ma- 
dariaga, ni tan ricas como se han encontrado en 
parajes secos i áridos.» 

Pero preciso es también recordar nn refrán de la 
colonia que esplica, a su manera, la especial pros- 
peridad de la industria minera en Chile, porque 
ann en aqnel tiempo se decía que así como «una 
mina de oro empobrecía a sus dueños, i una de pla- 
ta los mantenia en su caudal, las de cobre los en- 
riquedan.v I así al menos ha acontecido en lo que 
va corrido del presente siglo. 

En jeneral las minas de oro \\o han hecho la for- 
tuna particular de los individuos, con escepcion de 
la del Toro i la Cluirumata cu Andacollo i la del 



— 191 — 

Chivato en Talca; pero los lavaderos de Chile lo- 
cnpletaroD de fortuna el país en conjunto, tomado 
como comunidad, desde los dias de la conquista, i 
junto con esas mismas minas de duro cuarzo i esca- 
sa lei formaron durante tres siglos su mayor sus- 
tancia, i lo que parecería increíble, durante dos de 
ellos, su único artículo de esportacion a ultramar. 



XI. 



Venía de aquí i de la colecta del oro que es fá- 
cil en ciertos mantos mas o menos superficiales, 
que los mineros de oro eran esencialmente am- 
bulantes i formaban pueblos i prósperos asientos 
de minas denominados jeneralmente^^^íJícíV/as, co- 
mo la posterior de Juan Godoi en Chañarcillo i 
las antiguas de la Ligua, la Plítcílla de Golcbagua 
i la de Nancagua, etc. que quedaban después 
desiertos como Potosí, ciudad de mas de cien 
mil aljJias, o estaciouarios como la mayor par- 
te de los pueblos del norte de Chile que no vi- 
ven de su agricultura. — 4 1 lo que les alegra el co- 
razón, decia un observador del pasado siglo, ha- 
blando de los errantes coquimbanos, es el oro i la 
vida suelta que llevan, que en aquella jurisdicción 
i curato donde se descubre el mineral, aquélla por 
aquel tiempo es la mas rica i el mejor curato i el 
mejor correjimiento.» (1) 

(1) Madariaga, Relación iaédita citada, 



— 192 — 

«TodoR los dias, añadía sin embargo el mismo 
narrador hablando de la jurisdicción de la Serena, 
se descubren nuevos minerales de oro i se mautie- 
nen con esperanzas, dando al tiempo lugar con la 
muerte i la esperanza. d 

xn. 



Pero el gran sustentador de la industria aurífe- 
ra del norte i del país en jeneral fué, desde fines 
del siglo XVIT, Andacollo, la casa de Moneda de 
Chile de oro en polvo antes que se estableciera la 
casa de Moneda del oro sellado. 

En otra ocasión hemos dicho a la lijera lo que 
a este estraordinario mineral correspondía en su 
época de mayor auje, i ahora nos limitaremos a 
señalar algunas de sus condiciones mas peculiares 
en el siglo a que hemos llegado, i que podría lla- 
marse en términos de minero, que fué su época de 
disfrate i despilaramiento. 

El mineral de Andacollo ofrece la peculiaridad 
de ser un nudo árido i montañoso, todo metalífe- 
ro, i en el cual el cobre abunda tanto como el oro 
en sus proporciones naturales. Andacollo es todo 
una mina, desde la cúspide a la circa, i aun sus 
poderosas i tenaces venas suelen pasar mas allá 
del duro pedernal i de la roca plutónica. 

Como *el vecino i portentoso cono de Tamaya 
sido el emporio del cobre en Chile, así An- 



— 193 — 

* dacollo lo fnó del oro. ¡ continúa siéndolo, por- 
que apenas llueve en mediana abundancia, corno 
lo. observaba hace doscientos años el jesuíta lio- 
sales, i nosotros lo recordamos antes, se saca oro 
de todas partes. En el presente i pasado año 
(1880-81) que han sido regularmente lluviosos 
en el norte, se han obtenido notables cantida- 
des de oro en las pobres bateas indíjenas de 
AndacoUo i de su circuito que han rendido a ra- 
zón de 2 pesos diarios termino medio, por cada 
operario, sea varón, mujer o niño. (1) 

XIII. 

AndacoUo es mineral de lavadero i al mismo 
tiempo es mineral de pozo, i hai indicios para 
creer que bajo una i otra forma lo trabajaron los 
aboríjenes bajo la dirección intelijente de los co- 
lonizadores peruanos. Era, a la verdad, tal la abun- 
dancia prodijiosa de sus catas hasta hace poco 
tiempo, que el mayor trabajo que impuso la for- 
mación del camino carretero que hoi pone el mi- 
neral en comunicación con los rieles, fué el relleno 



(1) Segao el señor P. N. Videla, diputado por la Sereua, se 
ka sacado de Aodacollo algunos miles de pesca de oro ca cada 
temporada, i el mismo ha vendido a la Caaa de Moneda por 
encargo de los cambistas de aquel lugar una pequeña parte de 
él, especialmente el oro ea polvo que le ha remitido doa Pru- 
deucio Hidalgo, coaocido comerciante de aquel lagar, 

LA E. DEL O. 25 



— 194 — 

de loB hoyos con que indios i cristianos habían lite- 
ralmente sembrado el suelo convirtiéndolo en ar-; 
ñero. . 

. Existen todavía galerías abiertas del tiempo «de 
los jentiles» i las célebres minas del Toro i ChU" 
rumata, que enriquecieron a un canónigo de la 
Serena llamado Contador (apellido apropiado pa- 
ra él que tanto oro tenia) han sido de probervial 
riqueza en Chile. En la última, i trabajándola con 
maquinaria a vapor para el desagüe i chanca de 
los metales, gastó varios centenares de miles de 
pesos el emprendedor ciudadano don José Tomas 
Urmeneta; pero con poco retorno, porque según 
antes dijimos, la época del «disfrute» habia lle- 
gado para Andacollo. 

XIV. 

Por otra parte, sus minerales son casi todos 
óxidos mui duros i ofrecen combinaciones quími- 
cas poco comunes, lo que aumenta las dificultades 
de la esplotacion. Su condición, por tanto, a fines 
del siglo pasado era ya mediocre, como hoi, i pa- 
samos a dar cuenta de algunas de sus labores, con- 
forme a un testimonio antiguo que tenemos a la 
vista, del cual estraemos los siguientes párra- 
fos: (1) 

(1) El título de este informe es el siguiente: 

«Colección de metales de oro hecha en la diputación del Bl. de 



— 195 — 

«El asiento y mineral do Anclacollo está situa- 
do en el cerro nombniílo la Centinela distante 14 
lejjuas de esta ciudad de la Serena y trabaja en él 
una cstaca-rnina de metales de oro en la veta del 
mismo nombre don Juan de Dios Alrarez. Su pri- 
mer descubridor Tadeo Alrarez, que la trabajó el 
año 1763, sacó, según noticias, 8 cajones de metal 
de lei de 30 pesos por cajón. 

i>En 1773 pidió esta mina Agustín Zuleta que 
la trabajó hasta el de 77 en el que la d'sfrutó por 
hallarse los planes en bronces blancos deslavados, 
mucha dureza y sin ley: sacó dicho Zuleta 100 
cajones de metal que empezaron por 30 pesos de 
ley y se aumentó hasta 200 por cajón, todos en 
metales colorados. 

j)En el mismo mineral y cerro de San Pedro 
Nolasco trabaja una estaca mina de metales de 
oro en la cabeza del mismo nombre Pedro Gra- 
llardo, en compañia de don Miguel Malbran. Su 
primer descubridor fué Francisco Rojas. Se igno- 
ra qué años trabajó, pero se dice sacó mas de 6 
mil pesos en metales colorados. 

)»En el propio mineral, en el paraje denominado 
de Veneros, que fueron trabajados por los fjentües 



la Serena cnn espresion de las minas de donde se han extraído 
la que ha verificado de orden superior el capitán de exército don 
Yictor Ibaüez de Corvera, diputado del importante ramo de 
minería Jt;l partido de Co(itiimlK». Eiripezó en 4 de niarzo de 
1792 y finalizó el 30 de junio del iniamo año.» 



— 196 — 

a tajo abierto hasta que hallavan dureza, pidió el 
año de 1763 Ginés Marín por criadero de oro, y 
siguió trabajando hasta el año de 74. Se ignora lo 
que sacó, pero hai noticia de que le fué bien. 

dEI año mismo de 74 eqtró el actual poseedor 
Felipe Marín, desaterrando siempre trabajos anti- 
guos que han sido a tajo abierto. Los planes del 
actual están en 7 estados de profundidad con un 
solo cañón. Dichos veneros son una mesa de pie- 
dra dura en las que van dos criaderos y en ellos, 
en donde se halla el oro, algunas veces no pro- 
fundan. En los 16 años ha sacado 30 cajones de 
metal, su ley de 12 hasta 30 p. por cajón cou una 
barreta continua, y conjetura haber hallado en 
oro en todo el espresado tiempo mas de 3,000 pe- 
sos en los términos que aparece de la muestra n."* 
8, la que vino a mis manos hace dos años por ca- 
sualidad, y remito por no haber de esta clase en 
la actualidad; de modo que solo esta esperanza los 
hace seguir y el trabajar personahnénte pues de 
lo contrario los peones robarían el oro sin que su- 
piese el dueño cuando se havia alcanzado: es mu- 
cha la dureza y se laborea a fuerza de pólvora. 

dEu el mineral de oro en el cerro de Malbran 
trabaja una estaca mina de metales de oro en la 
veta del mismo nombre Antonio Guerra. Ancho 
del metal desde tres dedos hasta una cuarta. 

»El metal n.° 9 se llama cobrizo i el 10,'' llaman 
arenilla: el primero se ensayó por menor eu ley de 



— 197 — 

125 pesos y el segundo por 60, pero continuamen- 
te aumenta o baja. 

3>En seis meses ba sacado 6 cajones que ba be- 
neficiado sin separarlos i le ban rendido basta 600 
pesos basta purííicar el oro. (1) 

XV. 

No es mas aventajada hoi dia la condición de 
los placeres i minas de pozo del departamento de 
Illapel, aquellas «minas de Cboapai», descubiertas 
en tiempo de don Garcia Hurtado de Mendoza 
que tanto pondera su compañero de armas, el viejo, 
agraviado i regañón cronista Góngora — Marmo- 
lejo. Pero no por eso ba dejado de ser Illapel, co- 
mo Andacollo, uno de «esos rios de oro que co- 
rren por el mundoD según la gráfica espresion del 
presidente Garcia Ramos en 1607; i dan testimo- 
nio de 8U opulencia basta época reciente sus quin- 



(1) Ea la colección mineralójica de la Academia de San Lxüa 
existia también una muestra de uietal de oro de Andacollo, 
la que fué ensayada en 1 806 por Rodriguez Brochero, i de ella 
dice éste lo signiente: 

' cMueetra del mineral do Andacollo y sitio de los Veneros, en 
diputKciúu de Coquimbo. Es de oro nativo iuterpuesto entre 
matriz de arcilla rojiza u ocrácea, esto es, impregnada de óxi- 
do o cal de hierro: es muestra samamente pequeí5a, mas no 
obstaute, se ha reservado por curiosa para el gabinete de la 
Academia en donde existe entre los minerales de oro, con 
el N." 2.» 



— 198 — 

ce trapiches muchos de ellos corrientes toda- 
vía i las ruinas, visibles en todas partes, de los 
qne existieron, especialmente en el cerro de Chi- 
llan, hacia la cordillera, los desmontes de duro 
cuarzo de Lampagiii i de los Hornos i las diver- 
sas minas que hasta hoi se trabajan. 

Fué notable entre éstas hasta la medianía del 
presente siglo, la mina del Indio, descubierta por 
un indio en el cerro llamado del Cuyano, i que 
enriqueció a su primer dueño i esplotador don 
José Agustín Undurraga, el banquero del oro en 
niapel. 

Como en AndacoUo, el oro se presenta en esta 
comarca en diversas combinaciones, i especial- 
mente en óxidos i en piritas. (1) 

Pero su criadero mas jeneral es como en todo 
el resto del mundo el cuarzo, i éste se presenta en 
tal dureza que hoi se acostumbra en algunas mi- 
nas hacer en el interior grandes fogatas de cardo- 
nes para reblandecer, por la trituración, la caja im- 
penetrable al pico que contiene la angosta veta 
aurífera. Existe todavía hacia la costa una mina 
de esta naturaleza que rinde hasta una libra de 
oro por cajón a sus dueños, vecinos de Mincha; i 
se llama la Chamuscada, porque continuamente 



(1 ) En el muestrario de la Academia de San Luis encontró el 
ensayador Brochero iuna pirita dn hierro i cobre aurífero de 
lllapel. Su lei era de mas de un marco de oro por cajún.» 



— lóe- 
la chamusca fi coa fuego para esplotarla. Sin la 
escesiva dureza de su criadero, que fué lo que hizo 
improductivo el rico miueral de Lampa¡/ni, esta 
mina seria hoi como muchas otras una verdade- 
ra fortuua. (1) 

XVI 

De época presente se citan todavia los nombres 
de las minas de oro <íla Jote», que fué de la fa- 
milia Izquierdo, de Illapel; la Matamoros, la de 
los Portugueses, la del Divisadero, los Guayaca- 
nes i principalmente la de la Curia, en el cerro de 
los Hornos, camino real de Gombarbalá, la cual 
fué descubierta por un indio llamado Coco, por 
cuyo motivo suele denominarse la mina de la 
Caria-Coco. Según noticias recientes trata de ha- 
bilitarse en grande escala esta pertenencia de oro 
en todas sus labores. 

XVII. 



En cuanto a lavaderos, se cita todavia en el de- 
partamento de Illapel el caso de haberse enrique- 
cido con el hallazgo de un manto superficial al 
pié del cerro del Cuyano un vecino de aquel pueblo 
llamado don Antonio Kamirez, quien, en pocos 

(1) El nombre de Larupagui lo escriben todos diversaoiente. 
Juau i UUoa eu sus Noticios secretas lo llaman LampagutDj. 



^ 200 — 

días, logró una fortuna de 40 mil pesos; pero pnede 
decirse que en jeneral todas las arenas de los enca- 
jonados rios de aquel departamento, especialmente 
las del Illapel i las del Ghoapa, son uu inagotable 
si bien escaso lavadero de oro. En 1851-52 hemos 
visto lavar las arenas hasta en sus sombreros a 
cuadrillas de muchachos no solo en esos rios sino 
en la profunda quebrada del Negro que formaba 
su límite meridional. No sin razón dieron los pro- 
pios indios el nombre de Millapel a esa rejion, 
porque milla es oro* (1) 

xvm. 

Esto no obstante, i según lo observaba el teso- 
rero Madariaga en 1744, en todo el norte de Chile 
ha acontecido que donde se debilitaba un mineral 
aparece otro. A la fama i riqueza de días minas 
de Choapa» sucedió la de Gasuto, célebre asiento 
de minas descubierto a fines del siglo último en 
una quebrada a distancia de dos o tres leguas del 
puerto de los Vilos, i fué tal su riqueza que dio su 
propio nombre a una planicie aurífera de Anda- 
collo, ya humillado por su decadencia. 

Fué mui persistente el rendimiento de este mi- 



(1) En Illapel conocen esta etimolujía i dicen que uu nombre 
indíjeua significa pluma de oro, pero mas propio es decir pes- 
cuezo o garganta de oro. 



— 201 — 

ueral, i totLivia sii habla en fin esparcido asiento 
tío la «puntii de oro» de ciaeo libras de peso que 
se halló en nna batea el afortunado vecino de la 
Ligua don Santiago Lira, que con su valor «puso 
tiendan i fué raas tarde hombre de pro en Illa- 
peí. (1) 

La fortuna de Casuto, eclipsada hoí pero no 
agotada, se mantenía todavía intacta a mediados 
del presente siglo, i en los anales de la Cámara de 
Diputados correspondientes al 11 de junio de 184:0 
se encuentra una lei de cspropiacion de terrenos 
que autorizaba para fundar en aquel asiento una 
población con una área de doce cuadras de es- 
tension. 

XIX. 

Tales han sido, descritos a grandes rasgos pero 
con fidelidad, los nms notables veneros de oro de 



(1) El seüoi- Astaburuaga dice eu su Diccionario Jeogrcifico 
que este miiienil Iki bíiJo notable por sus graiiJes pepas de oro, 
«de mas de un kilógruuio de peso.» El señor Cuadra habla en 
Biw Apuntes sobre U Jiografia de Chile de pepas de 300 i 400 
gramos. 

Hoi el asiento de Casuto está muí decaído. Últimamente nos 
lia iuíbrmado ua minero de ese lugar que entre dos ti-abnj adores 
sacaron en 15 días solo seis castellanos de oro. Bia embargo, al- 
guna cantidad llega todavía a la Casa de Moneda. 

Casuto pertenece políticamente a Petorca, pero es mineral 
illapelino. 

LA E. DEL O, 26 



— 210 — 

go chileno Bernardo dé Gruevava, poeta cortteol- 
poráneo, i qué vivia todavía en Lima por el año 
de 1824, ya iTtui anciano. I como esta troba es de 
fíiiná universal en los asientos de minas de la re- 
pública, vamos a copiar aquí algunas de sus prin- 
cipales décimas descriptivas del suceso, porque no 
todo ha de ser positivismo en el amarillento pára- 
mo en que se cria el oro. 

Todo lo contrario. Para que la lira de la poesía 
sea sonora al viento i grata al corazón i al oido, 
ha de ser lira labrada de oro, por aquello del poeta 
herrero de Madrid que contestó a Felipe IV cuan- 
do le interrogaba sobre su estro poético. 

— «....Díceume que viertes perlas.... 
— Sí, señor, mas son de cobre 
I como las vierte un pobre 
Nadie se baja a cojerlas....» 

I sin mas que este preámbulo, pasamos a reci- 
tar las estrofas del oscuro lego chileno, que fué en 
su época el «padre Gal vez» de su comunidad i el 
herrero de Felipe IV.... 

VUI. 



Viendo que la media noche 
Mediaba su curso lento, 
De sus pajizos albergues 
I sus mal mullidos lechos 
Salieron pisando' horrores 



CAPITULO VIL 



EL ORO EN LA REJION CENTRAL. 



DEL aiíRONCED AL «CHIVATOS. 



Ca'ácter jeolójico especial del dopartainento de Petorca. — Todaí su* po- 
blaciones han nacido del oro. — [.lUS familiar fuiidadur<M de l'etorca.-— 
Los Baeras. — El frasco de onj dol coronel Mendiburu. — La fa>mosa mina 
del Bronce viejo i la muerte de los siete ladronea de oro.— La relación 
di Carvallo i la leyenda del pacto con el diablo. — «La visión del Bron- 
ce». — La poesía del minero de oi-o, — Las décimas del lego> Guevara iio- 
bre la «Vision del Bronce. »-^Los asientos mineros de Petorca i bu 
antigüedad.- -Longotouia, el Hierro viejo i Pupio. — La mina de Ict 
Amawna en la Ligua — Racursiones auríferas a-Cata{iilco i a las que- 
bradaí de Maleara i .Mvarado. — La riciue/a aurífera de Quillota a finos 
d-jl siglo pasado — El cambista de oro Avaria i sus romcsa.s. — Calco. 
— La riqueza anrifera de Melipilla i Casablanca. — Curacaví i su tra- 
piche de oro.— Pobreza aurífera do Santia;.'0 i los denimcios de oro en 
el Santa Lucia 1 minas de fierro en un solar do la calle do Agustinas, — 
Estraordinaria riqueza aurífera do la rejion montañosa do Rancayiia-— 
Descubrimiento de Alhué i su considerable opulencia. — La mina del 
Escarpt i\vi del Aijoa fria — 151 lapizlá/nli do Caren. — E.stadistica — 
Yaqnií, Apaltá i Millahue. — Las plncillas de Nancagua i doña Elena 
Valladares. — Las minas del Chivato i sus cuatro millones. — Chucliunco, 
G'iallpco i los Tajo*. — Hallazgos de oro spgun Molina. — Pobr^ya rela- 
tiva de la ciionca dol iMaiile. — Kl niiueral do Pocillaa i el de Niblínto. 
— Como queda Ikccha la i:'>mpr<ibacion lugareña de las vertiente» do 
oroquo formaban el caudal de la colonia. — La comprobación univorisal.. 



«En la mina do oro denominada Bronce' 
viejo, perteneciento a don Martin do Hri- 
t<\ di.^t ints ciiiitiü leguas de la villa do 



— 204 — 

Snnta Ana de Brlviesca, el 24 de octubre 
de 177U se Imlhii'on siete tiombrcs muer- 
tos kíii heridii ni coiuiisioii.» 

(Caiív.\li,(> GoYF.NiíciiE — Iliflnria lie 
ü/itlr, vol. V. del testo manuscrito ) 



T. 



El vasto departamento de Petorca es talvez el 
mas montañoso de toda la república, porque no 
tiene llanuras, ni mesotatj, ni esconde siquiera 
valles sino m-ietas. 

El valle central i sus ramificaciones ban desa- 
parecido por completo al pié de la cuesta del Me- 
lón por el lado de la costa, i al pie de la cuesta de 
los Anjelcs por el lado de oriente. Divisado desde 
una altura, como lo hemos contemplado mas de 
una ocasión en la niñez, o visto de plano en el 
mapa do Pissis, presenta aquella interesante i ris- 
pida serranía solo la imájen de un inconmensura- 
ble caos de abismos i de montañas. Las horada- 
ciones por donde corre el rio de Longotoma desde 
Alicahiíe, el cajón de Tilania i el da las Vacas no 
son propiamente valles sino desfiladeros, i los 
llamados «llanos del Huaqucn» no pasan de ser 
un médano arenoso. A la verd'ul, Petorca no 
puede envanecerse de tener mas llanura propia 
que su cancha ds guerra, junto al pueblo, don- 
de los antiguos mineros del oro corrian gruesas 
apuestas de oro en polvo, o de oro en pellas, o 
de oro eu tejos, cu las carreras de los famosos ca- 



— ^5o - 

balloa íonfjofommos, i donde un .siglo mas tarde 
los partidos arnmdos en gnetTa civil libraron el 
14 de octubre de 1851 sanp^rienta batalla. Petor- 
ca no tiene siquiera los llatws del Bajarlo ni los 
lamederos do Catapilco, canchas dilatadas de su 
vecino i reducido departamento do la Ligua. 

11. 

Pero por lo mismo que es todo de montes, el 
departamento de Petorca forma un solo nudo 
metalífero, i es curioso observar que todos sus es^ 
parcidos centros de pol)lacion — Petorca, Qiiilíma-' 
ri, Papio i el Hierro Viejo — han debido su oríjen 
al oro i nada mas que al oro. Esceptuando laa 
haciendas de riego de Longotoma i de Ghincolco, 
no hai en Petorca agricnltin'a, pero en todas sus 
laderas hai minas; i como lo observaba su joven 
gobernador actual en un informe oficial de no ra* 
mota data, sus venas de oro, desgastadas por el 
pico i la batea no han sido del todo consumidas 
todavia ni para la insaciable codicia ni para la 
injeniosa industria. 



III. 



Descubriéronse sus principales minas de oro en 
los cerros qne dominan la actual ciudad por el nor- 
te en la primera mitad del siglo XVIII, i a esc 
remoto paraje ocurrieron pobladores de todas 



— 200 — 

las provincias i aun de España. Al oro tle Petor- 
ca debióse el establecimiento de las conocidas 
familias de los Montt, que emigraron del departa* 
mentó aurífero de Gasablaoca; de los Borgoño, 
procedentes de ua caballero aragonés que allí h.í^ 
zo vecindad, de los Bueras i de los Garcia, cuya 
parentela conserva todavía sus lares entre aquei 
lias ásperas montañas (1) 



(1) Don Manuel Montt, los dos jeneralea Borgofio, don Jo¿ 
Manuel i don Pedro Antonio, (este i^ltimo al servicio del Perú,) 
don JuaHj don Ramón i don José Antonio García, el bravo^ 
Bneras, de Maipo, son orijinarios de Petorca i retoños de li 
inmigración qna atrajo el descnbrirníento i la esplotacion d^ 
8u oro. 

Respecto del último apellido hemos encontrado nna transac-; 
cion sobre arriendo de laá haciendas de Choapa do la famoa»! 
benefactora doña Matilde Salamanca en que firma, como marido 
de dofia Joaefa Avaria, pariente inmediato de aquella señora," 
don Santiaj» Bueras, i ente fui probablemeuto «1 padre del hé- 
roe petoniuino. El instrii meato eatii otorgado en Santiago el 
de setiembre de 1797. 

Eu cuanto a los Garcia, sabemos quo el bousmérito fimdaJor' 
de esta familia obtuvo un premio de virtud de la república, i 
entre otros títoloü que justificaron su acrisulada probitlad, se ci- 
ta el haber devuelto a un patriota desterrado en 1814, el coro- 
nel don Antonio Meudiburu, a su regreso en 1817, un frasco de 
oro en polvo que valia 15,000 pesos, sia que taltara un solo to- 
miu.... La prueba era evidente — da mujer por el hombre, efl 
hombre por el oro, el oro por el fuego.» —No pudieron tal ves 
decir otro taulo los amantes i aplundidores de las famosas aP«- 
torquinas.,..» 



207 — 



IV. 



Fué la maa famosa de estas minas, i lo es toda- 
vía, la del Bronce Viejo, que como las del Hiervo 
Viejo, lugarejo de deliciosos limones, produjo a 
BUS afortuaados dueños riquísimos jugos hasta que, 
estando a la tradición popular predilecta de los 
mineros del norte de Chile, la maldijo el demonio, 
matando éste a siete de sus operarios de un solo 
bufido.... 

El hecho en su tanto fué cierto, porque en la 
noche del 23 de octubre de 1879 amanecieron 
muertos, mostrando en los semblantes raras se- 
ñales de espanto, siete mineros que se habian 
introducido furtivamente en la galería subterránea 
para robar el oro de copiosa labor en beneficio. 
Por una casualidad verdaderamente singular ocur- 
rió sin duda en aquella precisa noche una esplosion 
o desagregación de gases mortíferos, probable- 
mente una descomposición de azufre i antimonio 
semejante a las que han tenido lugar en la famosa 
mina de plata WeiViiixCííx, La Hedionda, en el mineral 
de Lipez i que por este motivo no se trabaja desde 
hace siglos, apesar de su conocida opulencia. 



El historiador Carvallo i Goyeneehe, hijo de Valdi- 
via, que en su condición de soldado era mucho mas 



— 20S — 

ladino que crédulo i superticioso, refiere en los tér- 
minos si<^uientes la estrañn catástrofe, dando a en- 
tender que pudo ser obrii de sortilojlo, poro sin re- 
conocerlo ni testificarlo como contemporáneo. «El 
primero de los mineros muertos, dice en el volumen 
V, de su obra manuscrita, estaba a doce estados do 
profundidad boca abajo cu el escalón de una es- 
calera. El 2." a distancia de dos varas mas abajo 
del primero. El 3.° y 4.° juntos cuatro estados mas 
abajo que el 2.". A corta distancia del cuarto es- 
taba el o" detras de un escombro de metales for- 
mando cruces con los dos primeros dedos de las 
dos manos y con el rostro vuelto hacia atrás en 
ademan de apartar la vista de algún objeto. El 
6." y 7," distaban 6 varas del 5." a mas protuudi- 
dad, y en tal posición que el último tenia la cabe- 
za a los pies del 6.", formando ambos cruces con 
los dedos y los rostros en el mismo ademan que 
el 5". Estos entraron a la mina prevenidos de lu- 
ces y de saquillos para robar metales la noche del 
sábado 2.'5 del espresado mes y dejaron uno fuera 
de ella para que observase si se acercaba jente al 
cerro y viendo que ya aclaraba el dia siguiente, 
.se retiro y estuvo a la mira de las resultas. 5) 



VI. 



La anterior es probablemente la relación exac- 
ta del casOj pero los mineros, jente adicta a lo 



— 209 -^ 

misterioso que vive eii eterna uoche emparedada 
eu las entrañas de pedernal de la tierra, inventaron 
una leyenda según la cual el que hacia cabeza en la 
banda de nocturnos hurtadores, i cuyo nombre lue- 
go sabremos, habia ajustado pacto con el diablo.,.. 

En consecuencia, protejido por el ultimo el exco- 
mulgado entraba todas las noches a robar oro, 
amontado en un cardón», al que azuzaba para ha- 
cer su jornada gritándole incesantemente — Arre 
diablo!, 

Pero habiendo convidado a algunos de sus com- 
pañeros en la noche mencionada para participar- 
les de su hallazgo i de su impunidad, olvidó pre- 
venirles lo del pacto; i sucedió que al resbalarse 
uno de los mineros esclamó: — Aue-Maria pijísi- 
ma! i sin mas que esto el demonio, que andaba en- 
tre ellos en figura de cardón, reventó instantá- 
neamente abriendo ancho agujero en la bóveda 
de la mina por el cual escapóse el espíritu infer- 
nal, dejando muertos al estallar a todos sus cóm- 
plices, que se hallaban no solo en pecado mortal 
sino en delito infraganti de hurto de oro. 

VIL 



A la terrible aventura que conmovió entonces a 
todo el país mas que la catástrofe de la Compañía, 
sucedió naturalmente la leyenda i a la leyenda el 
romance que en celebradas rimas esciibió el le- 

1.A E. DEL O. 27 



go chileno Bernardo de Guevara, poeta coritcnl- 
poránco, i que vivia todavía en Lima por el año 
do 1824, ya muí anciano. I como esta troba es de 
fama universal en los asientos de minas de la re- 
pública, vamos a copiar aquí algunas de sus prin- 
cipales décimíis descriptivas del suceso, porque no 
todo ha de ser positivismo en el amarillento pára- 
mo en que se cria el oro. 

Todo lo contrario. Para que la lira de la poesía 
sea sonora al viento i grata al corazón i al oido, 
há, de ser lira labrada de oro, por aquello del poeta 
herrero de Madrid que contestó a Felipe IV cuan- 
do le interrogaba sobre su estro poético. 

— «....Dícenme que viertes perlas.... 
— Sí, señor, mas son de cobre 
I como las vierte un pobre 
Nadie se baja a cojerlas....» 

I sin mas que este preámbulo, pasamos a reci- 
tar las estrofas del oscuro lego chileno, que fué en 
8u época el «padre Gal vez» de su comunidad i él 
herrero de Felipe IV.... 

vm. 



Viendo que la media noche 
Mediaba su curso lento, 
De sus pajizos albergues 
I sus mal mullidos lechos 
Salieron pisando' horrores 



— 211 — 

Como lo habían dispuesto 
Siete ioquiliqos peones 
Cuyo laborioso empleo 
Era de ser en las miqas 
Apires i barreteros. 

El uno es Andreis Gallardo, 
Rejis i Manuel Garre0o 
José Pifiones i un Tapia 
Con otros dos compafierQs. 
Xavier Soriano, i José 
Lugo que habian dispuesto 
Robar en aquella noche 
La mina del Bronce viejo 
Llamada asi porque tiene 
Su piedra el color bermejo 
I lo mas como el imán 
Cristalizado i broncerq. 
Mas es tan grande el caud«^l 
Del oro que tiene dentro 
Que a robar en algún ojo 
De metal, que descubrieron, 

alguna puente, o estribo 
Se determinaron et^tos, 
Habiendo p^^jtado ser 
Con un profundo recreto 
Para su seguridad 
Arpocrates de si mesmps, 

1 atrepellando temores 
Sobresi^tos i recelos 

Que son de la culpa siempre 
Bastardos hijos del miedo. 

Llegaron pues a la boca 
De la mina, cuyo seno, 
Parece que de! abismo 



— 212 — 
Es un lóbrego bostezo 



En fin entre tantas ansias 
Temores i desconsuelos 
Poseídos de tanto espanto 
Los delincuentes murieron 
I de su terrible juicio 
Lo que fué no lo sabemos; 
Solo si lapo jtura • 
En que quedaron los cuerpos. 
Do"!, qfte con las crucei hechas 
Tenian los rostros vueltos, 
Pasados i én ademan 
De un tímido movimiento 
Los otros tres que tenian 
Inclinada ^obre el pecho 
La cabeza, con el rostro , 
Vuelto como los primeros. 
El otro estaba sentado 
En un recodo pequeño. 
I el último en una puente 
Estaba de bruces puesto. 
I es esta la misma forma 
En que los hallaion, luego 
Que por el balcón de oriente 
Los matutinos reflejos 
Crepúsculos precursores 
De la luz aparecieron 

Cosa de las nueve i media 
Entró (1) con dos compañeros 
El uno Manuel del" Pino 



(1) El mayordomo. 



— 213 — 

Otro un esforzado arriero, 
Que fué quien primero vio 
A Manuel Garrefio muerto 
I los tres certificados 
Del caso reconocieron 
Que aquel que estaba de bruces 
Era difunto: i con esto 
Saliendo despavoridos 
Avisaron al momento 
A don Nolasco de Umeres, 
Juez comisionado, i luego 
Juntando bastante jente 
I a la mina descendiendo 
Los miserables despojos 
De la muerte conocieron 
Que sin herida ninguna 
Los siete estaban ilesos. 

Mandó el juez que los sacasen 
I a la plaza del asiento 
Los llevasen donde al punto 
La noticia dio corriendo 
De unas en otras personas 
Con mui diferentes ecos 
Con temerosa impresión 
Parece que iba diciendo: 
— «Venid a ver la justicia 
Que quiere hacer el Supremo 
Como señor absoluto 
Juez de vivos i de muertos, 
Venid a ver la justicia 
Preparada para aquellos 
Que quebrantando la lei 
Roban caudales ajenos 
Venid, oid la sentencia 
Justa que se intimará presto 



— 214 — 

Contra los falsos tratantes 
Mercaderes usureros 
I hacendados que retienen 
Del jornalero el dinero 
I lo precisan a que 
Por su sudor i desvelo 
Reciban ¡eneros malos 
Por exorbitante precio. 
«Venid, alumnos de Baco • 
Plebeyos i caballeros 
Que en embriagueces tenéis 
Cifrado vuestro contento, 
Venid, jugadores grandes, 
Maldicentos i blasfemos 
Que empobrecéis las familias, 
Que perdéis todo el comercio, 
I a vuestros hijos dejáis 
A mendicidad sujetos. 



Supuestas pues estas co^as 
Que de antemano dijeron 
Profetas i evanjelistas, 
Vuelvo a deciros: si ciertos 
Justos i severos juicios 
Hai en estos siete muertos. 
Desde luego os notifican 
Se acerca el día tremendo 
De la muerte que será 
Elenia en los que queriendo 
Permanec )r en sus culpas 
Despreciaran este ejemplo. 

Oyeron pues estas voces 
Palparon este portento, 
I temieron el castigo 
Los petorquiftps mineros 



— 215 — 

I des{}ues de medio día 
Que los difaatos tuvieron 
A la vista, se les hizo 
Un decentísimo entierro 
I la fama voladora 
Con sus ecos vocingleros 
Por todas partes llevó 
La noticia del suceso. 

I moviendo el corazón 
Del poeta, dispuso en ver^o 
Dar al mundo la noticia 
Para el aprovechamiento, 
I suplica humildemente 
Le perdonen los defectos.» (1) 

IX. 

No daremos aquí cuenta particular del mineral 
de oro de Hierro Viejo, que parece fué de placeres 
i lavaderos maa que de minas de pozo; ni de los de 
Pupio, asiento aurífero no lejos de la célebre nli- 
na de las Vacas de que habla Humboldt i que en- 
riqueció hasta hace pocos años a la honorable fa- 
milia illápelina de los Montes i Solar; úí de \aí^ 
minas de oro de Peldehue, hacienda de don Die- 



(1) Esta famosa poesía popular fué publicada en Santiago 
en 1824 eu un pequeño folleto, hoi sumamente raro, con el título 
de Romance de los siete ladrones^ por el impresor Pérez en la, 
imprenta llamada de Valles.— Según Carvalla, la mina del Bron- 
ce Viejo eu que esto paaó era de don Martin de Brito; pero se- 
gún la publicación referida perteaecia a doña María del Rosario 
Munchástegui. 



— 216 — 



go Portales, ni de las minas de Longotoma que 
daban ya materia de charla i hasta de pleitos en 
los tiempos del Señor de Mayo i de la Quintrala, 
señora feudataria de la Ligua i Lougotoma (1). 



X. 



Por análogos motivos no nos ocupamos en el 
presente capítulo de la antigua riqueza de la Li- 
gua, revivida hoi por la empresa norte-americana 
titulada — Ligua Mining Gompany, porque de es- 
te punto especial trataremos cuando habremos de 
reproducir, un tanto rejuvenecida, nuestra escur- 
sion a los placeres auríferos de Catapilco en 1878. 
Agregaremos, al presente para no dejar nada ol- 
vidado, que la famosa mina Amazonas que dio 



(1) En el archivo jeneral de Santiago existea los autos de 
un pleito sobre cierta mina de oro ubicada eu el «Asiento de 
Longotoma» i que ventilaroa auto el diputado i juez de minas 
doD Pedro de Meua en 1667 dos mineros llamados don Pedro 
de ürijuieta (apellido de miuero todavía) i don Domingo So- 
TÍaDO, apellido de uno de los siete mineros de la Vision del 
Bronce i que ahora vuelve a aparecer entre los descubridores de 
Lebu. 

En loa legajos correspondientes al eacribauo Hinostroaa, que 
funcionó uu siglo mas tarde, existe también un podor otorgado 
el 21 de octubre de 1742, «en la jurisdicción del asiento de 
Santa Cruz de Petorca.» Fué este el primer nombre de esta 
ciudad que once años mas tarde cambió el presidente Ortiz de 
llosas, denominándolo, en honor de su esposa, Santa Ana da 
Bribiesca. 



oríjen a fincH del siglo pasado al asiento de minas 
de la Placilla de la Ligua, dentro de la hacienda 
i marquesado de Pullally, se halla también en ma- 
nos de una compañía norte-americana que se ocu- 
pa de desaterrar su socabon abierto en cerro re- 
blandecido, i a tiro de piedra en la banda norte 
del rio de la Ligua del camino real que de la ca- 
pital conduce a Coquimbo. 



XI. 



El departamento de Quillota, que pertenece 
también a la rejion central, fu¿ abundante en mi- 
nas de oro durante el siglo XVI II, pero de ese 
punto, como del oro de Limache i de Valparaíso, 
habremos de hablar en nuestras escursiones iné- 
ditas a las quebradas de Maleara i Alvarado. No 
pasaremos adelante, esto no obstante, sin decir 
que en 1741 existían en trabajo en el partido de 
Quillota, que llegaba por el norte hasta el Choa- 
pa, no menos de 36 estacas de oro, — «fuera de los 
relámpagos (así dice el tesorero Madariaga que 
apunta esta noticia) de muchos que a cuatro días 
se desaparecen i llaman de cabeza, porque a corto 
trecho o se pierde la guia o dan en agua.» 

Otro motivo agrega el estadista del obispado 
de Santiago para esplicar el poco rendimiento de 
las minas de Quillota en su tiempo; i era éste el de 
la «pereza de sus pobladores i la poca jeute que 



LA E. DEL 0. 



— 218 — 

abunda (sic) eu el reino, su flojera i ramos que 
tiene en que divertirse, que junto con la abundan- 
cia de él, se les da muí poco en trabajar o no.» 

No debia ser sin embargo ni tanta la pcreísa de 
la jente, ni los «ramos de dÍTOrtirse» en que loa 
colonos gastaban su vitalidad durante la mitad 
justa del año i del siglo, ni la ccescascz de brazos 
que ahundaha en el país», por cuanto tenemos a 
la vista i orijiual la correspondencia de un cambista 
de oro establecido en Quillota para el rescate de 
esta pasta en el último tercio del siglo pasado, es- 
pecialmente en los años de 1767 (el de la espul- 
siou de los jesuítas) a 1769; i en cada una de sus 
cartas acusa remesas que sumadas en una serio de 
meses importan no solo arrobas sino quintales de 
oro en polvo i en pellas. (1) 



(1) Correspondencia de don José A varia, administrador de 
estanco de Qaillota a su hermano don Franciscu Avaria, rico 
comerciante de Sautiugo que le habilitaba para la cümpra del 
oro. 

Hé oqul algunas partidas asentadas en sus cartas: (remesas 
de 1767) — una libra de oro — (otra) 210 castellanos— (otra) — • 
317 id— (otra) 425 id— (1768)— oro de Petorca 203 castellanoa 
— oro de id — 306 castellaaoa i 22 pellas— oro de Illapel 359 
castellanos — (1809) una remesa de 2 libras i 20 castellanos 
de oro, otra de 3 libras, otra de 530 castellanos, otra de 689 id, 
etc. I esto era casi todas las semanas. 



xn. 

En los actuales departamcutos de Saa Felipe, 
los Andes i Pataendo, no escaseaba tampoco el 
oro, el jenei'oso «oro de Canconicagua» de que 
habla don Pedro de Valdivia i el padre Ovalle, el 
cual se infiltraba por la planta de los pies a sus 
bizarros hijos... Hablando de Catemu en su Diccio- 
nario jeo(/ráJíco el señor Astaburuaga, dice que en 
esa valiosa hacienda «i en sus contornos han exis- 
tido ricas minas de orop. Otro tanto observa el 
mismo autor con respecto a la aldea de Caleo si- 
tuada en una meseta al pié del cerro del Boble 
entre Tiltil i Llaj-Llay. Hoi mismo venden sus 
habitantes un poco de oro a la Moneda con el 
nombre de «oro del Roble. i» 

XIII, 



Prosiguiendo en consecuencia desembarazados 
nuestra tarea que va siendo, etapa por etapa, i ca- 
si sin alojamiento, el itineriino del oro, pasamos 
de lijera por el departamento de Santiago, que solo 
ha tenido un mineral de fama, el de Tiltil, si bien 
no ha faltado quien denuncie minas de oro en el 
peñón de Santa Lucía (1872), solicitud que fué 
denegada aunque se probó que allí habia nabido 



trabaios. — ¿I a dónde irá el biiei que no are i el 
hombre que no desaterre el oro? 

En aquel mismo año se denuació, en efecto, una 
veta de fierro en un solar de la calle de Agustinas, 
i esto que faltaba todavia una larga era para la 
aparición de Paraff... 

En cambio de la esterilidad del terreno de alu- 
vión de Santiago, ha sido fértil en oro el de Meli- 
pilla, especialmente en las Bcrranias de Lepe, Ca- 
ren i el Colliguay, que en unas ocasiones, (según 
las proximidades de la sierra) alimentaban los 
trapiches de Limache, i en otras el del Curacaví, 
cuyas ruinas vimos en nuestra niñez junto al estero 
que corre por la hacienda del mayorazgo i feuda- 
tario don Pedro Prado de la Canal, quien dejó eu 
nombre al trapiche, a la hacienda i a su cuesta. 

Curacaví no nació, como se ha creído, de las 
carretas sino del oro, como nació Casablanca. 
Cuando el virei O'Higgins labró las carreteras de 
las cuestas en 1795 ya corrian muchos trapiches 
de oro en la vecindad de esos lugarejos i se habla- 
ba hasta hace poco del oro de Tapigüe que trabajó 
don Juan de Vargas (no el novelesco de Navarin, 
sino el verdadero de California i la Tierra del Fue- 
go); el oro de Llampaico; el oro jesuítico de las 
Palmas i el oro de las Dichas, que no es desdicha- 
do apelativo para quien busca tan escondida i eayi 
impalpable sustancia, 




xiy. 

Como en el llano intermedio i sus ramificacioneís, 
nacieron del decreto del oro las aldeas ya nombra- 
das, así en una áspera montaña de la provincia de 
Santiago que mereció de los indíjenas por su cerril 
fragosidad el nombre de «El Infierno d (Alhué) 
BUrjió también una pintoresca aldea que hoi llora 
sobre los vestijios de sus innumerables trapiclies, 
convertidos en asiento de paseo, su pasada gran- 
deza. 

Encontrados los veneros de oro de aquella mon- 
taña fronteriza por el poniente al pueblo de 
Kancagua, mas o menos en la misma época que 
que las de Petorca (1739), llegaron a tener una 
verdadera opulencia a fines del pasado siglo, cuan- 
do el fundador de la villa don Diego de Gramboa, 
jeneroso como minero de oro, la delineó a sus es- 
pensas, en 1776, en memoria de lo cual pusimos 
nosotros a su plaza un siglo cabal mas tarde, bu 
nombre i su plancha, la cuiíl habría merecido ser 
no de quebradizo fierro sino de oro reluciente. 

XV. 



Señalábanse en 1792, año en que se hizo una es- 
pecie de estadística jeneral de las minas de Chile, 
en el cerro titulado de la Leona, que desdo la pía- 



za de Alhué se divisa como plomizo páramo, la 
famosa mina del Escarpe, descubierta ea 1755 por 
ua minero que no tenia «don», i se llamaba Ig- 
nacio Brito, como ol de Petorea, pero que debia 
poseerlo mas tarde con la agregación de usía, por- 
que el escarpe le produjo sesenta mil pesos. 

Hallábase esta mina, por escepcion, en cuerpo 
de cerro blando como la del Toro en Andacollo> i 
era preciso trabajarla con gran costo enmaderán- 
dola. En 1792 tenia tres labores de pobre lei (de 
20 a 25 pesos cajón), dos de ellas de doce estados 
de profundidad i la tercera de treinta estados. 

XVI. 



Fueron también riquísimas las minas del Agua 
fría (hacienda que fué de don Juan Estephany, 
llamado por sobi'e nombre «el diablo», sin saber 
sin duda lo que significaba Alhué) la cual liabia 
descubierto en 1756 don José Zúfiiga i trabajaba 
varios años hacia don Francisco Madariaga. — Era 
mina mui sobresaliente, jeneralmente de lei de 
cien pesos por cajón, pero su producto solia ascen- 
der basta dos mil pesos, lo que ñivoreció a tal 
punto a su dueño ya nombrado, que en pocos años 
dispuso de una fortuna de cien mil pesos, equiva- 
lente a un largo millón en la actualidad. La mina 
de don Ambrosio Aransiora produjo liasta 1790 
mas de ochenta mil pesos i la del alto de Salinas 



— 223 — 

de clon Juan Ugarte, descubierta en 1768 mas de 
setenta mil. (1) 

Un poco al occidente de Alliué existe la hacien- 
da de secano i ancha quebrada de Caren en la 
cual se saca también oro. aun hoi dia, siendo de 
notar que este nombre indíjeua de Caren va casi 
siempre asociado a minerales de oro, plata, cobre 
i aun de lapizUzuli. Así al menos se observa en 
el paraje de este nombro situado en el departa- 
mento de Ovalle, en el Carón de Melipilla i eu el 
de Rancagua. En el Caren de O^-alle abunda el 
lapizlázuli, de tal suerte que habiéndolo llevado 
por quintales a Europa un señor Aracena, según 



(I) Tomamos estas noticias de uii maauácrito titulado — lie- 
lacion ¡dstórica de las minas dcfactual laboreo que mantiene es- 
te partido de Rancagua, enero de 179^. — Se hace en él reterea- 
cia a 50 minas de oro i se lee en sa testo esta nota; «En este 
partido no hai laboreo de minas de plata ni cobre, por lo que no 
van muestras de estos metales, si solameate de oro.» 

En otro manuscrito de 17D0 encontramos que se computaban 
en esa época 100 minas de oro, situadas al sud de Santiago, 26 
en Rancagua, 24 en Alhué, i éstas últimas hacen las .50 ya men- 
cionadas. Esas minas produjeron en ese aüo 2,531^ libras de oro, 
rendimiento que en 1825 habia decaido a 158 libras. 

En 1806 se easayó en la Moneda una muestra áal mineral 
micáceo de la mina de las Animas, 18 leguas disLauts de Ran- 
cagua, que rendía de 20 a 21 onzas de oro por cajón, pero solo 
de lei de 16 a 17 quilates. Otra mnestra áe pirita /erru/inosa 
aurífera del cerro de la Letma Vieja rindió lei de 6 a 7 marcos 
por cajón, cou indicios de contener algún cobre en combina- 
ción. 



— 224 — 

el intelijente escritor Juan de la Roca, lo hizo de- 
caer de precio como cosa vil, o poco menos. 

xyn. 

Al sur del Oachapoal las minas auríferas esca- 
sean. En el valle de Naneagua fueron abundantes 
en tiempo de la conquista i aun en los de doña 
Elena Valladares, fundadora de la placilla de aquel 
nombre i cuya casa de corredores, mas vetusta que 
los siglos, todavía se muestra. I aun a orillas del 
Maule trabajaron los primitivos castellanos minas 
de oro desde la conquista, porque en su paso por 
aquella rejion solitaria desbarató Lautaro una file- 
na que allí tenian los secuaces de Valdivia, proba- 
blemente en el Cerro délas minas que da frente a 
Talca. 

Fué también ése el primer escarpe de la famo- 
sa mina del Ghivato que enriqueció a los Zapatas 
de Talca i que según don Pedro Lucio Cuadra 
produjo desde 1775 a 1797 cuatro millones de pe- 
sos en oro. Su rendimiento decayó rápidamente 
con su hondura, que según la creencia de los raau- 
linos atraviesa, a manera de túnel, por debajo de 
su rio, así como la de Chuchunco que con escaso 
provecho usufructuó para la Casa de Ejercicios de 
Talca, por donación de uno de sus dueños, el obis- 
po Cienfuegos. (1) 

{\) Hemos visto en poder de don José Francisco Opazo el li- 



— 225 — 

El desuicdro de las minas del Chivato no ha 
sido producido, sin embargo, por agotamiento, si- 
no por una causa jeneral que ha paralizado mu- 
chas ricas faenas en Chile. — La inundación. A 
cierta profundidad las labores daban eu agua i en 
aquel tiempo se carecía de todo medio de estrac- 
cion, escepto el capacho. Sin embargo, en 1839 se 
hizo un imperfecto desagüe del Chivato i en tres 
meses se sacaron 80 rail pesos. En 1868 se traba- 
jaban todavía en ese mineral siete labores i aun hoi 
mismo, según entendemos, se lasesplota. El cerr^o 
de las minas, desde cuyas faldas muchos «aficio- 
nados» (hoi llamados cucalones) presenciaron la 
batalla de Loncomilla, el 8 de diciembre de 1851, 
dista siete leguas de Talca. 

XVIII. 

El abate Molina, entusiasta por su patria, que 
era entonces Talca, porque el ilustre sabio nació 
en el delta del Maule i el Loncomilla, refiere varios 
hallazgos riquísimos de oro ocurridos en su tiem- 
po, i entre otros cita el de un tal Basso que aran- 
do un campo descubrió un manto copioso de oro, 
i el de un tal Tiznado, que abriendo una acequia 



bro de cuentas que llevaba el señor Cieafuegos de los readi- 
mientoa de la mina Chiichutico, por los años de 1820 a 1835, i 
rara vez pasaba aquella de dos mil pesos librea al aüo. 

LA E. DEL O. 29 



de regadío en Huilqailcmu cerca de Talca, desen- 
terró, como el molinero del capitán Siitler en Ca- 
lifornia, al abrir el cárcamo de un iujcnio, un ver- 
dadero campo de oro. Por su parte Tiznado sacó 
cincuenta rail pesos de aquel placer o manto su- 
perficial de oro. 

Pero en jeneral i esceptaando el oro de Guayeco 
i de la hacienda allí vecina de los Tajos (hoi pro- 
piedad de un señor Urzua), (1) hacia el poniente 
del departamento de Talca, la hoya del Maule 
ha sido hasta hoi reputada comparativamente po- 
bre en oro, i de ella decia el tesorero Madariaga 
en 1744 estas palabras: 

«En este partido i su jurisdicción hai algunos 
lavaderos de oro que con mucha dificultad i tra- 
bajos no correspondientes a él, se juntan algunos 
castellanos, i en el partido de la isla (del Maule) 
se han descubierto algunas minas de corta fama, i 
BU utilidad la suficiente para proseguir sus labo- 
res. De los demás metales de plata, cobre i demás 
no se tiene noticia porque sus naturales no se in- 
clinan a este trabajo.» 

XIX. 



No entra en nuestro propósito de comprobacio- 



(1) «La villa de Guayeco coutíeue lavaderos de oro, que en 
época anterior eran ricos, esi)ecialmente en loa terrenos llaraadoB 
los Jci/os.»— (AsTAiíüBUAQA, Dicoionario Jeográfico de Cliile.) 



— 227 — 

nes lugareñas, al menos por el presente, pasar mas 
allá del Maule, puesto que ya en varios capítulos 
anteriores hemos consagrado bastante espacio a 
la rejion aurífera de la zona del sur, i por esto 
nos limitamos a decir que en diferentes épocas se 
ha esplotado el oro, si bien en comparativa esca- 
sez, en Cauquenes, en Rere, en la Florida, en Las 
Podlkis, donde el jeneral i presidente Prieto, tra- 
bajaba este mineral, llamado así en razón de sus nu- 
merosas catas de oro, por los años de 1830 a 3o, i 
el mineral de Niblinto en las cordilleras de Chi- 
llan, que acaba de cen-arse con tan lamentable 
mal éxito para sus habilitadores, si bien esplican 
algunos la causa del malogro por defectos inhe- 
rentes a la esplotacion, que no son del todo insub- 
sanables, allí como en Catapilco. (1) 

De todas suertes, parécenos que con lo que pro- 
lijamente hemos ido caminando, descubriendo i 
narrando al lector interesado o simplemente cu- 
rioso, sobra para probar que este pais ha tenido i 
tiene todavía entrañas de oro que la mano del 
hombre ha desgarrado sin conseguir agotarlas 



(1) El mineral de las Pocilhis, situado uun legua al norte de 
esta aldea i a cinco o seis de Quirihue, en el departamento de 
Itata, es el mismo de IJuilUpatagua, de qae tanto hablan los 
escritores del siglo pasado. Fué descubierto por el aüo dé 1730 
Qi 740, mas u niéuos, al misino tiempo quo e! mineral del 
Chivato i el de Alliué, i por esto dice Molina de él que era co- 
mo los dos úitimus «de recente scavauíeuto,» 



— 225 — 

en sus mas recónditos o mas superficiales cría- 
deros (1). 

I así, por nuestra parte, creemos haber dejado 
cumplida nuestra tarea demostrativa en corrobo- 
ración de los datos sacados de los libros de la ca- 
sa de Moneda de Santiago i de aquel famoso di- 
cho de Pedro de Valdivia, según el cual el Reino 
de Chile era todo auna mina de oro». I como a 
tal ie pusieron nombre i título de irReino», cual 
el ff Nuevo Reino de Granada», quedando Méjico, 
el Perú i el Rio de la Plata reducidos a la condi- 
ción de simples «Vireinatos.s 

XX. 

Cúmplenos ahora verificar las mismas demos- 
traciones ofrecidas, por el ancho método de la cien- 
cia i de la estadística universal. 

De cualquier manera que sea i j^or cualquier ca- 
mino que vayamos al oro, sea que le fundamos en 
crisol de humilde greda nativa o en delicada co- 
pela de arcilla inglesa refractaria; sea que lo en- 
sayemos por la via seca o por la via húmeda, 



(1) No hemos hecho mención en esta revista aurífera del 
norte i del centro de Chile, de ciertos conooidoa minerales, com- 
el de Yaquil, las tierras auríferas de Peñuelas, etc., por per- 
tenecer su mayor rendimiento conocido a una época posterior i 
casi contemporánea, de que hablaremos mas adelante. 



— 229 — 

siempre resulta que Chile ha sido pais riquísimo 
en oro, i talvez en su tanto i dadas sus condiciones 
de población, estension i carácter, el mas cuan- 
tioso del mundo, sin esceptuar a California, ni a 
Australia ni al Ofir de Salomón. 



CAPITULO VIII. 



CHILE CONSIDERADO COMO EL PRIMER PAÍS PRODUCTOR 

DE ORO. 

DE LA AMERICA 1 DEL MUNDO ANTES DEL 
DESCUBRIMIENTO DE CALIFORNIA. 

La estadística del oro del auevo mundo. — Cálculos de Sancho de Moneada 
i Pedro de Navarreto sobre los metales preciosos importados de Amé- 
rica a España en loa siglos XVI i XVI!. — Períodos de producción i ee- 
portacion que establece Hiimboldt hasta principios del presente siglo- 
— Cálculos de Marcoleta i de Robertson, de Campomanes i de Pezuela. 
— Estudios i estadística de Chevalier solire el oro i la plata eu el Nuevo 
Mundo hasta 184fi. — Parte principal que en todas estas demustrac iones 
se asigna al orü de Chile. — Por qué ol nombre d'j esta colonia no figura 
directamente, en los primeros siglos, sino como un apéndice anónimo del 
Peni. — Humboldt es el primero que híico ¡iiHticia a Chile como país pro- 
ductor de oro, i lo coloca mucho mas arriba del Perú i de Méjico. — Chi- 
le produce tres veces mas oro qiif! e! Perú. — Comparación de la casa de 
Moneda de Chile con las de Popayan, Potosí i Lima, seguo datos inódi- 
tos, i cómo la primera ha sobrepujado a las otras en el oro. — «Una onza de 
oro» de la casa de Monedado Liri-a. — Demostraciones del viajero ingles 
Helms i de Humboldt. — El acarreo del oro de Chile desde el Callao a Cá- 
diz i flotas prodijio.sas de metales preciosos. — Estadística de Chevalier 
sobre el oro de Chile. — La lejislacion española sobre el oro como de- 
mostración de su producción jenuina i verdadera. 



«M. Pluch, il P. Buffier, ed altri scrit- 
tnri fruucesi, e inglesi affeiifcono. che l'or 
del Chili e il piii puro, e il piú pregevolc 
del mondo». 

<Quefto Regno do Chile c abbondanto di 
miniere d'oj^nl fpccie, ma fpocialmente 
d'oro, di rarae. Le minicrc di qucfta fpecie 



— 231 — 



fono rocnuniñimc: Coquimbo, Copiapó e 
Guafco hanno miniere d'oro ¡I di'cui me- 
tallo viene per eccelloiiza chiaraato Oro 
Capote, eiTcndoil piü pregiabile de qualun> 
que al tro fcoperto fin qui». 

(^Gazittlert. Americano). 

(Autores citados por Molina.— i7i«to^ría 
naiuraüe, lib. U, páj. 108). 



I. 



Considerable es el uúinero do autores que en 
diversas lenguas han hecho la cuenta i formado 
la estadí.stica del prodijioso rendimiento de meta- 
les preciosos que el Nuevo Mundo ha tributado al 
antiguo, especialmente en oro i en plata. Sancho 
de Moneada, que escribió en Alcalá en 1619 sobre 
los tesoros de España i de América, es el mas ve- 
nerable de estos estadistas del oro. Humboldt, que 
visitó con ése i otros propósitos ambas Américas, 
es el mas correcto. Chevalier, el último que con- 
densara tan interesante materia, antes del descu- 
brimiento de California (1846), es talvez el mas 
comprensivo. Después de los hallazgos portento- 
sos de la Alta California i de la Australia, los es- 
critores i comentadores de las maravillas cuén- 
tanse por centenares. 



IL 



Según Sancho de Moneada los tesoros traspor- 
tados por los galeones de las flotas en los prime- 



--- 232 — 

ros 103 años del descubrimiento i la conquista, 
es decir, desde 1492 a 1595, ascendieron a dos 
mil millones de pesos, de los cuales solo el diez 
por ciento, o sea solo doscientos millones, hablan 
quedado en España, mísero, si bien obligado puen- 
te por donde pasaba el metálico a pagar la indus- 
tria, el trabajo i el comercio ajenos. Estando a los 
cálculos de ese antiguo escritor peninsular, i sin 
contar el metal que pasaba por contrabando «o 
fuera de rejistro,» según entonces se decia, la im- 
portación de metales preciosos de América ascen- 
día, mas o menos, a 20 millones de pesos por año. 



m. 

Pedro Fernandez de Navarrete, otro docto es- 
critor del siglo XVII, que no es ciertamente el 
gran historiador náutico del presente, llevó la 
cuenta del oro i plata de rejistro desde 1519 a 
1617, i obtuvo como resultado 1,536 millones, o 
sea poco mas de 13 millones por año, en un pe- 
ríodo de 98 años; i el célebre economista Jeróni- 
mo de Ustáriz, autor intelijente i liberal que 
trató sobre el comercio español i sus trabas en 
su libro de la Teoría i práctica del comercio, acu- 
mula la montaña de oro i plata que esplotó la Es- 
paña hasta la época en que escribió (1724) en la 
suma de 3,132 millones de pesos. (1) 




— 233 — 



IV. 



Mas metódico i mas 8ag:az, el ilustre Humboldt 
divide en tres épocas o cauces el raudal de meta- 
le8 preciosos (oro i plata) que del Nuevo Mundo 
tiuyó hacia las costas de Europa, como si hubiera 
sido aquél la corriente de marque lleva el nombre 
del insigue viajero. 

La primera de esiis edades sucesivas, de la edad 
del oro de la América española, duró solo ocho 
años (de 1492 a 1500), i se limitó & la producción 
del oro famoso de Cibao i las Antillas, que rendía 
aolo 250,000 pesos por año. La segunda época 
(1500 a 1545) se cuenta durante los 45 años que 
en el siglo XVI precedieron al descubrimiento 
de Potosí; es decir, la época del oro de Garabaya, del 
Cuzco, del Chocó i un poco de plata de Porco i de 



consultar los dütos del testo, 68 la infolio de Madrid 1757. Se^'uu 
Mai'colcta que cijudeusa en su obra sobre las establecimientos eu- 
rope<is en las Iiuliris (yol. I páj. 24-1) todas las cifras de Monea- 
da, líavarrete i Dstáriz, la producción i esportacioa du los metales 
preciosos de América a Earo¡)a aauendió en loa 24á años tras- 
curridos desde 1492 a 174Ü, a nueve rail millones de pesos. 
Pero Ilobartsoii en su Historia de la Anérica (vol. IV páj. ir)2) 
disminuye la proporción ala mitad, porque afirma que en loa 283 
afios corridos desde Colon a 1775 en que él escribió, la produc- 
ción total solo llegó a 5,094 millones de pesos. Cumpumanes 
calculaba la producción de metales preciosos de América, siu 
contar probablemente el contrabatulo, que era la mitad, en el 
mismo año que Ribertson (1775), en 30 raillone? de pesos al año. 
LA E. DEL o. 30 



-- 234 — 

Oruro. La producción anual no pasaba de 3 mi- 
llones de pesos. 

La tercera época, que fué la de los potentes sur- 
j ¡de ros de Potosí, Zacatecas i Guanajuato, cua- 
druplicó la producción anual de metales preciosos, 
porque el sabio alemán cu su reparto anual la 
hace ascender a 11 milloaes desde 1545, en que 
se descubrió Potosí, al año de 1600, i a 16 millo- 
nes por año desde 1600 a 1700. 

Desde esa época comenzó a decaer Potosí, pero 
luego vino en su remplazo el cerro de Pasco, que, 
como Hunncliaca en Bolivia, es toda una masa de 
plata de baja lei, que se aestrae con palas». I con 
esto, el rendimiento del siglo XVIII subió al do- 
ble del precedente i aun al triple, porque Hum- 
boldtíipunta en su cueata estas dos cifras: 

De 1700 a 1750, por año, 22.500,000 pesos. 

De 1750 a 1803, por año, 35.300,000 pesos. 

Según el mismo autor, la producción babia as- 
cendido en 1802, época en que él visitó a Méjico 
i el Perú, a 54.742,033 pesos. (1) 



(I) El IcütiJL' habrá parado mientes eu qae, coa corta diferen- 
cia, todoá loa autores qae haa escrito a ptopósitu cíe las ri- 
(jHezis del Nuevo Mundo están de acuerdo aobre el m Jtito de laa 
cautidiidtís rcjistrnilas (es decir, siu ttioiar en consiilenicion el 
cuntrtibando). Moneada, Navarrete i Ustáriz establecen, en efec- 
to, niiis o luéiuis las mismas ciíVaa que Murcolcta, Ilobertsou, 
Ciiiiipuuiiiues i Huiuboldt. El luoderuo historiador Pezuola en 
m lirseña hitst'Jrica de la casa di: contratación de las nota» i ga," 



— 255 — 



En cuanto a la producción de la primera mitad 
del presente siglo, que marca visible decadencia, 
sino en sns veneros, en la intermitente esplotacion 
que de ellos se hizo desde las turbulencias de la 
emancipación, i tomando en cuenta solo el oro, 
asegura Cheealier que la producción de esta sus- 
tancia en el Nuevo Mundo alcanzcS, desde 1810 a 
1845, tiempo en quecsciibió su epitomo sobre las 
riquezas del suelo americano, a 14,934 kilogramos 
que valían, conforme a In tarifa de la Casa de Mo- 
neda de Paris, 51.434,000 francos, o sea unos once 
millones de pesos. (1) 

El estadista francés que se complacia, a ejemplo 
de los divulgadores modernos, en reducir las ávi- 
das cifras del cálculo aritmético a figuras gráficas 
i tanjibles, manifiesta que todo el oro que a me- 
diados de este siglo existia en el orbe habitado, 
habría cabido, como el rescate de Atahualpa en 



leones, acepta, como el jeógrafo Torrente, la cifra de 5,350 mi- 
llones Je pesos producidos i registrados por el Nuevo Mundo 
desde 1492 a 1807. Pero tomando eu cueuta los valores que no 
86 rejistrahan, siempre se lle¿ja a una cifra aproximativa de 
DIEZ MiT. MILL0NK3 de pesos esportftdos en pastas de oro i plata 
Ijor la América española en los trescientos dieziodio años que 
duró el coloninje (1492—1810.) 

(1) CuEVALiERj JJcH mifics cC argoit et (Vor duíHouseau Mo/t- 
de.— Varis, 1846, 



Cajamarca, dentro de un pequeño salón de París, 
que midiese solo ocho metros de largo por ocho 
de ancho i cinco de alto. 

Después de los descubrimientos i fenómenos 
que se sucedieron desde 1848, la producción del 
oro se ha mas que duplicado en 35 años, pero aun 
así no llegaria a reconstruirse con su masa, ni si- 
quiera hasta la mitad de su altura, la columna Ven- 
dóme que Courbet derribó durante la Comuna bár- 
bara i niveladora de 1871: tanta es su estraordina- 
lia escasez intrínseca en las entrañas del orbe! (1) 



(1) Según Laveleye, la prodncciotí total del oro de California 
hasta 1S61, fuá 2,508 milluues de francos, o Rea quinientos millo- 
nes de pesos, i el de Australia 1,G95 itiillones, o sea, entre ambos 
países, uii^^s ochocientos millones de pesos. Según Hoswaor el oro 
existente hasta 184S eqnivalia, en números redondos, a 14 init 
millonea i medio de francos, i esa cantidad se aumentó de 
1848 a 57, en 6 mil millones, i de 1857 a 71 en 9,719 millo- 
nes. Es decir que el oro se ha masque duplicado en 23 aflo«!, en 
esta forma: 

Antes de 1848 14,426 milis, de frs. 

Después de 1S4S 15,723 » » » 

Total 30,149 » » » 

O sea mas de 6,000 millones de pesos, que con el aumento de 
los últimos diez años a raznn de 1 00 millones por año, pnede 
arriijiír hoi un total de sietk mil míilones de pesos como 
total tanjible de la existencia de esto escasísimo metíU en el 
mundo. 



VI. 



I bien! De cualquier manera que m haya hecho 
el reparto de la riqueza entre sus diversas zonas, 
on el continente americano, Chile ha hecho siem- 
pre un;i figura principal en la producción de los 
metales preciosos i especialmente del oro, i si se 
toma en consideración su estrechísima área com- 
parativa, ha sido tal vez su suelo el que se ha man- 
tenido a la cabeza de la línea. Porque aquí es 
preciso tener presente que este pobre, remoto, 
oscuro i maltratado -i Reino», nunca fué tomado 
en cuenta por sí solo sino como un simple apén- 
dice del Perú, como un casi invisible satélite del 
país del sol: por manera que haciendo ahora es- 
trecha devolución, según ha quedado demostrado 
en este libro, Chile debe considerarse, por lo me- 
nos como el mas rico afluente aurífero del Perú, 
cual si fuera el Marañon o el Madera respecto del 
Amazonas. 

Como Cádiz, o mas propiamente Sevilla i su 
torre del oro, que existe todavía derruida i solita- 
ria a orillas del turbio i barrancoso Guadalquivir, 
eran el forzoso peaje del oro de las Indias, de 
igual manera, Lima i Panamá, con sns flotas de 
galeones, fueron los acarreadores i csplotadores del 
oro anónimo de Chile. 



YII. 

Tan cierto es esto último, qne cuando los escri- 
tores o viajeros peninsulares hfibliiban por acaso 
de Chile, lo consideraban solo como una mera 
dependencia i provincia del Perú, diguándose, a lo 
mas, tratarlo, como nna sola entidad, cuando los 
pcnian juntos. — «Son los reinos del Perú i Chile, 
dicen, a este propósito, los navegante Juan i Ulloa 
en sus Noticias secretas sobro la América, tan 
fecundos en minerales i plantas, que parece se es- 
moró la naturaleza en enriquecerlos en las cosas 
que pueden ser mas apreciables para el servicio 
de la vida humana, t (1) 

I como lo dijeron los dos ilustres náuticos es- 
pañoles, así lo han reconocido todos los escritores 
europeos que comenzaron, desde principios del si- 
glo actual, a pouer las cuentas a granel de los 
antiguos bajo un método estadístico i ordenado. 

VIII. 

De esta suerte, Humboldt distribuye la produc- 
ción del oro en 1803, dando en realidad a Chile el 
puesto de honor sobre el Perú i aun sobre Méjico, 



(1) JoKJE Juan i Antonio de Ulloa. — Noticias secretas 
de América, publicadas por David Barry, Londres 1826, parte 
II, cap. IX. 



— 239 — 

porque, reconociendo su total do producción de 
41,400 marcos de oro para, el Nuevo Mütido (ia- 
cliiso el Brasil), fija las fuentes principales de su 
rendimiento en este estado comparativo: 

Perú 3,400 marcos 

Méjico 7,000 (1) 

' Chile 10,000 

IX. 

Solo el Nuevo Reino de Granada que con Ve- 
nezuela formaba casi la mitad ¡del continente his- 
pano-americano, superaba a Chile (18,000 mar- 
cos); pero en realidad, hecha la cueata por el área 
de terrenos, la ventaja quedaba muí lejos por Chi- 
le. El mismo Humboldt hace subir mas adelante 



(1) Chile ofrece en su territoria el doble i singular fenómeno 
de ser al mismo tiempo rico productor ea oro i en plata. El Perú 
8Ía Potosí, sin Oniro i sin Cerro de Pasco, es decir, sin sus mon- 
tarías de plata, no habria tenido la fama universal que ha al- 
Ciinzadü, i lo mismo habria acoutecido a Méjico sin Guanujuato, 
Zacatecas i, en el presente siglo, sin Real del Monte. Pero Chi- 
le ha tenido al mismo tiempo a Aguii Araiirga i a AnJacollo, a 
Arqueros i a Caauto, a ChaúaiLÍlla i a Illapel; ea decir, que ha 
producido el oro i plata eu iu;ual abundancia. 

Respecto de Méjico, la desproporción de loa dos metales era 
tanta que Hobertson, citando a VilkseQor, a fines del siglo pasa- 
do, establece esta propurduu entre los derechos que percibía el 
rei: por la plata 7*>0 mil pesos i por el oro solo 6Í> rail pesos: 
es decir, que el oro producía menos eutrada fiscal en la Nueva 
España que los uaii)eá, porque éstos rendían 70,OUO pesos i la 
bula 150,000. El derecho de gallos producía 21,000 pesos, 



— 240 — 



la producción del oro en Chile (1810) a 12,212 
marcos (1) 



(1) El eminente químico Domeyko en su Tratado de ensa- 
yes, (páj. 320), no ae muestrn pródigo para coa Chile, paee 
aameata la producción de (Jolorabia liasta 19 o 20 mil marcos 
en la época de la colonia, i rebaja la nuestra a 11 mil marcos. 
Según esta cuenta, Chile ocaparia el tercar lagar en la jerarquía 
de la producción del oro en el Nuevo Mundo, después del Brasil i 
de Colombia; pero dedúzcase la esteusiou del territorio esplotado, 
i Chile, que es al menos diez veces menor que aquellos países, 
subirá por cien codos* a la preeminencia. 

Apropóaito de la casa de Moneda de Lima, consignaremos aqni 
un interesante dato práctico que debemos a la obsequiosa ga- 
lauteria del coronel don Demonio Fueuzalida, comimdante del 
tejimiento Santiago en la torcera toma de Lima por ius chile- 
nos. Este dato es nada menos una onza de oro fundida i sellada 
en Lima el año memorable de 1810 i que aquel distinguido jefe 
nos ha enviado, no como las famosas «pastillas de Parata sino 
a título de amistoso i buen recuerdo. 

Esta moneda es naturalrneute preciosa, no solo por su metal 
i HU calidad jenuiíia de oro americano, como el que sirvió pam 
durar la techumbre de Santa María la Mayor en Ram:V, en tiem- 
po de Felipe II, sino por su venerable feuha, 1810. 

Las iuscripciones que contiene, traducidas mas o rnéu^á, in- 
terpretativamente, dicon asi: 

Anverso. — .fbrdi^í. vrr. d. g. hisp, Er ixd. r. 1810. 

Reverso. — .AUspice. deo. i. p. lim.e. in. l'trocj. felix. 

Traducción. 

Anverso. — Fernando VII, por la gracia de Dios, Rei de las 
EspuMs i de las Indias. 

Reverso.^ — Con la protección de Dios, impera fülizmente en uno i 
otro reino, Lima. 

Es posible timbicn qne lafl letras L P. que aiguen eu el ra-' 



— 241 — 

Pero esto no obstante, la casa de Moneda de Po- 
payan no sellaba en realidad mas oro que la de 
Chile a fines del último siglo, si se comparan los 
datos que nosotros hemos estraido de sus archivos 
con los que allí tomó en persona Alejandro de 
Humboldt. De 1780 a 1795, el oro amonedado en 
aquella ciudad ascendia, en efecto, a 6,830 marcos 
por año; i se recordará que, con cortísima diferen- 
cia, esa era la misma cantidad sellada en Chile, se- 
gún en su lugar quedó demostrado (1) 



verso ii la palabra Deo, siguifiquen Imperium Pcruvianun; pero 
de todos modos lu traduocion anterior no8 parece bastante fiel i 
es hecha poi'Speraona competente. 

(1) Segiin HumboJdt ( ilajes a la Nueva España, vol. III, 
cap. XI.) el producto de las miua» de Chile se habia aumentado 
mucho hacia a fines del siglo XVUI. En IT'JO se acuñó en efec- 
to en Santiago por valor de 721.000 pesos en oro i 146,000 ea 
plata. 

De 1782 a 1786, año común, se selló solo 521,644 pesos; pero 
desde 1789 a 1S03, mas de 971,000 pesos. 

I estas cifras, que Humboldt debió comprobar en Lima, son 
las mismas que arrojan los pergaminos de la Casa de Moueda 
de Santiago. 

En cuanto a la proporción de reudimiento del oro por conti- 
nentes, he aquí, en efecto, las que fijaba Humboldt al principio 
del presente siglo. 

La Europa producía anualmente 1,297 kilogramos de oro. 

El Asia solo 53 klgs. 

La América 19,726 klgs. 

Hablando del único territorio de la America española que a 
mediados del siglo pasado aveu tajaba a Chile en oro, es decir, 
de la Nueva Granada, he aquí como so ospresabau los navegan- 

LA í. DEL o. 31 



— 242 — 



X. 



Igual i aim mas ventajosa demostración podría 
veiificarse comparando el rendimiento del oro en 



tes españoles Jorje Juan i Antonio de ülloa ea au obra varias 
veces citada (vol. I, ]>áj. 176.) 

«Fueía de las perlas tenia el reiuo de Tierra Firme en los 
tiempos pasados el renglou del oru, que se sacaba de los mine- 
rales de su depeodeacia, con el cual se auoientabaa sus riquezas 
considerablemente; parte de estos minerales están en la provin- 
cia de Veraguas, otros en la misma de Panamá, y el mayor nú- 
mero, los mas abundantes en metales, y loa que daban oro de 
mejor calidad son loa que están en la provincia del Darieu, por 
cuya razón han sido siempre estos los que se llevaron la atención 
de los mineros; mas después que los indios se sublevaron , y se 
hicieron dueQos quasi de toda la provincia, fu¿ preoiso abando- 
nar las minas, y quedó la mayor parte de ellas perdida, y redu- 
cidas las que {íudierou conservarse a solo aquellas que se halla- 
ban en las trouterag, de las <iuale8 se sacan algunas cortas por- 
ciones de oro; y pudieran ser mayores, si el temor que iufuudeu 
los indios con su acostumbrada inconstancia, y la falta de segu- 
ridad que debe haber en su amistad, no diese motivo a que, 
cautelándose los dueüos de minas de los contratiempos que 
pueden sobrevenirles, dejeu de empeñarse en el aumento de las 
tareas con la eficacia que se necesitaba para su mayor fomento. 

«Aun sin estiir espuestos al antecedente peligro, las de Vera- 
guas y Panamá, no es mayor el fomento que esperimentan, y es- 
to procede de dos causas; la una es el que los metales son poco 
abundantes en ellas y el oro que dan no de tanta lei como el do 
las del Baríc»; y la otra (que es así un'smo la mas poderosa) 
que teniendo en aquellos mares el rico producto de las perlas 
con que cuentan aquelhis gentes mas seguras las ganancias^ se 



— 243 — 

Chile por el que se sellaba en su casa de Moneda 
como el que pasaba en igual fecha por los cuüoa 
de la aduana de Potosí, porque según papeles ori- 
jinalcs que tenemos a la vista correspondientes a 
1780 el total del oro comprado en esa casa desde 
el 1." de enero al 31 de julio de ese año, alcanzaba 
apenas a 468 marcos i el amonedado en igual plazo 
solo a 1,361 marcos, esto es, casi la quinta imHe del 
fundido i sellado en Chile. El rezago de oro que 
habia quedado del año anterior en la callana 
de la casa de Moneda de Potosí, según las cuen- 
tas del visitador don Jorje Escobedo, que vi- 
no por esa época a Chile, i trajo de escribiente o 
secretarií.» a un joven natural de Moquegua, que 
fué padre de Manuel Rodríguez, habia sido de 1,327 
marcos, cantidad mínima que al precio do 128 pe- 
sos 32 maravedises, importaba 170,034 pesos. El re- 
zago de plata apenas pasaba del doble. A ese punto 
habia llegado el paulatino decrecimiento de Potosí: 
— 51,638 marcos a 8peso82 r, o sea 413,486 pesos! 



XI. 



Pero la comparación positiva i numérica (por- 
que este es el sistema demostrativo que ahora per- 



Iplicau a él, prefiriéndolo al pro de las minas, mas costoso de 

'adquirir, pero uo por esto dejan de trabajarse algunas, anuque 

pocas, 8Íu las que ya se han dicho de las fronteras del Daritu.» 



seguimos) que restituye a Chile toda su pujanza 
aujíferai esplica en gran manera la fama adquiri- 
da a costa nuestra por el Perú colonial- -«Es un 
Perú, J> — es el parangón de lo que redituaba en oro 
la famosa casa de Moneda de Lima respecto de la 
de Santiago. 

Cutálquiera, dadas las condiciones i la forma de 
loe dos paises, se imajinaria que la amonedación 
del oro del Perú, comprendido Quito i todas las 
zonas de aquel vireinato, que abarcaba la mitad de 
los dominios del reí de España en el Pacífico, se- 
ria diez, quince o veinte veces superior a la de 
Chile. Pero sin contar con el dato ya a2:)untado, 
que establece, bajo la fe i la inspección personal 
de Humboldt, la superioridad de Chile en produc- 
ción, un viajero que visitó el Perú poco después 
que el sabio alemán, el ingles Helras, afirma que 
el oro amonedado en la casa de Moneda de Li- 
ma en 1789 ira2>ortó 766,768 pesos i subió en 
1790 de 6,038 marcos (1) 

(1) Voyages davs C Amérique méridionale par Antoine Za- 
carias Helms. — \%\5. 

Hablando de las condiciones desfavorables en que se encon- 
traba Chile i el Perú respecto de Méjico para la producción de 
los metales preciosos, el viajero ingles, que era hombre perito, 
se espresaba en los sigHientes términos en la páj. 75 do su libro. 

«Si le Perou, le Chili et Buenos Aires, jouisaaient des mémes 
avantages dont jonit lo Méxique, je soutieus que le Pérou mé- 
me, oü tout est encoré dans la confusión ot le cabos, pourrait 
fournir anuellenient quatrefois plus d' argentquele Méxiquc.» 



-SIS — 

Ahora véase en la pajina respectiva de este li- 
bro (de la 168 a la 180) las cifras que correspon- 
den a la casa de Moneda da Chile en igual época, 
i se estimará lo que era en realidad este pais co- 
mo productor de oro respecto del Perú. 

XII. 



Asombra ciertamente leer en los documentos 
inéditos del vireinato del Perú la manera como 
hasta en el último tercio del pasado siglo acarrea- 
ban sus galeones i sus navios de rejistro por el cabo 
de Hornos los tesoros reputados propiedad esclusi- 
va de aquel pais, porque en sus partidas de rejistro 
no se nombraba jamas a Chile ni sus puertos sino 
al Callao. Desde 1761 a 1775, se trasportaron en 
efecto en solo 45 cascos 71.677,526 pesos cinco 
reales i un cuartillo, según la prolija cuenta de 
Amat, Pero j cuántos de esos valores habían sido 
arrancados por los oscuros i humildes colonos de 
este reino a sus entrañas! 

Entretanto, i como cosa digna de curiosidad, pu- 
blicamos por la primera vez la siguiente lista del 
movimiento naval del Pacífico en cuanto al acarreo 
del oro i la plata hajo partida de rejistro (que no 
era sino lo que hoi se llama el conocimiento de 
embarque) i que consta de la siguiente nómina 
de barcos i de millones conservada por el virei 
Amat en sus Memorias inéditas depositadas en 




CANTIDADES REMITIDAS DESDE EL PUERTO DEL CALLAO 

A LOS DE ESPAÑA DESDE 1761 A OCTUBRE DE 

1775 EN LOS SIGUIENTES NAVIOS Dtí 

REJISTRO: 

Aü.0 17GI La Galera esperanza "1 

» 3> Nuestra Señora del Pilar... > 4.648,899 $ 6 rls. 

3> t> El Toscano :. ) 

» 1763 La Ermiona de S. M. (de" 

guerra).. .... ...... 3.507917 , 3^ » 

» j> Los Farajea (alias) la Con- ' ' * 

cepcion 

» 1763 San Migad \ 930,239 J> 7¿ » 

j> 1764 La Liebre de 8. M. (de^ 

. . E^^:^:::::::z::::\ 5.612,980.3 . 

» í El Torero 3 

I. 1765 La Ven/.ura..,. | .5.224,760 i, 4i » 

j) 3> Los ríaceres J ' * 

» 1766 La Concordia 1 a^a^^A1a ^ nz -^ 

y> El Gallardo j 6.127,479 * 7| » 

» 1767 La Famosa 

» » La Ventura 

» » El Águila 

» » El Matamoros } 6.588,367 » 4^ » 

» i> El Toscano 

» S) El Peruano de S. M. (de 

guerra) 

» 1768 Santa Bárbara \ 

» » La Concordia f ,< 70^ o^ri * li » 

r> D /ÍÍÍJwí;» Cü^-íÉ-iíJ ( 4.734,871 J> U » 

» í El Rosario '. 1 

» 1769 El Águila ) 

» » San Miguel ¡- 5.430,911 1» 4^ » 



Año 1770 


9 


S 


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9 


J> 


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1771 


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1772 


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1773 


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» 


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1774 




» 




I 




1775 




9 




S 



— 247 — 

La Qaiga ^ 

La Aurora / 

La Concordia .., V 4.543,537 $ 5^ rls. 

El Hercules i 

El Diamante J 

No hubo rejistro | 

El Setetitrion de S. M. (de 
guerra) 

írir;íd.M.±::;::'> »-w3,co3.4, . 

La Liebre kl. id 

Santa Rosalía id. id 

Eí Príncipe "i 

El AquUes y 5.812,500 » 4 » 

El Toseano — J 

La Industria de S. M. fde ^ 

guerra) ( 5.015,916 » O » 

La Liebre id. id............. ^ ' 

El Águila 3 

El Astuto 1 

El Buen Consejo > 4.275,540 » 7| » 

El Hércules j 

Total 71.677,526 $ 5^ ría. 



XIV. 



Se habrá notado seguramente por el lector que 
este prodijioso raudal de oro salia de nuestras cos- 
tas, con de.stino muchas veces a naufragar i otras 
a ser capturado por los ingleses, como las famosas 
cuatro fragatas de Cádiz de 1804, en solo tres o 
cuatro buques por año, i en ocasiones en menos. 
En 1766 la Concordia i el Gallardo condujeron en 
su bodega 6.127,479 pesos, o sea mas de tres mi- 
llones cada uno. Ah! Si lo hubieran sabido los in- 
gleses!.... 



— ¿48 " 



XV. 



Decíamos hace poco que parte no pequeña ele 
esos tesoros trasportados a España mas o nieuos 
de la misma manera que los vapores de la com- 
pañía inglesa remiten hoi a Liverpool i a Burdeos 
los cueros, la lana i el trigo de Chile, correspon- 
dían de justicia a la estadística de nuestro país, i 
en efecto Chevalier, haciendo la distribución del 
oro i de la plata con parca mano fijaba a Chile en 
su estudio de 1846 las siguientes cantidades a uno 
i otro metal. 

Plata producida por Chile antes de 1810 — 
30,0000 kilogramos: ^Oro 217,000 kilogramos; o 
sean 4,739 quintales 13 libras de oho dieecto i re- 
jiSTRADO, por solo 652 de plata. 

XVI. 



Quédanos todavía por demostrar, mediante un 
cuarto método, la incalculable riqueza aurífera de 
Chile en su edad de oro, es decir, mediante su le- 
jislacion sobre el oro, equivalente al contrabando del 
oro; i a esta interesante tarea consagraremos el 
breve capítulo que va a continuación del presente 
i como su comprobación lójica i sucesiva. 



CAPÍTULO IX. 



LAS MERMAS DEL ORO EN GHILE. 

Cansa? que fomontaron el cont rabando del oro en las Indias.-— Impuesto del 
22 por ciento. — Cómo se repartian estas gabelas. — El quinto del rei> — 
El uno i medio de Cohoit. — La quiten i graves sucesos a que dio lugar 
en Chile a principios del siglo XVIII. — Protestas de independencia ea 
1778. — Los chilenos consiguen la abolición de este impuesto en 1803.— 
El impuesto de acería i enérjicas protestas a que dló luíjar. — Los mer- 
caderes santlaguinos cobran la «aparta» del Oro i de la plata; pero se 
oponen a que se establezca un banco de rescate —El cacao de oro i pa- 
ra que servia — Seis causas de detrimento para la industria del oro en 
la época de la colonia — Los pleitos.— La cangalla i la pena de muer- 
te — ^Penaría i carestía de capital i de utensilios.— Falta de pr< teccion 
pública. — Benéfico gobierno del presidente Manso, i sus frutos. — Bajo 
precio del oro por Hs imperfecciones de su elaboración i las artes da 
ios mercader.ts da Lima.-»Dosap3,ricion completa de los indios de enco' 
mienda. — Los precursores de Paraff — El fraile Andia i su secreto de 
millones. — Los químicos Blanco i Palazuelos. — Termina con la indepen- 
dencia la edad del oro en Chile, i motivos por qué continuamos nuestra 
tarea mas allá de esa época i dj nuestra promesa. 

«L'oro é il metallo che piú abbotida nel 
Chili. non vi ha, per cosí diré, un monte, 
o un colle, dovo non ñ trovi in maggiore 
o in minore quantitá; perfino fra la pol va- 
re delle pianuré, e piú fpesso fra la fabbia 
dei ñume, dei torrenti incontrafí questo 
metallo.» 

(MoÚN'A, Storia Naturatle, lib, II, páj. 108) 
LA E. DEL O. 32 



— í¿50 — 



Hemos comprobado la abundancia del oro de 
Chile en sus crisoles, en sus asientos reales, en 
sus ensayes químicos i en sus leyes jenendes i 
comparativas de csportacion i de comercio. 

Cábenos ahora la tarea de justificar nuestros 
asertos, exhibiendo en sustancia la lejislacion del 
oro, es decir, sus gabelas i sus fraudes, o lo que 
tanto vale, su necesario e inevitable contrabando, 
resultado lójico de aquéllos. 



11. 



En diversos lu£cares de este libro hemos mani- 
festado que por la avara lejislacion española el 
minero de oro de las Indias iba forzosamente a 
medias con el fisco, a virtud del quinto que pa- 
gaba por impuesto al rei. I ya se calculará, da- 
do el carácter español, indómito i enemigo de 
suyo de la lei, si el minero suelto de Chile estarla 
dispuesto a someterse a pagar de buena gana la 
quinta parte de su ganancia a S. M.: veinte pesos 
sobre cada cien! 

Por esta sola causa i cortapisa el contrabando 
del oro, sustancia dúctil i casi microscópica, era 
universal i es apenas un dato inductivo el del oro 
que se quintaba por los tesoreros reales o se com- 



— 251 — 

praba por los fundidores en las casas de amoneda- 
ción. Por lo que acontecia antes con el diezmo, que 
no era del rei sino do Dios, quien de ello tomarla 
cuenta, i por lo que acontece todavía con las bulas 
que son de las ánimas del purgatorio, i las primi- 
cias, que son, mas que ofrendas, trampas hechas al 
altar, i no obstante las llamas vivas del infierno, 
se dejará ver lo que seria aquello del veinte por 
ciento del oro, la materia de mas fácil contrabando 
que existe en el orbe. Don Manuel Salas, como se- 
cretario del Consulado de Chile, da cuenta en una 
memoria que publicó el Mercurio de Valparaíso 
en 1843, que en la cordillera de Uspallata se per- 
dió un correo con cuarenta mil pesos en oro que 
llevaba sobre su cuei-j^o... Un peón o un arríero 
chilenos podian contrabandear, por lo menos, 
igual suma en un dia i hasta en una hora. 



ni. 



Los viajeros españoles Juan i Ulloa estimaban 
por esta razón el contrabando del oro en la pro- 
porción de 3 a 2; pero Robertson, que, era a virtud 
de su nacionalidad, mas sincero i no menos bien 
informado, estima que el contrabando del oro en 
las Indias representaba por lo menos la mitad de 
la producción. Molina iba mucho mas lejos cuan- 
do a fines del siglo pasado ascfiuraba que la pro- 
ducción del oro era de 4 millones de pesos; i bue- 



or.Q 



nos motivos tendría para decirlo, conviniendo no- 
sotros en esto con el sabio talqiiino, i defendién- 
dolo del cargo de ^ponderativo*, que por ese ca- 
pítulo le dirijió su amigo el sabio Humboldt. (1) 



IV. 



Pero el 20 por ciento no era suficiente a la ro- 
jia insaciable codicia de España; i Carlos V, na- 
da mas que por agradar a su secretario Cobos, lo 
regaló el uno i medio lyov ciento del oro, impuesto 
inverosímil que se llamó «de Cobos» por su primer 
usufructuario, I con esto la tasa jenevíd del oro 
era de 21 i medio por ciento. En Chile el uno i 
medio de Cobos rendia a mediados del siglo pasado 
15,000 pesos al re i. 

Aplicábase esa pauta a todas las Indias, Mas 
los infelices mineros do Chile se vieron forzados a 
sopoitínr otro jcnoro de odiosos impuestos locales 
que aumentaban el tributo hasta un 22 por cien- 
to; i entre aquellos señalaremos solo estos dos: 



(1) Según Molina, el oro que en Chile se pasiiba /jor alio, o 
«se eatraviaba para Buenos Aires,»csttunJü ii la esjireaiou del virei 
Atuat, asceutUa sobre cuatro niillones a 2.750,000 pt'SüB, Pero 
ea esta cantiilad cataba compreniUdu el i]Utí se destinuba a vaji- 
lla, juyart i otrua usua uiiseíos a tpiu tan afectos eran loa criollos 
utacricttuos. 



— 253 — 



El Humado de quilcajquQ crasolo im fastidio, i 
el de averia, que era de uno i cuarto por ciento 
sobro la pUita i do medio por ciento sobro el oro. 



VI. 



La qnilca, mas que una contribución era una 
impertinencia, a virtud <lc la cual los tesoreroa 
por sellar cada tejo que se les presentaba, cobraban 
cuatro reales de impuesto. I de la resistencia cons- 
tante i enérjica que los santiaguiuos, hijos i nie- 
tos de vijícainos i del país de los Fueros, han 
opuesto siempre al fisco, se recuerda en un libro 
manuscrito que nosotros tuvimos (i porque nos lo 
robaron no lo tenemos hoí) un caso curioso ocu- 
rrido al caballero don Domingo de Valdés, sue- 
gro del conde don Mateo Toro Zambrano, el mis- 
mo que con BU injente caudal contribuyó ostento- 
samente al edificio de la actual iglesia de la i\Ici'- 
ced, donde descansan sus cenizas. I el caso fué co- 



mo sigue: 



Presentó el caballero Valdés a los tesoreros 
reales en un día de noviembre de 1726, cuando no 
existia sino en escondidos deseos la espectativa de 
una caaa de Moneda, cierta cantidad de tejos de 
oro que pesaban 15, 20 i hasta 2i3 libras cada uno, 
i por apHearlcs su real sello los tesoreros exijierou 
cuatro reales por tejo, a título de qailca; i de aquí 
la disputa i el enojo. Siguióse en consecuencia un 



— 254 — 

espediente de cuarenta fojas, i como siempre el 
mercader perdió su pleito contra el rei. 

Rejia este nimio pero odioso impuesto, en coa- 
secuencia, a fines del siglo XVIII, i en un dia de 
1781 (el il de julio) reuniéronse airados, hace de 
esto justo cien años, los comerciantes de Santiago 
en casa de su presidente i juez de comercio don 
José Pérez García, el historiador, i firmaron una 
acta solicitando la abolición del repugnante im- 
puesto de la quilca. En materia de palabras ento- 
nadas contra el rei i sus gabelas no se quedaban 
cortos los chilenos treinta años antes de la inde- 
pendencia. 

YII. 



Aplicóse también al oro de Chile en el último 
tercio del pasado siglo el impuesto llamado de ave- 
riu, el cual existia antes como una especie de se- 
guro para el comercio jeneral de flotas i galeones. 

Ocurriósele, en efecto, al comercio de Lima cuan- 
do vino la famosa espedicion de Cevallos contra 
los portugueses al Rio de ia Plata, prestar al réi 
para este gasto millón i medio de pesos en 1777; 
i a fin do resarcirse de su adelanto, i acostumbra- 
dos las limeños de aquel tiempo a hacer con los 
chilenos i aun con los arjontinos lo que los niños 
con sus volantines, les impusieron la contribución 
de medio por ciento sobre el oro. 



— 255 — 

Eíiérjicos i hasta sígaificativos de graves suce- 
sos venideros fueron los términos en que los veci- 
nos de Santiago, puestos de acuerdo con los de 
Buenos Aires, reclamaron contra aquel escanda- 
loso abuso del Consulado de Lima en una junta 
especial que para el caso celebraron el 11 de junio 
de 1775, día, a escondidas, precursor del IS de 
setiembre de 1810. 

«El consulado de Lima (así dice el acta oriji- 
nal) no lia podido tenernos presente solo para coar- 
tar la libertad de nuestros jiros i deprimir la esfera 
de nuestras negociaciones, siempre que los cdos o 
los discursos le presentan oportunidad. I todo esto 
sucede en fuerza de la odiosa plenitud de poder 
con que hasta ahora ha ojjrimido a este comer- 
cio, i que quiere aun mantener después del Beal 
Rescripto de independemcia que queda referido, u 

vm. 



Aludía el gravo acuerdo que precede, a una real 
cédula de 1767 por la cual se habia mandudo crear 
en Chile, a ejemplo de Bogotá i de Méjico, un 
tribunal de alzada, independiente del Consulado 
de Lima, el cual era una especie de reí chico del 
Pacífico. Mas, el espíritu de las palabras que he- 
mos citado, i las palabras mismas, son a la verdad, 
nna justificación de lo que en otra parte dijimos, 
esto es, — que el oro pesó mas en la balanza del 



••"f^ 



— 256 — 



año X., año por cscelencia de oro, que l& idea je- 
neradora de la independencia. Mas, por ventura^ 
el oro no es también idea? 



IX. 



El derecho de averia continuó, sin embargo, co- 
brándose implacablemente. Los aijentinos, que de 
ordinario iban a nuestra vanguardia, lo hicieron 

4 

Suspender en 1793; pero en Chile se ejercitaba 
con pleno vigor en 1800, año en que el Consula- 
do establecido ya en Santiago solicitó su abroga- 
ción. Vino esto a ser concedido solo por real cé- 
dula de 22 de octubre de 1803. 



X. 



En un sentido diferente, pero dirijido a los mis- 
mos fines de espoliacion, los ensayadores de la 
casa de Moneda aplicaban al fisco (o a ellos mis- 
mos) el valor de la plata que estraian del oro i 
que. en el metal de Chile se estimaba en una onza 
por cada libra. Ya el famoso Pagoaga habia 
verificado en Méjico el descubrimiento que le hi- 
zo merecer el título de «marques del Apartado,» 
sistema que hoi se ha llevado a tal perfección que 
hasta de la moneda vieja sacan un milésimo de 
oro con provecho los laboratorios de afinación 
en Europa. Pero los tesoreros reales de la casa de 



— 257 — 

Moneda no se daban cuenta de tal maravilla, i en 
junta de comercio, celebrada en la casa del mer- 
cader decano don José Pérez García el 8 de 
agosto de 1782, se solicitó, ignoramos con qué re- 
sultado, que se abonu83 por el rei la aparta de la 
plata que los ensayadores sacaban del oro. 



IX. 



Justo es también reconocer aquí que los celos 
de perro de hortelano que los mercaderes de San- 
tiago mantenían eutre sí, como sucedió en el caso 
del marqués Huidobro, no oran parte a aliviarlos 
de suB cargas, porque liabiendo solicitado en 1776 
el caballero don Juan José de Santa Cruz, segua- 
do o tercer abuelo de un liéroe malogrado, que se 
le permitiera establecer en Chile un rescate de 
plata i oro, en el cual los particulares habrían ob- 
tenido las ventajas de la competencia, se opusie- 
ron todos sus colegas en masa, apellidando mono- 
polio lo que era redención. 

Hubo con este motivo uua acalorada junta de 
comerciantes el 28 de febrero de 177(5, eu la que se 
dio por argumento en contra, «la escasez de plata 
sencilla», i tirniarou don Lorenzo Gutiérrez de 
Mier, don Domingo Muñoz de Salcedo, don Cele- 
donio de Villota, don Pedro Palazuelos, don Anto- 
nio de la Lastra, don Juan Anjel Bereuguer, don 
Miguel Pérez de Cotapos i Villar, éste con pulso 



LA E, DEL O. 



33 



— 2ÓS — 

"trémulo do ariciiiuo, don Agiistiii de Taglo, ol uiía- 
ijio que vendiii el fierro a precio de oro (20 pesos 
por quintal), don JotíéPert'íi Gareia, don José Ha- 
mirez i don Salvador de Trucios, en. una palabra, 
la flor i nata del caudal i de la prosapia vizcaiua 
en Santiago de Chile. (1) 

XII, 

I con esto que llevainos dicho sobre las gabelas 
jenerales i locales del oro, podrá el lector valori- 
zar en su conciencia si los chilenos de antaño pa- 
gaban con fidelidad su tributo al rei, i si era el oro 
quintado solo la mitad, la cuarta parte o solo el 
quinto del oro que producía de s\iyo la agradeci- 
da i rica tierra. 

Nada era por esto mas camim que el oro pasa- 
se directamante de la boca da la mina o de la ba- 
tea del lavadero a sus dueños, i así, en crudo, en 
polvo, lo llevaban haata España en las gavetas. 
Hablando el opulento comerciante don Francisco 
Javier Errázuriz (abuelo del penúltimo presidente 
de Chile) a un hermano que tenia en Lima de otro 



(1) El arguQieuto de la plata sencilla no dejaba do tener al- 
gnn valiinieutr", porque a mediados del presente siglo no era 
cosa sencilla cambiar una onza de oro en peaetns, reales, medios 
i cuartillos Ae carita, ni aun por suda plata de cruz o macuqui- 
na. El premio que entonces se pagaba era el de dos reales por 
cada 17 pesos, o sea algo como el uno i medio de Cobos. 



— 859 — 

lerraano de ambos que fué canónigo (el doctor 
don José Antonio Errázuriz), de las dilijencias 
que para obtener su prebenda iba a hacer perso- 
nalmente a España el último contra sus rivalctS 
de oposición en la cátedra, los doctores Palacios i 
Arteaga, le decía desde Santiago:— t El 20 de 
abril de 1783 salió para Buenos Aires José Anto- 
nio, a disputar la canonjia doctoral en Madrid. 
Va con muchas recomendaciones, i lo que és mas 
con harto cacao. ...y> El cacwera el oro en polvo, el 
mismo cacao que llevó a Roma el canónigo Cien- 
fuegos; i así como el presbítero Errázuriz vino a 
sentarse en el coro a título del cacao servido en 
las bruñidas chocolateras de Madrid, de igual 
suerte el digno cura de Talca i condueño de las 
minas del Chivato, volvió de Roma unjido obispo 

de Rétimo, cuarenta años mas tarde Efectos 

del cacao de Chile, es decir, del oro 

XIII. 



Causas económicas de orden diverso pero no 
menos eficaces que las mencionadas, contribuían 
también de consuno a embarazar i limitar la pro- 
ducción del oro i, entre otras, figuran en primera 
línea estas seis: 

I. Los pleitos. 

II. La cangalla. 

III. La penuria de capital i utensilios. 

IV. La folia de protección pública. 



f 



— 260 — 

V. El bajo precio del oro. 

VI. La estincion de las encomiendas. 

XIV. 

Lo» pleitos, porque si los hombres, i en espe- 
cial los chilenos, pelean poruña raja dé leña en la 
montaña o un almud de trigo en la era, o lo que es 
mas comuD, por una cerca vieja en los potreros, por 
el oro han acostumbrado matarse. — California en- 
jendró junto con el oro el revolvt'r, esto es, el arte 
de matar aprisa. — «Está también de manifiesto, 
decia un acuerdo del comercio de Santiago del 4 de 
enero de 1754, que si alguna mina descubre buenos 
metales, la codicia de todos lo reduce todo a pleitos, 
en cuya profesión se gasta mas de lo que se da.» 



XV. 



La segunda plaga del oro, después de la del papel 
sellado, de los tinterillos i de los abogados «los 
doctores Las Peñas» del coloniaje, era la cangalla, 
i el robo de metales en las canchas de las minas. — 
Ya hemos dicho como se perseguía este fraude en 
Copiapó a mediados del siglo pasado; pero contra 
la tentación del oro en polvo no hai al parecer 
remedio humano.— El rei, es cierto, castigaba al 
que le robaba en sus canchas, es decir, en el vo- 
lante de la Moneda, con la pena de muerte. Pero 



— Bel- 
los pobres mineros de Chile no eran reyes para 
defenderse con. lu horca. I era mucho que tuvieran 
a su disposición el rollo.... (1) 

XYI. 

La tercera causa eficaz que esterilizaba la pro- 
ducción del oro en Chile no era en realidad la es- 
casez de operarios, que abundaba en el reino según 
las palabras del tesorero Madariaga, sino con 
mucha mayor eficacia su ignorancia, su falta de 
capital i de utensilios, junto con la tiranía de los 
cambistas 'que imponían a los infelices labriegos 
la leí de su usura o su capricho. No había compe- 
tencia, porque había monopolio. 

No tenían, ala verdad, masmedioáde producción 
los mineros de aquel tiempo que la barreta cuando 
el fierro costaba tanto como la plata, ni mas ma- 



(1) «En cédala de 22 de marzo de 1786 se mandó ejecntar en 
Indina la pena de muerte que las leyes de Castilla imponen con- 
tra \(m operarios y empleados de las casas de moneda de Indias 
que roban el oro o plata de ellas. 

»Pero debe tenerse muy presente, que sacedido posteriormeote 
en la misma casa de Méjico donde acaeció el robó qne motivó la 
anterior resohioion, otro de unos pedazos de rieles, S. M. en cé- 
dula de II de junio de 1792 se sirvió declarar, que la pena de la 
ley Je Castilla no comprende /¿)í robos de metal en pasta, ?'mo 
la saca de moneda empezada y no acabada y librada por el te- 
soro, y quo en este delito y no en aquel debe solamente ejecu- 
tarse la pena capital, conforme a laleiu - {Leijcs de Indias, nota, 
3.' al t. 2-¿, lib. 4.") 



— ¡362 — 

quinaria que el trapiche primitivo, ni mas utensilio 
que la batea, ni mas capital que su sudor, ni mas 
cajón de seguridad que el buche de las gallinas, 
preparado para convertirlo en diminutos receptá- 
culos de oro cuando no eran las criadillas de los 
carneros o el cañón de las plumas de ganso los 
que le servían para almacenarlos... 

Por lo jeneral, los mineros trabajaban personal- 
mente sus labores, por temor de que los peones 
les robasen el oro, como aconteció en el caso famo- 
so de los siete escomulgados del Bronce de Petorca. 

XVII. 



Ni g1 gobierno jeneral del reino, i ni los avaros 
correjidores de partido, se preocupaban tampoco 
en lo menor de ofrecer algún intelijente estímulo a 
la industria; i hai constancia de queden tiempo del 
presidente Concha, a principios del siglo XVIII, 
no se podían beneficiar las ricas minas de plata de 
San Pedro Nolasco en el cajón de Maipo, porque 
nadie se cuidaba de hacer venir azogue de Huau- 
cavélica, que era monopolio del rei i de Potosí. 

Solo durante el gobierno del ilustre Manso, el 
mejor i el único administrador que tuvo la Espa- 
ña en Chile, con escepcion de don Ambrosio 
O'Higgins, se concedió algur.a atención a] laboreo 
i réjimen de las minas de oro, según lo notamos al 
hablar de Copiapó, en 1740. «Todas estas minas 



—'263 — 

de Chile, decían j^or e^te motivo con jnsticia en 
sus Noticias secretas los viajeros españolea tantas 
veces citados, que en esa misma época visita- 
ron este reino, estuvieron totalmente abandoiiadas 
liasta que en los años de 1728 empezaron a ha- 
cerse en ellas algunas labores: estas fueron ade- 
lantándose poco a poco, i entrando la emulación 
entre aquellas jentes, procuraron poner corrientes 
muchas de las que estaban entregadas al olvido i 
a la omisión.» (1) 

I esta era la cuarta causa del abatimiento de las 
minas de oro. 



XVllI. 

Figura como la quinta causa del atraso de la 
producción en suelo tan rico de suyo como el de 
Chile en pastas metálicas, el bajo precio que en 
primer término los cambistas locales i en seguida 
los mercaderes de Lima pagaban por su rescate de 
oro al infeliz minero, a título de que el metal no 
era bastante puro i acendrado, o porque en reali- 
dad los mineros de aquel tiempo no sabian resfo- 
gar sus pinas por los métodos adelantados que hoi 
se emplean. Uno de los medios mas usuales para 



(1) Obra citada, páj. 568. — ¡Seguu Madariaga,loa ejuintos rea- 
les que áutes de esa época estaban arrendados en el obispado de 
Santiago en la miserable suoia de 4,500 pe.sos, se remataron por 
algo mas del doble, esto es, por 9,188 pesos duante el gobierno 
de Manso. 



— 264 — 

di'purar el oro i estraer el azogue de la amalgama, 
era escupir con tabaco las pellas al machacarlas en 
una piedra, a fin de «botar las mugres;» i por este 
beneficio, que muchos practican todavía, se com- 
prenderá cuan intenso era el atraso de la industria 
del oro i cuan crecidas sus mermas. No por esto 
dejaban de lucrar con él el minero, el cambista lu- 
gareño, el mercader de la capital o del puerto, el 
naviero i, sobre todo, el feudatario limeño. A la 
verdad, era Lima en esos años el pozo i el arca 
que absorvia toda la sustancia de este suelo escla- 
vo suyo, que hoi se ha trocado en vengador i en 
señor. — «No es obstáculo la merma del oro, de- 
cían a este propósito los autores de las Noticias 
secretas de América, para que queden ganancias 
muí suficienies para los que compran oro en Chi- 
le i lo llevan a vender a Lima.» 

xrx. 



La sesta causa que in£uyó, aun dentro de la co- 
lonia i de sus escasísimos medios de esplotaciou, 
cu la disminución del oro, fué la casi absoluta es- 
tincion queesperimentó el trabajo servil por el aca- 
bamiento total de los indios de encomienda desde 
la medianía del siglo XVIII. En un artículo que 
en 1878 publicamos sobre el orijen del nombre de 
Chile (1), dimos cuenta de la mísera condición que 

^1) Relaoiones Históricas. 1." serie. 



— 265 — 

arrastraban a principios del presente siglo lospue- 
blos de indios, que mas bien debieron llamarse cco- 
munidades de libertos.» Mas para que el lector se 
forme una idea dir los Cátragos que liabian hecho 
en la raza indíjeua desde Copiapó al Maule las vi- 
ruelas i el látigo, la codicia i el oro, será suficien- 
te recordar aquí el dato inédito que apunta el 
tesorero ]\ladaríaga en su relación citada, se^jun la 
cual, en 1744: los mayores feudatarios de Santiago 
tenian en sus haciendas indios de encomienda en 
la forma que vamos a espresar. — El marques de 
Villapalraa, don Diego de Encalada, 33 indios en 
Codao. Don Diego Salinas, en la Angostura de 
Paine, 3. Don José Aldunate en Chada, 4. Don 
José Nicolás de la Cerda, 3, i don Juan Francisco 
Larrain en Acúleo, un indio.... I en esto habían 
venido a parar los diez mil, los veinte mil, los cien 
mil, los «doscientos mil indios de encomienda» i 
sacadores de oro de que hablan lo.s viejos cronis- 
tas en diversas comarcas de Chile! 

XX. 



No concluiremos este capítulo, destinado mas a 
las curiosidades del orp que a sn producción i a 
6U estadística, sin mencionar siquiera algunos de 
los predecesores que en materia de inventos o de 
hallazgos de oro tuvo ul insigne químico alsaciano 
don Alfredo Paraff en el último tercio del siulo 



LA K. DEL o. 



34 



«inconvertible» en que vivimos, 1 entre los pri- 
meros de aquellos augures do las ciencias incóg- 
nitas figura un friilla qu?. no os ni ol que inventó 
la pSlvor.i en Friburgo ni aquel fain^-jo cura 
de Potosí, Alonso de Birba, por cnyo libro ofre- 
cieron, en la época de la aurífera locura, hasta cinco 
mil pesos, por tenerlo, i hasta mil solo por leej'lo 
en veinte i cnatro bonis (histórico), sino un astuto 
monje de Santiago llamado fr¡ü Domingo de An- 
dia, quien, deseando probablemente ir itde guerra» 
a España, es decir, sin pagar pasaje en los galeones 
del rei, ahorrándose tres mil ducados, que era el 
precio de un camarote con derecho a dos años de 
ración, escribió a S. M. una carta por el año 1618, 
anunciándole que, si lo llamaba a sus reinos, le 
revelarla un secreto por el cual lucrarla su exhaus- 
to erario dos millones de ducados en cada año i por 
termino indetinido. 

Era ol soberano austríaco de aquella época el 
beato don Felipe III; pero no cayó en la trampa 
del fraile mercedario con la facilidad que otros 
en la del hábil químico de Muí usa, porque S. M. 
escribió al gobernador de (Jhile, el buen don Lo- 
pe de Lemus, que también era beato, no le envia- 
se al fraile (tporque agora (así dice una real cé- 
dula de 3 de junio de 1620 que existe en el ar- 
chivo de la Curia de Santiago) no conviene que 
este relijioso venga a estos reinos». Pero al mis- 
mo tiempo agrega, con la sospecha del que codi- 



— 267 — 

cía i espera... (ique será bueno reducir el fraile mis- 
terioso a elausiu-ív para arrancarle su secreto, bajo 
precepto de obediencia, i si por esc camino nada se 
obtuviese, habría de ocurrirse a medios persuasi- 
voa, haciéndole ver, que se tendrá de él la cuenta 
que es justo i se le agradecerá "como lo verá por 
los efectos»... Concluía el cauto reí recomendando 
a su Kigarteniente en Chile pusiera manos a la 
o1)ra con urjencia, tanto cuanto <íla necesidad 
obligan 

XXL 



Mencionan también otros papeles que orijina- 
les tenemos a la vista i de diversa proccdenei.i, n 
un don Miguel Blanco qae pidió permiso i plazo 
de dos años al virei Gnií-ior para fundir metales 
preciosos a fuego; un apreciable caballero de San- 
tiago que propuso al presidente ü'Higgins el be- 
neficio de las mismas sustancias por medio de uu 
menjurje pnrccldo a la lejía, i al caballero don Jo- 
sé Joaquin Fernandez de Palazuelos, que en 1778 
pasó a Potosí para venir a enseñar a los copiapi- 
noR el arte de Alonso do B-irba i que, sin la fama i 
el lustre de su maestro, murió como Tiian G-odoi, 
en suma indijencia i en la patria del último, en 
1783. ¡La eterna opaca estrella que alumbra a 
los descubridores! 




ísto, que mas pertenece al remo 
de la plata que al del oro, habremos de ocupar- 
nos en libro por separado, coaforme a nuestra 
promesa, así como de las curiosas pruebas i mali- 
cias a que dio lugar la enseñanza técnica de la 
esplotacion i beneficio de aquel metal en Potosí i 
en Lima, arte que vino a enseñar a los criollos ame- 
ricanos el insigne mineralojista alemán i barón de 
Nordenflyclit, cuyos nietos vagan hoi, como el Fer- 
nandez Palazuelo de Potosí i como el Juan Go- 
doi de Chañarcillo, a manera de sombras entre 
las sombras. 



XXIII. 



Debiéramos, por el orden, la lójica i la carátu- 
la de! presente libro ponerle aquí término, por 
cuanto hemos llcsíado en el camino de las demos- 
traciones i do las pruebas a la cima reluciente en 
que el oro de Chile ostentó su mayor edad i su 
mayor pujanza, en aquel año del presente siglo 
que se ha mirado como la cuna de la independen- 
cia política de la república. 

En esa cima culminó la edad de oro a que es- 
tas pajinas están consagradas; i si hubiéramos de 
descender por la pendiente llevados solo del pro- 



— 289 — 

pósito, a nuestro ánimo vedado en lo absoluto, de 
aconsejar empresas temerarias o prestar alas a 
sórdidas especulaciones, de seguro no pasaríamos 
adelante, dejando así fielmente cumplido nuestro 
empeño para con el lector i el patriota, con el 
minero i el lejislador. 

Mas como los posteriores descubrimientos de 
California, de Australia i de la Nueva Zelanda 
han sido hechos i esplotadoa bajo leyes, costum- 
bres i sistemas enteramente diversos de loR que 
rijieron la esplotacion servil del oro de Chile du- 
rante sus tres períodos de crecimiento, que se 
dilatan desde Diego de Almagro adon Mateo To- 
ro Zambrano — el Descubrimiento — la Conquista 
— la Colonia, — será fuerza prolonguemos todavía 
un tanto nuestra fatiga, a fin de sacar airosa, sino 
triunfante, la innovación nacional que hemos pro- 
puesto a una rama del Congreso, i cuyo proyecto 
dé leí es el motivo i la eficacia esclnsiva de este 
libro. 



CAPITULO X. 



LA DECREPITUD DE LA EDAD DEL ORO EN CHILE. 

Influencia esterilizadora de la guerra de la independencia en la producción 
del oro. — Ocullacion de capitales i disminución de lirajios.— Decreto de 
Ja jiinlu de 1813 en favor de Ins mineroH. — La producción dal oro decae 
« la mitad en 1814, i en 1821 casi no bai pastas que amonedar. — Cua- 
dro de la amonedación del oro desde 1818 a 1821. — La amonedación des- 
ciende a 400 marcos por aiVi en 183Ü i 1831, años de esterilidad para 
Chile. — Detuostracion del oro amonedado en Santiago desde 1822 a 
183Ü -•Gabelas que gravan la ei^portacioo del oro, i su» atenuaciones en 
18.32.— Se aumenta en este uño el precio de compra de orr» en la casa 
de Moneda i la venta se quinlaplica. — Inlluenoia adversa de los duecu- 
brimientos de plata de .^rijueros i Chañareillo en la producción del 
■oro. — «El libro de la Plata.» — Cálculo de la producción del 3ro desde 
1844 a 1875. — Caso'ide osplotaciunes ricas do oro de 1830 a 44 —El 
yankee Yansen en Ya-|Uil. — El oro en la rejion central desde Aciileoa 
«Las F'almas» en e! departannento de Ciiricó. — «El hoyo de la Vieja,» 
en el San Critóval, — Las tierras auríferas do Poñiitílas en 1840-41.— 
Oro chileno amonedado en el trienio de 1879-80-81, segim Brieba — 
Condensación de la producción de trnnta hifritrex diferentes en lo.s últi- 
mos tres años. — Amonedación del oro de Catapilco, de Llampaico, 
de Niblinto i de Lebu. — Kl oro en Ulapel durante el invierno de 1881, i 
mina* qne en ese departamento esisteii i ae trabajan. — Descubriraientoa 
auríferos de California, i cómo éstos rediimian en daño directo de la pro- 
ducción del oro en Chile. — La tercera edad del oro en California, i có- 
mo esta nueva faz de la industria ha abierto nuevos horizontes a la 
esiplotacion del oro ecl país. 



«Una de las provincias mas opulentas 
de oro que sn an descubierto en U Améri- 
ca es el Reyno do Chile, y en tiempos 
passados fueron mucliissimúft los minerales 
que se labraron, porque todos loa pueblos 
y lugares tenian núiiaa riquissima& en sus 
distritos, unas halladas por arte i otras 



271 — 



por fortuna; i el mayor número manifesta- 
ron Int cnrriaitfs ih laa ayuat que me <Ie»- 
cuflffan fn la» «irraniut, robando la» prinK- 
ra» ia¡iuí de tierra; otran por los prduzn» 
de lo» verrnH que se derrumbaron con loa 
temlélurf», cnjkujueriéitdnse Ion cimienloH en 
que etitribalian., — Diego de Itosale». HiSTO- 
i)E Chilk, lib, 1, cap. V.) 

«!Cuánta$ rii|iieza4 niineralos están se- 
pultadas hajo las arenas o espuentas a la 
miradíi atónila dei intelijento viajero' El 
oro so encuentra al N. N. O. de Tres Pun- 
ta?, sobre la pendiente da los Andes i en 
la« montanas de la costa cerca del puerto 
de Taltal, asi como las que rodean al nor- 
te el valle arenoao donde se pierdo el rio 
de Copiapó.» {Vicente Pérez lioaatet. — 
KnS&VO 80KR£ ClilLB, páj. 411). 



I. 



La guerra de la Indepcudc'nciíi produjo en Chi- 
le sobre el oro una revolución semejante a la que 
habia traido aparejada la guerra de la rebelión in- 
díjena en los comienzos del siglo XVII. 

Paralizó casi por completo la industria de su 
esplotacion i de su beneficio. 

T ello era natural i en realidad inev^itable, por- 
que todas las industrias viven de la paz; i ningu- 
na con mas especialidad que el oro, en razón de 
su estraordinario valor, de las dilieultades de su 
estraccion, de los riesgos continuos de su fraude i 
lo manual i mecáuico de sus procedimientos. A la 
verdad, en la esplotacion del oro como en la de los 
diamantes, los rubíes i los záfiros todo es cuestión 
de confianza i desconfianza, de economiai de pro- 
digalidad, de carestía en el precio i baratura en loa 




— 272 — 

procedimientos i en losj órnales. ISTo debió por esto 
aer Jasoneltipoauriferodc laMitolojía, sino Argos. 
I como la guerra desbarata todo esto, a la ma- 
nera de im colosal trapiche en que la locura hu- 
mana arroja todos sus tesoros de bienestar i opu- 
lencia, aconteció que la era de la independencia 
inició lo que podriamos llamar con propiedad la 
decrepitud de la edad del oro, porque no fué su 
esterilidad ni su agotamientOj sino simplemente 
un período de debilidad i languidez de la cual, a 
bemejanza del ave fénix, volverá tal vez a reco- 
brarse mas adelante de los tiempos con mas pu- 
jante vuelo BU industria. 



U. 



Las batallas de la Patria vieja (1813-14), las 
tiranías de la Rficoiiquista (1815-16) i las victo- 
rias mismas de la Patria nueva (1817-26), desa- 
rrollaron en consecuencia en nuestro territorio el 
mismo fenómeno que la rebelión de Caupolican i 
de Lautaro contra Valdivia (1553-1561) i la?níi«- 
na de las siete ciudades en tiempo de Oñez de Le- 
yóla (1598-1603). 

Pero con esta notable diferencia: 

Que en aquellos siglos el campo de la esplota- 
cion vedado a la industria i la codicia, quedó i e- 
ducido al suelo rico pero limitado de la Arauca- 
nia, al sur del Biobio, al paso que en la guerra je- 



— 273 — 

neral de la emancipación las causaa de la paráli- 
sis del oro fueron jenerales i afectaron todo el 
cuerpo del reino. 

La escasez de capitales, la timidez de los liabi- 
litadores, la fuga i el secuestro de los ricos penin- 
sulares que hablan ejercido casi esclusivamente el 
comercio de cambiadores i de aviadores del oro; 
la escasez déjente, arrebatada por las levas i el 
pánico de la guerra; el alza consiguiente de los 
salarios, todo se conjuró contra el oro. 

I por esto, en el lugar oportuno dejamos com- 
probado con datos oficiales i auténticos que la 
proporción del oro, que iba en creces hasta 1810, 
quedó súbitamente detenida como en las crisis in- 
díjenas ya recordadas, descendiendo a casi la mi- 
tad de esa cifra su producción antigua, conforme 
a los rejistros de la casa de Moneda. 



in. 



Clara cuenta de estos fenómenos diéronse los 
primeros gobiernos nacioiíales, i entre otras me- 
didas de protección para la decadente industria 
minera, la Junta que sabia i patrióticamente rejia 
la naciente república en 1813, dictó el siguiente 
decreto de exenciones i protección al minero: 

(ítSantíago, moyo 1." de 1813. 

Teniendo el Gobierno declarado de antemano 

LA E. DEL O. 3tS 



— 274 — 

jiie los luinero.s que so halleíi trabajando minas 
en virtud de liabor obtenido merced del Tribunal 
Jeneral o las respectivas diputacioues, i sus ma- 
yordomos i operarios i los pirquineros i cateado- 
res, sean exentos de todo alistamiento i servicio 
de armas, conforme a lo prevenido en las orde- 
nanzas de minería i militar, i a la utilidad i con- 
veniencia que en las actuales circanstancias del 
Reino resulta al Estado del fomento i laboreo de 
las minas, ningún jefe militar molestará a í3sto3 
individuos. Para que lo tengan entendido, se im- 
primirá en el Monitor i con esto se tendrá por 
bastante circular. — Ferez, — Infante, — Ejzagui- 
rre^> (1). 

IV. 

No cesó por esto el mal, i al contrario, con la 
prolongación do la guerra se hizo mas intenso. 

A la verdad, tres años después de la batalla de 
Maipo i pocos meses después de la ocupación de 
Lima por el Ejército Libertador, no íiabia casi oro 
que amonedar en la callana de la Moneda, i en la 
Gaceta ministerial de aquel tiempo hemos encon- 
trado una disposición que tiene fecha de 26 de 
octubre de 1821, por la cual se disponía que se 
aumentasen clos remaches», i que cuando hubiese 
doce o quince tejos de oro juntos, se avisase alpú- 



{!), Monitor Araucano, mayo de 1813. 



— 275 — 

blico, (no dice si por bando callejero o simplemen- 
te por avisos), que iba a aliaber amonedación», co- 
mo quien hubiese dicho que iba a íhaber óleo» 

Tan escaso habíase hecho con la guerra el precio- 
so metal! £1 fierro habia remplazado al oro. 

V. 

En el lugar correspondiente de este libro deja- 
mos en efecto asentada la escala ascendente de la 
producción del oro, según los datos del archivo de 
la ]\Ioueda hasta 1810, i su escala descendente has- 
ta 1817. I ahora habrá de ser de oportunidad jus- 
tificar con números oficiales los conceptos que 
hemos venido emitiendo i formar una nueva es- 
cala que abrace los cuatro años posteriores que 
nos conducirán al que acabamos de mencionar. 
He aquí esa triste proporción: 

Producción del oro conforme a las compras he- 
chas en la casa de Moneda desde 1818 a 1821. 

1818 3,702 marcos. 

1819 4,603 » 

1820 4,290 )> 

1821 1,192 » (1) 

VI. 

Continuó desde esa época viviendo eu estado 

(1^ Estos datos fueron publicados en el Araucano nñm. 14, 
correepondieatc a! aiio de 1831. 



— 276 — 

enfermizo i precario la industria del oro, i esto a tal 
punto, que para su amonedacian, según el discurso 
inaugural del presidente Prieto en 1834, no se ha- 
bia llevado a la casa de Moneda durante los años 
de 1830 i 31, que fueron años negros de esterili- 
dad i discordia para Chile, sino 932 marcos de 
oro en 29 meses, o sea mas o menos 400 marcos 
por año! I, como se notará, esto era apenas la vi- 
jésima quinta parte del rendimiento acusado por 
aquel vehículo en 1810. 

I ¡cosa, a la verdad, harto eusefiadora! en el año 
de 1827, que fué de intensas ajitaciones, casi no 
hubo amonedación (282 mareos) i en el fie 1829, 
que fué período de sanojrientas revueltas civiles, 
el oro se escondió de tal manera en las entrañas 
de la tierra o eu las gabctas de los cambistas, que 
no se llevó un solo marco a los crisoles de la Mo- 
neda. I para justificar lo que decimos aquí, va en 
seguida la demostración, conforme a los libros de 
compra de la casa de Moneda durante el nove- 
nario de años corridos desde 1822 a 1830, con los 
precios icspectivos de su adquisición: 

Marcos de oro. Su importe en pesos. 



1822 


3873 . . . 


527.278 


1823 


2300 . . . 


313.160 


1824 


1388 . . . 


189-001 


1825 


1152.7 ... 


156.953 


1826 


1294.4 ... 


116.220 


1827 


282 ... 


33.390 



— 277 — 

1828 565.7 77.031 

1829 (No hubo amonedación). 

1830 410.1.6 55.937 



VII. 

Llegó ciertamente la disminución, sino propia- 
mente en el rendimiento del oro, en su venta an- 
tigua i cuotidiana, a tal estado durante los últimos 
años marcados en el cuadro anterior, que hízose 
preciso dictar una lei nacional aumentando el pre- 
cio de compra del oro a 136 pesos el marco de 22 
quilates, i esta medida produjo resultados prontos 
i favorables. ^1) 

Según el testimonio del ministro Renjifo, autor 
de esta cuerda medida, la venta del oro a la ca- 
sa de Moneda se cuadruplicó en el acto, porque en 
9 meses pasaron por sus balanzas 1,790 marcos. 
El beneficio neto que la casa de Moneda dejó en 

1831 al erario fué de 19,646 "pesos, o sea la mitad 
de lo que a fines del siglo pasado rendia al reí. En 

1832 la venta fué mas o menos la misma i aun 
esperimentó una corta merma, 19,536 ¡^esos. 

Yin. 

Era, entretanto, el aumento de venta del oro al 



(1) Lei de 23 de agosto de 183'¿, Boletin de las Leyes, lib. V. 

lÚTO. 7. 



— 278 — 

laboratorio de la casa de Moneda de Santiago que 
acabamos de señalar, prueba palmaria de que el 
oro no habia disminuido ni como criadero ni co- 
mo metal de veta en las entrañas del país, sino que 
BU disminución en el mercado obedecía a causas i a 
perturbaciones económicas que nada tenían que 
hacer con su sustancia intrínseca. I en esto esta- 
ban de acuerdo todos los hombres observadores i 
aun los murmuradores de profesión o de desquite 
que en aquellos tiempos visitaron esta apartada 
tierra, — Caldcleugh, que se hizo después vecino de 
Chile por el oro, el cáustico John Miers, que trajo 
de Inglaterra una maquinaria completa de amo- 
nedación, el mineralojista Schmidtmeyer i hasta 
la varonil i en cierta manera ahombrada» María 
Grahaiii. 

I aunque de todos estos viajeros i de otros que 
recorrieron los valles, ciudades i páramos de Chile 
hurgueteándolo de arriba abajo, habremos de ocu- 
parnos en el libro jemelo del presente i ya ofreci- 
do como su natural compañero con relación a la 
plata, que en Chile fué albacea del oro, no pode- 
mos menos de citar aquí hi opinión del primero 
respecto a la decadencia del metal rci. — «Su prin- 
cipal decadencia, decia Mr. Caldcleugh (después 
«don Alejandro CaldadoT)^ en 1821, i como hom- 
bre entendido en el oficio, proviene de la deficien- 
cia del capital, mal que la revolución ha aumen- 
tado, por cuanto los principales poseedores del 



— 270 — 



clinero eran españoles, i éstos, lejos da proseguir 
en especulaciones iniueras, se crapeñaron, al con- 
trario, en desprenderse de ellas.» (1) 



IX. 



Visitando en 1821, a su paso de Valparaiso a 
Santiago, el trapiche de Curacaví, cuj'os escombros 
dijimos antes conocimos en nuestra niñez, el via- 
jero ingles de que venimos ocupándonos presajia- 
ba melancólicamente i para dentro de breve plazo 
su completa paralización, no por falta de oro 
(oro de Caren i CoUiguay) sino por falta de bra- 
zos i de salarios. I así aconteció. 

Igual pronóstico formulaba tres o cuatro años 
m.a8 tarde el descontentadizo e impertinente me- 



(1) «The cbief fuUing off, therefore, has beea owingto a defi- 
cience of capital, vrich. the revolutiotí has uaturally much 
aggravated; for the chief capitalist were oíd spatiiardi, who, ins- 
ted of iavestiug their fuads in speciilatioiía of this sort, wei*e 
rather calculatiog hüw to withdraw and couceal them». — (A 
CALDCLEuaa, Travels in Souíh. ^/atíriVa, 1819-20-81. Lóudreá 
1825, vol. II, pój. 353.) 

Mr. Caldcleugh víqo a Chile como ájente de las famosas cora- 
paúías inglesas que malbaratarou milloues de millones de li- 
bras esterlinas eu empresas ideales i ea una especie de delirio que 
recuerda la fiebre aurífera de 1S77-78. Pero de sus apreciacioaes, 
así como la de los ajeutcs Aadrcwá, Head, Oamoron, Schmidtme- 
yer, Barry i otros, habremos do hablar con esteasion en la obra 
que probablemeute llamaremos el Libro de la Plata, como el 
presente pudo llamarse Liler aureolas. 



— 280 — 

cánico John Miers, el viajero que mas desaforada- 
mente haya calumniado a Chile, respecto de los 
lavaderos de oro en j ene ral, cuando decia que 
la alza sucesiva del salario i las ocasiones de me- 
jores industrias i mayores provechos, esterilizarían 
por completo la ])roduccion de esa antes fácil i 
barata fuente de riquezas para los «bárbaros chi- 
lenos» (1). 

X. 

La verdad era que el oro dejaba de cosecharse, 
pero no habia cesado de existir ni en el campo ni 
en la troj. I la prueba de ello, era que no obstan- 
te el cumulo de dificultades nacidas de la situa- 
ción, el oro continuaba esportándose gracias a la 
libertad de comercio, habiendo desaparecido la 
pauta antigua de la amonedación que era la única 
estadística aproximativa de la colonia. 

Miers, que deprime sistemáticamente todo lo 
que pertenecía a Chile (porque no le compraron 
BUS máquinas....), reconoce que la producción del 
oro podia estimarse en los años de su residencia 
en Concón (1822-24) en cinco mil marcos por 
año, i en el estudio publicado en el Araucano 
núm. 14, a que hemos ya aludido, se afirma que la 

(1) íWhen ever laboar beconaes more valuable, and greater 
inciteineats lead tlie micivilized Chileno to moro active eraploy- 
menta, goid washing wiU iiever be KoHh follúmng.v — Miérs. 
Truvels in Chile and Lu Plata, Londua 1826, vol. II. páj. 399.) 



— 281 — 

protliiccion del oro desde 1808 a 1830 no fué in- 
ferior a diez millones do pesos. 

Mas, como era natural, casi en su totalidad el 
dúctil metal salía par alto, es decir, se ewportaba 
de contrabando, no obstante las absurdas trabas 
impuestas por las leyes antiguas i modernas a su 
libre jiro en el país. 



Xí. 



A fin de obviar eu parte los inconvenientes de 
esta esportaciou que seguia llamándose todavía 
clandestina, se dictó el 5 de febrero de 1835 un 
decreto por el cual se abolían las estrechas corta- 
pisas impuestas a su jiro interno, dejándolo com- 
pletamente libre de contribuciones guias i torna- 
guías que el contrabando eludía cada hora. (1) 



(1) Por decreto de 21 de setiembre de 1832, el miaiatro Rea- 
jifo había ordenado que loa remisores del oro enviado a las adua- 
ua.s marítimas o terrestres del país (así como las dueOos de re- 
mesas de plata) estuvieseo sujetos a justificar que no lo espor- 
tal)an al estranjero, por raedin de torna-guias que debiau presea- 
tar bjyo severas penas en el término de tres meses. 

Eu el caso de ¡uo justificar que hubieaeu vendido el oro i la 
pinta a la oasa de Moneda o no habiau convertido esas pastas en 
allmjíis o en vnjilhi, deberían pandar los derech<»á establecidos 
parala salida do uno i otro metal. 

El decreto de 18U5 abolió eS|ta,s gabelas en lii parta en que se 
referían al oro respecto a su jiro interno; pero dejólas subsisten- 
tes en lo que se refería a su curso por las aduanas marítimas. 

LA E. DKL Ü. 3fi 




Todo esto no obstante, prosiguió el oro su curso 
subterráneo, engrosando el Ciiudal estranjero, sin 
pasar por los cilindros de la casa de Moneda ni 
por las pólizas de las aduanas. I esto era a tal 
punto eti los años que se llamaron en Santiago del 
«hoyo de la vieja» i en Valparaíso de las «tierras 
auríferas dePeñuelaS)) (1840-1844), que un minero 
yankee llamado don Zacarías Yance sacó, confor- 
me a su nombre, del mineral de Yaquil, i especial- 
mente de la mina de Cocinilla, en los cerros aurí- 
feros que rodean a San Fernando i a Nary;'agua, 
no menos de 150 mil pesos que remitió directa- 
mente a SU pais, donde se fué a gozarlos (1) 



(I) Este dato nos ha sido comnnicadü por nuestro ilustrado 
amigo el doctor don Wenceslao Díaz. 

SegiiD las observaciones personales de este distinguido natu- 
ralistu, tuda la rejion montañosa del centro comprendida entre 
el Cachapoal i el Teoo ha sido i pnede ser todavía abundantísi- 
ma cu oro, i esto lo confirman, no solo las minas de oro que dan 
vista a San Feruando sino los minerales de Yaquil, Apaka i 
Piohidegua de que habla Olivares i otros historiadores del siglo 
XVIII, Según el doctor Diaz, que visitó en 1861 la hacienda 
de Las Palmas, ubicada en el centro de ese nudo moota- 
fioso en el departamento de Ouricó, todas las quebradas arras- 
tran oro i existen en ellas todavía los vestijios de trapiches an- 
tiguos. Cuando nosotros hicimos la visita oficial de la provincia 
en 1874, ud clérigo italiano, llamado Quagliotini, habilitado por 
el gran minero chileno don José Tomas Urmeneta, trabajaba mi- 



— 283 — 

En jeneral toda la hoya que formaba hasta hace 
pocos años la laguna de Tagua-Tagua era podero- 
earaente aurífera, i allí está todavía Millahue que 
quiere decir lugar de oro para justificar la tradi- 
ción indíjena del toro de lós cachos de oro de 
Tagua-Tagua 



XTII. 

Una nueva causa vino a debilitar la producción 
del oro en Chile, como habia acontecido antes en 
Méjico i en el Perú, — los grandes descubrimien- 
tos arjentíferos de Arqueros en 1824 i los de Cha- 
ñareillo poco mas tarde. Los mineros de todo el 



Das de oro en los cerros de Acúleo, que 8egun Pisáis forman parte 
de ese nudo central, i tenia trapiche de oro en Valdivia, junto al 
Maipo. 

En cnanto a la tradición del «hoyo de la vieja», fné una fábu- 
la aurífera que raetló mucha bulla en Snntin;:;^ asegurándose 
que nna vieja hubia descubierto eu el cerro de San Cristóbal, 
allá por el año de 1840, una mina de oro que era toda de metal 
macizo í de -2 quilates b 

Lo de las tierras auríferas de Peñuelus. que enlnquecieron al 
mismo tiempo a santiagninos i porteños, fué también una patra- 
ña como la de Paraff; pero en los dias de su voga escasearon en 
las dos ciudades las tazas de lavatorio, i aun otros tiestos de fuas 
humilde uso, porque todos pasaban de cabeza dia i noche lavan- 
do las tierras que en costales traían de la vecindad de Casablan- 
ca. Nosotros, que como niños andábamos en ello, lavando i des- 
parramando tiestos, recordamos perfectamente ha{>er visto al 
jeneral don F. A. Pinto haciendo igual operación en mangas de 
camisa. 



— 384 — 

país acudieron, verificándose el fenómeno que hoi 
mismo se esperiraenta en California, respecto de 
Nevada, Arizona i Colorado, a los nuevos veneros 
con su industria, sus capitales i sus brazos. I de esta 
suerte Chañarcillo. como la prodijiosa mina de 
Corastock en 1861, creó, mas que la alianza, la ri- 
validad del oro i de la plata i del sistema bimetá- 
lico que hoi está a la orden del dia de los gobier- 
nos i de los economistas. Según el apreciable jeó- 
grafo chileno Cuadra, la producción del oro al 
menos en sus comprobaciones est¿idísticas, comen- 
zó a disminuir de tal suerte en Chile, que desde 
1844 a 1875 solo se han computado 2.017,364 pe- 
sos. Según este mismo autor en 1864 se esportó 
al estranjero un valor de 18,802 pesos en oro 
en polvo i 768,745 pesos en oro sellado: total 
787,647 pesos. El señor Cuadra fija para esa épo- 
ca un ancno márjen a la incierta producción del 
oro, esto es, de 2 a 4,000 marcos por año. (1) 



(1) Por este mismo tiempo se fijó por decreto de 27 de mayo 
de 1864 el premio de la compra del kilogramo de oro ea 715 
pesoB í con fecha 21 de ese mismo mes i año se decretaron las 
siguientes formalidades para su adquisición. 



Mayo 21 rf¿ 1864. 



He acordado i decreto: 



1.° Los precios de pastas de oro i plata se fijaran por una jun- 
ta compuesta del Superintendente, del Tesorero i del luterven- 
tor. 

2.* Esta junta se reunirá cada vez que el Superin tendente Ii^ 



XIV. 

Mas, cuanto hemos venido estableciendo ¿signi- 
fica por ventura que el oro se había agotado en sus 
veneros naturales i antiguos, en sus lavaderos, en 
sus mantos superficiales, en sus miaas de pozo 
cavadas a centenares de metros? 

Muí lejos de ello. 

La competencia, la agricultura, el comercio, 
la plata, el carbón de piedra, i mas que todo, el lú- 
jente desarrollo de la producción del cobre habia 
desviado la esplotacion i el acopio del oro, pero 
no la habia aniquilado. 

I esto podría constatarse hoi mismo con los li- 
bros de la casa de ítloneda, aparte de la corriente 
subterránea i clandestina, que como sus vetas es- 
condidas en el duro cuarzo, arranca por la mano 
de los cambistas libres, especialmente los estable» 
cidos en Valparaíso, casi toda la producción je- 
nuina del pais, en dirección a las casas de mo- 
neda i a las joyerías estraojeras. 



convoque. 

3/ El máximan del precio del oro será de 715 pesos por ki- 
logramo en la lei de mil milésimos. El mínimim será de 700. 

4," No podrán alterarse ni modificarse los precios que se es- 
tablecieren sin que trascurra un mes a lo menos, etc., etc., etc. 

Pkkez. 

Álejaiidro Reyes. 



— 286 — 

AndacollOj Illapel i Petorca continúan, en efec- 
to, destilando todavía en los crisoles de la casa 
de Moneda de Santiago algunas gruesas gotas de 
de su antiguo raudal, porque de nuestras investi- 
gaciones resulta que, no obstante la absoluta li- 
bertad de comercio que hoi reina respecto del 
oro, llegan cada año a las arcas del superinten- 
dente de Santiago algunos puñados de pellas, al- 
gunos frascos o haches de oro en polvo, algunas 
pepas que pesan de uno a cien castellanos, algu- 
nos tejos fundidos con lei de una a cien libras. 

En los 33 meses corridos hasta el 1." de oc- 
tubre del presente año desde el !•" de enero de 
1879, meses de guerra, ingrata para el oro, pro- 
fusa para el papel, que es su capital enemigo, han 
entrado en efecto a la retorta de la casa de Mo- 
neda mas de 15 kilogramos de oro de Andacollo, 
otros tantos de Petorca i mas de seis kilogramos de 
Illapel, al paso que los nuevos minerales des- 
cubiertos han contribuido a la faena en la propor- 
ción siguiente: 

Catapilco con 4.950 kilogramos. 

Niblinto con 7.874 « 

Llampaico con 15.348 « 

Lebucon 29.988 « 



Aun el exhausto Casuto ha hecho sn ofrenda de 
2 kilogramos de oro i Tiltil, como mas próximo a. 




Santiago, ha contribuido con un buen medio quin- 
tal (24.057 kilogramos). 

En resumen, el oro comprado en la Moneda 
desde que estallo la guerra i en no menos de 
treinta parajes díferentks, todos de antigua nom- 
BBADÍA AURÍFERA, cstá representado por estas ci- 
fras oficiales. 

1879—156 kilogramos. 

1880-^186 id. 

1881 (hasta el 1." octubre) 139 id. (1). 



: 



XV. 

Una última i grave causa vino a influir todavía 
€n el decaimiento aparente de la producción del 
oro en Chile, aunque, en apariencias también, esta- 
ba destinada a influir de mui div^ersa manera: — ta- 
les fueron los maravillosos descubrimientos aurí- 



W 



(1) En el apéudíceile eate libro publicamos un cuadro com- 
pleto de estos tres años que debemos a la atención del primer 
ensayador de la Mooeda señor Aatonio Brieba, i un resumen 
por loa calidades que sobre esos mismos datos hemos preparado 
nostttros. 

Segim se observará en esos estractos, la huella del oro de Co- 
piapó, el oro capote de Frezíer i de ülloa, ha desaparecido casi 
por completo, eacontrándoae sulo pequcúas cantidades corres- 
pondientes al Huasco i a Freiriun. 

Sin embargo, según Pérez Rosales, (obra citada) habia en 
IS.'iS, 17 minas de oro en Copiapó, 3 en Vallenar i 2 en Freiri- 

á total en la provincia de Atacama 2:¿. 



feros de California en 1848. Con la escepcion de 
los Estados Unidos i de Méjico, no hubo talvez 
ningnn pais en el orbe que acudiera con mayor 
número de brazos a las jigantescas e improvisadas 
faenas de aquella comarca en cuyos valles, con- 
vertidos en hormigueros vivos por la hambre in- 
saciable del oro, muchos mas fueron los que cojic- 
ron lágrimas que pellas, dejando centenares de 
nuestros compatriotas el polvo de sus huesos don- 
de habían ido a buscar las partículas escondidas 
del codiciado metal. 

Mas que esto todavía. 

Abrigamos la convicción de que dado el niirae- 
ro proporcional i escaso de sus habitantes, Chile 
fué el que en mayor escala engrosó la tripulación 
de los argonautas del siglo XtX, porque no hubo 
casi minero de aventura, hacendado de caudal o 
chacarero de hortaliza i alfalfa que, no enganchara 
cuadrillas desde cinco a cien peones, especial- 
mente mineros de oro, destinados al pais del oro. 
I esto era a tal punto que en 1849 i 50 escaseaban 
en Valparaíso los buques para trasportar tantos 
millares de animosos rebuscadores como los que 
fueron a disputar sus estacas, cuchillo en mano, 
a los galgos i sus rifles en los placeres del Sacra- 
mento. No es Chile a la verdad la cuna^^i el yunque 
del corvo: fuélo California. 



— 289 — 



XVI. 



Enipobrecióso por consiguiente el país de bra- 
zos, i la esterilidad i decripitiid del oro alcanzo su 
mayor intensidad por aquella causa liouióloga que 
habria parecido estar destinada a fomentarla. (1) 

Mas, a virtud <le las compensaciones i devolii- 



(1) Cuando el presente capíttilo se hallaba en prensa, hemos 
recibido do nuestro intelij cute amigo don Carlos de Undurraga, 
do lUapel, datoa que con tírman todo lo que por vagas noticias 
habfanios dicho do la riqueza aurífera de ese departamento. 
«Puedo asegurar (nos dice nuestro entendido corresponsal, hijo 
de minero de oi-o i que paga hoi en ovo el arriendo de la valiosa 
hacienda de lUapel) que no hai en Chile un mineral de oro tan 
estenso como el departamento de lllapel,» i como prueba de ello 
no8 refiere quo con las creces de los lUtimos inviernos laa hierbas 
de los barrancos en las quebradas haa quedado saturadas do par- 
tículas de oro. Sin embargo, la producción actual de Illapel, ea 
razón de la escasez de sus medios, apenas alcanza a uno i medio 
quintal de oro, cuando hai memoria que en los años corridos de 
18-iO a 50, uno o dos cambistas du Illapel compraron maa de un 
millón de pesos. 

Por esto creemos que ana nneva edad de oro ha de sobrevenir 
a este departamento que recuerde la itíiiui de los portugueses^ 
de la cual sus tres dueños, que le dejaron su nombro, sacaron, 
según la tradición del itltimo siglo, diez quintales do oro que se 
llevaron consigo, o el beneficio mái reciente de la Churumata 
de Audacollo, ({ue en pocos días produjo, según ul profesor do 
química i miiieralojía del Liceo de la Serena eu 1859, don Ma- 
nuel Arnceua, tres o cuatro quintales de oro en un solo alcan- 
ce... — (Véanse los Anales de ¿a ü^niocráidad, correapondientea a 
1858, páj. 223.) 

LA E. WKL O. KN C. 37 



— 290 — 

<5Íones naturales que forman la balanza de la 
existencia económica de los países, la nueva faz i 
el extraordinario desarrollo que adquirió la esplo- 
tacion hidráulica del oro en California, después del 
agotamiento de sus venas superficiales, ha venido a 
despertar en Chile, eobre sus estinguidos campos 
auríferos, el mismo interés, imitando idénticos 
procedimientos, i planteando al propio tiempo, 
uno de los mas serios i trascendentales problemas 
reinantes en el dia para la industria i la riqueza 
públicas de Chile. 

A semejante estudio de analojía consagraremos 
el próximo capítulo de. este libro que llega ya a 
los límites naturales de su programa i de su pro- 
pósito. 



CAPITULO XI. 



CALIFORNIA I CBILE;. 

Las tres épocas de la edad aurífera de California i las dos de Chile.— Ls 
época de los lavadero», la época de las minas, i la época de los eagca^o» 
subterráneos. — Procedimientos hidráulicos para esplotar los últimos, e 
injentes capitales invertidos en los estados norte-americanos del Pacifi- 
co. — ¿Existe el problema de la tercera zona en Chile? — ^Asimilaciones 
con California. — Latitudes, ejes i sistemas. — Clima, orografía, rios, llu- 
vias, secas, sucesión en la producción de los metales, etc. — California 
corresponde jeográficamente a la Araucanía con mas propiedad que a Chi- 
le. — Cómo sobrevino en aquel país el descubrimiento de los cascajos 
auríferos después del agotamiento del oro superficial e intermedio.— 
Opiniones de Bowie i Whiteney.— Escesiva pobreza de los cascajos de Ca- 
lifornia i pingües ganancias que dejan mediante el sistema hidráulico — 
Tres centavos por cajón. — Chije-Gulch i su prodijiosa riqueza. — Cascaios 
azules. — Opinión de Mr. Shanklin.— Los rinocerontes fósiles de Chile- 
Gulch i los mastodontes de las Dichas. — Fabulosas cantidades de metar 
les de oro i plata combinados. — Demostracicnes i datos hasta 1876.— 
Prodijiosa amonedación de pastas en Estados Unidos. — Las principales 
amonedaciones en 1875 según Soetebeer. — Aplicación del sistema hi- 
dráulico a Chile i sus primeros ensayos. — ¿Han sido estos ejecutados en 
la mi snia forma i con los mismos recursos que en California? — sDebea 
darse por definitivos? — Opiniones de Shanklin, Holcombe i Seweu. 

cPara demostrar mas evidentemente l4 
gran riqueza de los depósitos auríferos de 
Chile, voi a hacer una eomparacibn entre 
éstos i algunos de los mas importantes de 
California-.» — (Articulo publicado en El 
Mercurio de Valparaíso del 5 de diciembre 
de 1878 por Mr. T. Bí Shanklin, esperto i 
corredor, con el título de los Depósitos au- 
■ - riferos de Chile.) 



292 — 



I. 



En lo que hasta aquí va corrido del presente 
libro hemos cumplido como mejor nos ha sido da- 
ble nuestra promesa. 

I aun hemos ido mas allá . 

Porque no solo hemos referido sucinta pero 
lealmente lo que he^los llamado «la edad del oro 
en Chile», sino que, llevados de una mira patrió- 
tica i puramente especulativa (que es todo lo con* 
trario de sórdida especulación), hemos seguido 
paso a paso el período de su decrepitud, a lo cual 
no estábamos obligados por ningún empeño. 



II. 



Orillábamos con el último motivo i a la postre 

del capítulo precedente el problema de California 
en razón de la influencia dañosa que sus ^^Zacerf» 
verdaderamente prodijiosos i vírjenes ejercieron 
sobre la ya enfermiza producción de los por tantos 
siglos de trabajo agotados mantos de Chile, i to- 
mando pié de esa circunstancia, sentábamos senci- 
Haraente el problema, mas jeolójico que industrial, 
de. si sobrevendría para los yacimientos auríferos 
de (Bste país ima segunda o mas bien una tercera 
evolución de ip splotacion i de riqueza como la que 
én los últimos veinte años i con labor de verda- 



^ 



CAPITULO XI. 



CALIFORNIA I CmLEi. 

Las tres épocas de la edad aurífera de California i las dos de Chile.— La 
época de los lafíaderoH, la época de las minas, i la época de los cascajo» 
subterráneo». — Procedimientos hidráulicos para esplotar los últimos, e 
injentes capitales invertidos en los estados norte-americanos del Pacífi- 
co. — ¿Existe el problema de la tercera zona en Chile? — Asimilaciones 
con California. — Latitudes, ejes i sistemas. — Clima, orografía, rios, llu- 
vias, secas, sucesión en la producción de los metales, etc. — California 
corresponde jeográñcamente a la Araucanía con mas propiedad que a Chi- 
le. — Cómo sobrevino en aquel país el descubrimiento de loa cascajos 
auríferos después del agotamiento del oro superficial e intermedio.— 
Opiniones de Bowie i Whiteney.— Escesiva pobreza de los cascajos de Ca- 
lifornia i pingües ganancias que dejan mediante el sistema hidráulico — 
Tres centavos por cajón. — Chile-Gulch i su prodijiosa riqueza. — Cascajos 
azules. — Opiaion de Mr. Shanklia.— Los rinocerontes fósiles de Chile- 
Gulch i los mastodontes de las Dichas. — Fabulosas cantidades de meta- 
les de oro i plata combinados. — Demostracicnes i datos hasta 1876. — 
Prodijiosa amonedación de pastas en Estados Unidos. — Las principales 
amonedaciones en 1875 según Soetebeer. — Aplicación del sistema hi- 
dráulico a Chile i sus primenjs ensayos. — ¿Han sido estos ejecutados en 
la misma forma i con los mismos recursos que en California? — sDebea 
darse por definitivos? — Opiniones de Shanklin, Holcombe i SeweU. 

«Para demostrar mas eviclentemente la 
gran riqueza de los depósitos auríferos de 
Chile, voi a hacer una comparación entre 
éstos i algunos de los mas importantes de 
Caíifornia.> — (Articulo publicado en El 
Mercurio de Valparaíso del 5 de diciembre 
de 1878 por Mr. T. Bi Shanklin, esperto i 
corredor, con el título de los Depósitos au- 
■ ríferos de Chile.) 



— 292 — 



I. 



En lo que bíistu aquí va corrido del presente 
libro hemos cumplido como mejor nos ha sido da- 
ble nuestra promesa. 

I aun hemos ido mas allá . 

Porque no solo hemos referido sncinta pero 
leal mente lo que hemos llamado «la edad del oro 
en Chile», sino que, llevados de una mira patrió- 
tica i puramente especnlativa (que es todo lo con- 
trarío de sórdida especulación), hemos seguido 
paso a paso el período de su decrepitud, a lo cual 
no estábamos obligados por ningún empeño. 



11. 



Orillábamos con el último motivo i a la postre 
del capítulo precedente el problema de California 
en razón de la influencia dañosa que sus ^'/ociprpjí 
verdaderamente prodijiosos i vírjcnes ejercieron 
sobre la 3'a enfermiza producción de los por tíintos 
siglos de trabajo agotados mantos de Chile, i to- 
mando pió de esa circunstancia, sentábamos senci- 
llamente el problema, mas jeoíojico que industrial, 
de si sobrevendría para los yacimientos auríferos 
de este país una segunda o mas bien una tercera 
evolución de ^splotaciou i de riqueza como la que 
en los ííltimos veinte anos i con labor de vcrda- 



— 293 ~ 



doros jigantes ha rendido California al jénio, a la 
tenacidad i al caudal de sus intclijcntcs esplota- 
dores. 

IIT. 

California lia tenido en efecto tres edades aurí- 
feras, completamente distintas i murcndas por ])c- 
ríodoR i productos conocidos. 

La edíid de los lavaderos o «placeres» superfi- 
ciales (shfíUow plncers') del descubridor Sutter, que 
corresponde a la de Pedro de Valdivia i sus inme- 
diatos sucesores en Chile, la cual duró, allá, diez 
años (1848-49). 

La edad de las minas de i^ozos (deep placers), 
que en Chile corresponde al largo período del co- 
loniaje, época de activa esplotacion que duró en 
aquel país del vapor i de la electricidad otros dieís 
años (1859-70). 

I la edad que podríamos llamar de Isifnerm hU 
dráuUca por el método aplicado en escala tan co-i 
losal i tan fructífera a los cascajos, residuos i re-^ 
laves, comparativamente pobres, legados por los 
dos períodos precedentes a la nunca fatigada i 
siempre iujcniosa codicia humana. 

IV 

Esta división progresiva de la esplotacion del 
oro en California ha sido marcada por todos los 
injenieros i escritores que en los últimos diez años 



— 294 — 

ac han ocupado de esc metal, sea en su faz econó- 
mica cooQO elemento monetíirio, sea simplemente 
como producción química i jeolójica. — aLa segun- 
da etapa del oro (dice un escritor eminente cuyos 
artículos fueron leídos en Chile con avidez en 
1876) i que corre de 1859 a 1870, puede ser con- 
siderada como período de transición. Los placereSy 
o por lo menos, los planos arenosos de superficie, 
son poco a poco abandonados, i las minas de cuar- 
zo aurífero trabajadas mas profunda i activamen- 
te. Sin embargo, la producción del oro va dismi- 
nuyendo de año en año hasta ser reducida a la 
mitad; i de 50 millones de pesos que producia en 
1849, baja a 25 millones en 1870. En 1853, año 
del mayor producido, éste habia pasado de 65 mi- 
llones.» 

Y. 

I pasando inmediatamente al tercer período, es 
decir, a la evolución operada sobre latí masas enor- 
mes de cascajos espío tados por la presión hidráuli- 
ca, realidad potente i tanjible de la misteriosa 
fuerza bíblica aque allanaba las montañas», he 
aquí como se espresaba el mismo distinguido au- 
tor fi'anccs. 

«cEl tercer período de la esplotacion del oro es 
talvez el mas curioso i lleno de ensefianzas, ya 
que no sea el mas productivo. Empieza en 1870 
i llega hasta nosotros. La etapa actual es aquella 



— 293 — 

en que, con una audacia i una paciencia que asom- 
bra y por medio del método hidráulico perfeccio- 
nado, se ataca a los criaderos apenas esplorados, 
los placeres subterráneos de una época diluviana 
o glacial, — pues los otvo^ placeres, los superficiales, 
pertenecen a la época lluvial o contemporánea, 
jeolójicamente hablando. A nadie detiene el te- 
mor de los gastos. Fúndanse las compañías mas 
poderosas, a fin de proseguir i poner en buen pié 
esos inmensos trabajos, que exijen anticipos con- 
siderables. Constrúyense canales de centenares de 
quilómetros, venciendo dificultades de toda clase, 
no ya canales de poco aliento sino muchos cuyo 
inmenso volumen de agua podría bastar para la 
provisión de una gran ciudad. La fuerza hidráu- 
lica que proporcionan esas masas acuosas adquiere 
una potencia décupla de la que tenían en las es- 
plotaciones precedentes; su fuerza es irresistible, 
i en efecto, no hai cosa que no sea destruida por 
ella. ¿Es esto todo? A través de los valles se cons- 
truyen enormes recipientes i represas para alma- 
cenar las lluvias que en tanta abundancia caen en 
otoño e invierno i alimentar los canales durante 
todo el año, mediante estos inmensos estanques. 
Gracias a la liberal lejislacion que aquí preside a 
los trabajos niincros, gracias al espírüa de asocia- 
ción que reina en todas partes en este país del sel/ 
(/overa nieut, ejecutan los particulares lo que en un 
Estado no se atrevería siquiera a intentar.!) 



— 290 — 



I bien! Hé íiquí calcado sobre esas mismas pa- 
labras i conceptos el gran problema planteado por 
el tiempo, la naturaleza i el ejemplo eu nuestro 
sviclo de cascajo, o como dicen con propiedad los 
mineros californieuses, de \o^ placeres subterráneos. 

Evidentemente, Chile ha pasado ya de sobra, eu 
el espacio do trecientos cuarenta años, por las dos 
primeras etapas de su desarrollo como país jene- 
rador de oro. I a la verdad, esceptuando el terri- 
torio de la Araucania, que hemos probado se halla 
comparativamente vírjen, i uno que oívo placer o 
lavadero de corta dura hallado por algún acaso 
en remoto i poco visitado paraje, no liai fundadiis 
espectativas de que pudiera llegarse a la esplota- 
cion primitiva fácil i barata de loa conquistadores 
castellanos aquí, o de los primeros jnoneers, o gas- 
tadores, allá. 

De suerte que la cuestión que entre nosotros se 
suscita (el territorio de Arauco dejado aparte) 
sencillamente es ésta: 

¿Se halla Chile en las mismas favoraJdes o me- 
jores condiciones que California para esplotar sus 
cascajos pobres i densos de 30, 40, 100 i hasta dos- 
cientos pies de profundidad, por medio de la tritu- 
ración de la dinamita i la segregación de la presión 
hidi'áulica de los pitones o monitores californienses 



— 297 — 

que han derribado i perforado, reducido a átomos 
colinas i montañas con un simple chorro de agua? 

Esa i no otra es la cuestión. 

Jjse i no otro es el punto culminante, capital i 
único que marcó el poeta ingles cuando enfática- 
mente dijo: — Thai. is the question. O como con liO 
mcnoá propiedad pero estilo mas piutoresco, de- 
cían nuestros abuelos, harto mas ladinos, que lo 
que es corriente creer — Esa es la madre del corde- 
ro^.... o lo que es lo mismo, en el presente caso, 
esa es la madre del oro, que en lo antiguo fué un 
vellocino o pellejo de esc popular i útil cuadrú- 
pedo, el vellocino de oro de Jason. (1) 

VIL 

Eu lugar mas oportuno i ya cercano a esta paji- 
na, nos haremos cargo prácticamente de la solución 
del problema en el término práctico de sus ensa- 
yos, en cuanto éstos nos son conocidos personal- 
mente, pero para acercarnos en lo posible a la 
verdad teórica por analojía i asimilación, será de 
indisputable conveniencia i luz, echar una mirada 
rápida a los dos países quo nos sirven de término 
de comparación. 

(l) A este propósito de la madre o criadero thl oro, nneatro corresponsal 
de Ula))el, recientemente citadu, nos raCere una ciiuoleiÍBticu antidota 
del indio que descnliiió ol minot'al de su uombrc, el cual despariamaba el 
OÍ O fíu decii' 8U procedencia, hasta que interrogado sobre el caso 
contestó testualmente: — «Al hijo (el oro) lo conocerás, pero a la madre no 
\a. olerá».'» 

LA E. DEL O. ^"ík 



— 298 — 



VIII. 



Que Chile, país situado en el hemisferio sur del 
Nuevo Mundo en una lonja horí/.ontnl de llanos i 
de valles que se estrechan entre el Pacífico i los 
Andes, posee un territorio de estructura física, 
ioolüjica i jeo<^ráfica, semejante a la de California, 
es asuuto que salta a la vista natural i que cono- 
cen hasta loB niños que han dibujado con tiza un 
mapa-mnndi en la pizarra. 

Los grandes rasgos, de los sistemas de ejes que 
ideó el ilustre jeólogo Elias de Beaumout i que ha 
seguido fielmente en sus estudios su discípulo Pis- 
éis en Chile, corresponden, en efecto, casi simé- 
tricamente en los dos territoritos como la compaji- 
nacion de uu libro, o mas propiamente como esos 
calcos que las láminas recieiitemeute grabadas 
suelen dejar impresos en la pajina fronteriza de su 
encuademación,— «Una línea recta o eje máximo 
(main axial Hve), dice un distinguido iujeniero 
de minas de gran reputación en California, pasan- 
do por laa cumbres de sus sierras, marcaría la lí- 
nea divisoria del Estado de California por el Este 
en una estension de 500 milhis. Una segunda lí- 
nea, que recorriera al pié de esas montañas, esta- 
blecería en la misma distancia su eje central i una 
tercera paralela, muí distante de la última, mar- 
caria la base occidental de las costas californienses. 



— 299 ^ 

«Estas líneas paralelas dividen, en consecuencia, 
el Estado de California en tres zonas de norte a 
ísnr que podrían denominarse —La Sierra, — el 
gran valle central del Sacramento — i las colinas 
o cerrofs de la costa.D (1) 



(1) Estractamos esta escelente definicioa topográfica de 
Califonia de un interasante i compendioso artículo publi- 
cado por el injeniero de minas de af|uel estado Mr. Ang. F. 
Bovrie en el Mining and Scientific Press, revista de indus- 
tria i minas publicada en San FrancÍBCo i correspondiente al 13 
de octubre de 1877, que tenemos a la vista. El título del artí- 
culo, ilustrado por un corte jeolójico perpendicular, semejante a 
la perforacioü de los pozos artesianos, es el siguiente: Hi/drau- 
Hc Mininx) in California, i nos parece del caso, por la circula- 
ción que este libro pudiera alcanzar entre Ion hombres de la 
profesión, copiar las propias palabras del conocido esperto norte- 
americano, que diceu así: 

«A straight or •nxain axial Une, whose course woald be 
north 31° west, passing through the calminating peak$ of the 
Sierras for a distaace of 500 miles, can be assumal as the wes- 
tevn boundary of tbe State. A aecond parallel drawn S.'í miles 
west of the main axial Une ■vvill skirt the westeru base of the 
Sierra Nevada, along the edge of foot-hills. A third parallel run 
equidiataut í'rom the second will represent, as nearhj as possi- 
ble, the rtestern base of the Coast range». These parailels di- 
vide the State iiito three belts, namely, the Sierra, the grcat 
Valle*/ of Calijorvia, aud the Coaat ranges.'i 

Agregaremos todavía que el injeniero Bowie es citado con 
clojio por el esperto Shanklin tjue ha visido la Australia i la 
Nueva Zelandia para implantar el sistema hidráulico ou los 
cascajos auríferos. 



— 3UÜ — 



IX. 



No es diferente la defiDÍcion topográfica que 
de California ha hecho un sabio prominente de la 
Universidad de Cambridge, el profesbr J. D.Whit- 
ney, en su espléndida i lujosa obra sobre los cas- 
cajos auríferos de California recientemente publi- 
cada con gi'an costo en Cambridge hace por estos 
diiis un año. (1) 



X. 



I a la verdad, no podía suceder de otra manera 
al ejecutar el calco topográfico de aquel país, que 
siendo en cierta manera nuestro antípoda, parcce- 
ria por su planta^ su orografía, su latitud, sus 
producciones, su clima, sus fenómenos jeolójicos, 
solo una reproducción del nuestro o vice-versa. 

Saltan, en efecto, aun al ojo mas superficial, eu 
Chile las tres líneas capitales marcadas por los 
jcólogos californieuses i se amoldan de maravilla 
a su estructura. 

El ¡tritner eje forma sn zona de la cordillera o 



( l ) The auriferous graveh of the Sierra Nevada of Califor- 
nii, hij F. D. Wkitn&j.—Qiixnhv\<\gQ, october, 1880. 

Somos deudores de la ventaja de huber consultado un ejeii- 
jdar de esta olira a nuestro ititelijeate amiij;o don Carlos Ruflr- 
sol, el \(i\Avn\k¡ro pioneer de lus cascajos «unleros du Cliile. 



— 301 — 

rejion andina correspondiente, pico por pico, que- 
brada por quebrada (sah""© la magnitud), rio por 
rio, al sistema californiense. Viene en seguida el 
gran valle central que en California es el del Sa- 
cramento i el de San Joaquia, con una área de 
18 mil millas cuadradas, i por último, la montarla 
de la costa, que, nudo por nudo i garganta por gar- 
ganta, equivale al de nuestra costa. 

Divisada ciertamente desde las calles de Sa- 
cramento, como la apercibiéramos nosotros en 
mía diáfana mañana invernal en enero de 1853, la 
blanca silueta de la Sierra Nevada, nos parecería 
baber sido trasportados a Cbile para contemplar 
desde los perfiles de su valle central, como en An- 
gol, los cordilleras de Trapa-Trapa hasta el vol- 
can de Llayma, o el Villarica desde el rio Futa jun- 
to a Valdivia, en latitudes casi equivalentes en 
uno i otro hemisferio. Sacramento, 38" 33' N. Val- 
divia, 38" 40' S. 

I aquí de paso observaremos que la rejion pro- 
piamente aurífera de California corresponde, eje 
por eje, latitud por latitud, mas a la Araucania 
que a Chile, i que los rios auríferos de Sacramen- 
to, San Joaquin, el Pliiraas, el Yuba i otros que 
arrastran como el Pactólo antiguo arenas, pajue- 
las i plumas de oro, corresponden mucho mejor al 
Biobio, al Renaieo, al Bureo, al Cautin, al Tol- 
ten, al Calle-Calle, al Rio Bueno, etc., que al 
Aconcagua, al Mapocho o al Tinguiririca. 



— 302 — 



XI. 



Pero esas semejanzas no solo existen en los 
grandes rasgos de los dos sistemas comparados, 
sino aun en los detalles. Así, por ejemplo, lo que 
se ha creído una peculiaridad de los ríos de Chile, 
es decir, la de que corran éstos sobre cauces sole- 
vantados i de mas alto nivel que la planicie que 
recorren e irrigan, se observa también en los rios 
de California, sogim lo lince notar Whitacy i es- 
plican así sus propeusioues a desbordarse, como 
acontece de ordinario en Chile, especialmente con 
el Cachapoal i el Tinguiririca, que figuran entre 
los mas empinados del sistema. (1) 

XII. 

Análoga en semejanza es la descripción cientí- 
fica de las cerrilladas de la costa de California 
a la que a nosotros corresponde i que forma tan 
señalado rasgo de la fisonomía de nuestro terri- 
torio. (2) 



(1) a As is usnally the case with large rivers ia broad va- 
lleys, the Sacramento River runa on &,n elevated ridge, the 
hanks of the river being decidedlj higber thaa the strip of Iiind 
adjacent on both sídes Ibr a distaace of three or foar miles.» — 
(WAitfie>/, obra citada, páj. 3.) ' 

(2) Hé aijuí las testualea palabras del autor citado que por la 



~ ;í03 — 



XIII. 



En cuanto a las aaalojías de clima, de produc- 
tos i de aspectos, son aquellas demasiado conoci- 
das aun para el mas rudo de los chilenos que ha- 
ya visitado aquel remoto pais. En California las 
estaciones son tan marcadas como en Chile; allí 
llueve solo en un período igual al nuestro i con 
fuerza solo durante dos meses, que son los que 
equivalen a junio i jidio entre nosotros. I en esa 
corta época cae por junto la mitad del agua fluvial 
que empapa incesantemente el suelo, sobrevinien- 
do los mismos fenómenos de períodos lluviosos i de 
secas que han sido el lote secular de nuestra tierra. 

Todavía una singularidad mas que hace notar 
Witney. 

En California llueve con nubesque vienen siem- 
pre del sud o del sudoeste como en Chile. 

I para llevar las asimilaciones mas allá de nues- 
tro territorio, i aunque la Sierra Nevada no sea sino 
una gran meseta o mas propiamente el contrafuerte 
que envían hacia el Pacífico las Montañas Ro- 
callosas, los territorios que yacen a espaldas de 
sus crestas, como Nevada, Arizona, Colorado etc., 



fidelidad del coucepto dcjamn» copiadas: 

«íThc Co(í8t Rimúes form tho limita of tbe Grcai Vallej/ on 
the westertí side atid extend to the Pacif Occean, therc being 
no wbere iu that eide more than a nurruw space betweeu the 
foot bilis and tho occean...» 



— 304 — 

son tan secos i naturalmente estériles como las 
provincias que quedan a espaldas de nuestra gran 
cadena andina, Mendoza, San Juan, La Eioja, 
Catamarca etc. 

Por último, i como si todas estas analojías, que 
no son transitorias ni casuales sino tan fundamen- 
tales como las estratas del suelo, no bastasen, ob- 
servamos que en California no solo los grandes 
veneros de plata han seguido a los del oro como 
en Chile, siuo que últimamente se ha descubierto 
en aquel maravilloso territorio, o en sus vecinda- 
des, no solo cobre en estraordinaria abundancia (en 
las montanas de la Muía, distrito del estado de 
Arizona), siuo carbón de piedra de primera ca- 
lidad en las montañas de Humboldt, en Nevada, 
i hasta salitre en Carson River!. . 
La misma progresión histórica i sucesiva de Chile. 



XIV. 

Llegando ahora a conclusiones prácticas i apli- 
cables a la esplotacion del oro i sus edades, los 
dos espertos que hemos citado, el injeniero i el 
jeólogo, el minero i el sabio, están de acuerdo en es- 
plicar sencillamente los fenómenos que en el cur- 
so de millares de milloues de años han ido crean- 
do en diversas cstratas de la costa terráquea las 
diferentes zonas del oro. 

De la capa superficial, es decir, de los placeres 
o lavaderos, no necesitamos dar esplicaciones por- 



qne conocen eso hasti los paones mas rústicos de 
Chile, siendo las tierras auríferas meras desagrega- 
í'ioucs de las rocas, especialmente del cuarJío, del 
granito i déla sienita que lo contenían embebido 
en BU forma primitiva. 

No es menos sencilla la esplicacion jeolójica de 
la existencia del oro á¿ minas, pues al alcance d'3 
todos está que ésa es simple cuestión de profun- 
didad, de hondura artificial en la prosecución de 
vetas que lian asomado al sol, i qne van a desa- 
parecer en las vertientes subterráneas o en el bro- 
ceo de la roca plutúnica que le sirve de base. 



XV. 



Mas, respecto del tercer fenómeno, o sea la es- 
plotacion de los cascajos profundos, que en Chile 
son todavía un enigma i en California un pingüe 
negocio, cuando han sido acometidos con los cajnta- 
les, constancia e intelijencia que requieren en vasta 
escala, exijen como formación jeolójica i como his- 
toria industrial, que nos detengamos un breve in-s- 
tante paranie^jor comprenderlos, «t Cuando los pri- 
meros lavadores del oro, dicj el injeniero Bowleya 
citado, vieron agotarse a sus pies el metal superfi- 
cial, reflexionaron, i siguieudo el curso de los rios 
hacia su oríjcn, se propusieron encontrar la fuente 
deloro {The soarce oj the gold) ; i como era natural, 
al llegar al arranque de las quebradas, desaterraron. 

LA K. DEL O. 'ííi 



en sus roturas i solevautamíentos las capas de cas- 
cajo que marcaban el cauce de antiguos ríos ante- 
diluvianos, que corrían completamente opuestos a 
los que hoi siguen el curso de los estuarios existen- 
tes. Esas capas de cascajo (ripios, decimos en Chi- 
le), es decir, de tierras trituradas por acción de las 
aguas, contenían en mayor o menor escala i a di- 
versas profundidades el oro que Labia asomado a la 
superficie, i el atacarlo por medio de piques (^sJiots o 
minas de pozos), fué el primer trabajo de i'econoci- 
miento, exactamente como en las minas de carbón 
de piedra, i en seguida vino el sistema do tritura- 
ción hidráulica para separar el precioso metal de 
la parto inerte, de la basura (d/rt), como llaman 
propiamente los mineros de oro de California lo 
que nosotros conocemos con el nombre mas culto 
de desmontes, relaves o ripios. Esplieado así senci- 
llamente el hallazgo i formación de los casciíjos 
auríferos, hé aquí cómo se procedía, según la rela- 
ción gráfica i animada del escritor francés que an- 
tes hemos citado. 

«Antes de abordar de frente los nuevos^j/ace- 
res, se los analiza, se los sondea, por medio de pozos, 
cstensas galerías, enterradas en las llanuras o en 
el costado de las colinas. Estas galerías que son 
verdaderos túneles, tienen muchas veces, mas de 
un quilómetro de largo. La ejecución dura muchos 
años, i si la roca es dura, cuesta un precio exorbi- 
tante, mai^de 200 pesos por metro. Una vez rcco- 



— 307 — 

nocido el criadero, es necesario desmoronarlo i se 
penetra en él construyendo una galería mucho mas 
corta. De la estremidad interior de aquella se des- 
tacan, a derecha e izquierda, otras dos galerías que 
dan a todo el trabajo la figura de una T. Colócase 
metódicamente en la escavaeíon muchos centena- 
res de barriles de pólvora o de dioamita, cada uno 
de los cuales contiene 25 libras, o sea, 12 quilogra- 
mos o menos. Se les une a todos por medio de un 
hilo metálico, en seguida se tapa sólidamente la 
entrada del túnel, i después se les envía el fuego 
desde afuera por medio de la chispa eléctrica. En- 
tonces se produce un enorme quebrajamiento, al- 
go como una conmoción volcánica, un verdadero 
terremoto; toda la mole se conmueve i un espacio 
de 50,000 metros cúbicos se encuentra hendido, 
desmenuzado, en punto de ser atacado por el 
chorro hidráulico. 

i>En seguida, los hombres se aproximan, dirijlen- 
do el agua comprimida por medio de tubos per- 
feccionados, de hierro o de acero, llamados moni- 
tores, que permiten lanzar, sin la menor dificultad, 
el chorro de derecha a izquierda, de arriba abajo. 
En otro tiempo se contluciael agua por una man- 
ga impermeable de tela; hoi se la lleva, por tubos 
de fierro colocados sobro caballetes: entonces se 
creia bastante una presión de dos atmósferas, o 
sea 20 metros de altura i un volumen diario de 
50 pulgadas de agua (3.800,000 litros), medidas 



usadas en las minas; hoi día se empica por lo me- 
nos 1,000 o 2,000 pulgadas i una presión de 8 a 10 
atmósferas. 

XVI. 



»La palabra monitor está mui bien aplicada; el 
tubo con que se opera es un verdadero cañón. La 
lámina líquida sale de él Usa i trasparente, firme 
como una barra de cristal, sin ondulaciones ni di- 
visiones, i hiérelos bancos del terromontero como 
esos arietes de guerra que en otro tiempo golpea- 
ban los bastiones de las plazas fuertes. Tiene la 
impetuosidad de la bala i hiere, hiere sin cesar. 
La roca no tarda en ceder. Se forma por lo pron- 
to una especie de arco, cuyos pilares son luego 
echados a tierra; entonces ya no es sino una an- 
cha caverna, cuyo techo carece de sosten i se des- 
morona. Se necesita mucha atención i mucha vis- 
ta para dirijir esto trabajo i escapar ileso de los 
desmoronamientos. 

j;Dcmolidos, pulverizados por el choque indo- 
mahie que los mina, las colinas o mantos de cas- 
cajo son arrastrados con el agua. El piso del ca- 
nal del lavado, que se abre ante el íVente que se 
ataca está pavimentado con piedra o madera; la 
piedra que se usa es una especie de guijarros suel- 
tos o bien adoquines de madera que están dis- 
puestos de modo que las fibras estén contra lu 



— 309 — 

corriente. Adoquines i fíuijarros detienen el oro 
en sus intersticios. También se coloca cubetas de 
azogue en el curso de los areniscos. 

sGasi en todas partes el trabajo no tiene lugar 
sino en la estación de las lluvias, a causa del tan 
abundante volumen de agua que se necesita, i en 
California no llueve jamas de junio a octubre, en 
la rejion en que están situados los placeres. Los 
canales del lavado no se vacian i limpian sino en 
lejanos intervalos, i ya se comprende cuan grade 
emoción reina en esos momentos. ¡Allí está toda 
la cosecha de oro! Hai puntos en que se hace la 
limpia dos veces en la temporada, en otros tan 
solo una. 

dEI largo de los canales puede estenderse has- 
ta dos quilójnetros, entre el banco en esplotacion 
i el arroyo donde se arrojan las tierras lavadas. 
En esta estension se colocan algunos saltos, de mo- 
do que la línea de la corriente no sea continua; 
por lo demás, también tiene una pendiente va- 
riable. 

)jNi) es raro que el peso tlel azogue arrojado en 
el canal sea de 2,000 quilogramos, dando al qui- 
logramo de este metal el precio de 3 pesos 20 
centavos a que alcanzó en 1874," este solo gasto 
llegaria a 6,400 pesos. (1) 



(1) Esta operación de limpiar los canales o sluiccs que a ve- 
ces sou de uiíideía en íurmii de ciijnnes lieriuclicaineute cerra- 
dos o verdudtíros ti'iDeles i cajiis de ¡líedra, es lu (|uo los mineroa 




XVII. 



»La cantidad media de oro, prosigue el escritor 
citado, es variable según los criaderos i baja has- 
ta 1 franco 50 céntimos por metro cúbico de ri- 
pio, duchado i lavado. Estas cifi'as representan 
el mínimim que se puede esplotar con utilidad, 
gracias a los medios a la vez tan perfeccionados i 
poderosos como económicos de que se echa mano. 
En otro tiempo con el sistema hidráulico primiti- 
vo, un minero se daba por satisfecho con obtener 
un beneficio de 2 a 3 francos de oro por metro cú- 
bico en algunos terromonteros. Mucho mas babria 
costado tan solo el derribar un metro cúbico de 
cascajo sólido, si no se hubiera tenido a mano el 
agua, tan injeuiosaraente adoptada aquí como 
ájente mecánico, tanto para la demolición como 

llaman cUaniní) up, es decir, lirapiar o barrer el oro, como se 
practicaba antiguamente en la Culcliida i en Chile con loa pe- 
llejos de carnero qne se ponían a la salida de los trapichea, a fia 
de retener entre las hebras de la lana las mas delgadas partí- 
culas del metal, i de aquí el vellocino de oro de Jason, precursor 
del toisoij, o trasquila de orode Carlos V. Hablando de un good 
deaning up, es decir, de mjxíí buena coaecha de oro por amalgama, 
el Transcript, diario de Nevada, correspondiente al 4 de agosto 
de 1878, refiere que la sociedad aurífera denomiiiiula Manzanita 
Companyt había hecho en esos dias una «espléndida co.secha,» 
porque después de nn lavado de peiute dias i con solo 25 hom- 
bres recojió 280 libras de ainalgaraa valorizadas en 3.o,0()0 
pesos, osea 125 pesos por libra de azogue i oro. 



— 31 1 — 

para el lavado i acarreo de las arenas i de los gni- 
jarroK colectores. Pero después, los perfccciona- 
micutos iutroducidos en el método hidráulico han 
sido tales, que pueden al presente ser beneficia- 
das con provecho algunas tierras diez veces mas 
pobres. 

XVIII. 



Entra en seguida en terreno mas sólido el ilus- 
trado autor que por su claridad de esposicion ve- 
nimos fielmente siguiendo, i cita algunos ejem- 
plos prácticos de la ejecución i resultados de los 
procedimientos de que ha venido dándonos cuenta. 

dhvL Compañía Americana en Sebastopol, con- 
dado de Nev^ada, habia lavado a fines de 1871, cer- 
ca seis millones de metros cúbicos de cascajos, que 
le hablan pro lucido 1.803,000 pesos en oro, lo 
que equivalía a un provecho de quince centavos 
por metro cúbico. El banco de cascajo que esplo- 
taba tenia una altura media de ciucuenta metros 
i reposaba sobre un lecho de granito. De 1871 a 
1873 el producido en oro habia sido el mismo. 
Algunas compañías vecinas, m;is favorecidas, sa- 
caban hasta tres pesos por metro cíibíco; otras, 
cuyos ripios ei'an deiiiatíiado duros i se resistían a 
desinoronarse bajo la presión hidráulica, se veían 
obligados a romperlos a polvorazos i molerlos con 
pisones o baterías mecánicas. Estos cascajos ha- 



— 312 — 

bian rondído hasta seis pesos por tonelada (1). 
Teniendo en cuonta los gastos de pólvora i mo- 
lienda, es preciso convenir en que esos cascajos 
debían ser mucho mas ricos, pues de otra manera, 
los gastos de esplotacion habrian dejado en zaga 
al beneficio del oro. 

«I no se crea que todo este oro se encontrara 
en estado microscópico, mezclado como polvo 
imjjcrceptible en la composición del cascajo; hai 
también pepitas, ranchas veces de un regular vo- 
lumen, i pajuelas, (las antiguas bolsas de los mine- 
ros de Chile J nidos de oro semi-cristalino, conte- 
nido en las junturas i cavidades de los trozos do 
cuarzo. 

XTX. 

3)Cuando se lava en la artesa la composición de 
los ripios auríferos se encuentra, como entre las 
arenas de los placeres superficiales pero en menor 
cantidad, fierro magnético nogro oxidulado, lo 
que es fácil separar de los otros cuerpos mezcla- 
dos con él por medio de una barra de imán, gra- 



(1) Algo eqaivaleute a IS peao3 pir cajón en Chile. ¿Q'ñéa 
hiibria trabajado jamas por el sistema ile trapiches metales de taa 
pobre lei eutre uo.^otros? RecuárJese qiio aau eii tiempü de Frezier 
el cascajo debía rendir dos oaaaa de oro para que costease sim- 
plemente, pero 8Ía dejar la rneui^r gau;xaeia. I aliüTA que se ea- 
plotan cascajos que riadeu 15 es. el cajón! 



— 313 — 

nos (le platina, los que se dan a conocei* por su 
color gris i 8ii gran ilensidad, rubíes de un her- 
moso color rojo, pero demasiado pequeños para 
tener algún valor, algunos záfiros azules trasluci- 
dos, granates, circones, igualmente sin valor al- 
guno, restos de cristal de roca i según algunos 
hasta chispas de diamantes; pero se ha reconocido 
que no tenían un valor mayor que las piedras an- 
tedichas. En resumen, solé el oro constituye la 
verdadera cosecha de estas grandes esplotaciones. 
}>De todas las compañía del condado de Neva- 
da, la mas poderosa es la de North-Bloomfield, cu- 
yos trabajos hemos seguido en 1868 desde sus prin- 
cipios. Pcsee en propiedad una estension de 635 
hectáreas de cascajo aurífero. En un estrecho va- 
lle ha construido un gran dique que limita nn in- 
menso depósito que puede contener 21 metros de 
agua, los que luego subirán a 30. En la primera 
de estas profundidades, cd volumen de agua alma- 
cenado es de 15,000 millones de litros, o sea 15 
millones de metros cúbicos. El canal que corre 
desde el dique hasta los bancos de cascajos, tiene 
72 quilómetros de largo i no lia costado meuos de 
500,000 pesos. Está adherido a los flancos de las 
colinas rocosas que encajonan el lecho del Yuba 
o South Yuha, i el viajero que recorre este valle 
salvaje admira desde abajo tan audaz construc- 
ción. El canal desemboca a 300 metros sobre las 
minas i allí se encuentra un segundo depósito. 

LA E. DEL O. 40 



— 314 — 



lal de 32 kilóme- 



«En 1873 se constniia otro 
tros, que clebia reunirse el precedente en la mi- 
tad de su camino. Si se ha terminado ya esta 
obra, la compañía de North Bloomfield podrá 
trabajar durante todo el año i gastar diariamente 
a la vez en todos los puntos de esplotacion, cer- 
ca de 380 millones de litros, que corresponden al 
volumen de 5,000 pulgadas de agua de minero. 

«El total del gasto de estas jigantescas empre- 
sas llega a un millón de pesos, de los que 700 
mil se han empleado on los 104 kilómetros de ca- 
nales i 300,000 en los diques i depósitos. La com- 
pañía posee ademas una parte sobre depósitos en 
los cascajos vecinos i allí construye también 50 
kilómetros de canales, con el gasto de 250,000 
pesos. Ademas lo pertenece esclusivaracnte una 
línea de agua canalizada de mas de 150 kilóme- 
tros, que desde la cumbre de las montañas i de 
los flancos- nevados de la sierra, se estiende hasta 
el pié de los valles adyacentes.» 



XX'. 



í^odríamos por nuestra parte aumentar estos 
ejemplos con numerosos casos que hemos acopiado 
en la lectura no remota de diarios californienses, 
pero nos será licito únicamente recordar, si mas 
no sea que por su nombre (que casi es un título de 
nacionalidad) el célebre lavadero sujjeificial i de 



— 315 — 

cascfijo ILamado Chili-Gulch (o garganta ríe Chi- 
le) cu la vecindad de la ciudad de Mokeluua, con- 
dado de Calaveras, asiento de fabulosa riqueza, 
porque cada una de sus claíms o estacas, aun 
cuando no median mas de 15 pies cuadrados, pro- 
dujeron, según un mineralojista francés, 250 libras 
o sea dos quintales i medio por cada cinco metros 
cuadrados. 

Era aquello una verdadera plancha maciza de 
oro, descubierta por algún chileno. (1) 



(1) P. Lauw, — Metmix prócietix de Califcr^ve páj. 27. Se- 
gún el diario T/te Calaveras Ohronick del 12 de enero de 1878, 
un viejo raiuero llamado Garland halna comprado estos cascajos 
cuando había dado ya en la circa (cement,) i se proponía trita- 
rarlos, para cuyo fin estaba levantando una batería de pisonea 
qne tendrían una presión de 260 pies por pulgada: era esto lo 
que Be llama cement mining, dirijido a estraer el oro de so 
base mas dura i mas profunda. 

En la revista titulada The Itessources of CaUfornia corres- 
pondiente a agosto de 1877 eucontraraos también un prolijo es- 
tudio sobre trabajos ejecutados en Nevada en una estension in- 
calculable de cascajos auríferos que allí tienen el nombre de 
cascajos azules de plomo (the blue gravel ¿í'«í/)que han produ- 
cido muchos millones de pesos a las compañías que los esplo- 
tan. 

El minero australiense Mr. J. B. Shanklin, que ha sido uno 
de los primeros exploradores de loa cascajos auríferos de Chile, 
cita también como actor i artífice, en un artfcnlu publicado el JO 
de marzo de 1878 en El Mercurio de Valparaifíi», una serie de 
grandes trabajos de este jénero logrados en Califoruiu. 

Por i'dtimo, uuestro amigo i colaborador lluwsell, «el bombe- 
ro de treinta años,» nos ha enviado la siguiente lista de lus 



XXI. 




Una peculiaridad, o mas bieu, una analojía chi- 
lena de Chüe-Gulch. En estos cascajos se han 

principales túneles i galerías abiertas para la esplotacion de los 
cascajos. 

Costo i largo de los tímeles practicados en la r ejión sur e inter- 
media del rio Yaba en California, 



Piéa. 

North Bloomfield 7,874 

Bortou 1,600 

American 3,900 

Miirizajiita 1,740 



Costo. 

500,000 
40,000 

140,000 
62,000 
90,000 



Sweetland Creeck 2,200 t> 

Frencb Corral ;,... 3,500 » 145,000 

Lista de támlea abiertos en terrenos de la compañía Excelaior 

(Smartsville.) 

Bohl i Michigan largo 2,000 pies. 

Pactolus p 1,600 j; 

Cement Claira » 1,800 » 

BlueGravel » 1,808 » 

Enterprise í 3,092 n 

Movney lias » 3,300 » 

Se ba estimado que Siuartsville luí producido $ 13.000,000 i 
ha contenido término medio 23 es. de oro por yarJu cúbica, i se 
cálenla que producini de 18 a 22.000,000 rúas. 

I ahora, pregiiutamoa - ¿se ha hecho algo semejante o pareci- 
do siquiera en Chile? ¿Pueden considerarsa como verdaderos 
trabajos i menos como eaplotacioaes de lavado de cascajos anrí- 
l'eros los simples ensayos i rcconociinientos de Cutapilco, Llain- 
paico i Nibliuto? — Pero uu anticipemos. 



— 317 — 

encontrado fósiles de rinocerontes a la profundi- 
dad de 243 pies. Pues algo parecido ha ocurrido 
en la vecindad de Llainpaico, donde se nos ase- 
gura se desenterró un diente de mastodonte u otro 
animal antediluviano, con la singularidad de con- 
tener en sus cavidades una porción considerable 
de oro. Se nos ha informado que esta curiosidad 
existe en poder de don Carlos Waddington, en 
Yalparaiso, i fué encontrado en las Dichas, es de- 
cir, en el fondo del estero aurífero de Casablanca. 

XXII. 



De toda suerte, es un hecho sobre el cual no 
cabe duda el de que casi la totalidad del oro pro- 
ducido por la América del Nort3 en sus estados 
del Pacífico, desde 1871 hasta la fecha, se deben 
no a los agotados lavaderos superficiales de oro, 
sino a los cascajos auríferos de que detenidamente 
nos hemos ocupado. 

Vimos ya en la pajina 235 que, según Lavele- 
ye, la producción total de California en los 13 
años comprendidos desde el descubrimiento, 1848, 
a 1861, ascendió nms o menos a 500 millones de 
pesos, lo que hace aproximativamente 40 millones 
de pesos por año. 

Veamos ahora, según datos de reciente i auto- 
rizada data, cual ha sido el rendimiento del oro 
[en aquellos países, según los libros de la Compa- 



— 318 — 

nía acarreadora de metales preciosos el conocido i 
universal Expreso de Wells-Fargo i Compañía, 
para los siguientes años: 

1873 $ 40.456,593 

1874 40.103,045 

1875 41.745,147 

1876 44.32S,301 

1877 46.129,547 (1) 

Se notará que la proporción del oro ha ido 
siempre en aumento, i esto mismo lia sucedido 



(1) Haciendo la cnenta por libras de estos verdaderos cerros 
de raetalea preciosos que tanto eclipaaa los prodijiog antigaos 
del Ofir i del Perú, encontramos el signíeate resultado. 

«La iiroduccion total de oro i plata ea los Estados Unidos, 
durante el año 1870 se elevó a 17.076,080 libras, a cuyo valor 
el oro contribuye con 9.370,000 i la ptabn con 7,700,000 libras. 
Según el iaforme dado por el director de la moneda, doctor Lin- 
dermau, el estnJü de ^Nevada contribuyó con 57 por ciento de 
la suma total de plata, o sea 5.00.5,000 liliras; Utah figura con 
1.15.j,000; Colorado con 808,400 libras; Montana, con 231,000, 

jtEu la eátadística de 1* producción total de metales preciosos 
desde 1860 hasta fin de diciembre de 1876, consta que la pro- 
ducción total ea el primer año ascendió a 9. 2.30,000 libras, ha- 
biendo desde entonces aumentado en progresión creciente hasta 
17.070,000 libras, que constituyó la estimación para el último 
año. El aumento es debido casi esclusivaraente a la «bteucion 
de plata, la cual ha aumentado desde 30,000 libras (en ISfiO,) 
hasta 7.700,000 (eu 1876.) 

pAsí, en 17 años, la proiluccion total de oro ba sido de 
163.365,418 libras, i la de plata de 07,971,000, h que dá uu to- 
tal de 21 1.326,418 libras.D 



— 319 — 

con la plata, con el plomo i todos los demás valio- 
sos metnlos de aquellas zonas verdaderamente 
portentosas, I a fin de comprobarlo, nos será líci- 
to reproducir del Mining Revíeiv de Sau Francisco 
de 1877, el siguiente cuadro que representa el valor 
total do los metales producidos por los once esta- 
dos del Pacífico que reconocen en el de California 
su cuna i su matriz: 

IS»a t894 1(«7S i«7« 

California $ 18,0-¿ó,7á2 $20 300,531 $17.753,151 $19.000,000 

Nevada 35.-Í54,5U7 35.452,233 40.478,369 49.300,000 

Oregon 1.370.3S9 609,070 l.lt55,046 1,200,000 

Washinhton 209,395 15.5.533 81.932 100,000 

Idíiho.,; 2.343,654 l.8S0,0O4 1.554,902 1.700,000 

Moutana 3.892,810 3.43*3.493 3.573,609 2.800,000 

L'tah 4.906,337 5.911,^78 5.687.494 5.600,000 

Arizona 47,778 26,006 109,093 I.40<},000 

Colorado 4.083,268 4.191,405 6.299,817 7.000,000 

N. México 80«,79S 708,1S7S 2.408,671 2.200,(H;iO 

Br. Cdunibia 1.250,035 1.636,557 1.776,953 1.500,000 

Tot.alea $72.258,693 $74.401,055 $80.889,037 $91.800,000 

XXTII. 



En cnanto al año de 1877, un estado prolijo 
publicado en el estudio estadístico a que hacemos 
referencia, aumenta la producción de metales pre- 
ciosos en mas de siete millones de pesos, llegando 
la estadística a la suma, verdaderamente fabulo.sa, 
dtí 98.421,754 pesos estiviidos en su mayor parto 
por el sistema de la presión hidráulica en un solo 
año. 



El autor de los cómputos que scgiiiraos, corri- 
jieiulo ua tanto los cálculos de Lavelcyc, afirma 
que la prodnccioa del oro i plata en California 
desde desde ISiS a la época do los descubrimien- 
tos arjentíferos de Nevada eu 1861, fué de 700 
millonea de pesos, estableciendo que la contribu- 
ción de la plata a esta cifra no fué mui conside- 
rable. 

Ahora bien, desde que el rudo minero Coms- 
tock, creyendo haberse encontrado un pedazo in- 
forme de escoria, reveló al mundo, como Juan 
Godoi en 1832, la prodijiosa riqueza arjentífera 
de Nevada, este Potosí moderno, el rendimiento 
del oro ha sido en proporción mucho mas del do- 
ble de la plata, en esta forma: 

Oro $ 876.000,000 

Plata 372.000,000 

Esplícase este fenómeno por la circunstancia 
de que las minas de plata de Nevada contienen 
jeneralmente un 43 por ciento de oro. 

Los metales sacados en 1877 de las minas Con- 
solidated Virginia i California, que son las descu- 
bridoras de Nevada, i estraidos de la profundidad 
de 1,500 pie.s, contienen en igual proporción el 
oro i la plata, maravilla uunca vista hasta aquí. 

Sin embargo, cu los estados norte-americanos 
del Pacífico, como ha sucedido en Chile, la plata 
va tomando cada dia mayor ascendiente, pues la 



— 321 — 

proporcionen que estaban, uno i otro metal en 1877 
en aquellos terri torios era de 51 millones de pesos, 
producción del oro i de 49 m ilíones de pesos, pro- 
ducción de la plata; i de aquí el bimetalismo que 
tanto desespera a los sabios, como si fuera posible 
dar un valor fijo, ua lo Piérola», a sustancias que 
alteran su precio de una manera indefinida, año 
por año, i casi mes por mes. (1) 

(1) Como uu dato ititcreaaate de la asombrosa riqueza metalí- 
fera de loá Estados Unidos, reproducimos las siguientes cifras 
sobre las cantidades de oro i plabii atnonedadad ea las tres casas 
de moneda de aquel país en el año de 1S7T, como sigue: 

Casa de tnoneda de Filadeljia. 

Oro . 7.679,844 pesos. 

Plata 10.051,045 » 

Nickel! 8,625! jo 

Tutal en Filadelfia 18.339,414 » 

Casa de moneda en San Francis- 
co (oro i plata) 49.772,0001 » 

Casa de moneda de Carson, esta- 
blecida en 18 'O en Nevada (oro 
i plata) 4.U20/J00 » 

Gran total de amonedación 

euunniio 72.131,434!!! i> 

Lo que amonedó la casa de Moneda de Chile en un siglo! 

Hé aquí todavía im dato de importancia que tiene njiropiada 
cabida en es fe libro i que reproducía hace poco el Econamiste 
Franjáis, a propósito de la debatida cuestión del bimetalismo, 
asegurando cjue aun cuiindy la produi-cion del uro baya decrecido 

LA E. DEL o. W. 



— 'Ó2'¿ — 



XIV. 



Llegado es ahora el caso de proponer la solu- 
ción práctica i similativa que hemos venido per- 
siguiendo i que podría concretarse a esta simple i 
comprensiva fórmula: 

¿Tieve Chile una tercera zona aurífera esplotable, 
así como ha tenido dos zonas arjentífera^ perfecta- 
mente demarcadas? 

I si así esa zona existe, como parece fuera de 
duda, ¿es ésta susceptible de ser esplotada con las 
pinffües ventajas que en California i por los pro- 
pios añedios usados en este pais i en Australiaf 

El problema queda así lealmente establecido; 
pero los ensayos ejecutados liasta aquí desde 1877 



en loa últimos cuatro aQos, no por esto dejaría de solirar para 

las necesidades verdaderas o ficticias del mnndo. 

«Soetbeer, que es ua estíidístico toiis minucioso que I03 pre- 

Ctidtíutes, da las uifraa de \\ acufiacioii de las muuedaa de oro i 

plata en el período mas reoieute, es decir, de 1861 a 1875, ea 

]o3 doce principales pstados del mundo civilizado fabricantes 
de moneda eu la siguiente tbniía; Australia^ Gran Bretaña, 

Indias Inglesas, Estados Unidos, Francia, Béljica, Italia, 

Aleinutiia, Austria-Hungría, Eiscaadinavia i los Países Bajos. 

Esos Estados reuuídos han amonedado en ose período 5.785,580 

kilogramos de oro, que valea 16,142.000,000 de marcos o sea 

4,035.400,000 de pesos fuertes, i 42.098,340 kilogramos de pía- 

tu, que valen 7,578 millones de marcos o 1,8'JC millones de pesos. 

Seguu estos dato» puede admitirse que debe haber a lo menos 5 

mil millones de pesos en oroj en estado de moneda, un todo el 

luuDdo civilizado.» 



— 323 — 

en Catcapilco, en Maleara, en Llampaico, en Ni- 
blinto, ¿alientan o desprestijian semejante indus- 
^tria ha«ta el presente. 

— iSÜD, responden los entusiastas decidiendo el 
priroer término a su favor, i esplicando el poco 
éxito alcanzado hasta aquí por causas ajenas a la 
riqueza intrínseca, jenuina i probada de la tierra, 
es decir, por la escasez de agua, la penuria de ca- 
pitales, las intrio:a8 del ajio, i mas que todo, por 
la inconstancia cúpida que se fatiga i desespera 
del primer malogro. 

— «No!» dicen los otros invocando testimonios 
contrarios i liechos desconsoladores. 

En cuanto a nosotros, colocándonos fríamente 
en el centro de la controversia, nosotros que bus- 
camos solo la solución de un gran problema na- 
cional, i esponeraos los hechos i las doctrinas que 
tienden a ilustrarlo, nos limitaremos a narrar sen- 
cillamente lo que sobre el particular vimos en es- 
cursiones auríferas que cuentan ya la autoridad de 
algunos años (1878) i a esto consagraremos, con- 
forme a nuestro programa, los dos capítulos sub- 
siguientes. 

XXV. 



No pondremos remate, sin embargo, al presen- 
te, sin citar, sin comentario alguno, la opinión del 
esperto, Mr. Shanklin, quien en el artículo recien- 



— 324 - 

temente citado i correspondiente a diciembre de 
1878, se espresa en los términos siguientes: 

«Es un hecho demostrado por la esperiencia 
obtenida en los lavaderos de Australia i Califor- 
nia, que el manto o stratum que contiene la ma- 
yor parte del oro, está situado en los ocho o diez 
pies que se hallan sobre la circa o roca primitiva, 
aunque hai casos, como en el «Great-blue lead» 
de California, en que ese manto alcanza hasta 40 
pies de espesor sobre la circa; pero esto es escep- 
cional. El North Bhomfield Gravel 31¿ning Com- 
pmii/, tiene im depósito de unos trescientos pies de 
espesor, de los cuales solo los 40 mas profundos son 
del manto verdaderamente aurífero. En los años 
1870 a 1874 esta compañía lavó de la parte supe- 
rior del depósito tres i un cuarto millones de casca- 
jo, con un resultado de 2.9/10 centavos por yarda. 

<iEn 1874 a 1875 lavó 1.858,000 yardas cúbicas 
de la misma parte superior, hasta la profundidad 
de 160 pies, con un resultado de 3.9/10 centavos 
por yarda cúbica, i con un costo de 2.84/100 cen- 
tavos. En 1875 a 1876 la misma compañía lavó 
2.919,700 yardas cúbicas hasta la profundidad de 
260 pies con un resultado de 6.6/10 centavos, es- 
traídos a nn costo de 3.19/100 centavos por yar- 
da. El cálculo, por estudios prolijamente hechos, 
del valor de todo el depósito, daba una lei común 
de 25 centavos, siendo la de los mantos superiores 
aumentada por la de los inferiores. 



— 325 — 

BEsta compañía es una de las mas importantes 
en California. 

I» La Compañía Light eii im ensaye hecho para 
estimar el valor de los mantos superiores e infe- 
riores, lavó 58,340 yardas cúbicas del cascajo su- 
perior con un resultado de dos centavos por yar- 
da, (dos cen'tavos en lugar de dos onzas de oro 
sellado por cajón! , i en seguida lavó el manto 
situado a cuatro pies sobre la circa, dando 55 por 
yarda cúbica. 

»La compañía La Gran ge lavó también con el 
mismo objeto de estimar el valor de los cascajos 
superiores e inferiores, 41,038 yardas cúbicas, con 
un resultado de tres centavos por yarda, i 7,242 
yardas del manto inferior que dieron 94 centavos 
por yarda cúbica. 

3) La Corapaijía Ceder- Creeck tiene un depósito 
de 130 pies de espesor, de los cuales 90 pies de la 
parte superior no contienen nada de oro. Puedo 
citar muchísimos ejemplos como éstos, i otros en 
Austrah'a, donde el manto pagador no tiene jene- 
ralraente mas de un pié de espesor sobre la circa, 
con escepeion del distrito de Ballarat, donde varia 
entre siete i diez pies sobre la circa. 

3) Co77ipárense rihora estos depósitos con los hasta 
fa/pcha reconocidos en Chile. Los ensayos en Ca- 
tapileo han dado una leí mmima de 30 centavos 
por yarda cúbica; en TJampaico de cuarenta a 
ochenta centavos, sin saberse todavía h que pueden 



— 326 — 

producir los mantos inferiores; en Marga-Marga ^ 
desde 30 centaws hasta dns pesos; en Petar ca des- 
de 50 centavos hasta un peso; en el Romeral desde 
50 centavos hasta dos pesos; i en Garen desde cin- 
cuenta centavos hasta cuatro pesos. y> (1) 



(1) Sobre este míamo particular i ea el mismo seatido han 
escrito los espertes o cateadores Jo oro Mf. Holcombe i Simp- 
son, que han recorrido una baena parte del país, i también el 
químico chileno don Enrique Sewell-Gana. Este último hizo ua 
llamamieuto especial a los prospectors i mineros californienses 
en nn artículo publicado en enero de 1878 en El Mininy'x 
Scienfjc Press de San Francisco, ofreciendo todo jéaero de ven- 
tnjas a nombre del presidente Pinto i de su ministro el señor 
Lastarria. 

Se noa ha informado que el injeniero aurífero señor Messerer, 
el mas versado talvez de los hombres de ciencia i de práctica 
auríferas combinadas que haya venido a Chile, no abriga una 
esperenza raui lisonjera de la tercera «OMa aurífera de Chile por 
la formación de sus estratas. Pero, al mismo tiempo, se nos dice 
que el sefior Messerer trabaja minas de cuarzo en Tiltil, en Pe- 
torca i donde las halla... 

Escrito i en prensa lo precedente, el Mercurio de Valparaiso 
del 9 de noviembre anunció la llegada a eaa ciudad de la segun- 
da remesa de oro de Llampaico (13 libras) producto de 130 ho- 
ras de lavados de cascajos con un monitor hidráulico de mínima 
presión i aprovechaniiento... I no es este el caso de eaclamar, 
como respecto del oro de Lebu: — «.Santo Tomas, ver i creerl» 




CAPITULO XII. 



LOS CASCAJOS AURÍFEROS DE CATAPILCO. 

El fTimer prospector o cateador de los cascajos auríferos de ChUe, el dbctor 
Burnes.— Cfttapilco i su fama aurífera.— Llega este emisario a Chile i 
regresa el doctor Burnes a Estados Unidos eiil876.: — Mr. Jghn Fiaglet' i 
prolijos reconocimientos profesionales que ejecuta en Catapilco. — 5e re- 
suelve a establecer trabajos por lá presión hidráaliga i regresa á ^s[ta-: 
dos Unidos. — Vigoroso planteamiento inicial de las faenas. — ^Elinjenie- 
ro Simpson.— La fiebre da Paraff i nuestras escursioñes en 1878. — Es- 
cursión a tíatápilco. — La comitiva, la partida, los adioses i los aco- 
modos. — «Ambrosio Lámela.»— De Vi3a del Mar a Concón.— La cazuela 
de Colmo. — Los gringos de Semana Santa i la aventnra del arriero de 
los gringos. — Quinteros. — Puchuncaví. — La laguna de Catapilco. —Una 
acojida yankae i sus brindis. — Visitas de las faenas del oro. — El Cule- 
brón i el Quemado. — El cambista Román i sus tesoros. — Pedro Cruz i 
Montenegro. — Una arroba de oro por semana. — Descripción de los tra- 
bajos.— Los canales. — Lo&flumes i los acueductos. — La revelación del 
indio en el hospital de Santiago. — Risueñas ilusiones.— Cartas de Mr. 
Flagler que las confirman. 

«Desde qué se Tía dado publicidad a los 
notables trabajos auriferos de Catiipilco, 
se ha despertado un verdadero entusiasmo 
por este jénero de empresas. 

»Varias personan récorron los campos de 
la costa, estimulados ^or las ro(ÍBma3 em- 
presas, i entre otras se ños asegura que una 
caravana compuesta de los señores Luis i 
, Patricio Lynch, Juan de Dios Merino Be- 

na vente i otros caballeros se han diriji- 
do últimamente a Catapilco para hacerse 
cargo prácticamente de este nuevo siste- 
ma de esplotar las riquezas dal país, el 



— 32á — 



cual, manejado con mediana discreción, 
nos sacarla sin duda de la aflictiva situa- 
ción que atravesamos. 

(Crónica del Ferrocarril del 4 de marzo 
de 1878.) 



I. 



Por el año de 1875 hizo su aparición en Chi- 
le el ■púm.er prospector o «cateador de panizos de 
oro 2), en demanda de la antigua i universal fama 
de Chile así como de la aplicación de los sistemas 
californienses que hemos descrito en el capítulo 
precedente de este libro. Era este nuevo Jason en 
busca del perdido vellocino de la Colchida, un 
médico de profesión, llamado Mr. Barnes, que con 
el grado de coronel habia servido en las filas de la 
rebelión de Estados Unidos i consagrádose en se- 
guida a las labores de oro en California i aun en 
los Estados del Sur de la Union, a que pertenecía. 

II. 

El doctor^Burnes fué en seguida enviado, i al pa- 
recer era sostenido i estimulado, por una compañía 
de capitalistas residentes en San Francisco i Nue- 
va York, que deseaban esplorar los cascajos aurí- 
feros de Chile, o sea su tercera i todavía vírjen 
zona subterránea, a fin de esplotarla por los pro- 
cedimientos hidráulicos. 

Llamaron desde luego la atención del pioneer 



M 



CAPITULO XII. 



LOS CASCAJOS AURÍFEROS DE CATAPILCO. 

Elprimer^o<|>«cfor o cateador de los cascajos auríferos d^ Chile, el dbotor 
Bames. — Catapilcu i su fama aurífera.— Llega este emisario a Chile i 
regresa el doctor Burnes a Estados Unidos en 1876. — Mr. Jqhn Flagler i 
prolijos reconocimientos profesionales que ejecuta én Catápilco. — Se re- 
suelve a establecer trabajos por Ik presión hidr&uliga i regresa á Esta- 
dos Unidos. — Vigoroso planteamiento inicial de las faenas. — ^El injenie- 
ro Simpson. — La fiebre de Paraff i nuestras escursiones en 1878. — Es- 
cursión a Catápilco. — La comitiva, la partida, los adioses i los aco- 
modos. — (Ambrosio Lamela.>— :De Viña del Mar a Concón.— La cazuela 
de Colmo. — Los gringos de Semana Santa i la aventura del arriero de 
los gringos. — Quinteros. — Puchuncaví.— La laguna de Catápilco.— Una 
acojida yankae i sus brindis. — Visitas de las faenas del oro. — El Cule- 
brón i el Quemado, — El cambista Román i sus tesoros. — Pedro Cruz i 
Montenegro. — Una arroba de oro por semana. — Descripción de los tra- 
bajos. — Los canales. — hos flumes i loa acueductos.— La revelación del 
indio en el hospital de Santiago. — Risueñas ilusiones.— Cartas de Mr. 
Flagler que las confirman. 

«Desde qae se lia dado publicidad a loa 
notables trabajos auríferos de CatapUcd, 
se ha despertado un verdadero entusiasmo 
por este jénero de empresas. 

«Varias personas recorran los campas de 
la costa, estimulados por las niismas em- 
presas, i entre otras se ños asegura que una 
caravana compuesta do los señores Luis i 
. Patricio Lynch, Juan de Dios Merino Be- 

nave nte i otros cabaJlcros se han diriji- 
do últimamente a Catápilco para hacerse 
cargo prácticamente de este nuevo siste- 
ma de esplotar las riquezas dsl país, el 



— 328 — 



cual, manejado con inediaDa discreción, 
noa sacaría sin duda de la aúictiva situa- 
ción que atravesamos. 

(Crónica del Ferrocarril del 4 de marzo 
de 1878.) 



I. 



Por el año de 1875 hiüo su aparición en Chi- 
le el primer prospector o «cateador de panizos de 
oro», en demanda de la antigua i universal faina 
de Chile así como de la aplicación de los sistemas 
californienses que hemos descrito en el capítulo 
precedente de este libro. Era este nuevo Jasou en 
busca del perdido vellocino de la Colchida, ua 
médico de profesión, llamado Mr. Burnes, que con 
el grado de coronel había servido en las filas de la 
rebelión de Estados Unidos i consagrádose en se- 
guida a las labores de oro en Cahfornia i aun en 
los Estados del Sur de la Union, a que pertenecía. 



IL 



El doctor^Burnes fué en seguida enviado, i al pa- 
recer era sostenido i estimulado, por una compañía 
de capitalistas residentes en San Francisco i Nue- 
va York, que deseaban esplorar los cascajos aurí- 
feros de Chile, o sea su tercera i todavía vírjen 
zona subterránea, a íiii de esplotarla por los pro- 
cedimientos hidráulicos. 

Llamaron desde luego la atención del pivJieer 



— 329 — 

de los'caacajos auríferos las reaombradas tierras 
auríferas de Catapileo, esteusa hacienda situada 
cu la costa del departamento de la Ligua i eu los 
confines setcntrionalcs de la de Valparaíso. 

Allí no habia en efecto dejado de trabajarse ja- 
mas el oro, desde el tiempo de los aboríjenes, i 
hoi mismo continúa dando pábulo i sustento a la 
vida de algunas familias i al provecho de uno o 
dos cambiadores de oro, por el método antiguo de 
la batea i el buche de la gallina, especialmente 
en el lugar denominado La Laguna, que es don- 
de en un rem'anso de playa desemboca en el Pa- 
cífico el estero aurífero de Catapilco. Esta noble 
estancia ha sido durante dos siglos bien patrimo- 
nial de la famiha Vicuña, i hoi es propiedad de 
una rama de este — los señores Ovalle- Vicuña. 



III. 



Después de un año de esploraeiones, el doctor 
Burnes dio la vuelta a Nueva York, i a mediados 
de 1876 regresó a Chile acompañando a un ho- 
norable, intelijente i entusiasta industrial, Mr. 
John Flagler, que disponia de los poderes i de los 
capitales de una rica compañía organizada en 
Boston i en Nueva York i de la cual era él el mas 
influyente accionista. 

Mr. Flagler trasladóse inmediatamente, aeom- 
)añado de su aprcciable familia, la señora Flagler 



LA E. DEL O, 



\^ 



^ 330 -* 

i una encantadora hija única, a Catapilco, i des- 
pués de haber hecho con rara perseverancia i per- 
sonahnente durante el invierno de 1877 cuantos 
trabajos preliminares i reconocimientos previos 
juzgó necesarios hasta convencerse de la riqueza de 
aquel suelo, cinco, diez o mas veces superior a la 
que habia producido tantos millones en los últimos 
seis años en California i en Nevada, regresó a su 
país para enviar los obreros, las máquinas, las 
herramientas i los capitales que la planteacion de 
la empresa de lavados en grande o mediana esca- 
la requería. 

No tardaron estos elementos en llegar al terre- 
no con gran costo de trasporte, organizándose una 
verdadera compañía de esplotacion por medio de 
la presión hidráulica i con el nombre de Ligua 
Mining Company. 



IV. 



Creyóse al principio mas económico i producti- 
vo levantar las aguas de la laguna de Catapilco 
por medio de bombas a vapor a la altura suficien- 
te para alcanzar lo que los injenieros californieu* 
ses llaman un good head, es decir, una posición tal 
que produjese la presión requerida a los pistones o 
monitores destinados a lavar los cascajos. 

Iniciáronse los trabajos bajo la dirección de un 
injeniero práctico, un prospector de profesión, lia- 



— 331 — 

mado Mr. Juan Simpson, traido espresamente de 
los cascajos i esplotaciones de CaliforQÍa para el 
caso. I durante el verano de 1877-78, se adelan- 
taron éstos, canalefi, tímeles, represas, acueductos, 
etc., lo suficiente para llamar la atención de todo 
el país, que contemplaba en ese momento, ator- 
mentado por las alotargadoras impresiones del 
sueño o pesadilla de ParafF, la solución de aquel 
gran problema práctico. 



Había algimas personas, poquísimas en núme- 
ro, i entre ellas el autor de estos apuntes, que no 
creyeron jamas, ni por un solo minuto, en las pa- 
trañas de aquel aventurero tan inienioso como au- 
daz; i juzgando que era mas acertado, mas juicioso 
i mas práctico llamar la atención de los capitalis- 
tas i de los trabajadores comunes hacia los intere- 
ses auríferos, mas lentos pero menos fantásticos, 
que desarrollaban los industriales californienscs, 
ejecutó en compañía de varios amigos diver- 
sas escursiones a los lugares de mayor i mejor 
reputada fama aurífera que existían al alcance 
de su residencia habitual en aquella época, que 
era la aldea de Viña del Mar. 

Con esos propósitos visitó sucesivamente las 
quebradas de Reculemo, de Maleara i de Alvara- 
do en la provincia de Valparaiso, i los vastos 



— 332 - 



campos de Catapilco en la de Aconcagua, depar- 
tamento de la Ligua. I hoi, en cumplimiento doi 
los propósitos que ha venido desarrollando en el 
presente libro, se propone dar a conocer el fruto 
de esos reconocimientos, o mas propiamente sim-i 
pies visitas de escritor ejecutadas por placer a los 
placeres auríferos, usando para ello el llano len- 
guaje de una relación familiar. 

Comenzamos en consecuencia la Jornada de Ca- 
tapilco sin escluir ninguno de sus incidentes i epi- 
sodios, que acaso llevarán algún solaz al ojo del 
lector, cansado ya de la aridez del páramo. 

VI. 

Esa relación, contenida en una carta escrita al 
pié de la estribera, cual el prólogo del inmortal 
Manchego, al Ferrocarril de Santiago, en las ca- 
sas de. la hacienda de Catapilco el 20 de abril de 
1878 (sábado santo) estaba concebida con levísi- 
mas vanantes en los términos que en seguida pa- 
samos a copiar: 

En la mañana del jueves santo, dia 18 de abril, 
de 1878 la pequeña i de ordinario tranquila ca- 
lle Bohn, este pequeño camino de cintura del 
moderno Versalles (pero que mas parece, por lo 
estrecho, pretina que avenida), presentaba el mas 
animado espectáculo. Todo era carreras, gritos, 
caballos en pelo, sueltos los unos conducidos por 
el diestro los otros, maletas i sacos de viaje lleva- 



do8 en hombros por las aceras, sillas de montar pe- 
didas aquí i allá en préstamo, sirvientes que iban i 
venían, i entre el revuelto i pintoresco enjambre de 
jinetes de bota fuerte, de pedestres a pié pelado, 
de huasos que aparejaban lozanos machos de al- 
mofrej, las dulces i curiosas caritas de loe niñosquc 
venían a decir al «ipapá» i al fctio» el último adiós 
junto con el último encargo — «¿Qué me trae?» 



* 



VII. 

Nuestras buenas amigas, las señoritas E , 

con su intelijente i nunca desmentido comedi- 
miento, se hablan encargado de la colación mati- 
nal, de suerte que a la siete de la mañana, con un 
sol radioso de otoño, pero que refrescaba la brisa 
del mar vecino, estábamos listos todos los «viaje- 
ros de Catapilco», que éramos sieie, como los pe- 
cados mortales, en el orden en que varaos a nom- 
brarlos de memoria, cosa que no es difícil, porque 
desde el elegante aposento de las casas de Cata- 
pilco en que esto escribimos, oigo que en el salón 
superior están seis de ellos «cantando gloriai» (la 
gloria de la resureccion) con voces tan destempla- 
das que de lejos saben a notas galopadas a razón 
de quince leguas por dia. Para esta noche tiene 
también anunciada, la misma alegre comparsa, un 
concierto a favor del hospital de la vecina Ligua, 
en que se representará una petipieza titulada Pa- 



— 334 — 



raff en Catcqñlco, i uno de los actores remedará al 

(íciego Acuña en el Santa Lucía» i otro al (iruise* 
ñor de Pelequeny-, 



VIII. 



Formaban, pues, la festiva i animosa comitiva 
los amigos que siguen con sus respectivos títulos 
de guerra, que para el caso usaremos como mas 
discretos i de mayor llaneza: -Juan Ashley Wal- 
ker, que como recien llegado de las arjentíferas co- 
linas (o mentiras) del Rio Colorado, le cupo en es- ^J 
ta escursion aurífera de las costas el importante ™ 
papel de capitán de rancho; mi hermano Antonio 
Subercaseaux, nombrado tesorero lin partibuss; 
Osvaldo Rodríguez, secretario de la intendencia 
de Santiago, el simpático capitán Borgoño, ayu- 
dante de la intendencia de Valparaiso, a quien 
BUS jefes dejaron a pié, cuyos dos personajes ofi- 
ciales conservan sus respectivos títulos en la mar- 
cha, con la sola circunstancia de que para mayor 
respeto de la caravana fué el último ascendido a 
coronel, (i hoi jch profecía! ya lo es); el respetable 
capellán i futuro cura, cuando haya iglesia, de. 
Viña del Mar, quien no teniendo como oficiar en 
el lugar, se proponía misionar a lo largo de la 
costa; mi inseparable i querido primo Januaiio 
Ovalle, a quien nunca he sabido si quiero mas co- 
mo a primo que como hermano, i al cual los hua- 
sos de esta tierra, sus inqui linos i subditos, lia 



— 335 — 

man solo don ((Juan Arias j», i nosotros por cariñosa 
abreviatura (ídon Juanitoi',i por ultimo, el que es- 
to escribe, que tomó para sí el empleo de nunca 
cansado cronista o como dice irónicamente ídon 
Juanitoj),dc aTntadc lotí costinosi» o el «TostadoD. 



IX. 



Decíamos que el coronel ayudante del intenden- 
te de Valparaíso habia sido dejado a pié, i así era 
la verdad, porque su asistente no parecía con el 
«caballo del gobierno», i ya iban a sonar en el reloj 
de la estación las nueve de la mañana. 

Echóse el tesorero con este motivo no previsto 
a buscar un rocinante de ocasión, i con tanta suer- 
te, que cuando (cel tren de nueve» venia haciendo 
sonar su bocina de alarma por la Pantilla de los 
Burros, (que es por donde se entra a Viña del 
Mar viniendo de Santiago), ya salíamos de tropel 
por la boca occidental de la callejuela de Bohn 
hacia la que se llama Plaza de la Libertad i que 
no es todavía sino de «las basurasi^. 



"Pero hé aquí que mientras perfilábamos la ca- 
balgata para atravesar el pesado médano del es- 
tero, que en futuros tiempos se llamará, por de- 
creto de 1875, Avenida de la Marina^ aparece 



— 336 — 

hacia nuestra izquierda un grupo de elegantes se 
ñoritas, que en un íibrir i cerrar de ojos pone 
en desbandaba a los viajeros. Son las graciosa 

señoritas C que se dirijen a tomar el 

«tren de nueve», razón por la cual los jinetes Si 
arremolinan i parten en esta dirección, i en I 
otra sin escuchar voz de mando, a mas que lijer 
trote llevando la vanguardia el secretario de San- 
tigo i el coronel de .Yalparaiso, para rendir sus 
homenajes i decir sus finos adioses a las bellas 
aparecidas, con el nunca olvidado apéndice de — 
aQué me encarga?» ^H 

Hasta «don Juanito» puso a mas que aun tercio^ 
de rienda su dorado caballito de paso llamado por 
buen nombre el Tomate^ i no parecía sino que 
cual Sancho enviado por su enamorado amo el de 
la Triste Figura, iba a decir algún discreto recado 
i razonamiento a aquellas hermosas Dulcineas de 
esta aldea que han dado por manía cortesana en 
llamar Versalles, cuando en realidad no es sino 

un dulce Toboso Solo el capitán cronista i su 

capellán, como Pedro de Valdivia i el fiel padre 
Pozo en la batalla de Tuciipel, quedáronse firmes 
sobre sus estribos, atravesando con tardo paso el 
fatigoso arenal. 

XI. 



Al cabo de un mas que mediano cuarto de hora 
la cuadrilla de la santa hermandad se hallaba 



— 337 — 

otm vez rounida i compacta en la opuesta banda 
dercstero junto al sitio en que estuvo la viña de 
Alonso de Rivera, i quo hoi sombrean como tris- 
tes memorias del pasado, grupos de amarillosos 
álamos. 

Comenzó aquí una escena de diversa especie 
de la ya pasada de juveniles amoríos que se lle- 
van los suspiros, porque era cuestión de enjal- 
mas, de asentaderas i de rocines. Quién estribaba 
demasiado largo, quién demasiado corto, como si 
ftiese en cuclillas, a cual se le habia caido los 
sudaderos por llevar floja las cinchas, i cual habia 
olvidado los cigarros i cual otro los fósforos. Solo 
el cauto capellán llevaba todo su apero en regla i 
cabal como lo demostró sacando su breviario de- 
bajo del poncho i la sotana, i cdon Juaniton una 
buena marraqueta de pan francés de que habia he- 
cho prevención en la cariñosa mesa de nuestro ma- 
tinal desayuno. — <r No se lo decia yo, esclamó en 
tal conflicto de apreturas, uno do los de la cuadri- 
lla, no se lo decia yo que debíamos hacer ayer 
por la tarde lo de los jesuítas, que siempre que 
salían de viaje montaban la víspera a caballo, 
cargabíin las muías, i los pozuelos, daban una 
vuelta por los claustros i en seguida se alojaban 
poniendo cosa con cosa, los lazos sobre los lomi- 
llos, los pellones en el suelo, las espuelas junto al 
freno i la manea, i por almohada el misal? 



LA E. DKL O. 



43 



— 338 — 



XII. 




Quedaron los coLapañeros editicatlos con aquel 
sermoiicíto de vieja tle jueves santo, i proraet' 
viajar en otra ocasión «a lo jesuíta» para no teñe; 
atrasos ni andar a la disparada como había acó 
tecido aquella mañana. 

Organizamos en seguida la raarolia tomando la 
vangiiardia los do a caballo de buen galope, lo3 
del trote al centro i los de paso menudo la reta 
guardia que cerraba don Juanito en su mentad 
caballo el Tomate. 

En cuanto al mozo de la carga, un de.spiert 
muchacho catapilcauo llamado Manuel Pérez, con 
mas cábulas que Ambrosio Lámela, el ai'riero de 
Jil Blas, pero de voluntad lista como la malicia , .^^ 
destacámoslo adelante en calidad de emisario de^^ 
estómago. Es de advertir que casi toda la caba- 
llada era de Catapilco, asi es que los rocines con 
no menos velocidad que alegría iban tragándose 
las leguas i el viento salino i vigorizante de la 
costa. 

xm. 




Haciendo un vuelco hacia la playa de aquéll 
abandonamos a poco el camino real de Quillota, 
el punto en que el desdichado Portales tomó. 



su postrera taza de caldo, que le dieron de caridad 
en un rancho que todavia se halla de pié, i pusímo- 
liosa galopar sol)re el cómodo Bendero macadam 1- 
ícadoque, t-on poco contó pero no pequeño injenio, 
ha ecliado sobre las arenas muertas el caballero 
ingles que habita la antií,'ua posesión de «Las Sa- 
linas», esta Inglaterra en miniatura situada a la 
sombra de las encinas i los pinos entre las colinas 
i el mar. 

En seguida, penetrando por un desfiladero de 
rocas rotas a pólvora, comenzamos a seguir la 
huella del antiguo trazado del ferrocarril hecho 
por Alian Campbell, via Concón, i que fué aban- 
donado por el túnel de San Pedro i los cinco 
puentes de las Cucharas, arrojando al mar cuatro- 
cientos mil pesos en cortes i terraplenes que toda- 
via existen como camino i como protestas. El 
sendero es angosto i escarpado hasta el paraje de 
Cochoa, pero no existe en comarca alguna del 
mundo sendero de calzada mas valioso que aquél. 
Una cuadra de adoquines importa en Santiago o 
Valparaíso de dos a tres mil pesos; pero estas la- 
deras rebanadas desde las cumbres i estos rellenos 
de cascajo i piedra que después de veinte años 
resisten inmóviles al embate de las olas, han cos- 
tado a razan de seis, de ocho, de diez i hasta de 
veinte mil pesos cuadra. Así avanzamos uu par 
dü leguas sobre verdaderos adoquines de plata, de- 
leitados con el panorama, las cristalinas aguadas 



L 




que se desprenden de los farellones^ los ranchos de 
los pescadores suspendidos sobre las rocas, i a loa 
pies del sendero, i tan lejos como la vista alcanza, 
el Hznlado océano donnido todavía entre sábanas 
de espuma... Pero ella hacia el sur viene alguien a 
turbar su sueño i su pureza; es el vapor de Euro- J 
pa que llega al puerto contorneando la punta da" 
Corumilla para echar en nuestra empobrecida 
costa su rico cargamento de letras por pagar... 

XIV. 



En la mitad de aquella travesía hemos tenido 
entretanto un gran encuentro. Teatro de este ha 
sido el rancho de una india pescadora, chascona 
como un pan de luche i desabrochada como elj 
cochayuyo, tipo i vestijio de los antiguos Changos^ 
raza peculiar de nuestra costa i de la del Sur-Perú^ 
que no era ni araucano, ni quichua, ni aimará,j 
sino una especie aparte i anfibia como los lobos 
de cuyo aceite vivían i de cuyos cueros hacían sus 
balsas de pescar junto con su tosca vestimenta/ 
Era aquella una antigua conocida de la calle do I 
Bohn, donde coloca de ordinario su cosecha d© 
marisco; pero «ña María» está hoi de gran fiesta] 
i mantel largo porque un miinjaco de rudos obre- 
ros de la ((fundición de la Victoria», con su maes- 
tro Jnayor a la cabeza, grupo pintoresco que en- 
contramos una noche marchando por loa rieles] 



I 



desde Valparaíso a la luz de la luna, ha venid o a 
pasar el feriado de Semana Santa en su espacioso 
ranclio marisqiieando (i se llamaba Maria..¡) con 
ella entre las rocas. Noble ejemplo de sobriedad i 
amor a la naturaleza, raro en el jornalero de la chi- 
cha, i que consuela por el porvenir de nuestra 
clase obrera. 

XV. 

Después de fraternizar un breve momento con 
aquel grupo de rudos i hollinados fundidores, 
proseguimos nuestra jornada a paso de jente que 
comienza a sentir el aguijón de la cazuela, i al 
cabo de dos horas estábamos sobre las altas coli- 
nas de Concón, al pié de dos hermosas palmas je- 
suíticas i jemelas, macho i hembra, viendo dila- 
tarse delante de los deleitados ojos los verdes 
campos de aquella feraz hacienda i de su vecina 
tierra de Colmo en la opuesta banda del rio, que 
allí llega como cansado i se echa en unos laguna- 
tos de agua dulce que el mar envidioso lame i 
sala. 

XVI. 

Pusímonos allí a conversar con los pescadores 
de la caleta sobre el fenómeno de la i^a/« Murga - 
na que desde aquella altura suele divisarse hacia 
el norte sobre la saliente península de Quintero 
en estos dias de plácido otoño, i que por ciertas 



■^^ 



— 342 — 

coincidencias de estación llaman aquellas sencillas 
j entes el encanto del viernes nanto. 

Abrigaban muchos conconinos la persuasión de 
que al dia siguiente se abriria como en otros años 
el encanto, i no habña feltado algún curioso de 
los de la comitiva que hubiera querido hacer allí 
nuestro primer alojamiento, para divisar la mara- 
villa que muchos tienen todavia a cuento. Pero 
consultado el capellán de la espedicion sobre el 
negoció, como cosa de brujería jentilicia, i él capi- 
tán ranchero como cosa de almuerzo, fueron de 
opinión dé piasar adelante, lo que en el acto púso- 
se por obra. 

XVII. 

Hace, por estos dias cuatro años que vadeába- 
mos por este propio paso el ex-caudaloso Aconca- 
gua en la grata compañía de dos o tres amigos, 
de los cuales uno se halla hoi en el pináculo de la 
política, sin desearlo talvez, (1). I entonces el rio 
humilde diónos comedido paso humedeciendo ape- 
nas entre bulliciosos guijarros la pezuña de nues- 
tras monturas, haciendo un viaje a la inversa de 
Quintero a Yiña del Mar. Pero ¡oh inconstancia 
de los ríos i de los hombres! Habíase sumerjido 
ahora tan hondo el vado, que, sin el auxilio casual 
de dos canoas que vinieron por los lagunatos, nos 

(1) Viaje hecho desde Quintero a Viña del Mar en 1874 con 
don Vicente Reyes, ministro del interior en 1878. 



hubi'ÍHmos qutídaJo düiide estábamos o dado la 
vuelta atrás. J^isanioa por tanto a la márjoQ se- 
tentrioiial del rio, los caballos desensillados i a 
volapié, i los jinetes sin mantas ni espuelas, lis- 
tos para un naufrajio, como cosa que está de moda, 
i encaramados cual sartas de corbinas, los unos 
sobre los otros en el fondo. No dejó do darnos 
cuidado la segunda remesa porque se balanceaba 
el angosto leño como potro cliúcaro bajo la mano 
de inesperto amansador. Mas en breve divisamos 
a don Juan de Arias, que era la mejor parte de su 
lastre, dar un Sfilto con airosa pirueta desde la 
borda, i quedamos en paz con el susto. El coronel, 
¡ el que esto escribe liabian sido el lastre i la es- 
tiva de la primera canoa. 

XVIII. 

Ensillamos los caballos que tiritaban todavía a 
influjos del hielo i del miedo, i fuimos a un confor- 
table grupo do ranchos que por allí habia i desde 
cuya puerta, el dilijeute Ambrosio Lámela de Ca- 
t-ipileo, llegado uua hora antes que nosotros, nos 
hacia apetitosas señas. Eran, por el reloj abdomi- 
nal de la comitiva, las doce en punto. 

XIX. 



Diez minutos después estábamos en la cómoda 
i elejíaiite posesión i ranchería del honrado íd( 



I 



lino de Colmo, ño Dioaisio Araacibia, cuya cona- 
pañera fía Juanita Jorquora rodeada del fogón 
con sus hijas i sus nueras, apuraban a soplidos la 
cazuela, porque liabia llegado oportunamente a 
su noticia que entre aquellos viandantes de Se- 
mana Santa venia también <tel patrón». 

Habría sido nuestro deseo ir a participar de la 
caballerosa hospitalidad del hacendado del paraje, 
don Domingo Fernández Puelma, cuya mesa i 
cordialidad eran conocidas i alabadas de mas de 
uno de los circunstantes, pero esto nos habria im- 
puesto un rodeo de varias leguas, porque las casas 
de la hacienda están tnui arriba del valle; i así 
nos quedamos <Jon aquella buena jente que dejó 
mas que bien puesto el nombre del lugar. Todos 
los viajeros de Catapilco i especialmente el coro- 
nel i don Juanito han jurado por las plumas i la 
cresta de los dos millones de gallináceas que se- 
gún la estadística duermen cada noche en Chile, 
que no se olvidarán en los dias de su vida de la 
«cazuela de Colmo». 



I 



XX. 



Sazonada la vianda nacional por unos cuantos 
tragos de esquisita chicha que de sus lagares de 
Curacaví nos había enviado espresamonte para el' 
caso nuestro amigo don José Ramón Armazan, 
que la fabrica deliciosa para su gasto, trabóse lúe- 



go en las lenguas la cuestión de la política, que se 
parece en muchas cosas a la chicha i especialmen- 
te en que fermenta... I a la verdad que estábamos 
en el panizo clásico de las iniquidades tradiciona- 
les de ese jéncro, porque es éste el territorio elec- 
torral que decide el voto de Quillota, i como tal i 
por apartado, ha sido i será, si el caso vuelve a 
precisar, teatro de las mas negras i villanas tro- 
pelías. Así, contó uno, que un piquete de soldados 
traídos de Quillota habia asesinado con una des- 
carga a un infeliz en la plaza de Puchuncaví en 
las elecciones de 1871, i otro contó, que una espe- 
cie de visir ^ut generis, que reinó aquí a sablazos 
durante tres meses en 1876, concluyó su campaña 
llevando amarrados por los lagartos de los brazos 
a la espalda i atados a los correónos de los Navales 
a los cinco vocales de la mesa de Pucalan, como 
& otros tantos ladrones de camino real, todo por 
supuesto de «orden suprema». En cuanto a los 
inquilinos de Colmo, no se dejó votar uno solo 
por la sencilla razón, estando al dicho de don 
Dioniosio, de ser 'ccolminos». 



XXI. 




— 346 — 

tamos otra vez, a las dos de la tai'dc, a caballo i 
pusímouos a recorrer a mediano paso la abierta 
playa, de Ritoque, que se csticnde en forma de 
media Inna i por espacio de dos leguas entre las 
bocas de Concón i la península de Quintero, que 
ív la manera de colosal cetáceo se avanza hacia el 
mar como si fuera a smnorjirse de cabeza en sus 
profundos senos. I a fin de distraer aquella raonó- 
toma travesía, comenzó don Juauito a contarnos 
la aventura que se llama en estas partes «la de- 
voción del ing'lcs», i que según su memoria ocurrió 
■allá por los años de 1820, cuando Lord Coclirane 
era señor del Pacífico i de Quintero. 

Fué el caso, i para abreviar lo contamos con 
mucho menos gracia que su narrador orijinario, 
que en un naufrajio ocurrido en la costa de .Rito- 
que, aliogóse im marinero ingles, i por consiguien- 
te hereje, mal mirado por los changos i arrieros 
cristianos de la costa. Sin embargo, sus compa- 
fieros de infortunio que escaparon con vida, dic- 
ronlc compasiva sepultura en la enjuta arena i al 
pié de unas rocas que todavía sirven de lindero 
entre Duguño i Colmo. 

— Pues, señor, continuó contando don Juanito, 
pasaron los meses i los años desde aquella mala- 
ventura hasta que en una ocasión en que viajaba 
entre Catapilco i Valparaiso el contra-almirante 
de Chile, don Carlos Wooster, acompañac 
Imaso mucho mas devoto al parecer que 



— 347 — 

Lámela, al pasar cerca <lo las rocas consabidas 
pidió U(|uél al marino permiso para apartarse un 
tanto del sendero i hacer de a pié cierta dilijen- 

cia Concodióselo el viajero, i cuando volvi6^ 

el arriero a alcanzarlo a pocos pasos, clavando la 
rodaja en los hijares de su ranla, contóle que de- 
jaba cumplida «Su devoción con el ingles»... I por- 
que no? No dice un ihiste jeólogo, a propósito de 
la estructura de Chile, que muchas de susestrataw 
son impermeables i otras meables? 

Habrá adivinado el lector en lo que consistía 
aquella húmeda ceremonia del bárbaro fiínatismo 
de los campos en aquellos remotos anos. Poro ai! 
¿han hecho acaso menos que eso con mas aflijidos 
náufragos nuestros campesinos de la costa de Illa- 
pel tan bárbaros como sus abuelos? (Naufrajío del 
Eten en 1877.) 

XXII. 



Conversando do éstas i otras cosas imi-ecidas, i 
marchando cual vandada de gaviotas en fila por 
la playa que la resaca acaba de endurecer, llega- 
mos a los lindes de Quintero, donde un esterillo 
remanso que va formando pajonales i trechos de 
verdura, a manera de islotes de césped, convida a 
descansar. I a poco, sobre uno do esos tajúces 
naturales divisamos cuatro caballos ensillados a 
la inglesa, i luego descubrimos por el suelo echa- 



dos alegremente entre sus patas otros tantos jine- 
tes, sus señores, que allí soLre la fresca yerba re- 
posaban de su primer duro galope desde las caba- 
llerizas del «Puerto». Eran estos cuatro jinetes, 
simpáticos i esforzados jóvenes ingleses del comer- 
cio de Valparaiso que habían salido a «rodar tie- 
rras» sin ningún rumbo fijo, mientras durase el 
aliento de sus pingos alqrn'lados i el feriado de tres 
días en que los banc()s i los almacenes atrancan, 
mas por descanso que por devoción, sus puertas. 

Acercámonos i preguntámo.slcscon el acento de 
buenos enmaradas i en ingles, de dónde venian? 
liácia a dónde iban? i a qué iban? 

Contestáronnos que respecto del lugar de dón- 
de venian podian decírnoslo sin ma3'or embarazo, 
i para esto bastaba ver la catadura de sus jadean- 
tes bucéfalos; pero en cuanto a dónde se encami- 
naban mas sabían sus caballos que ellos mismos. 
Habían oido hablar de cuatro o cinco lugares do 
recreo esparcidos mas o menos en aquella direc- 
ción, de tiQuintera», de «Catapilcav, de «Campi- 
chíi» i de la í Ligua»; pero tenían los novedosos 
bretones raui vaga idea de cuál de aquellas co- 
marcas estaba antes i cuál después en su camino. 
En cuanto a Pachujicavi, que es el mas próxi- 
mo poblado mediterráneo, nuestros camaradas sa- 
jones no intentaron siquiera hacer el áspero dele- 
treo de su jerigonza indíjena. La cuestión para 

los no era de jeografía, ni do alojamiento, ni si- 



— ülü — 

quiera de casuelly (como llninaii en las listiis de 
a bordo ]a cazuela), sino siraplenicnte de galopar 
n media rienda durante tres dias de seguido. Por 
manera que si la Semana Santa durara en Valpa- 
raíso lo que en Santiago, aquellos buenos gringos, 
vestidos de diablo fuerte, habrian llegado a Coni- 
barbalá o a Mendoza, i dado la vuelta de redondo. 
Después de empinar sus redomas de delicioso 
whisk}'^ de Escocia a la salud de S. M. B. con un 
chistoso brindis que don Juanito pronunció en in- 
gles de Australia, dijimos adiós a los galopadores, 
asegurándoles que si llegaban a «Catapilca», allá 
mudarían caballo o el cuero, a su gusto una cosa 
u otra, aunque es mas que probable que habrán 
necesitado mudar ambas... 

XXIIJ. 



Habíamos olvidado decir que desde Colmo des- 
pachamos al afanoso Lámela catapilcano, con una 
esquela para nuestra querida prima i amiga, E. U. 
de S., castellana de Quintero, que sabíamos esta- 
ba pasando, en su cómoda masion del puerto, la 
estación de baños, i anunciándole que nada m6nos 
que los Siete luñintes de Lara le pedían aloja- 
miento en su castillo. 

Mas, por desdicha nuestra, solo el dia prece- 
dente habíase regresado la familia a Santiago al 
toque de semana santa, i así vino a decírnoslo el 



— 350 — • 

arriero cuando ya avistábamos desde las lomas, 
donde existen todavía las ruinas del rústico alber- 
gue de Lord Cochrane, el caserío de la península 
quiuterana, con su dédalo do pajizos ranchos coro- 
nados de hermosas casas veraniegas de teja i es- 
tuco. 

XXIV. 



Citó en el acto, en vista de aquella inesperadí 
emerjencia, el capitán de rancho a consejo de 
guerra, i se debatió sobre si en ausencia de nues- 
tras amables primas, se tomaría la casa por asal- 
to, (que otro remedio no liabia) o seguir bregan- 
do hacia Puchuncaví, El debato fué largo i un si 
es no acalorado; pero al fin prevaleció la opi- 
nión de don Juan Arias, que estuvo por el asalto 

o por la muerte Debemos agregar,*en obsequio 

a la verdad, que el caballo Tomate parecia añadir 
BU triste opinión a la del cónclave, cerrando lán- 
guidamente los ojos. 

Descendimos, en consecuencia, a la amena vegc 
de Quintero, asiento de su futm'a ciudad, cuando, 
como en Granada, vuelva a aparecer entre noso- 
tros un rei Boabdil; i nos dirijiraos al lugarejo en 
pelotón, a la manera de guerrilla i a la pelamesa, 
como cuenta Marino de Lovera del encuentro que 
tuvieron en esta propia vega, chilenos i holande- 
ses el año del Señor de 1586. 



XXV. 

Debo yo confesar injénnamentc en esta parte, 
que a fuer de hombre precavido, aparté buen tre- 
cho hacia un hido de la linea de la arremetida 
para visitar cierta posesión que allí entre las coli- 
nas tengo desde algunos años, no mas grande en 
tamaño que una regular sepultura, i en la cual i 
en un pozo que allí hice cavar, sin hallar jamas 
agua, tengo enterrados en piedras i en sanjas, mas 
quo un regular puñado de billetes; de suerte que 
no me encontré en el asedio i embestida de las 
•posiciones amigas a donde habríamos entrado de 
paz i casi en triunfo, si hubiéramos llegado en 
mejor hora. 

XXVI. 



Mas, cuando me apeé de mis ocho leguas, en- 
contré a la comitiva réjiamente instalada en un 
espacioso comedor, cubierta la mesa de blanca por- 
celana, mientras que el ruido del plumero en los 
postigos i vidrieras, anunciaba que a la soculenta 
cena habria de seguir el blando dormir en mulli- 
das camas no reñidas ni con el holán de hilo ni la 
Jacaranda. 

- Contáronme entonces, los afortunados asaltan- 
tes, que la cuidadora de la casa «Doña Mariquita», 



-'35a- 

coino le decian todos con el mas melifluo puchero, 
cada vez que en su presencia la nombraban, lea 
Labia recibido junto con el intruso Lámela, cual 
si hubiesen sido los siete Macabeos regresando 
vencedores a la ciudad de Dios; pero que ape- 
nas comenzó el capellán a descolgar de debajo 
de la manta can, de los telares de Pirque, que 
ocultaba el misterio de su profesión, su larga so- 
tana, cuando, a la par con los pliegues de la túni- 
ca sacerdotal, iban deshaciéndose las arrugas del 
ceño de la huésped. Mas estando a la opinión, 
unánime del colejio de habrientos caminantes allí 
congregados, quien decidió del todo de su voluní 
tad, fué el incomparable don Juanito saliendo de 
las filas con su cara de Nueva Holanda, mitad eaj 
ingles i mitad en chileno, i haciéndose conocer co- 
mo quien era, primo i señor. Don Juan Arias cé 
conocido en toda la costa norte de Chile, desde la" 
Serena a Yiüa del Mar, i donde se apea de su ca- 
ballo no hai puerta que se le cierre, ni brazos que^ 
no se abran de par en par para estrecharle cari- 
ñosos, como a una noble i dulce naturaleza. I esto 
último a tal punto llega, que mañana de madruga- 
da, mientras ciertos de nosotros regresamos a Vine 
del Illar por la cuesta del Melón i la Calera, él si- 
gue viaje con el no menos piadoso i filántropo ca- 
pellán bástala Ligua, para dejar allí una valiosa 
ofrenda que en dias pasados hízole el ministro ac- 
tual de hacienda de su noblemente distribuido 



t 



— 353 — 

sueldo, flebiéndose agregar a aquella la colecta del 
anunciado beneficio de esta noche que se regula 
en buenos pesos, por hallarse aquí de paseo i de 
visita al oro, dos ricos negociantes del alto co- 
mercio porteño. 

Mas volviendo a lo de Quintero, no hizo don 
Juanito mas que divisarme de regreso de mis rui- 
nas, cuando echándome un brazo sobre el hom- 
bro, me dijo al oido con marcado saboreo: «Ya 
hai dos pollonas en la cacerola». . . . 

xxvn. 

Mientras alegremente comíamos i empalidecian 
unas en pos de otras las botellas de Curacaví a la 
par con las de Subercaseaux que habia traído en 
la carga de Lámela nuestro tesorero m partibus, 
divisamos que un bote cruzaba rápidamente la 
bahía, impulsado a cuatro remos. Nos asomamos 
con curiosidad, i con el anteojo de larga vista que 
allí existe, descubrimos que los cuatro vogadores 
eran nada menos que los cuatro ingleses de Rito- 
que que, en vez de comer como nosotros, iban a 
gastar las pocas fuerzas que les habían dejado las 
riendas en los brazos, voltejeando por la esplén- 
dida i anchurosa bahia, cuyos sombríos perfiles 
iluminaban lentamente los primeros raudales de 
la luna: como la cabra tira al monte, así el ingles 
tira a la mar. 

LA B. D£ 45 




— 354 — 

Al día siguiente, i cuando antes de que apa- 
reciera el sol montábamos a caballo, frente a 
las deliciosas tinas de granito de Quintero, por- 
que allí cada baño es un estanque en miniatura, 
divisamos otra vez una cabeza en cada tina a flor 
del agua. Eran todavía nuestros infatigables grin- 
gos que tomaban su primera ablución antes del 
galope del segundo dia, viernes santo. 

XXVIIL 



Acabada la comida, el devoto capellán se fué á 
misionar a la capilla de los pescadores, i después 
del rosario i de la plática hribo canto ¡eneral, en 
que las voces del coronel, del capitán de rancho, 
del secretario i don Juanito rivalizaron en célicas 
armonías con los ánjeles. 

Nunca la fiesta del jueves santo liabia si<lo ce- 
lebrada con mas unción por los pescadores de la 
bahia de Alonso de Quinteros. Pero inmediata- 
mente después de los maitines vinieron las tmie~ 
blas, i a las diez de la noche dormían los siete 
Macabeos de Quintero con mucho mas placentero 
sueño que los judíos que prendieron al Señor en 
el huerto de Jetsemané, solo que algunos de los 
camaradas, í especialmente los que habían canta- 
do, roncaban como judíos .... 



XXIX. 



Teñían apenas con leves vapores luminosos las 
líneas de las sierras los primeros lánguidos boste- 
zos del alba, cuando don Juanito i el coronel an- 
daban ya en sus trajines despertando la perezosa 
muchedumbre, al paso que Lámela, sacudido de 
sus pellejos con el primer trino de las loicas, cin- 
chaba su raula i metia el freno en el hocico a loa 
macilentos rocines, sus paisanos. De suerte, que 
cuando el sol apareció tras de las crestas, radioso 
cual si no alumbrara fúnebre memoria de cristia- 
nos, nos hallábamos todos echados de brazos 
sobre los balcones de la casa principal de Quin- 
tero, contemplando el maravilloso espectáculo 
de la bahia i sus contornos. Desde ese sitio di- 
vísase aquélla completamente cerrada, cual di- 
latado i remanso Iar¡fO, mientras que los cerros 
de la costa quebrándose a trechos, permiten al 
ojo desnudo divisar la zona de la cordillera del 
medio en toda su majestad, desde los empinados 
cerros del Colliguay, cuyas laderas orientales mi- 
ran hacia Santiago, hasta los picos de Cachagua, 
que forman la ladera setentrional de Catapilco: 
un panorama de cuarenta leguas en un solo anfi- 
teatro. 

Por una de las quiebras (el portezuelo de Puca- 
ilan) del primer cordón que forma el atalaya de la 



costa, divisábamos las altas i afiladas cumbres de 
Curichilonco (la montaña del ^hombre de la ca- 
beza negra») que se empinan sobre los valles de 
Ocoa i de la Ligua. Por otra, (el portezuelo de 
Chillicauquen, que se divisa desde las calles de Qui- 
Uota) álzase majestuoso i solitario el cerro de la 
Campana que ea aquel momento el sol tenia de 
oro antes de asomar sobre los valles. De ningún 
paraje de las cuatro provincias a que aquel pico 
pintoresco sirve de común divisadero i de mojón, 
columbranse con mayor ventaja que desde la pla- 
ya de Quintero, porque destácase únicamente el 
cono superior, sin ramiticacion alguna, i así ofrece 
la exacta imájen de colosal campana suspendida 
por hilos invisibles a la bóveda celeste. Debió ser 
Alonso de Quintero, descubridor de esta bahía i 
compañero de Almagro, quien le puso desde en- 
tonces ese apropiado nombre. 

XXX. 

No nos dejó Ambrosio Lámela regocijarnos lar- 
gamente con aquel grandioso espectáculo, porque 
era preciso seguir sobre las movedizas arenas de 
Puchuncaví las huellas de su muía de vaqueano, i 
yíi iba saliendo a mas que apresurado trote por la 
playa i ponia en ello la misma dilijencia que nues- 
tros Baviecas, conocedores del rastro de su nativo 
suelo. Asi es que en menos de dos horas estábamos 



I 



XXXI. 



— 357 — 

a las puertas de la famosa ciudad de los costinos, 
que se compone de una sola calle interrumpida en 
|1 centro por una especie de cambucho triangular 
que se denomina «la plaza de Puchuncaví», junto 
a su parroquia, cuya iglesia bastante espaciosa 
está todavía a medio hacer i así se estará por mu- 
chos años. 

|B íbamos a paso de camino, hórondos por la ca- 
lle, a cuyas puertas i ventanas se asomaba mas de 
una cabeza femenina, de no mui malos bigotes i 
ojos de lucero, cuando suscitósenos un grave e 

^Énesperado obstáculo en la marcha, 

^P No se trataba por fortuna de ninguna desgracia 

'|)ersonal, digna de la crónica de un diario santia- 
guino, ni siquiera de un corcobo de la raunsa ca- 
ballada, sino de un raozalvete de menos de quince 
años que, a pié descalzo, moto de maiz en la cabe- 
za, i mal traida manta, prenda segura de difunto 
o del sacristán del pueblo, salió con un sable del 
tiempo de San Bruno que llevaba desnudo en la 
diestra e intimónos que por allí no pasaba nadie, 
«porque era viernes santo.» 

^P — Con que se quieren meter Uds. en camisa de 
once varas como si fueran santiaguinos! esclamó 
mal ajesfcado el coronel al toparse con aquella es- 
traüa barrera. I frunciendo el entrecejo guió el 



— 959 — 

avance de la caravana que habia hecho alto, pa- 
sando el capellán i don Jnanito bajo el sable de 
Puchuncaví con rostros compiinjidos. 

Era aquella guardia sin la menor duda orden 
disparatada i autoritaria del sacritan, porque ¿có- 
mo podia irse a la iglesia ni salir de ella sino 
dejando franco el paso de la calle única, a los 
fieles? De manera que absueltos por la iglesia ba- 
jo aquel capítulo i protejidos por la voz de la mi- 
licia humana, quebrantamos la mística orden i 
seguimos adelante. 

Mas si tal hicimos, tuvimos para nosotros que 
los andariegos cuatro ingleses de la vísperi, que 
habían salido a rodar tierras, no pasaron un pun- 
to mas allá de la raya que hizo el sable del roüito 
en la polvorosa calle, la cual de seguro tomaron 
por las fronteras de la lei de Chile; i como tal la 
respetaron volviéndose de mal talante al puerto, 
salvo el caso de que por un tardo de quimones o 
cosa parecida, como el sable i el mote de maiz del 
guardián puchuncavino, *sus ministros a lo Pal- 
merston, nos manden una visita del Shah i sus 
cañones. 

xxxn. 



La laguna da Catapilco donde esta famosa ha- 
cienda toca al mar i se acaba por el occidente, 
objetivo principal de nuestra esforzada caminata 



— 359 — 

de 25 leguas, no dista sino tres escasas leguas de 
Puchuncaví, de suerte que a las once de la ma- 
ñana nos paseábamos en medio de sus rústico ca- 
serío de lavadores de oro que viven bajo la totora 
i a la puerta hospitalaria del superintendente del 
oro de Catapilco, Mr. Arturo P. Burnes, este je- 
neral Sutter de la California subterránea que se 
trata de sacar a flor de tierra en Chile, 

XXXIII. 



Como Mr. Burnes es un antiguo amigo i estaba 
prevenido de nuestra llegada, nos aguardaba con 
el mantel puesto, i así todo fué llegar i cortar es- 
cobas. Mr. Burnes es un distinguido cirujano i 
médico de I.l universidod de Bal ti more, su ciudad 
natal, i por esto nadie le conoce en estos parajes 
sino con el nombre de — (tel doctor». Comprometi- 
do por afecciones de corazón i de intereses en la 
guerra civil de su patria, e íntimo amigo del famo- 
so Stone — Wall Jackson, a quien acompañó, a su 
decir, hasta su última i gloriosa batalla, ha busca- 
do, como muchos de los jefes de larebeUon vencida, 
en climas estranjeros, si no reposo i olvido, trabajo 
i fortuna. Por esto, i por motivos especiales que 
mas adelante apuntaremos, «el doctor» ha escoji- 
do a Chile, i es hoi su voluntad pujante i varonil 
el alma que anima estas antes inertas rejiones. 

El doctor Burnes es un hombre joven todavía, 



— 360 — 

alto, flexible, de mirada meridional, de alma in- 
domable i de una enerjía muscular a toda prueba, 
embarazado apéuas por una sordera bastante in- 
tensa adquirida en una recia tempestad de nieve 
en que estuvo perdido en su país natal. 

Todo a su lado revelaba que estábamos en una 
faena de herejes: las tropas de muías que bajaban 
por las laderas, las rumas de maderas, desembar- 
cadas recientemente del vapor Hércules en la ve- 
cina ensenada del Maítencillo, las rojas caras sa- 
jonas, las botas de cuero, las encendidas camisas 
i cotonas, las huascas con sóUdo puño de acero 
de los capataces, los puestos de frutas, los grupos 
dep¿7¿7t)s con camisa limpia i hasta las conversa- 
ciones i cuchicheos en gringo que oíamos a nues- 
tro paso, todo nos traia a la memoria que había- 
mos pasado la raya del Chile viejo i español para 
penetrar en la tierra ignota de la Yanquicia, llena 
de novedades, alborotos i estrañas aventuras. 

T aquí propiamcute entramos en el verdadero 
objeto de nuestro viaje i narración, al cual las 
peripecias ya contadas solo sirven de marco i de 
preludio. 

XXXIV. 



Hacíanos la laguna de Catapilco, que no es si- 
no un grupo de treinta o cuarenta ranchos, situa- 
dos en la márjen meridional del remanso estero 



^ 361 — 

que allí desemboca, hacíanos, decíamos, recordar 
alo vivo las faenas carrilanas, que en 1863 visita- 
mos junto con el, a la sazón, adelantado propieta- 
rio de Catapilco cuando trabajaban a la par en 
aquéllas, distribuidos en siete u ocho grupos, hasta 
siete rail carrilanos. La población estacionaria de 
la Laguna i su territorio adyacente es de solo 530 
almas, pero con el trajín del día suele subir al do- 
ble. Mr. Burnes ha tenido hasta 700 obreros so- 
bre el pico i la barreta, pero hoi que los trabajos 
se aproximan a su conclusión, solo conserva la 
mitad de esa cifra, 

XXXY. 



Entretanto, i antes de hablar a fondo del oro 
de Catapilco, sentámonos a la mesa co'n un ape- 
tito mas de cordero pascual que de calvario, pues 
hacia seis lioras que trotábamos por las riberas 
del mar; harto mejor estimulante que todos los 
inventados por Holloway i Lanman i Kemp. 

Aprovechando en efecto de la sordera de ffel 
doctor», preguntó don Jnanito al mozo de mano 
que servia «cuántos nudos tenia la muía», i resul- 
tando ser cinco, las mandíbulas tomaron la cosa 
con reposo: cazuela de gallina, gallina asada i es- 
tofado de gallina, que por diferenciar llamaremos 
fricasé. Tal era el menú de la Laguna. Los otros 
dog nudos eran el uno de costillas de puerco, boca- 

la E, D£L o. 46 



— 362 — 

do para viernes santo de viajero, si mas no fuera 
que para hacer rabiar a los judíos, i el otro un gui- 
so de congrio con tomate i papas, es decir, nn nu- 
do íxordiano. Llegado el turno de este nudo, em- 
pleó don Juanito su mas tina persuasión para 
disuadir a Mr. Bin-nes de aquella horrible promis- 
cuación en viernes santo, — gallina, chfincho i pes- 
cado, — pero el doctor se hizo sordo como un coa- 
grio, i alivió el lebrillo de susmejnrea presas. 

No impidió esta herejía, represalia talvez de la 
«devoción del ingles», que alguien propusiera na 
entusiasta brindis afiti de que la ciud.id futura de 
la Laguna hubiera de llaniirse B>u'iics-C¿tf/, a lo 
cual don Juanito con su acostumbrado i anjelical 
donaire observó que si el doctor volvía a promis- 
cuar en viernes santo o no sacaba tantas tonela- 
das de oro 'como «cóndores Paraff» corrieron entre 
los hábiles, se le cambiase a la ciudad la r por una 
I quedado asi Balnes-Gity, lo cual fué unanima- 
raente aprobado coa un entusiasta chivateo jene- 
ral a la araucana, cosa que el coronel sabia por 
principios. 

XXXYL 



Terminado el almuerzo de la Laguna i sn pos- 
tre de charla, i el siguiente lacónico brindis de 
don Juanito: Mi/ felicitas hions to Mr. Biirnes and 
when he is over in his gold, he will give to every 




oneofthe escursionista hifpiece of gol d of Cata' 
pilco; \ recibidas algunas visitas de antiguos cono- 
cidos de la niñez, i entre otras la del señor Mar- 
tin Montenegro, el mas antiguo banquero i cam- 
bista de la Laguna, donde reside desde 1835, 
montamos otra vez a caballo i comenzamos a su- 
bir las colinas que allí, al desembocar el estero de 
Catapilco, en el mar, formando un pequeño la- 
gunato largo i angosto, encúmbranse en todas di- 
recciones hasta formar un verdadero dédalo de 
agrestes montañas. 

El doctor iba a mi lado como guia, i raas biza- 
rro i erecto jinete sobre brioso caballo chileno uo 
he conocido nunca. 



xxxvn. 



Habíamos andado apenas como ocho o diez cua- 
dras cerro arriba por escelente camino carretero 
recientemente labrado, cuando llegamos a la fa- 
mosa colilla del Quemado, de la cual en el curso 
de los siglos los mineros de la Laguna han estrai- 
do un largo millón de pesos, sin mas elementos 
de trabajo que la poruña, la batea i el capicbo. 
Hoi se trata de remplazar todos estos utensilios 
por un simple pistón de agua que hará en veinnti- 
cuatro horas lo que antes hacían, a fuerza de azo- 
tes, diez mil indios. 



xxxvni. 



Es aquella colina una loma suave de un color 
amarilloso tirando a bayo, sin ninguna vejeta- 
clon, i tan blanda i redondeada que cualquier la- 
cho elejiria su cima para una buena cancha de 
carreras. Tiene, a ojo, diez cuadras de largo i dos 
de ancho, i se halla como atravesada de norte a 
sur, a caballo sobre el estero de Catapilco, que la 
envuelve por el norte a considerable i selvática 
profundidad, i una áspera quebrada llamada de 
Casuto que baja por el sur. 

Yénse en todas direcciones en esta curiosa for- 
mación catas, picados i htmbi^eras, que es el nom- 
bre técnico que los mineros de oro dan a los pi- 
ques de reconocimiento o de esplotaciou, i los des- 
montes son de una forma calcárea, como un cuar- 
zo o quijo de oro reblandecido, que éste es siem- 
pre criadero de oro en Chile como en California i 
en Australia. 

Algunas de esas lumbreras tienen hasta cin- 
cuenta metros de profundidad, i de una de ellas 
llamada la «mina del Caballo b en la Loma del 
Quemado, sacó el mas afortunado de los mineros 
de la Laguna, Juan del Carmen Román, mas de 
150 mil pesos durante catorce años de bonanza, 
los mismos que, tomín por tomin, remolió en to- 
das las chinganas de la costa desdo P'ichuncaví 



— 3Q5 — 

hasta el Maintop. Cuentan sus contemporáneos 
que cuando no tenia a quien feriar, porque toda 
la comarca estaba ya dormida bajo el trago, se 
hacia hacer ponche en leche, para que viniesen a 
beber a su jenerosidad los perros del lugar que 
lengüeteaban el suelo; i así cimentado Román 
vino a morir en el hospital de Santiago, como 
Juan Godoi de Chañarcillo, como los O.ssorios de 
Tiltil, como los Volados de Agua Amarga i todos 
los mineros de la redondez de Chile, que sin eso 
no serian mineros i menos mineros de oro cual 
los de la Laguna. 

El mas influyente i respetado de los mineros 
antiguos del Quemado es Pedro Cruz, hombre de 
notable enerjía, natural de la Laguna, que ha via- 
jado doce años a bordo de buques de guerra in- 
gleses i americanos, i residido largo tiempo en 
Estados-Unidos i en California. Posee Cruz bas- 
tante bien el ingles i está ahora al servicio de Mr. 
Burnes como jefe de faena e intérprete. 

Reside también en la Laguna un enérjico joven 
Hguano, don Nicanor López, que en el carácter 
de subdelegado ambulante maneja a las mil ma- 
ravillas las turbulentas peonadas, i un intelijente 
mozo del nombro de Reyes, de Valparaiso, hijo 
de un antiguo minero, i tenedor de libros en in- 
gles i en español. 



XXXIX. 



Cuando nos hallábamos en la cumbre de la lo- 
ma del Quemado, púsose el doctor bondadosa- 
mente a esplicarnos su teoría jeolójica de la for- 
mación i distribución del oro en Chile, como en 
California; i aunque reservamos, según dijimos al 
principi^ de esta carta, ese punto para detalles 
teóricos posteriores, diremos que en Catapilco, 
como en Marga-Marga, como en Oasuto, como en 
Andacollo, se trata simplemente de la existencia 
de un rio subterráneo del período plíc»ceno, cuyas 
arenas, depósitos i cascajo de acarreo son mas o 
menos ricos en partículas i pellas de oro. 

El término medio de los picados hechos por el 
doctor i sus hombres prácticos de California da un 
rendimiento de un peso veinte centavos de oro por 
cada metro cúbico de tierra; i se podrá calcular 
la riqueza de este suelo cuando se sepa que en Ca- 
lifornia existen compañías hidráulicas que lavan- 
do cascajos por el sistema que se va a plantear en 
Catapilco (i en el cual cada pitón pulveriza diez 
mil toneladas de cascajo cada veinticuatro horas) 
ganan millones obteniendo un rendimiento de tres 
o cinco centavos solamente por y.irda cúbica. 

Por supuesto hai trabajos en Catapilco en que 
se han sacado hasta mil pesos de un metro cúbico 
i hasta de un capacho, no siendo raro hallar pe- 



— 367 — 

llns de una libra o cíen castellanos. Lavando los 
dtísmoutcs de Román que nos mostró Pedro Cruz a 
diez metros del camino, utios cuantos mineros han 
sacado eu el invierno últlrno hasta tres mil pesos. 

Hubo época en 1863, en qne loa cuatro princi- 
pales cambistas de la Laguna, don Martin Mon- 
tenegro, don Francisco Benavides i los hermanos 
Gómez reunieron durante varias semanas a razón 
de una arroba de oro por semana que iban a ven- 
der a Valparaiso a los joyeros ]\Io_yon i en Santia- 
go a lu casa de Monedií, a rayón de tres pesos 
castellano. 

El oro de Catapilco es como el mas rico del 
mundo, lei jeneral i sabida del oro de Chile, pues 
que mientras que el mejor oro de Ciilifornia se 
vende en la Moneda de San Francisco a razón de 
15 pesos 50 centavos, el doctor Burnes vendió a 
ese establecimiento cincuenta onzas que llevó co- 
mo muestra de Catapilco a 20 pesos la onza. 

XL. 



-«Cuánto oro habrá en la loma del Quemado? 
pregunté al doctor cuando nos hallábamos domi- 
nándola desde una altura superior. 

— «No podría decirlo, m.e contestó, pero aven- 
turaría mi cabeza a que en esa colína (MU) hai 
mas oro que el que existe depositado en el banco 
de Inglaterra. 



— 368 — 

— «Mire, doctor, le repliqué, que lie visto el ul- 
timo balance del bauco, i habia en sus bóvedas en 
febrero 57 milloues de libras esterlinas. . . . 

— «Pues entonces, volvió a decirme el doctor 
de Baltimore coa su imperturbable i a todas luces 
leal serenidad. — Pues entonces habrá 60 millonetí 
de libras esterlinas.» 

Trescientos millones de pesos en una loma que 
seria caro comprar por medio real! 

Esplica el doctor Burnes la riqueza especial de 
la loma del Quemado, tan probada ya por el ca- 
pacho, i cuyo depósito aurífero desde la superficie 
hasta la circa, es decir, hasta la roca plutónica, 
estima en doscientos pies de profundidad (riqueza 
i fenómeno que no existe en parte alguna de Ca- 
lifornia), por la circunstancia de estar aquella 
atravesada como una barrera o taco en el lecho 
del rio antcrdiluviano de que ya beraos hecho su- 
perficial mención. 

XLI. 



Nosotros no podemos dar fé de todo esto sin 
embargo, ni como hombres científicos, ni como 
hombres prácticos, ni siquiera como «aficionados», 
porque, a Dios gracias, si alguna sed puso la natu- 
raleza en el fondo de nuestro ser, no fué cierta- 
mente la del oro. I aprovechamos este momento 
para declarar de la manera mas esplícita i solem- 



ne que esto que hemos escrito i lo que escribamos 
de otros parajes del país que nos proponemos vi- 
sitar, es puramente a título de escritoi', sin que 
nuestra franca palabra pueda dar el mas mínimo 
asidero ni a la especulación, ni a la bulla, ni si- 
quiera a la natural escitaeion que de ordinario 
producen en el espíritu del hombre los descubri- 
mientos de los metales preciosos. 

Mas que esto: los que han leído nuestros escritos 
históricos desde hace mas de veinte años, saben 
cuan profunda i antigua es nuestra convicción de 
que Chile es un país que esta cuajado de oro. I hoi, 
en vista de lo que vemos en este lugar nos afir- 
mamos en esa convicción. Pero al mismo tiempo 
es evidente que para que esa riqueza subterrá- 
nea se convierta en verdadero caudal, se necesita, 
no de aventureros, ni de ajiotistas, ni de corredo- 
res de acciones, ni de fabricantes de sociedades 
anónimas, sino al contrario, de hombres profun- 
damente .serios, prudentes, tranquilos i metódi- 
cos, que procedan en los reconocimientos con la 
mayor cautela i calma, como han procedido los 
capitalistas americanos, que sin hacer el mas leve 
ruido han habilitado e.stos vastos trabajos i pre- 
parado el campo, no pai'a futuros bribones, niño 
para los hombres de trabajo, de esperiencia i de 
honradez. 

1 sobre este particular advertimos que si estas 



— 370 — 

tara un intempestivo i funesto clamoreo de em- 
presas temerarias, que serian una ruina mas en el 
país, nos arrepentiríamos mil veces de haberlas 
escrito i preferiríamos que antes de ver la luz pú- 
blica se convirtieran en hediondas cenizas. 



XLII. 



Por otra parte, si bien el lecho aurífero de Ca- 
tapilco (estando siempre a los reconocimientos i 
esperiencias del doctor Burnes) puede medirse por 
millas i por leguas cuadradas, la compañía espío - 
tadora tiene denunciadas en ciento seis pedimen- 
tos legales los mejores panizos que a razón de diez 
mil metros por denuncio, ocupan una estension de 
250 cuadras. I fuera de esto el monopolio de la 
compañía norte-americana de Catapilco queda 
asegurado con la posesión esclusivci de agua sin 
cuyo elemento todo trabajo es del todo inútil. Los 
intereses de la hacienda, liberalraente represen- 
tados por don Olegario O valle, están enteramente 
vinculados a los de la empresa, i francamente que 
a la caballerosidad i llaneza del último débese la 
rapidez i foi'tuna de los trabajos que en otros lu- 
gares es mas que de seguro habrían costado un 
pliego de papel sellado por cada barretazo. 

Esa es al menos la opinión del doctor Burnes, 
quien asegura que hai todavía en Chile, después 



— 371 — 



XLni. 



del rebusque superficial de los españoles, mil Ca- 
, tapilcos subterráneos que denunciar i demoler. 

P 

^m Avanzando de la loma del Quemado, continua- 
^mos visitando los trabajos ejecutados bajo la ins- 
pección personal de Mr. Burnes desde el 1." de 
diciembre último, i que pueden resumirse de la 
manera siguiente: 
^m I. Un canal de seis leguas de largo, dos metros 
P^e ancho i uno de profundidad, que va rebanando 
las faldas de los cerros meridionales de la vasta 
hoya jeolójica de Catapilco i que tiene su punto 
de partida en la ensenada llamada las Casas 
Viejas. 
H II. Ese canal ha encontrado en su desarrollo 
hasta la loma del Quemado (objetivo actual de los 
trabajos) tres túneles en roca viva que han sido 
abiertos a fuerza de dinamita i miden una osten- 
sión de 131 metros el mas largo, de 121 el del 
medio i de 90 el último. 

III Este canal-madre tiene varias desviaciones 
laterales, sea para recojer las aguas de las que- 
bradas, sea para llevar aquéllas a otros parajes en 
^^iie el pistón debe atacar el cascajo. De trecho 
^Kn trecho poseen también todos esos canales, 
H^ompuertas de desahogo i de entrada de aguas, i 
desmonte ha sido dispuesto de modo que sirve 



iüuesto 



que 



— 372 - 

como un camino de a caballo para los que han de 
estar encargados de su servicio i vijihincia. 

IV Atraviesa también el canal del Quemado 
no méuos de trece quebradas, mas o menos an- 
chas i profundas i en cada una de éstas se ha cons- 
truido un sólido acueducto de pino del Oregon 
Jlumey obras todas ejecutadas con admirable lim- 
pieza i solidez. 

Hállase en construcciou el mas formidable de 
estos pasos, i francamente que su aspecto impre- 
siona casi tanto como la vista del viaducto de los 
Maquis porque tiene 320 pies de largo, 82 pies de 
proftmdidad, i el agua pasará a esa altura enorme 
descansando sobre trece columnas de pino del 
Oregon, cou la misma fuerza i abundancia que en 
los mas cuantiosos canales secundarios del llano 
de Maipo. 

LIV. 



En el avance de nuestra escursion hacia el 
terior del valle donde, a la distancia de cinco le- 
guas, existen las hermosas casas centrales de Ca- 
tapilco, visitamos durante cuatro horas todos los" 
trabajos, los canales, los acueductos que los mine- 
ros californienses llaman yíwmes, las compuertas i! 
los túneles. 

Para bajar a alguuos de éstos era preciso for- 
jnar verdaderas escaleras humanas, sirviendo los 



mas flacos de la comitiva de balaustres i los mas 
macizos de pisaderas. Visitamos también los hed 
rock tunéis, es decir, los socavones o galerías en 
la roca viva destinados a recibir las tierras que el 
pitón va hivando con terrífica fuerza (porque un 
golge de pitón mata como la bala de un canon) 
de los fl.mcos de las quebradas. Para este fin 
aquéllas han sido abiertas en el fondo a gran 
costo. 

Tienen estos túneles mas altura que la de un 
hombre, i dentro de su bóveda, como talegas guar- 
dadas t'n caja de fierro, se va guardando el oro, 
quedando el mas grueso i pesado en la parte su- 
perior del túnel i lo mas delgado esparcido hasta 
cerca de la boca. Para este fin colócanse cajones 
sucesivos en graderías que remplazan a las mari- 
tatas españolas, i en su fondo va quedando depo- 
sitado el oro, bajo candado. La «cosecha» (así se 
llama en California) se hace solo cada dos o tres 
meses, i el doctor nos tiene convidados para que 
vengamos a presenciar en junio la primera trilla 
asegurándonos que no será como la de los «labo- 
ratorios del Estado en la Moneda, j — No dice tam- 
poco Mr. Burnes que él va a rescatar la Alsaeia 
ni a armar a sus bravos virginiaris para marchar 
contra "Washington, ni arengar la bala que mató 
a su amigo Sfone-Wall, sino simplemente que 
comprará una buena hacienda (cuando pueda) en 
el Falle de Aconcagua o en el llano de Maipo pa- 



— 374 — 

ra traer a su esposa i sus hijos que residen en 
Baltimore. Si el año es lluvioso espera lavar un 
millón de pesos limpios de polvo i arena, i así cree 
poder sef^uir la cosecha con la maquinaria que 
viene en camino con solo dos docenas de obreros 
durante cincuenta años. 

XLV. . 



Poco antes de las tres de la tarde llegamos a 
la parte mas interesante de nuestra escursion, es 
decir, al flitme núm. 13, situado en la quebrada 
que los vaqueros de Catapilco llamaban antes de 
los Maitenes, como los vaqueros de las Mazas lla- 
maban quebrada de los Maquis a la del famoso 
viaducto. 

Aun cuando era viernes santo, hallábanse tra- 
bajando unos quince robustos carpinteros i peo- 
nes ingleses, presididos por un hombre de ancha 
espalda i membrudos brazos, que dirijia el jigan- 
tesco trabajo. Gruesos chorros de sudor rodaban 
por su mejilla, cuando a nuestros gritos alzó la 
vista i le saludamos descendiendo al fondo de la 
quebrada. ¿Quién era ese rudo obrero? — Era nada 
menos que el director científico de todas estas 
obras notables en cualquier país, i ejecutadas coa 
tan maravillosa rapidez, discreto silencio i exacta 
ejecución técnica i barato precio de jornal. Su 
nombre es Mr. John Sirapson, injeniero hidráuli- 



— 375 — 

co, natural del Estado de Nueva York, pero que 
ha pajado la raayor parte de su vida en los bos- 

^ ques de Michigan i en las quebradas auríferas de 
California. 

^ Mr. Simpson es un hombre de 45 anos i tiene 
las formas de un verdadero titán. De suerte que, 
entusiasmado a su vista uno de los de la comisión, 
sacó el reloj, 1 notando que eran las tres en pun- 
to, pidió, a manera de sermón de tres horas, tres 

K hurrahs! por el trabajo, que fueron dados por vi- 
gorosos pulmones, repitiendo las voces los agres- 

H tes ecos de la montaña. 

W Llamónos también no poco la atención en aquel 
lugar una circunstancia verdaderamente poética, 

K pero que en la vida del trabajo es un hecho de 
todos los dias, de todas las horas. Una apuesta i 
bizarra dama, cubierto el rostro con un velo i de- 

tfendidas las manos por elegante cabritilla, estaba 
presenciando la faena, sentada en una roca. ¿Qué 
hacia allí aquella señora? Era sencillamente la es- 
posa de Mr. Simpson, que iba a acompañar a su es- 
poso en la hora de la fatiga. Otro hurrah por ella! 



XLVI. 



XLVII. 

Proseguimos ahora nuestra jornada hacia el 
ameno sitio en que existen las casas de Catapilco, 



— 370 — 



albergue feliz de la niñez, que allí en ejercicios 
varoniles preparó los aüos de esta vejez todaví a , 
ájil i robusta que so acerca. ^M 

Etu toda la estension del camino fuimos encon- 
trando innumerables catas i escavaciones del te- 
rreno evideotemente prehistórico, porque es un 
hecho altamente carioso i singular que el nombre 
mismo de Catapilco tenga como significación in- 
di jena algo de mui semejante a lo que hoi se está 
ejecutando, por artífices de afuera. Porque cata 
quiere decir en araucano agujero (i de aquí ca-, 
tear) \ pilco significa literalmente cailido o conduc- 
to estrecho, como los túneles de roca viva que hoi 
construyen los yankees para lavar las tierras. 

Existen todavía algunos pilcos o pequeños ca 
nales que llevan el agua a las tierras auríferas, 
especialmente en la quebrada del Culebrón de tra 
dicional fama por su riqueza. 

I séanos permitido agregar a propósito de esta 
tradición doméstica que durante el largo siglo 
que Catapilco ha sido una propiedad de nuestra 
familia, el oro ha existido siempre en abundancia 
desde los bisabuelos del que esto escribe hasta susj 
primos que hoi la poseen. 

De suerte que de tiempos raui atitiguos se re« 
cuerdan casos que rayan en fábula, pero quí 
nosotros escuchamos muchas veces en nuestra ni- 
ñez, especialmente el de un indio del Culebrón, 
que al morir en el hospital de Santiago a finea 



del pasailo si o;lo, reveló, agradecido a un euferniero, 
la existencia de un depósito <le oro tan copioso que 
no bastándole al último, cuando vino al derrotero, 
sus alforjas, llevó a la Ligua un sombrero lleno de 
gruesas pellas. Hoi mismo lian venido aquí mien- 
tras escribimos, a vender oro de otras quebradas 
de la hacienda a mis compañeros, si bien con di- 
versidad do precios porque al «tesorero» de la ca- 
rabana, como tal, ha pagado el castellano al pre- 
cio de la Moneda, es decir, a 3 pesos, i el capellán 
al precio de la Catedral, es decir, a 21 real. La 
iglesia siempre por delante, i especialmente en 
sallado santo! 

XLVIÍL 



Un punto delicado nos que.la por tocar —el 
personal, — el de quién fué el primero en llamar la 
atención de los americanos del norte a esos cam- 
pos subterráneos del oro de Chile después que es- 
taban agotados los de la superficie, etc. etc. Pero, 
detestando todo lo que es de interés en estas em- 
presas, cuyo aspecto público, franco i jeneroso es 
el único simpático, nos contentamos con decir que 
los señores Tliorner e Ildefonso Vargas trajeron a 
la Laguna en 1875 a un intclijente corresponsal 
del New York Herald llamado Mr. Quiraby que 
había venido a Chile con motivo de la Esposicion, 
i que éste llevó unas cuantas libras de oro como 

LA E. DEL o. 48 



-- 378 — 

a California; que habiendo encontraclí 
Panamá a bordo del raisino vaporen que se dirí- 
jia a San Francisco (el vapor City of Sidnei/) al 
señor Burncs conferenció con éste, i el último te 
mó a su cargo la empresa. 

Trajo con este motivo Mr. Biirnes a Chile en 
verano de 1876, dos hombres prácticos, trabaja- 
dores de oro por el sistema hidráulico de Califor- 
nia llamado el uno Seven-Oaks i el otro Hol- 
comb; i persuadido de que los lechos auríferos de 
Chile eran tanto o mas ricos que los mejores de 
California, se dirijió a Nueva York, donde, bajo 
la influencia de «n respetable i emprendedor 
llonario Mr. G. H. Flagler loj^ró organizar un| 
compañía por cinco millones de pesos que con 
nombre de Lirjua gold mining company oj Gatapü 
co, fué incorporada bajo los estatutos de la 1^ 
americana de 2 de marzo de 1877. 

En consecuencia, en el invierno último vino a 
Chile el distinguido caballero ya nombrado, acom- 
pañado de su esposa, tan bella como amable, i 
cuando después de veinte dias de incesantes reco- 
nocimientos personales, se persuadió de la efecti- 
vidad de lo que la tierra encubría en su seno, de- 
terminóse a dar alas a los trabajos en la forma 
que hasta aquí han llevado. 

Mr. Flagler tenia, sin embargo, desde Nue^ 
York la fé mas viva en los informes preliminares 
del doctor Burnes, i en varias oc.isioues le oimc 



— 379 — 

estas palabras que son en estos tiempos el mejor 
pasaporte para un hombre de bien. «No hai en 
los Estados Unidos nn solo hombre que pueda 
decir que el doctor Biu'nes ha mentido una sola 
vezs. 

Llegará alguna vez para Chile el día en que 
pueda decirse otro tanto de los organizadores de 
sociedades anóoimas? (1) 



I 



(1) Seis meses mas tarde, i cuando las faenas preparatorias de 
la esplotacion de los cascajos de Catapilco se hallaban termitiadas 
se cambiaron entre el BeQor Flagler, jefe de la empresa, i el 
autor de la precedente relación las sig'uientea cartas: 



Gatapilco, octubre 31 de 1878, 



Mi apreciado señor: 



Como usted ha manifestado siempre el mas vivo interés en 
el desarrollo de la industria aurífera on Chile i ha visitado i he- 
cho conocer al públio la empresa a cuya cabeza me he puesto, 
bajo la denominación legal de La, Ligua Gold Mining Com- 
pany, me tomo la libertad de dirijir a usted estas dos palabras, 
anunciándole que mi segunda visita a este país i a este distrito, 
después de un año de ausencia, me ha confirmado plenamente 
no solo en las espectativas, sino en los propósitos que desde el 
principio he abrigado, en común con mis amigos de Nueva 
York, participes en la mencionada compnñia. 

Esas espectativas son las de una grande i positiva riqueza 
para esta república i para nosotros mismos, i esos propósitos 
Bon los de un trabajo asiduo, constante i tan en vasta escala co- 
mo sea preciso para llegar al fin que buscamos, ejecutándolo 
todo coa nuestro solo capital, sin que jamas liayamos solicitado 
la üüoperaciuu de ningún capitalista que uú baya sido de 



XLIX. 

Entretanto llegábamos al término de nuestro 
viaje; i por entre las copas de los árboles que hoi 
riega la copiosa represa de Catapilco, una de 
las obras que raas honra al injenio chileno i al es- 
píritu progresista de su autor i obrero don Fran- 
cisco Javier Ovalle, divisamos al fin la casa que- 



lo8 que formaron en Nueva York la compañía orijinaria. El 
capital de ésta es da cinco millones de pesos, i coa ellos se baráu 
todas laa obras, cualquiera que sea su magnitud. 

Ahora, me parece, señor, que C(m estos antecedentes, que me 
ha sido forzoso citar, no por jactancia, sino para definir i dejar 
bien establecidos los hechos i las posiciones, me parece que tengo 
derecho para dirijirme por uondiacto de usted al ¡¡ais en jeneral 
i a las personas ilustradas en el desarrollo tranquilo, honorable 
i bien entendido de las industrias auríferas, llamadas a tan im- 
portantes resultados en Chile, a fía de precaver a los industria- 
les i a las personas himrudaa cuutra las exajeracioues, fraudes i 
falsas especulaciones a que este jénero de negocios da jeneral- 
Uífute lagar, como ha acoateoido eu California, i pudiera suce- 
der eu Chile, kí no reinara la prudencia i cordura debidas. 

I>cM este paso en cutnplimiento de un deber de lealtad para 
cun este pafs, i por cuanto comprendo que pesa sobre la empresa 
que represento cierta responsabilidad moral como orijinaria de 
este movimiento. I al hacer esto procedo de acaerdo con el re- 
presentante legal de la compañía, ul honorable Giiülerrao Tri- 
pler que ha venido conmigo de Estados Unidos para todos los 
fines legales de la organiziiicitin i trabajos de la menciouada com- 
pañía. 

Es|)€raiKlo ijue usted sabrá apreciar los luotivos de esta cu- 



— 381 — 



rida, nido de flores de los felices años que pasa- 



ron 



Entonces, mi corazón, lejos de entregarse á la 
espansion de dulce gozo, fruto de aquella jornada 
tan alegremente emprendida, se apretó dentro de 
mi pecho, como el párpado que esconde lágrima 



raunicacion, teugo el honor de sascribirme de usted afectísimo i 
respetuoso sers'idor. 

John H. Flagler. 

S«nor senador B«ujnmÍD Yicaña Msokdana 



fOontestaciou. ) 



Señor John H. Flagler. 



Santiago, noriembre 6 de 1 878. 



Distinguido seQor: 



He recibido con verdadero placer la honrosa carta que usted 
se ha servido dirijirme, i en la cual manifiesta usted de non 
miinern inequívoca los elevados sentimientos de caballero i de 
hombre de bien hiiy> cu3'üs auspicios vino usted a Chile con su 
respetable famib'a el año último i li.i regresado otra, vez con al- 
ífunos de eua amiírns. 

La manera silenciosa, tranquila i perfectamento honurable 
como han sido di rijidos Ids costosos trabajos de Catapilco, in- 
virtiéndose en ellos sumas que constituirían una verdadera ri- 
queza, i sin solicitar dcd país ni de sus ciudadanos un solo ma- 
ravedí, en forma de bonos o acciones (sistema last¡m<t9o i justa- 
mente desacreditado entre nosotros) ha sido siempre para mí 
la prueba mas evidente, no solo de ¡a perfecta buena fu de bts 
prucediiuieutos de la compaüía a cuvu nombre usted habla, sino 



— 382 — 

silenciosa, escapada de lo mas íntimo del alma.... 
Ab! — Catapilco no es ya juventud, no es el pla- 
cer, ni los ensueños primeros, ni el dulce calor 
del hogar. Mi venerable tia se ha ido al cielo des- 
de la última vez en que en estas salas besé su 
santa frente, i sus hijos, que son i han sido siem- 
pre mis hermanos, no están tampoco en el anti- 
guo nido, todos juntos con nosotros, cual solíamos 
en apartados dias, para cantar con una sola voz 
en la plegaria de la tarde el himno de respeto 
que los buenos deben siempre a sus mayores. 



del distiuguiílo carácter de siia representaatea eu Chile. 

Creo, por tatito, que usted hace un verdadero servicio a lüs 
hombres honrados de esta república i al país mismo, tan honda- 
mente trabajado por una crisis, nacida ea gran parte de locas 
especulaciones, haciendo un llamamiento ala cordura i al buen 
juicio de loa que se arriesgan en empresas tan delicadas como 
la de que se trata i en las cuales volveremos a encontrar nues- 
tra perdida proaperidad, si hai intelijencia, reposo i rectitud; pero 
que nos arrastrarla infaliblemente a una raiiia raayur, si hubieseu 
por desgracia de faltar eu lo mas mínimo esas comliciones. 

Bajo esa intelijencia, ace[)to como dignas do usted i del hono- 
rable señor Tripler las esplicaciones que usted se sirve darme, i 
en eso mismo concepto las entregard, autos de su |iróximo re- 
greso a Estados Unidos, al dominio de la publidad. 

Me es grato ofrecer a usted mis mas atentas consideraciones. 

B. Vicuña Mackenna. 



CAPITULO XIII. 



LAS QUEBRADAS DE MALCARA I ALVARADO 



EN LA. PROVINCIA DE VALPARAÍSO. 



El año de Paraff i la fiebre parafina en 18T7 — Reniedi» que para la última 
habriaa encontrado los chilenos en un refrán dnméatico de don Manuel 
Salas i en el diccionario do la leoj^ua un la palabra «piedra.» — Pánico 
de fines de 1877, i lo que dijo don Manuel Montt al saberla quiebra del 
banco David Thomas. — El balance de la riqueza de Chite en 1875.— 
Bienes positivos que el engaño— Paraff produjo al país despertando la 
afición al -;oro vordadaro. — El trabajo ha sido siempre la tabla del 
naufi'ajio de Chilu. — Revívense todos los derroteros i leyendas anti- 
guas — La laguna del Tigre on el camino de Huspallata i Ponzuelos on 
O.sorno. — Escursiones en los campos auríferos de Pedro de Valdivia. — 
Organízansc no menos do siete compañías auríferas, i cuenta que se da 
de ellas. — Entierros i nuevas tradiciones. — Alcances ipamñiuos. — Los 
Cristales i Cachiyuyo. — Los Talayeras i Alfonso Duque Ante-Cristo. — 
El contajio do la? escursiones auríferas se radica en Viña del Mar. 
— La compañía di Maleara, i cabalgata que a ella so dirije en mayo da 
1878. — El cammo hai^la Colmo. — El jeneral Maroto en Conca i en Con- 
cón. — El canónigo de Caracas i el letrero del finado.— La nuclio de Col- 
mo i el ascon.so a la montaña da Manco. — El hossanna i el ¡hallmr! do 
las cumbres. — El cabo Olivos i el vaquero Cortés. — El descenso i el 
descubridor Molina.^En el fondo de la mina i su maravilloso aspecto. 
— Ld piedra del descubridor i su ensaye ea la Moneda.— Por qué no 

, nos hemos ocupado en este Uljrodo la faz científica i jeolójica de la 
cuestión del oro. — Resumen |n>" don .\lberto Mackenna.— Los ingleses 
i I js aboríjenes del cacique Maleara, — Don Juan Palacios i su paila de 
oro. — Estovan Silva, el iiltiiun minero de Maleara, i su salteo. — Regreso 
déla cai'abaiií»- do Maleara a Qulllota i a Viña del Mar. — Una visita 
aurífera a la quebrada de los Alvaiadus, «el valle de Andon'a> de Val- 



- :m — 



l»d.ral»o, — Los lavaderos del <Pefiün» i del «Morro»— Veatijios de la 
riqueza aurífera del departamento de Limache i de la provincia de Val-^ 
paraíso. 

(iíVala cara sigue fliendo el tema de las 
conversaciones del día 

dAifui no üc trata sino del oro que da en 
abundancia la tierra en aquel lugar. El 
pelotnn de OK) que, según algunos diarios 
compró el señor Abel Castro, ha hecho sO'i 
fiar a muchos con a juel precioso metal. > 

(Correo rh QtdUola, mayo 3ü de 1878.) 



I. 



El año del señor de 1877 fué el año de Piíraíf, 
el año de los delirios, cuando im cuarto de barra 
de la sociedad de las higueras do Z-ipata (que 
dejó a tautos sin zapato-s) se veadia por lo que se 
habla comprado antes una hacienda, o uua buena' 
chacra del llano de Maipo, — de 15 a 25 mil pesos. 
Una acción completa, entre cien de fundadores, 
llegó a venderse en 80 mil pesos a por favor»; ^ 
aun díjose que en los consejos de gobierno, don-] 
de se repartían los cóndores de oro Paraff con el 
título limeño depaíitülas (i de estas cupieron cieni 
al presidente de la república) se había discutido] 
con. la mayor formalidad del mundo i como cual- 
quiera otro ncgouio de Estado, sobre si se envia-j 
ria un quintal métrico o solo medio quintal de oroJ 
Paraif a la Esposicion universal que en el año siib- 
siguieute iba a celebrarse en Francia... Porqile 
este punto de verdadero paroxismo liabia llegad( 



— 385 — 



lo que con propiedad podia llamarse Ib. fiebre pa- 
rafina de aquel tiempo. (1) 



Pero el qnímieo alBactiino, en medio de sus 
locuras propias i ajenas, hizo a su manera a la co- 
munidad sensata del país un bien positivo por- 
que llamó la atención de los hombres sobrios i de 
trabajo a la industria i a la esplot;iciou abandona- 
da del oro natural de su suelo. 

El país estaba pobre; la crisis babia llegado al 
máximun de su intensidad; i aquel año memora- 
ble por sus crisoles, sus iliisioaes i sus ruinas, se 
estinguia a manera de macilento candil con la 
clausura del primer banco que quebraba en Chile, 



(1) Para curarse de semejante manía, que causó tantas ruinas 
i tantas lágrimas, i que hacia recordar el dicho usual del cáus- 
tico i espiritual tait't Salas. — «Dios ha de castigar a los chile- 
nos, rúas que p^r diablos, por lesosj>, les habria bastado a los úl- 
timos hojear el Diccionfirio de la lengua i leer en la palabra piedra 
lo siguiente: 

«La piedra de toque o la piedrafilosofal en la materia con que 
los alquimistas pretenden hacer oro arbificialmeufce, b> cual iiO' 
pasa de ser una sustancia puramente iiniijinariu, una cosa basa- 
da en el absurdo, cuando no es la malicia enqañadora la que 
suple por el imposible, depositando oro natural o veixladero en el 
crisol del alquimista para deslutnbrar a los inaiustas i atrapar- 
les su dinero, con achaque de esperiraentoa Oiindaceutes n la sa- 
puesfa.i mentida fabricación del oro.T> 

LA E. nKL o. 49 



— 380 — 

el Banco David Tlioiuas, que cerró en Valparaíso 
sus puertas a su numerosa clientela el 29 de oc- 
tubre de 1877. — Recordamos perfectamente haber 
oido en el Senado, cuando circuló en sus bao eos la 
noticia telegráfica, recibida al dia siguiente a las 
dos de la tarde, de aquella primera campanada del 
pánico, al sesudo señor Montt que esclamó: — «Es-' 
te es el principio del fin!» 

A la verdad, era preciso liquidar; es decir, era 
preciso trabajar. 

El país habia vivido de ilusiones, los bancos ha-* 
biau vivido del país i los particulares de los ban- 
cos. (1) 

(1) El Ferrocarril, diario de Santiago, a fia de atenuar la 
impresión de pánico que produjo la quiebra del Banco David 
Thomas, decia al dia siguiente 30 de octubre da 1877 estas pa- 
labras qae son al mismo tiempo una verdad i una paradoja, co- 
mo todas las coaaa de doble sentido. 

«Se asegura i aun se grita con frecuencia que el páblico está 
a merced de loa bancos, i las mas veces es su victima. 

íError, profundo error económico. 

íSon loa bancos los que están a la merced del público, i para 
demostrar esto no hai sino leer las cifras de sus depósitos, o 
lo qne es lo mismo, el monto de la confianza pública que éstos 
represeutan.í 

Respecto de Itia ilusiones i de las realidades de riqueza (fenó- 
meno relativo que reviste también una doble siguificacion), hé 
aqnl algunas halagüeQas cifras en que el iatelijente corredor de 
comercio de Santiago don Francisco Riso Patrón, agrupaba el 1." 
de enero de 1876, el monto de la riqueza nacional, con relación 
al crédito i a los bancos, en el año precedente. 

¡Según eiita demostración, el capital de responsabilidad de lus 



— 387 — 



III. 



Lanzáronse por consiguiente los chilenos al 
trabajo con su vigor acostumbrado. 



bancos i de las compañías auónimas del país alcanzaba a 118 
mülouee 40,200 peaoa en esta forma: 

Capital «offit«aí de los bancos $ 59.610,000 

Eu coinpafiías chilenas de seguros 10.000,000 

En ferroc:irrileH, sin contar los del Estado 11.41.5,009 

En empresas de baques i vapores 0.800,000 

En empresas de gas de Valparaíso i Santiago. 1.380,000 

En id varias, telégrafos, etc 3.450,000 

En compañías salitreras 4.650,000 

Enid.de agna 923,200 

Eu minas de Caracolea 10.862,000 

En id. de cobre i fiíndicion de Chaflaral 2.000,000 

En id. de carbón , 6.950,000 

Total $ 118.040,200 

Pero sobre esta enorme suma de valores, solu la mitad, mas o 
menos, habia sido pagada a las diversas empresas industriales i 
ünancieras en esta forma: 

Pagados a los bancos de emisión $ 17.480,000 

Por compañías de seguros 900,000 

Por ferrocarriles 11.415,000 

Por empresas de buques, vapores etc... .'5. 159,000 

Por compañías de gaa 1.380,000 

Por varias, telégrafos, etc 1.550,000 

Por compañías de salitres 3.312,500 

Por id. de agua ., 303,200 



— 388 — 



El trabajo ha sido siempre la tabla de salv 
cion de esta aligosta faja de playa, cten la cual, p 
ra no caerse al mar, es preciso agarrarse a las cor^J 
dilleras», en todos sus naufrajios. ^^ 

El trabajo ha sido «el hueso de santos que se- j 
gun don Manuel Salas ha estado enterrado bajo , 
el empedrado de la Plaza de Armas de Santiago 
i que ha beclio para Chile durante la era de la 
república tantos milagros de prosperidad i de ven- 



Por minas de Caracoles. 

Por id. de cobre i fundición, etc. 
Por id. de carbón. 

Un total de 



9.930,750 
2.000,000 
4.035,650 



57.466, 1( 



Así es que, resamiendu, existia un total de créditos respon- 
subles de 118.040,200 pesos con un eítíctivo de 57.466,100. 

Los balances de los Bancos habiaa dado el sigraiente resuí 
tado eu 1875: 

Banco Nacional de Chile, con un capital efectivo de 3.750,000^ 
ha producido la suma neta de ^ 334.882, 3 

El Banco de Valparaíso, cou un efectivo de 
0.150,000, ha producido la utilidad liqaidí de,... 385,769 13 

El Banco de la Alianza, con capital efectivo 
de 1.000,000 pesos dio ud líquido total de 77,484 

El Banco Agrícola^ capital efectivo 1.800,000 
])roducto Ifqnido del semestre 115,654 64 

El Banco de la Union, cou un efectivo de 
57,618, ha dado una lUilidaJ líquida de 

El Banco del Pobre, con un efectivo de 
600,000, ha dado un resultado de 

El Banco Garantizador de Valores, cun uu 
efectivo d 232,000 ha dado uua utilidad de 70,403 



3,645 



13,984 



— 389 — 

tura, i en ciertos casos de redención asombrosa. 
Por consiguiente, el año de 1878 fué un año de 
trabajo, o mas propiamente, de preparación de 
trabajo, de cáteos de oro, de empresas auríferas, 
de lavados de cascajo, como el precedente habia 
sido un año de lavado de bolsillos.... Tenemos a 
la vista una carta dirijida al diario Los Tiempos 
desde Copiapó, a principios de aquel año (marzo 
16) i en ella, describiendo la mísera condición a 
que habia descendido aquel suelo arjentífero an- 
tes tan afortunado, se aseguraba que la crisis habia 
reducido en un 90 por ciento la antigua opulenta 
fortuna de la provincia de Atacama- -«Caldera, 
decia espiritualmente el corresponsal del diario 
santiaguino, Caldera, el puerto que otro tiempo era 
todo vida i movimiento, es hoi una deliciosa man- 
sión del sueño. 

3>Vallenar, la ciudad mas pintoresca de Ataca- 
ma i donde hasta los niños se entretenian en coxi- 
ta.Y los pesos fuertes que encontraban botados, no 
posee hoi ni sus sabrosos camarones. 

sFrcirina, la ciudad de la hermosura femenil, 
no tiene mas consuelo que recordar aquellos feli- 
ces tiempos en que se regalaba una onza por un 
¡Viva Chile! seguido de la interjección que los 
chilenos aprendimos a Gamhi'one. 



IV. 

Por todas partes se buscaba cu consecuencia la 



— 390 — 

solución a la crisis, o como podría decirse mejor 
en términos caseros, ffel remedio a la pobreza». — 
Por todas partes se araba la tierra i se arañaba 
los cerros. Un diario de la capital de mediados de 
aquel año, daba cuenta de no menos de siete so- 
ciedades auríferas formadas para esplorar i lavar 
el oro natural i nativo, no por el procedimiento 
de Paraff i su manipulador Rogelio, siuo por el 
«sistema de California»; i aquéllas eran las si- 
guientes: 

La compañía de Catapilco. 

La compañía de Marga-Marga i de la Palma. 

La compañía de Llampaico. 

«Esto por lo respecto a la rejion del centro,» 
decia el diario citado, i añadía: 

«Nos llegan también informes positivos del im- 
pulso que nuevas compañías imprimen en este 
momento a los terrenos auríferos del sor, que en 
épocas remotas fueron celebrados por su riqueza. 

jjLos trabajos del mineral de Niblinto, a corta 
distancia de Chillan, se prosiguen con actividad 
por nua compañía chilena, al paso que otra socie- 
dad en ciernes ha denunciado precautoriamente i 
entrado en posesión de los valiosos terrenos aurí- 
feros de Rere i la Florida, que enriquecieron a 
Pedro de Valdivia i sus secuaces en el espacio de 
solo dos años. 

íOtras compañías se organizan para esplotar 
los lavaderos de oro de Nahuelbuta, cerca de Ca- 



— 391 — 

ñetc; otras esploran a Valdivia i Osoriio, donde 
estuvo el renombrado mineral de Ponzuelos, i 
aun los trabajos auríferos de Magallanes comien- 
zan a revivir. 

i>En la zona del norte no se han abandonado 
tampoco los antiquísimos i dispendiosos trabajos 
del mineral del Inca, en Atacaraa, ni los de An- 
dacollo i Casuto, en Coquimbo i Aconcagua. 

»A1 contrario, dos nuevas empresas se prepa- 
ran para esplotar en esa dirección conocidos pero 
abandonados veneros, entre la que vemos figurar 
los de la pequeña quebrada de Mala Cara, a seis 
leguas de Valparaiso. 

íHan hablado también últiraamcnte los diarios 
de importantes reconocimientos practicados por 
los señores Chase i Tyler, ciudadanos americanos, 
en los antiguos i riquísimos campos auríferos de 
Petorca, donde estuvo la mina del Bronce, que 
por sí sola alimentó durante algunos años los ba- 
tientes de nuestra Casa de Moneda. 

DReconocIendo la profundidad i leí de los cas- 
cajos auríferos por medio de los piques i minas 
abandonadas, se nos ase^n*a que el doctor Chase 
ha llegado a determinar la existencia de un cam- 
po aurífero que mide muchas leguas cuadradas 
con una profundidad de 15 a 30 metros i con una 
lei media de 30 centavos por metro cúbico, como 
mínimun, cuando la proporción media de los cas- 
cajos de California es de 12 i medio centavos, i 



— 392 — 

aun se trabaja con provecho por compañías na- 
cionales o europeas los cascajos que rinden hasta 
4 i medio centavos por yarda cúbica. 

íEstos terrenos, provistos de abundante caída 
de agua, se hallan situados en la quebrada llama- 
da de los Tornos, frente a la aldea de Hierro 
Viejo. 

5) Se nos asegura que sus esplotadores han de- 
nunciado allí 384 pertenencias de diez mil metros 
cuadrados cada una, i que los trabajos de esplo- 
tacion comenzarán en el verano próximo. 

vTeaeraos, en resumen, que en el espiício de 
seis meses se han organizado no menos de seis 
compañías europeas, sin contar la fundadora de 
Catapilco, i esto constituye ya un indicio consola^ 
dor para el pais de futura i tal vez próxima reac- 
ción en sLi riqueza minera.)' (1) 



V. 



Hácese mención en los párrafos anteriores de 
una sociedad en ciernes organizada en Rere so- 
bre los antiguos campos de oro que enriquecie- 
ron en menos de dos añt)s i no lejos del Biobio a 
don Pedro de Valdivia; i a este propósito, como 
demostración de lo que en aquel tiempo ocurría, 
lio podemos menos de copiar aquí lo que desde 



(1) Ferrocarril del 6 de agosto de 1878. 



— 393 — 

uno de esos parajes nos escribia, a fines de junio 
de aquel año, uno de los uias animosos esplora- 
dores de aquella comarca aurífera: 

«La quebrada de Quilacoya (debe ser Quilaco- 
yan, agua de los tres rabies^ corre de este a oeste, 
desembocando sus aguas en el Biobio, mas al sur 
del pueblo de Hualqui. 

«Uesde el nacimiento u oríjen de sus aguas, 
hasta el Biobio, tendrá una estension de cinco 
leguas, esteusion mas o menos igual de la cima 
de toda la montaña de la costa hasta el mar. 

«El fuerte Valdivia i los tr¿ibajos que hicieron 
los españoles están situados como a dos leguas 
antes de entrar al Biobio. 

<(El rio Quilacoya es el divisor de los departa- 
mentos de Rere i Puchacai. De modo, pues, que 
los pedimentos han sido hechos en uno i otro de- 
partamento. 

tc Reconocimientos hechos por don Manuel Ba- 
rragan sobre la ribera del rio (de que antes habla- 
mos), prueban que en tiempos de Valdivia el suelo 
primitivo estaba en la Vega, ocho o diez metros 
mas abajo de lo que ahora se v^e, pues a esa hon- 
dura ha encontrado maderas aserradas i labradas 
corno en forma de tijerales. Aquella planicie ha sido 
formada con todas las arenas auríferas que han co- 
rrido en Ciida invierno sobre su fondo, desde el dia 
en que entró en el suelo la primera punta de arado 
i desde el momento en que el hacha del labrador 



LA K. D1¿L o. 



50 



cortó el primer roble. A uno i otro lado de la que- 
brada se ven barrancas de tierras amarillas i co- 
loradas, compuestas de cascajos, cuarzo i arenas. 
«^Sujetos muí formales del lugar nos aseguraron 
que ningtm pobre trabaja por menos de seis cen- 
tavos batea. Es común oir contar que los padres 
mandan a sus hijos en busca da pepitas de oro en 
los días de fuertes lluvias. 

«Olvidaba decirte que la vega de Quilacoya se 
estiende como legua i media desde la montaña al 
Biobio, sobre cuya vega corre el mismo rio. 

<rEl caudal de agua en el invierno es inmenso, 
i nos aseguran quedará con 50 regadores en el 
verano. Por ahí poco saben de regadores. 

«Al pié del fuerte Valdivia existe un pajonal, i 
las jentes del lugar han ido conservando la tradi- 
ción de que ahí estaba ubicado el cementerio. 
Aun se conserva una cruz. 

Los fosos del fuerte aun no se han borrado i en 
casi toda la ostensión están rodeados de perales 
enormes, 

«También se notan las señales del herido de un 
canal que llevaban a mucha elevación. Parece que 
esos hombres principiaron en aipiella época a sos- 
pechar el sistema i/anquee. 

«Después de recorrer la quebrada de Quila- 
coya i de tomar nota de todo para hacer los pe- 
dimentos de tierras i aguas, nos encaminamos ha- 
cia el pueblo de Rere, como por ejemplo si salié- 



— 395 — 

ramos de Cobqnecnra hacia Quirihue, situado, co- 
mo aquí, en la montaña baja de h\ costa, en lo 
que llamamos llanon aquéllos que vivimos entre 
hondas quebradas i bajo montes seculares. 

«Rere está a cinco leguas de Quilacoya. Pueblo 
mui antiguo, en donde tuvieron colejio los jesuí- 
tas i célebre por cuatjo cosas:— su palma de 200 
años; su campana de cobre puro, cuyos ecos co- 
rren por los aires ocho leguas i fundida ahí mismo 
el año de 1721; una preciosa niña, esbelta como 
la palma, pero con un cero Tnénos; i finalmente el 
respetable cv.ra Arriagada notorio por los villanos 
palos que le dieron el 26 de marzo de 1876, iuteli- 
jentc joven, tio de la linda palma de veinte años i 
en cuya casa hospitalaria nos alojamos, a fuer de 
golpeados i perseguidos del mismo dia i año. 

«Llegamos, lloviendo, i mojados bástalas uñas; 
pero llegábamos a casa de cura, i de consiguiente 
tuvimos buenas brasas, buena cama, buena sopa 
i para complemento de nuestro feliz alojamiento, 
\'A palmita cantó lindísimas canciones con una voz, 
sino tan sonora como la de la campana, mas dul- 
ce i mas seductora que aquélla. Así, a lo menos, 
me lo manifestó con acento enamorado nuestro 
amifío F 

'(Salimos de ahí en camino para Yumbel, capi- 
tal del departamento. 

«A legua i media de Rere está la quebrada lla- 
mada Oolcliagua, receptáculo de todas las corridas 



— 396 — 

de los ricos minerales de Matamala i Rere, al de- 
cir de aquellos li abitantes, mas ricos que los de 
Quilacoya i La Florida. Aun quedan personas que 
vieron una pepita que se vendió en Santiago en 
61 onzas de oro sellado. (1) 

«La quebrada tiene como tres i media milla de 
largo i desemboca en el Biobio, estación de Hue- 
nuraque. 

dCorre a lo largo de ella un estero que lleva el 
mismo nombre i en sus pequeñas barrancas ma- 
nifiesta un manto de oro, segnn nuestro ciceroni, 
de bastante lei. 

ttEu mucha parte de su estensiou se ven las co- 
rrederas de los mineros de batea. 

«Aquí se vendia en hierba el oro, a 10 pesos la 
onza. 



(1) Eate hecho es efectivo, i el comprador nrijinario de esta 
pella fué el conocido Cüinerciante don Juan Antonio González, 
natural de Concepción, El sanear González compró la celebrada 
jiiipa de Quilacot/a^ que tenia la fartna de uq tejo de oro, en 51 
onzas pur loa años de 1839, i la vendió a don Ricardo Price, 
giiuando en la reventa nueve onzas. Díjose que el señor Price la 
había remitido al Museo Británico. Por lo demás, sou de tal 
modo anriferas las tierras del estero de Qnilacoya que un amigo 
nuestro presenció el lavado de nn adobe, sacado al albur de una 
pared en 1842, i vio ostraer de él varias partículas de oro. 

El mismo amigo que esto nos refiere, el sefior Marcial Gon- 
zález, sentidüF por Cunceiicion, nos asegura que cu la vecindad 
de Nacimiento, a nna legua hacia el sudeste del pueblo, existió 
nn riqm'siruo lavadero de oro i que como sefias del paraje se mos- 
traban, en el tiem[to en (jue é\ lo viáitura, unos troncos de Sau- 
cu üonipletaraente petrificados. 



— 397 — 

«El agua es abundante por ocho meses del año; 
poro hñ\ lugares maguíficos para hacer tranques 
a poco costo. 

«Creo que este lugar es el mejor i lo mas en 
armonía con el sistema de Catapilco. Mucho des- 
censo, mucho oro, mucho terreno i una salida o 
corrida hacia el Biohio rápida i espeditau 



VI. 



Hacíase continuamente también por aquellos 
dias en la prensa i en las charlas, memoria del 
famoso mineral de Ponzuelos, perdido como la 
fabulosa ciudad de los Césares, entre las selvas de 
la Araucania. I a este respecto, i como la afición 
a derroteros no se acaba todavía, no obstante las 
maldiciones de Jotabeche en su memorable es- 
cursion a la mina de los Candeleras, sino que va 
en creces, nos parece acertado reproducir aquí 
el siguiente derrotero que como el de Soria sobre 
la Laguna del Tigrí' en el camino de Huspallata, 
publicó el 29 de octubre de 1861 nuestro amigo 
i compañero de infancia Manuel Antonio Xime- 
nes Vargas en el Mercurio núm. 10,255 con el 
título da Oá)ríio i sics laimderos de oro. (1) 



(1) Decíamos que la afición a los derroteros anríferos oo de- 
crecía eu el |;nÍ9, i precisa meu te eu l(>s momentos en que currejí- 
ino8 esta pajina (noviembre 13 ile Ü88I) un antiguu aaiifjo, en- 
tusiasta luiueru i cateador, uoa eácribe de los Andes solieitando 



— 398 



í.... Entre los puntos reconocidos superficial- 
mente, decia nuestro amigo, se cree que exista el 
afamado mineral de Ponzuelos donde se asegura 
se encuentra enterrada la fabulosa suma de algu- 
nos millones de pesos de buen oro que los benefi- 
ciadores no tuvieron tiempo de esportar o llevarse, 
siendo repentinamente apremiados por la subleva- 
ción de los indios. 

«La tradición i aun la historia misma habla de 
los tninerales de Osorno con tan marcado intere 
que bien merece que consigne en este escrito al 
gunos datos importantes de una i otra. 

»La tradición nos dice que Osorno era o fué 
un verdadero pozo de oro, un país encantado i 
nos refiere a este respecto verdaderos cuentos de 
los «Mil i una noches.» 

Dpero lo que hai de mas posiiioo es un derrot 
ro encontrado por acaso en el archivo del conven 
de San Francisco de Chillan, el que dá poco ma 
o menos la siguiente noticia: El mineral de Pon- 
zuelos se encuentra a lo o 16 lesjuas de la ciudad 
de Osorno en la dirección del sur; i en cuyo punto 
quedó enterrado el producto de tres años de tra- 
bajos i de seis mil operarios que trabajaban por año. 



I 



M 



copia de la noticia que ea 1856 publicftmns nosotros en el libro 
titulado Viajes sobre el famoso derrotero de Soria, ^xn pobre 
sionario muerto en Cádiz, i que ae refiere a la et€rna leyenfla 
las talegas de oru en cueros de liuanacoa, el rescate de Atahualf 
«urrojado a aua laguna.» 



» Añora veamos lo que 
bre el jnlsmo punto, 

5 Habiendo salido el gobernador señor Rodrigo 
de Qairoga contra los araucanos (1577), pasó 
hasta el pueblo de Osorno para ver por sí misino, 
a mas de su rica fábrica de paños i de linos, la fa- 
mosísima mina de Ponzuelos, de oro tan obrizo 
que a petición de Francisco Castañeda hubo que 
ligarhi con seis quilates menos que el que se es- 
traia de las detnas minas, para que el comercio 
corriera igual, como que los numilarios comenza- 
ban a no querer sino el oro de Ponzuelos.» 

»Rápido hubo de ser su florecimiento, dice en 
otra parte refiriéndose al mismo pueblo, pues que 
poblado en noviembre de 1558 notamos que en 
1576 Nieto de Loarte, uno de sus vecinos, (a los 
dieztocho años de su población) , lega, antes de mo- 
rir, la enorme suma de 27,000 pesos de buen oro 
para los tres mil indios de su encomienda, in- 
vierte 54,000 pesos en obras pías i todavía le deja 
un inmenso caudal a su hijo Francisco, etc.» 

«El mineral de Ponzuelos, agregebael entusias- 
ta cateador austral, que en esto habia precedido 
en cerca de veinte años a los del centro, oculto 
hoi en medio de impenetrables bosques, ear/síe, i 
no es difícil hallarlo; solo que para buscarlo se re' 
quiere constancia i plata .... 

I conforme a esta sentencia, tan verdadera co- 
mo el oro, concluía por hacer la siguiente invita- 



— 400 — 

cion práctica a los futuros buscadores de Ponzue- 
los, ios cuales, estamos ciertos de ello, bau de ir 
allí, como fueron ya de (Jaramávida (lugar tan fa- 
moso como el de Ponzuelos en la liistoria de Arau- 
co) i lo liídlarou. 

•íConcluiré, decía en consecuencia el convenci- 
do autor del derrotero ya citado, concluiré convi- 
dando a todo el que quiera venir por estos mun- 
dos a probar fortuna, coa el bien entendido que si 
no trae plata para trabajar, no hará mas que per- 
der el viaje, su tiempo i saborear las crueles 
amarguras que yo he apurado i apuraré totlavía, 
pero debe advertir también que cualquiera que 
traiga de 590 pjsos para arriba, le garantizo bueu 
provecho en cualquier punto de los que he reco- 
rrido.» (1). 

I esto era fuera de los prodijios, de los alcances 
i de \o% poruñazos (2) 

Según una noticia publicada en El Mercurio 
del 2 de octubre de 1877 con el título de Este no 
es oro Paraj}\ se habla ensayado en la Moneda 



(1) El señor Jimeuez Vurgaa, autor del anterior derrotero, 
es hijo de Chillau pero casado i establecido ea Owruo. Antiguo 
i valeroso alumno de la Academia uiilitsir, oíicial de mariaa en 
1840, comaudarite de la guaruiciou militur dul Amazonas en la 
guerra coa el Perú (187Í)) es lioi empleado superior e intelijeu- 
te de la aduana de Puerto Montt. 

(2) Poruñazos Uainiía lus miueroa de Chile lo8 chascos i en- 
gaños que suelen elkis mismos dar a los iacaiistos sobre alcan- 
ces, meutiras, riquezas, etc., de lus minas. 



401 



nna muestra de la mina ile Los Cristales en el de- 
partamento de Itata, que rcndia 9,440 castellanos 
de oro por cajón (algo como 30,000 pesos). Ha- 
blábase íisimismo de otro ensaye de la mina Líis 
Cardas, situada también on Itata, que habia dado 
Ici de 432 castellanos. I mientras esto sucedía ha- 
cia el sur, por el norte, i solo una semana mas tar- 
de, El Constituyente de Copiapó del 8 do octubre, 
se estasiaba con estas nuevas leyendas de Mon- 
tecristo, a las que todos prestaban fé de ciegos. 
(tEn la mina Carmen del mineral de San Pedro 
de Cacliiyuyo, propiedad del señor Juan B. Itu- 
rrieta i compañía, se ha hecho últimamente un 
fenomenal alcance en oro i cobre de una lei que 
asombra, decia el diario atacameño. 

íLa lei del oro es de cuatrocientos marcos, o 
sea tres mil doscientas onzas por cajón. La del 
cobre da un treinta por ciento. Me garantizan 
que las muestras fueron ensayadas en el laborato- 
rio del señor Francisco Sierralta. 

«Nosotros hemos visto piedras que so asemejan 
a una semi-barra de oro,» 

Todo en aquel tiempo (187S) era a la verdad 
correrías, derroteros, cáteos, catas, cateadores, 
charla de oro i aventuras. I no solo so habltiba en 
Copiapó i en Eere, en Santiago i en Petorca de 
viejas minas aterradas i sacadas otra vez al sol, 
como la del Bronce i sus siete mineros muertos do 
un soplido por el diablo, sino de labores derrumba- 



LA E. DEI. o. 



51 



— 402 — 

das que como las de las Tórtolas en Tamaya dejó 
enterrados el doblo de aquéllos, sacándose al fin 
troce vivos, después de diez días de oscuridad i de 
hambre: harto mayor milagro quo el do la visión 
del Bronce ya contada en este libro! (1). 

11 
VIH. 

I no era solo de los veneros de antigua fama 
de los que se ocupaban las jentes, sino de los inaca- 
bables entierros de los aboríjeues, del rescate del 
Inca, del caudal secreto de los jesuítas, del tesoro 
misterioso del jeneral Maroto en la calle de los 
Huérfanos, i de las talegas de San Bruno i de sus 
Talayeras en todas las calles de Santiatío. 

I a este propósito era efectivo que algunos años 
hacia (por el de 1863) habíase encontrado en una 
quinta de la Chimba, al pié del San Cristóbal, 
una cartuchera llena de onzas narigonas, es decir, 

(1) Este curioso fenómeno de vitalidad humana ocurrió on una 
mina de Tamaya o, unes do 1873. El derrntube se produjo el 22 
de octubre i solo el 30, es decir, ocho tlius uvmí tarde, pudo es- 
tablecerse una coinaiiicaciou de aire coa lo» aterradoa. El 2 de 
noviembre logró sacarse a catorce de aquellos infelices de los 
cuales trece sobrevivieron, i hoi están otra vez gordos i fc.iQ fuer- 
tes como antes. Por supuesto, esta prueba liarto raaa convin- 
cente sobre el poder de resistencia que la del célebre doctor 
Tañer, que acaba de morir eu la Haya, es completamente au- 
téntica, pues ios sepultados vivos no tuvieron aquí ai pau ni 
agua i apenas un poco de aire durante 240 horas 



onzas i cartuchera de Talaveras; i mientras todo 
esto tenia lugar en los estrados i en los clubs, las 
pajinas de avisos de los diarios rebosaban en casi 
todos los pueblos de la república con el calendario 
de \of^ 2)edímentos con cargo de minas de oro. — «La 
fiebre por descubrir entierros, decia un diario de 
la capital de mediados de mayo de 1878, se ha 
apoderado de algunos individuos. 

(t Últimamente han ocurrido a la intendencia, 
dos solicitudes para sacar entierros que se dice es- 
tán en la via pública: uno en la calle de San An- 
tonio i el otro en la del Dieziocho.» 

De este último se comentaba que existia bajo- 
loa viejos olivos que dan toduvia sombra a la rejia 
mansión de la señora viiída de Cousiño, «al pié 
del espino del rei Fernando», i su descubridor de- 
cíase ser el hijo de un soldado de Talaveras que 
vino con el derrotero desde España i regresó para, 
morir en la guerra franco-prusiana. El persegui- 
dor de esta resurrección del oro llamábase Fer- 
nando Duque de Anteci'tsto.... I esto era algo como 
el Hoyo de la vieja i las Tierras auríferas de Ca-^ 
sablanca en 1840-1844. 



IX. 



]\ contajio del oro habia cundido, según se habrá 
visto, a semejanza de las viruelas, bajo la lanzeta 
del inoculador Parallf. I como consecuencia de la 



inquieta c incesante novedad, algunos vecinos o 
transeúntes de Viña del Mar, oyendo liablar con 
frecuencia del mineral do oro allí vecino de Mal- 
cara^ tentáronse para ir a visitarlo en grata cara- 
vana de caballos; i como hablamos ido a mediados 
de abril a Catapijco, así fuimos a principios de ma- 
yo ¡{.Maleara, que éste i no Malacara es su Icjíti- 
mo nombre, porque en unos títulos de la familia 
de Iñiguez que fué i es propietaria de la hacienda 
aurífera de Chillicauquen, donde aquella célebre 
quebrada se halla situada en la banda norte del 
rio de Aconcagua, se dice que ésas eran tierras 
del cacique Maleara, 



X. 



Componíase ahora la alegre cabalgata, que vol- 
vía a salir al troto franco de la estrecha calle de 
Bohn de Viña del Mar, de los mismos siete de la 
jomada a Quintero i Catapilco. Pero esta vez la 
comitiva había aumentado en rango, porque a 
mas del coronel Borgoño i del tesorero de la pri- 
mera andanza (don Antonio Subercaseaux), se 
habian agregado de ocasión nada menos que dos 
jueces de letras, un diputado i un gobernador 
eclesiástico en cuyas intelijentes sienes muchos 
han creído ver resplandecer desde tiempo ya re- 
moto las ricas pedrerías de una bien merecida 
mitra.... Eu cuanto a nombres, los jueces eran dou 



— 405 — 

Andrés H. Rojas, vecino de Yifia del Mar; don Ra- 
món Dominguez, vecino de Valparaíso; el diputa- 
do éralo don Juan E. Mackenna, huésped ocasio- 
nal del Versalles chileno, i el gobernador eclesiás- 
tico don Mariano Casanova, simple i grata visita 
en aquel dia. La escursion era toda de improviso 
i de humorada; i en cuanto a práctico i a Lámela, 
llevábamos ahora al famoso <icabo Olivosí de la 
policía de Valparaíso, que habia conocido a los 
Talaveras desbandados en los frutillares de Renca, 
su tierra natal, i tenia ahora la cara echa frutilla, 
con mucho mas arrugas que dientes. 

El cabo Olivos iba a carg(» del «caballo del go- 
bierno, i> que era el de batalla del coronel Borgoño, 
préstamo de apuro del ya difunto coronel Niño, 
jefe de la policía del vecino puerto. 

Er.i domingo, i si la memoria no nos falla 
el 3 o 4 de mayo de 1878. La tarde estaba fres- 
ca con la brisa del mar i del invierno, dos huéspe- 
des que allí i a esas horas viajaban vecinos; los 
cuerpos alivianados con la misa, misa de gober- 
nador eclesiástico; i la espei'anza de dormir aquella 
noche en tierra amiga daba alas a las bien comidas 
cabalgaduras. Solo el acaballo del gobierno» i su 
jinete solian quedarse atrás, que esto ha sido siem- 
pre achaque do cosas, do hombres i de animales 
de gobierno 




XI. 



Siguiendo el camino real de Quillota, descendi- 
mos a puestas de sol a Concón, hacienda que fué 
de los jesuítas, de los Cortes Madaiiaga i del jene- 
ral Maroto, duque de Vergara, albergue pyor tanto 
de dos notabilidades americanas. 

En Concón vivieron en efecto el famoso jene- 
ral i pacificador que ya hemos nombrado i el me- 
morable aunque en Chile poco conocido canónií^a 
tribunicio de Caracas don José Cortés i Madaria- 
ga. Fue éste hijo del feudatario que compró aque- 
lla estancia al reí después de la espulsion de los 
desdichados hijos de San Ignacio en 1767, cuya 
memoria recuerdan todavía con plañidero bullicio 
en su ramaje dos colosales palmas por su mano 
plantadas i benditas. 

A virtud de una singular coincidencia de nom- 
bres, el jeueral Maroto, antiguo jefe de los Tala- 
veras en Chile, habia nacido en Canea, lugarcjo do 
la provincia de Murcia en 1785, i habia pasado su 
vejez en Goncon, de donde saliera solo para morir 
i ser enterrado en el cementerio de Valparaíso el 
25 de agosto de 1853. En cuanto a Cortés i Mada- 
riaga, el de Concón i de Caracas, ése duerme con 
su filma i su ignorada gloriíi en Kio Hacha, lejos, 
muí lejos, del rio pastoril que en Chile fuera cam- 
po i solaz de au niñez. 



— 407 — 

Aparte do estas memorias i sepulturas del pasa- 
do, no encontramos durante la jornada de aquel 
día, i terminada en su última mitad por lúgubre i 
purpurino sol que hendia como fúnebre antorcha 
las nubes del ocaso encima de las olas, sino una 
tosca cruz, que recordando otro triste desaparecido 
decia así testualmente, a un lado del camino. — 
«Aquí dejo de existir oí finado Gregorio Cubares 
el I.** de octubre do 1872,» 

Pero ¡loado sea Dios! el finado no había dejado 
de existir a cuchillo, sino aplastado por una ca- 
rreta en un descuido. 

xn. 

Oscura ya la noche, cruzamos el rio de Aconca- 
gua que allí se llama de Quillota, ya agotado en 
sus postrimerías del otoño mas que por la sequía, 
por la codicia desbordada, por las acequias i por 
los pleitos; i no habiendo tenido la fortuna de en- 
contrar al hospitalario hacendado de Colmo, don 
Domingo Fernandez Puelma, dormimos aquella 
noche en las derruidas casas de aquella hacienda, 
que fué también patrimonio de San Ignacio i lo 
es hoi de los tiernos hijos del que esto a la carre- 
ra escribe i recuerda.... 

XIII. 



Forma la quebrada de Maleara parte de la ha- 



— 4Í)S — 

cientla do Clilllicauqucn, denornÍQada así por loa 
pájaros cauquenes o patos aboríjcnc» del rio Chile, 
que ora entóneos el nombre de toda la comarca i 
del pai«; pero toma su arranque de la, de Colmo, 
oon la cual aquella deslinda por los cordones, que 
se atan al pié del pintoresco cerro del Maneo, de 
aurífera celebridad según Pissití. El pico de Manco, 
en cuya cima dicen, los que a su pié habitan, existe 
un malal o fortaleza de indios, os el nudo que ata 
como a una sola elegante pretina los faldeoR de 
las haciendas de Quintero, de Chillicaiiquen i de 
Colmo, que forman toda la playa i sustancia de la 
rejion occidental del de^Dartamento de Qníllota. 

XIV. 



Guiados por uno de los vaqueros de la hacien- 
da llamado «ño Cortés», quien despreciativamente 
echó al cabo Olivos a retasruardia con sus remu- 
das de caballos del gobierno, trasmontó la alen- 
tada comitiva los blandos i boscosos lomajes que 
forman la espalda de Colmo, abriéndose en no 
pocas ocasiones estrecho sendero por tupidos re- 
novales i corpulentos árboles, reyes seculares de 
la selva que el hacha i la «escritura de arriendoB 
ha respetado. De ellos por tanto podía decirse co- 
mo de las viejas encinas de los bosques de su na- 
tivo suelo lo que el poeta ingles; 



— 4Ü9 — 

«Long has it stooJ to grace tViis Wuod 
A lovely, snnny spot; 
Loug may it staud, tliis moiiarch grauJ. 
Brave axman, harm it notl» (1). 

XY. 

apenas las 8 de la Quañana del dia si- 
guiente, día lunes, cuando el alentado gobernador 
eclesiástico, trepando con briosa espuela sobre el 
último cordón que da vista a la t]^nebrada del 
buen cacique Maleara, ahora desfigurada por loa 
estragos del tiempo, entonaba en las cumbres el 
hosannaf de las alturas. I a este grito, solemne 
entonación del peregrino que divisa en lontanan- 
za a Jerusalen, i en parte lejana de la colina, ha- 
cia eco el robusto i prosaico luillonf! del coronel. 
Gruiando este último su partida del poder lejisla- 
tivo i judicial, había hecho su ascensión por una 
fragosa quebrada, repitiendo los árboles coposos i 
las ásperas colinas los gritos i los cantos. 

En cuanto al gobernador eclesiástico a caballo, 
ése había seguido adelante, como la cruz alta, por 
el camino recto, con el feudatario de la tierra i 
el vaquero, su vasallo... — <iLa iglesia por debíate», 



(1) aPor largos años ha estado allí ciibrieuJo con su aorabm 
aquel h«rmoso sitio (¡ue el sol recrea, i todavía enhiesto queda'á 
aquel inniiaroa dt; la raoiitaña... Bravo leñador, no le hagáis 
mal!» 

LA E. DKL O. • 52 



— 410 — 

'que esto se cumple de ordinario en Chile aunque 

sea en la punta de los cerros 

Cúponos en seguida descender por abruptas la- 
deras al fondo de la pintoresca si bien estrecha 
quebrada que tanta celebridad tuvo en remotos 
años, i hoi es yermo solitario de leñadores, de ca- 
bras i de mineros. 

XVI. 



Hallábase por esos dias la quebrada de Maleara 
cubierta de minas de oro, pero solo en denuncios 
de papel, porque a la fama de un descubrimiento 
hecho por el caballero quillotano don Vicente 
Macaya, afluyeron los pedimentos de infinitas per- 
tenencias, especialmente demandadas por estran- 
jeros. Figuraban entre éstos los apellidos de los 
Mae Gilí de Escocia; de los Willson, de Inglate- 
rra; de los Boonet, del Pais de Galea; de los Gon- 
dell, de Punta Gruesa, i hasta los Maeay — (Ma- 
cay contra Macaya), sin que faltaran elegantes 
nombres de damas en la polvorosa escribanía del 
notario Aris en Quillota, cuales los de las seño- 
ritas Antonia Charaang i Carolina Hamilton, cu- 
ya ultima probablemente no seria de la estirpe de 
la que tanto amó Lord Nelson. 

Encontrábanse aquellos pedimentos disemina- 
dos en todas las grietas i recovecos de la hacienda 




las, la íe los Loros, la de las Canchas i aun la 
del Tique, que allí es nombre de un árbol como 
el del teak en los bosques sagrados de la India. 
Pero la principal faena, la miua de Macaya, es 
decir, la Descubridora, estaba ubicada en el cen- 
tro mismo de la quebrada de Maleara; i a sus 
aseados ranchos llegamos a eso de las once del 
dia, hora de apetitoso almuerzo, para quien de 
madrugada ha subido i bajado una montaña. 

XVII. 

En Chile, como en Irlanda, el absentismo es una 
enfermedad de los campos i aun de las minas. En 
mayo, ese mes tan hernioso del otoño de Chile, 
nadie cuidaba su heredad ni su labor, ni siquiera 
el dueño de la Descubridora i de la bulla estaba 
allí para autnentarla con la algazara nuestra. 

Recibiónos en cambio su jente con agrado, a 
estilo de todas las campañas de Chile, i cuando 
habiamos mascado, echados por el aurífero suelo, 
el liviano cocaví que el vaquero Cortés i el cabo 
Olivos acomodaron de parte de noche en sus 
alforjas, con el olor del charqui, guiado por su ol- 
fato, presentósenos el minero capataz i -por en- 
tonces único de la faena. 

No era ya Maleara, como en los tiempos del 
afamado don Juan Palacios ni del minero indíje- 
na íw Jacinto Ulloa, que un nuestra juventud no- 



so tros, de paso por aquellos lugares, conociéra- 
mos (1852), lavadero superficial de oro sino mi- 
na de pozo. La barreta había penetrado en la se- 
gunda rejion californienee (que en Chile existe 
tan marcadamente para la plata,) i la pólvora in- 
glesa i la dinamita de Noruega hacían ya el oficio 
de la indíjena batea. 

Llamóse a descubridor de la veta al minero que 
llegaba a disfrutar los restos de aquella mesa del 
pellejo que no había tenido manteles, i díjonos 
llamarse José Tiburcio Molina, personaje no poco 
conocido en aquellas canchas, que no tenía don 
ni siquiera ño (abreviatura plebeya de señor) pe- 
ro llevaba mas que apropiado nombre para moler 
duros metales i blandas credulidades. 

I para cerciorarnos de que eran sus propias ma- 
nos las que había abierto en el duro flanco de la 
montaña la primera cata, ofrecióse a conducirnos 
hasta la boca mina que distaba de allí unos 
cuantos centenares de metros, por la quebrada 
abajo i a mas, comidióse a bajarnos al apa a su 
íoudo, si de aWo teníamos intención i ganas, 

XVIII. 



Aceptamos el cómodo partido, si bien lo mas 
comnn en nuestra tierra es encaramarse sobre 
ajenos hombros para subir antes que para descen- 
der T después de unos cuantos minutos, asidos 



413 



a una mala escalera de patillas i al delantal de 
cuero del minero (prenda de vestimenta que por 
conocido no nombramos con su espresivo nom- 
bre), nos encontrábamos en los planes de la mi- 
na de Maleara, que tenia a la sazón unos siete 
u ocho estados de profundidad. 

Para un lego que no perseguía el oro sino sus 
leyendas, sus curiosidades i sus desengaños, aque- 
llo era, a la simple vista, deslumbrador, maravi- 
lloso. Por todas partes relucía el oro, al resplan- 
dor del candil del minero, desmenuzado en finísi- 
mas partículas, 

I en aquello no habia engaño. 

El cen-o cuarzoso mostraba sus delgadas vetas 
tachonado de moléculas ri<¿uísiinas como vése, de 
noche, el firmamento brillar con las estrellas. 

Era aquello a la verdad la visión del abate Fa- 
ria trasladada por encanto al pié del Mauco, i 
nadie habría dudado, en presencia de tantos visi- 
bles primores, que el primer señor de aquellos 
tesoros, don Juan Palacios, fué digno de su apellido. 

La mina de Maleara parecia un palacio encan- 
tado, cuyo «Simbad el marino» habitaba bajo los 
sótanos de olorosos chirimoyos en los huertos de 
Macaya, al pié de laMoyaca.... 

I cosa estraña! entre los denunciantes de vetas 

« 

en la quebrada de Maleara en mayo de 1878, apa- 
recía un segundo Jiutn Palacios haciendo pedi- 
mento de una mina que se llamaría de Los amia 



ngos. 



~ 414 — 



Serian éstos por ventura los amigos cíe la,paila de 
oro?.... 



XIX. 

Para coaveaceraos mas a fondo de la riqueza 
natural del suelo que pisábamos, el minero Moli- 
na, (que en la cara, el jesto i la sospecha un tan- 
to parecia al célebre manipulador químico do 
ParaÉf), cojió la yaucana, estrajo una piedra de 
mas que regular porte de la caja aurífera, i ofre- 
ciéndonosla de regalo nos suplicó la llevásemos 
al sol para verla i en seguida a Quillota i a Viña 
el Mar para que todos la admirasen i a Santiago 
para venderla o para ensayarla. 

Hicímoslo como el minero fundador de la mo- 
derna Maleara lo queria, i sometida la piedra 
al honrado crisol de la Moneda bajo la mano 
de su entendido primer ensayador, dio el resultado 
que consta de la siguiente carta quede su orijiual 
copiamos i así dice: 

SaiúíagOy junio 26 de 1878, 

«Muí señor mió i amigo: 

»He retardado hasta hoi esta contestación por 
haber tenido que hacer varias operaciones a fin 
de oblener la lei mas exacta del mineral que Ud. 
me remitió. 

í»El trozo del esprcsado mineral, que presumo 



proceda'de Viña del Mar, pesó tres qnilógramos i 
medio, i contiene peróxido hidratado de fierro i 
mni poca pirita arsenical de fierro, en ciiadero 
de cuarzo poroso i silicato de fierro. El común 
dio lei media de ciento sesenta castellanos por ca- 
jón de 64: quintales españoles, lo que da a razón 
de tres pesos castellanos, 480 pesos valor de un 
cajón de mineral. Si la veta es ancha i de buena 
formación no dudo haya campo para un negocio 
de grandes resultados. 

j>Soi de Ud. su afectísimo amigo i seguro ser- 
vidor, 

A. Brieba.T> 



XX. 

No nos hablamos por tauto en manera alguna 
equivocado. 

En la riqueza inJíjeiía, nativa i verdadera del 
criadero de metal no liabia engaño; pero aun sien- 
do así, el verdadero problema de aquella hora i de 
aquella faena era, como lo es al presente de todas 
las faenas aurífeías de Chile, si eli tales condicio- 
nes de lugar, de distancia, de recursos, de vijilan- 
cia, de capital, etc., convenia o no la esplotacion 
en gnmde; i este es el problema que todavía se per- 
sigue. Todo lo cual queda dicho i afirmado a me- 
nos que el descubridor Molinn. fuese de la escuela 
del Rojelio de Paraffi hubiera tenido embutidas 
en el cerro las muestras del engaño, lo que por 



I 



- 416 — 

cierto no era imposible.... El poruñazo es arte 
(le minero muí anterior en Chile al crisol del 
químico alsaciauo, i a las pastillas de cóndores 
de las Higueras de Zapata.... 

Confesamos por lo que a nosotros toca que des- 
de ese dia no hemos vuelto a oir hablar de la mi- 
na de Maleara ni sus dueños; pero de lo que po- 
demos dar sincero testimonio, es de que estando 
a autorizados criterios científicos como los de los 
señores Pissis i Puelma, la quebrada de Malacara, 
o de Colmo, como aquellos químicos la denomi- 
nan tomando su frente por espalda, se encuen- 
tra en la corrida jeolójica i tradicional del oro 
en Chile i que su riqueza pasada filé considera- 
ble. (1) 



(1) De propúsito no hemos abiinilado en este Q^iwdiio puramente 
tradicional e histórico sobre el oro de Chile las cueationoa cien- 
tíficas a que eaa sustancia se refieren, no solo porijuo t¡il asunto 
es ajeno a nuestra competencia, sino porque ha sido trabado con 
notoria maestría por el sabio jeólogo Pissis. Puede verse sobre 
ese particular su conocida Jeoijrafia/lsica de Chile, i eu especial 
para el mineral de Maleara, el estudio que en 1857 publicó so- 
bre la Provincia de Aconcagua i Valparaíso en los Anales de 
la Universidad. Don Francisco Puelma en una memoria je(»ló- 
jica que en octubre de 185i dio a luz, dice lo siguiente respecto 
de las rocas que forman el criadero de aquel mineral: 

«La formación de las rocas feldesptlticas presentan asientos un 
poco mas ricos en oro, i aun localidades cálebres por la cantidad 
de oro que se ha sacado de eilas, i tales son entre otras el cerro 
de Manco en la haciemla de Colino.» 

Sin embargo de UAa esto i para satisfacer a Ion que sobre lo 



•117 — 



xxr. 



En cuanto a su tradición, ya en otra oportuni- 
dad trazada por nosotros, lie aquí lo poco pero 
autentico que tenemos que decir: 

Tuvo la quebrada de Maleara, en suh días de fe- 
cundidad i de aguardiente, sus fomosos calaveras, 
como los Volados de Agua Amarga, como los 
Guerra de Chaüarcillo, como los Osorio de Tiltil, 
pues se hace todavía memoria entre la jente del 
oficio del renombrado «don Juan PalaciosD, de 
quien se cuenta que habiendo hallado una pelhi de 
oro que pesaba varias arrobas, la hizo colocar en el 
fondo de una paila i ordenó que se mantuviera 
ésta rebosando de ponche fino mientras hubiera es- 
tómagos de mineros que llenar, i sin que por nin- 
gún motivo quedará a descubierto la planchuela de 
metal, hasta que la quebrada entera se durmió em- 
briagada en derredor del inagotable touel. Es este 
el cahuín, mingaco o remolienda mas reputado 
de moderna data en aquellas comarcas, i aña- 
den las crónicas que cuando don Juan de Mala 
Cíira, como el don Juan de Manara de Sevilla, fué 



relativo a la ciencia del oro pudiera interesar al lector de este 
libro, publicamos cou gusto en el apéndice un interesante artí- 
culo claro i comprensivo que un modesto pero entendido quími- 
co (don Alberto Mackonna) lia preparado esprcsaniente para 
esta obra: 

LA K. t'EL o. 53 



— 418 — 

a vender a Quillota su famoso hallazgo, ya lo de- 
bía todo, i lo metierocL a la cárcel, aconteciéa- 
dole lo que a aquel soldado de Pizarro, Mansio 
Sierra, que ganó i perdió el sol del Cuzco en una 
noche. 

Ignórase a punto fijo cuál fué la época del des- 
cubrimiento de este notable i ya desierto mineral, 
pues no hemos encontrado huella de su existen- 
cia en libro alguno ni en viejos manuscritos; pero 
acaso precedió a la conquista, i esto esplica los 
vestijios de poderío i de prosperidad que han soli- 
do encontrarse enterrados en estos sitios. ¿Fué de 
sus senos auríferos de donde los asaltantes de 
Oonzalo de los Rios, cuando construía éste por 
órdenes de Valdivia el bergantín histórico de la 
boca de Concón, sacaron el sombrero lleno de 
oro con que tentaron la codicia de los castellanos 
antes de pasarlos a cuchillo? ¿Fué el malál de 
Manco la plaza fuerte del toqui de Colmo i de 
Quintero i señor de Maleara que allí guardaba 
los tesoros de sus lavaderos contra la codicia de 
ios vecinos valles? 

XXII. 

Sea de ello lo que fuere, desde esa época la que- 
brada, cerril mansión del cacique Maleara que 
destronó don Juan Palacios, no ha dejado de ren- 
dir inagotable si bien parsimoniosa coseeba a la 



baten. Eii 1874 conocimos nosotros en Quintero 
un minero de oro (que fué a vendérnoslo) llamíi- 
do Este van Silva, quien en cierta ocasión, sacu- 
diendo un matorral de la quebrada, luillósc una 
pepa que pesaba 16 castellanos, igual en su peso 
(asi decia él) a cinco cóndores fundidos; i no 
menos de 22 años atrás hablamos comprado no- 
sotros por tres cuartos de onza una pella de oro 
recojida en el sitio mismo i casi a nuestra vis- 
ta por un subdito del cacique de Maleara llamado 
ño Jacinto Ulloa, un venerable ermitaño que babia 
vivido allí cerca de un siglo recojiendo oro i des- 
tilando aguardiente... como don Juan Palacios, su 
primer patrón. 

Según nos informababa el minero Silva babia 
años, o mas bien, temporadas como la del llu- 
vioso invierno de 1866 en que la cosecha de su 
batea le produjo 631 pesos, lo que fué para su mal, 
pues suj^iéronlo unos bandidos de Quillota, i en 
número de diezi nueve asaltaron el desamparado 
rancho del lavador de oro en la noche del 6 de 
marzo de aquel año i mataron a su primojénito, 
gallardo mozo de 24 años. El infeliz padre estaba 
ausente, i solo un año mas tarde reconoció, oyen- 
do misa en la Matriz de Quillota, la manta de su 
inmolado hijo. Mas, como siempre, el asesino la 
había empeñado, i el portador de la prenda resultó 
inocente. Mandó, empero, entregarla la justicia; i 
ese pedazo de trapo sangriento es todo lo que 



— 420 — 

queda al anciano de una lozana vida, retoño i 
báculo de la triste suya... (1) 

XXIII. 

Hechc» todo esto, i porque en aquellas ásperas i 
solitarias serranías no nos aconteciese algo pare- 
cido a la del desdichado último minero de Mal- 
eara, comenzamos a encumbrarnos hacia la una de 
la tarde, todos los de la carabana, clérigos i jueces, 
diputados i militares, raqueros, policiales i cronis- 
tas, por el fondo de la quebrada del Tique, hacia 
la cuesta de Chillicauquen que por el oriente da 
vista a QiüUota; i en seguida penetrábamos a me- 
dia rienda por las calles de la hermosa ciudad de 
las chirimoyas i de las ojotas, a manera de gue- 
rrilla, como en Puchuncaví, con el capellán de 
ejército a vanguardia i el cabo Olivos en su puesto 
de táctica, cubriéndola retirada. 

En un dia habíamos hecho una jornada de quin- 
ce a veinte leguas por inclementes asperezas; i sin 



(1) Estraemos este fragmento de na fulloto que ea 1874 pu- 
blicamos coa el título de Quintero, su estado actual i su porve- 
nir, i por no repetir, en lo demás de minas de Maleara a él nos 
leferiremoa. 

Desde 1878 nada ae ha vuelto a hablar de Maleara. Pero pare- 
ce que eii estos diaa va a procederse a su csplotacion en grande 
escala, por el sistema hidráulico i bajo la dirección del enten- 
dido injeniero Mesaerer. Hacemos votos siuceroa por su éxito. 



— 421 — 

.esperar inquieto sueño en sábanas de pulgas, to- 

rmábamos <a las odio el tren ospreso que venia do 
Santiago, i a las diez de la noche, en medio de 

^desecho i comedido huracán de agua que había- 
los visto arremoliucarse en los picos i gargan- 
bívs que en la tarde atravesáramos, dándonos avi- 
ío i espera, llegábamos a nuestro punto de parti- 

[da, quedando así felizmente terminada la segunda 
escursion del oro i dispuestos a emprender en bre- 
ves días la tercera. 

xxiy. 

No tuvo esta última correría aurífera, empren- 
dida ida i vuelta el jueves 16 de mayo de 1878 
a la famosa quebrada de «Los Alvarados», este 
«valle de AndorraD de la provincia de Valparaíso, 
departamento de Limache, no tuvo decíamos in- 
terés de nota, por cuanto ese dia solo galopamos 
diez o quince leguas por campos que antes habian 
sido de oro i que ahora son de suculenta alfalfa, es 
decir, de oro enhierha, — ^El departamento de Lima- 
dle, fué durante la .conquista una rejion estrema- 
daraente rica en ese metal, i el famoso cerro de la 
Campana que le da sombra, horizonte i fama, ha- 
llábase entonces orlado, al decir de los viajeros, 
de los vestijios de trapiches de oro cuyas ruinas 
son hoi por todas partes una misteriosa estadística, 
como las de Alhué i un cómodo asiento para el fa- 
caminante en sus caseríos i paseos. 



Nos contontainos por tanto con divisar desde la 
casa dula buena señora doña aCarmelita Hurtado 
viuda de Sagredo», los empinados lavaderos o man- 
tos de oro del Morro i del Feñon, dos plomizos i 
abruptos farellones que fueron lavados i demoli- 
dos mediante una acequia labrada por los antiguos, 
que la trajeron a gran costo desde la hoya del Co- 
lliguay, i que esplotaba ahora con mas ánimos que 
fortuna el caballero don Francisco Olmos de Agui- 
lera, vecino e industrial de Limacbe. 

XXY. 



La comitiva de la tercera carabana de los Al- 
varados mientras llega la cuarta de Llampaico, 
(para la cual tenemos ya grato i aceptado convite 
de otoño) haUia sido mas o menos la misma del 
cacique de Maleara, salvo que la última no tenia 
capellán ni tesorero, remplazando a este el simpá- 
tico joven porteño don Alfredo Edwards, de modo 
que aquellos Jasoues del oro limachino se queda- 
ron, vihuela en mano, en la casa de ccdoña Carme- 
lita», mientras que el sosegado cronista dio la vuel- 
ta pacíficamente a su hogar villamarlno en el mis- 
mo dia de su salida, por la via de Lliu-Lliu, tierra 
que también fué de oro i era lioi para el viajero 
solo visita de dulce cariño i de memorias. 



423 



XXVI. 



En cnanto a los primitivos pobladores castella- 
nos que dieron nombre a la pintoresca, bonanci- 
ble i selvática quebrada, fueron siete como los es- 
ploradores de mayo i como loa cajones de su enma- 
rañada sierra. 
H Hemos logrado trazar en nuestros rebusques 
"bu perdido oríjen hasta nn don Pedro de Alvarado 
que vivió en Quillota por el año de 1603; pero 

I desaparecidos boi como el oro, decia de sus des- 
cendientes un vecino del lugar, que, «acabados 
los troncos, no quedaban sino los renovales.» 
Cuéntanse entre éstos hoi, que son dias de de- 
cadencia, los Gamboas, apellido aurífero de Alhué, 
I los Sagredo que lo son del Jil Blas, los Bañados 
de Limadle, hijos, nietos i bisnietos del respetable 
minero de oro don Secundino Bañados, célebre en 
Bel lugar, i por último, de estranjera estraccion, don 
' Bernardo Dupuch, antiguo herrero mecánico que 
se habia hecho rico mas como viñador que como 
minero. — Los naturales llamábanle Lipuchi, i él 
& su quebrada i como represalia Cacon... 



XXVIL 



^ De todas suertes, la quebrada o cajón de los 
Alvarados i su soñolienta larguísima cuesta, lia- 



mada con propiedad La Dormida, quo la separa 
de Tiltil, i que atravesó de una jornada Frczier^ 
durmiendo a la helle étoile en 1712, ha sido una 
comarca rica en oro como lo ha sido, sin escep- 
cion, toda la provincia de secano de Valparaiso 
desde el cerro de la Campana, tierra adentro, has- 
ta el de Manco, a orillas del mar; desde Maleara a 
Llampaíeo; desde el Gallito de oro en Piicalau de 
la Costa hasta el estero de Marga-Marga, que fué 
en tiempo de los jen tiles i de los primeros con- 
quistadores un verdadero «estero de oro», como 
Andollo fué ccrio.» 

A la verdad, todo el suelo de la antigua comar- 
ca de AUamapa (<tpais quemado») descubierto 
por Juan de Saavedra, natural de Valparaíso de 
Estremadura, en 1536, es una rejion de oro, co- 
mo lo observa el sabio Piasis en sus estudios jeo- 
lójicos de aquella parte de nuestro territorio. — 
Nosotros mismos, recorriendo los cerros i colinas 
que hacen espalda a la ciudad i al puerto, con el 
propósito de trazar por ellos la huella del anti- 
guo camino de carretas que iba a descender a la 
Matriz, encontramos en el invierno de 1868 la- 
vadores de oro en todas las quebradas, i no sin 
esperanzas ni provechos, porque aquéllos hablan 
asentado sus reales con cierta comodidad de re- 
cursos en todos los parajes en que brotaba alguna 
escasa vena de agua. 



— 425 — 

xxviir. 

El oro, por consiguiente, existe en todo el te- 
rritorio que dejamos galopado. Pero la practicabi- 
lidad i la ventaja de su esplotacion en grande, 
continua siendo hoi, como en los pasados, siglos, la 
premisa no resuelta de un negocio que en Chile 
es todavía un problema insoluto, al paso que en 
California, cuna de la innovación, ha sido i es 
una cuantiosísima riqueza. 

No poco ha contribuido a ese resultado en 
aquel pais, junto con los poderosos monitores de la 
presión hidráulica, su libérrima lejislacion minera, 
que ha creado, en lugav de las estacas, que en 
Chile estacan todavía la industria como los cue- 
ros en las ramadas de matanza. I por esto en el 
próximo i final capítulo de este libro habremos 
de tomar en cuenta algunas de las interesantes 
faces de esa cuestión que se halla sometida desde 
hace tres siglos a la vista del país i desde hace 
tres meses a la deliberación del Congreso. 

De su'solacioii tal vez dependa en gran mane- 
ra, si no el porvenir de Chile, asegurado bajo 
otros conceptos, el porvenii' de la Araucania, este 
Chile aurífero del porvenir, i por esto habrá de 
escusársenos que por esc rumbo, que fué por don- 
de hace un mes comenzamos, hayamos hoi de con- 
cluir. 

LA E. DEL o. 54 



CAPITULO XII. 



LA LEJISLACION DEL ORO EN CHILE I SU URJENTE REFORMA. 

Escelencia del Código de Minerin do 1875. — Sus prÍDcipales defectos i 
urjencia de su reforma. — Estudios del actual ministit) de justicia aeñor 
Vergara. — Las tarifas de las mensuras de Lebu. — El uso del agua para 
el lavado de cascajos auriferos i las prohibiciones del art. 6.' del Códi- 
go de Minería.~E9tension escesiva de las eMavan i pertenencias.— El 
despueble i su sustitución por la patente minera. — Lejislacion criminal 
ing-iesa sobre las minas. — El salteo del mineral dol Inca en 1848. — Las 
sociedades anónimas de miaas. i precauciones minucio.sas de la lejisla- 
cion inglesa — Los espositores i tratadistas modernos de la lejialacion 
minera en Chile.— El mayor peligro de las compañías i minas de oro 
en Chile no está en el brocen sino en el a}io i en la farsa. — Limitación 
da nuestros propósitos solo al trabijo libre en la Araucania. — El oro 
de Magallanes i de Tierra del Fuego. — Datos i noticias. — Acertadas 
apreciaciones de ia prensa sobre la condición actual de la industria del 
oro. — Loa ejemplos que de la situación i de los efectos de la lejislacioa 
ofrece actualmente el mineral de Lebu. — Maravillosas jifj^fis de oro vol- 
cánico de la Montaña Negra, i su eiHupavn.cion con las de otras comar- 
cas auríferas — RcüeTtade los placeres de Lebu i su estado actual. — Ven- 
tajas que ropoftaria al pais (si no a los particulares) como comunidad, 
el trabajo libre de la Araucania, — El remedio de la situación. — La li- 
cencia del minero i íu primer ejemplo para lo venidero. — Conclusión. 



cLas piedras i metales que se encuen- 
tren aislados en la superñcie del suelo 
pertenecen al primer ocupante.» — Código 
de Minaría, art. 2,") 

«Son do libre apronechamiento las are- 
nas auríferas... siempre <]ue se encuentren 
en terrenos eriales de cualquier dominio.» 
(Id. del art, IV.) 



— 427 — 



I. 



Que el código de minería vijente en Chile desde 
el 1." de marzo de 1875 es una cosa escelente i 
aun óptima bastaria a dejarlo demostrado los dos 
artículos que de él dejamos copiados en el epígra- 
fe del presente i últirao capítulo de este libro» 
los cuales aplícanse a la libertad absoluta de ad- 
quirir la propiedad minera por el simple hallaz- 
go superficial del oro o de los metales preciosos. 

Pero teuemos una razón de mayor valia para 
estimar el código de minería de 1875 como una 
innovación útil i ventajosa introducida eu nues- 
tra lejislacion por el laborioso presidente Errá- 
zuriz, i esa razón es simplemente la de que es un 
sumario breve, el mas breve de nuestra moderna 
codificación. 

Consta en efecto solo de dieziocho títulos con 
un total de 212 artículos que caben en 70 pajinas 
de abierta impresión tipográfica. ¿I no es este el 
mayor elojio que podría hacerse de un libro des- 
tinado a andar entre abogados? 

Hijo de mineros, siempre oimos alabar la an- 
tigua Ordenanza de minas de Nueva España im- 
plantada eu Chile como una dela^ obras quemas 
I honraban elinjenio español, si bien atribuyese su 
confección ann alemán. Mas sea como fuere, con- 
cebida la lei española bajo el plan de dar al des- 



— 428 — 

cubridor i esplotador de los metales preciosos en 
América la mayor protección i elasticidad posibles, 
los resultados eran fiivorables en su aplicación, 
especialmente bajo el antiguo réjimen en que la 
maquinaria de mayor cuenta en el ber^eficio de los 
metales consistia en los dedos puestos en la batea 
i en los capachos de los apires a la espalda. 



II. 



Pero que el código de minas, como todas las co- 
sas que existen enjaretadas i aferradas al opaco 
globo terráqueo que habitamos i que la luz solo 
alumbra a intervalos, como para poner en eviden- 
cia su limitaciou i oscuridad, es un trabajo defi- 
ciente que necesita premiosa reforma, nos lo de- 
muestra no solo la aprobación casi unánime presta- 
da por el senado al simple bosquejo que sobre la 
esplotacion futura del oro tuvimos el honor de 
presentarle hace cuatro meses (i del cual el 
presente libro es obligado corolario i complemen- 
to), sino también las continuas notas, datos i es- 
tudios que está acopiando el ministro de justicia i 
distinguido juriconsulto don José Eujeaio Verga- 
ra, apropósito de la iejislacion minera. Hoi mismo 
rejistra la prensa de la capital una circular notable 
de ese funcionario, relativa al cuerpo de injenieros 
do minas i a sus funciones, en cuyas miras se pono 
en tnisparencia la necesidad de ocurrir al Congre- 



— 429 — 

so (como ya lo habíamos hecho nosotros) para so- 
licitar su cooperación en el sentido de mejorar lo 
establecido en materia de minas i su beneficio. 
— «A los informes que U. S. obtenga de las mu- 
nicipalidades, dice el. señor Vergara en su circu- 
lar a los intendentes del 31 de octubre último, 
convendrá que se agreguen los de U. S. mismo i 
los de los gobernadores i jueces letrados de su 
provincia, a fin de proporcionar al gobierno el 
mayor acopio posible de datos, i ponerle en si- 
tuación de adoptar por sí solo o con la coopera- 
ción del Congreso Nacional las medidas necesa- 
rias para llenar en nuestra lejislacion minera el 
vacio que dejo anotado.» 



III. 



Ahora bien, entrando en el terreno completa- 
mente práctico en que debe ejercitarse la lei, i 
sin salir siquiera mas allá de las causas que moti- 
van los empeños del actual ministro de justicia, 
¿es posible dejar sin urjente reglamentación el 
servicio de los injenieros de minas, arbitros mu- 
chas veces de la fortuna al otorgar las mensuras 
de su profesión i responsabilidad? Hemos visto 
cartas recientes de Lebu en que se asegura que 
se ha exij ido hasta 400 pesos por la mensural 
entrega de una pertenencia de oro a un trabaja- 
dor común que no tendria ni siquiera en centavos 



— 430 — 

esa cifra. ¿I cómo, preguntamos, con tal réjimen 
puede ciarse espansion, garantías, fe i bríos a UDa 
industria que nace, o mas propiamente, que renace 
en las rej iones mas salvajes i remotas del país? 

IV. 

En otro sentido ¿conviene mantener respecto de 
las minas o placeres o mantos de oro (que en to- 
das estas formas aparece su estructura i su labor), 
conviene mantener la antigua enorme estaca, fija, 
inamovible de la ordenanza española para cons- 
tituir la propiedad minera respecto del oro, pro- 
piedad singularmente versátil i variable? 

Se nos ha asegurado que por poco que se es- 
tiendan los deniracios de minas o quebradas en 
Lebu, no solo rcbasaiún las mensuras i pertenen- 
cias de la Montaña Negra, oríjeu i centro de aquel 
rico descubrimiento, sino que atravesarán las últi- 
mas de banda a banda la Araucania, i se llegará 
así hasta invadir antes de mucho los valles andinos 
de los pehuenches, que algunos suponen también 
ricos en oro. 



I respecto del uso del agua para el lavado de 
cascajos auríferos ¿cuáles disposiciones adecuadas 
ha podido contener una ordenanza i un código, 
dictado en Chile cuando tal procedimiento era 



— Wl — 

solo conocido de oidas por lo qnc .icontcciii en 
California i en Australia? 

Punto es este de la mayor importancia, porque 
si bien el Código de minería «oncede el uso mas 
liberal posible al minero, del agua, pastos, com- 
bustible, tránsito i demás servidumbres impuestas 
a la tierra i a su dueño, no hai provisión alguna 
que otorgue la preferencia de las aguas para usos 
industriales en gran escala, i todo se deja como 
hasta hoi, al albedrio i buena voluntad del pro- 
pietario del suelo para pactar o no con el indus- 
trial lavador mecánico del oro i sus cascajos. 

Al contrario, el art. 6." del Código vijente pa- 
recería ])oncr su veto al derecho del industrial 
tan ampliamente favorecido en California i en 
Australia cuando en su parte final dice: «El due- 
ño del terreno no está obligado a consentir el es- 
tablecimiento do empresas industriales o comer- 
ciales de fundición o henejicío:» 

¿No seria por lo mismo de cierta utilidad prácti- 
ca introducir algtma innovación respecto de los 
cascajos auríferos, al menos en los territorios va- 
cos a que nuestros actuales propósitos se estieu- 
den? 




— 432 — 

hasta hoi la pérdida legal i de Lecho de la propie- 
dad minerd por despueble, i su denuncio sucesivo 
por el primero que tenga a bien hacer nso de este 
privilejio. ♦ 

Obvio es el principio que consultaba la lei de 
los reyes españoles, ansiosos siempre porque no 
cesara el golpe de la ban-eta en los injenios, a tí- 
tulo de socios en permanencia i sin mas carga que 
recojer sus reales quintos. Pero bajo la lejislacion 
libre de la república ¿cabe con desahogo seme- 
jante apremio? Se nos ha informado que en Espa- 
ña se ha reformado últimamente la lei en el sen- 
tido de exijir una patente o contribución de mi- 
nas, i que el pago de ésta es la que constituye la 
continuidad i la preferencia de la propiedad ac- 
tual i amparo de todo jéuero de minas, aunque no 
se trabajo con los cuatro operarios i se haga el 
pago de ordenanza actual. 

I adoptando, en vista de este sistema mucho -j 
mas liberal, el sistema que al presente nosotros ! 
perseguimos de las Uceyícias remuHfradas, ¿no se 
lograrla mejor la protección eficaz del nlinero por! 
el Estado i la ventaja del Estado mismo, ahorran- 
do, mediante el pago de una contribución como la 
que se aplica a los productos agrícolas de la'tierra, 
los pleitos continuos, las intrigas subten-áneas i los 
abusos de todo jcncro a que da lugar el sistema 
actual de abandono i denuncio por despueble do 
que trata el tit, VI <lel Código de Minería'} 




No es menos deficiente talvez nuestra lejishi- 
cion en materia de penas para los abusos, las irre- 
gularidades i aun los crímenes que suelen come- 
terse en la esplotacion de Ihs minas. Cierto es que 
la camjaUa está sujeta a la lei común, lo mismo 
que el salteo de metales en cancha, operación que 
ha tenido lugar en Chile, como en Real del Mon- 
te en Tlléjico; pero los castigos determinados a los 
casos especiales no existen en nuestra lejislacion, 
sin embargo de ser de notoria importancia en 
otros países (1). 

Asi, por ejemplo, en Inglaterra se estatuyó en 
el reinado de Jorje IV que el que con dañada in- 
tención aho2;ase una mina desviando hacia ella un 
cauce de agua o por otro medio s'jria considerado 
culpable da felonía, i podía ser en consecuencia 
desterrado del país hasta por siete años, con mas 
ser azotado el hechor públicamente, i no- solo una, 



(l) Nü hau faltado en Ohlle casos tle asalto u mano armada 
dado ]n)r bandoleros a las minas, i entre otros recordamos 
uno que tavo lugar al mineral de o 'o del Inca en Copiapó en 
noviembre de 18-48. Los acusados Uamadjs Ant^^nio Tronccío, 
Pascual Q'iintorofl i Loronzo Salinas fueron ab.sueltos por falta 
de prueba (lo de siempre), por sentencia de 20 de abril de 
1849 rojistrala en Lx Gaceta ríe los Tri'junales, correspondiente 
u ese año, páj.2 117. 

LA E. DEL o. 55 



— 434 — 

BÍtio dos i tres veces, como aditatncnto a su casti- 
go. El acto no poco íVecnente en aquel pais de 
incendiar las minas de carbón de piedra estaba 
sujeto a ser penado con prisión perpetua i trabajo 
de cadena. A la verdad, tan severa ha sido en esta 
parte la de suyo rigorosa lejislacion criminal en la 
Gran Bretaña, que hasta hace poco se castigaba 
coa la pena capital todo intento dirijido a dañar 
algún injenio o amotinar una faena minera (1). 



(1) Llegado el caso, el lejislador diilono i especialmente el 
niiaisti-o del ramo consultaría con algún fruto, entre otros libres 
especiales relativos a Californiaj un interesante resumen sobre la 
lejislacion minera de Inglaterra publicado por el abogado Mr. 
Whittou Arundel en 1862 con el titulo de A practical treatise 
on the laTc rdating to mining compames. Con este mismo propó- 
sito se ha publicado últimamente eu Lóudres (marzo de 1881) 
un pequeño folleto que tiene el siguiente título: Gold mining 
from the htvestor's point of cxew by At.fred G. Lek. 

El lejislador futuro baria bien a este mismo propósito en con- 
sultar algunas obras interesantes publicadas en Chile sobre le- 
jislacion de minas, especialmente por los señpres Cobo (Manual 
fM mimro), hiTíX {Esposicion (lelas leyes mineras de Chile), 
P. F. Vicuña (Respuesta a la comisión de bosques), Quesada 
(Proyecto de refoiina de la ordenanza de minería — 1864; Güemes 
{Proyecto id. de 1866). Urmenett», Tocornal i Domeyko {Troyec- 
túde reforma del t'it. IV de Ij. ordenanza) i cou mas particula- 
ridad una estensa, laboriosa i erudita memoria leida aute la Fa- 
cultad de leyes eu setiembre de 1874 i publicada ese taismo aüo 
eu los Á)iales de ese docto cuerpo por el malogrado abogado i 
minero del noi te don Míiriano F. Saavedra, con el título de Le- 
jislacion de minas. 



— 435 — 



VJII. 



Otra de las mas graves cuestiones que ajuicio 
del que esto escribe debería abordar el reforma- 
dor del código de minas en este pais, seria el de 
las sociedades anónimas para esplotar minas. 

En este punto la lei inglesa es mui severa i de- 
biera serlo mas en Chile. 

Puede asegurarse, en efecto, con perfecta razón 
i evidencia, que en las faenas mineras organi- 
zadas o trabajadas i)or asociaciones anónimas, no 
es el broceo lo que deben temer mas los accionis- 
tas, sino el ajio i la farsa. Poco después de la in- 
dependencia de la América Española, deslumbra- 
dos los ingleses i especialmente «la ignorante Lón- 
áreñv (así la llama un autor recientemente citado a 
propósito de minas) por la fama de los tesoros del 
Nuevo Mundo, cayeron en mil estravagancias, se- 
gún cuenta Barry, i aun hubo una crisis jeneral 
en aquel opulento pais motivada por la fiebre mi- 
nera que culminó en 1825. Mas, por lo mismo, i 
especialmente después de 1856 en que se dictó el 
Joint Stock Companies Act, o lei de compañías 
anónimas, las precauciones del lejislador son tan 
minuciosas que seria difícil dar lugar al engaño i 
a la irresponsabilidad. La garantía principal de 
la lei británica no consiste tanto, a nuestro enten- 
der, en el dt'pósito en arcas tiscales de cierta su- 



— 430 — 

nía, como se requiere en Chile para las institucio- 
nes de crédito, sino en la responsabilidad concreta 
i determinada (Umited) de la asociación i de sus 
socios individiialmante por im capital dado, i de 
aquí el Umited que se lee en todas las compañías 
inglesas o norte americanas, como el street en to- 
das sus calles. 

El tratadista ingles que hace poco citamos 
(Arundel) maneja con mucha detención este asun- 
to i a él consagra la mitad de su libro de esposicion 
sobre la lejislacion inglesa en materia de minas. 
Confianza i no fraude es ciertamente lo que en 
Chile ayudará al oro a salir de las entrañas de la 
tierra a la superficie, i confesamos que para no- 
sotros el mayor peligro del porvenir lo vemos 
vinculado a este respecto al abuso del pasado. En 
jeueral, i por lo que a nuestro propio criterio in- 
cumbe, toda compañía de oro que vende accio- 
nes i juega al alza i baja de ellas se hace en el 
acto sospechosa. 



IX. 



Ocúrresenos también que se prestarla a una re- 
forma saludable el cambiar el orden de funciona- 
rios políticos que por la lejislacion vijente tienen 
en Chile el privilejio do otorgar i de tasar la for- 
tuna del minero, es decir, los intendentes, los go- 
bernadores i aun los subdeluííados de minas. 



— 437 — 

¡Cuántos c8cáüdcilo8 se hau cometido en este 
orden desdo los descubrimientos de Chañarcillo a 
los de Caracoles! ¿I no seria por esto mas acerta- 
do el principio de poner todo el réjimen de la pro- 
piedad minera, como el de toda la propiedad ci- 
vil, bajo el amparo de la justicia común? 



X. 



Lanzamos nosotros estas ideas como simples te- 
mas de discusión, i solo con el propósito de con- 
vencer al pais, al Congreso i aun al gobierno, que 
el Código de minería necesita una reforma radi- 
cal, si ha de recojerse de él todo el fruto a que el 
adelanto industrial de la república tiene derecho. 

Mas, según desde la primera pajina de este li- 
bro hemos venido declarándolo, nuestra aspira- 
ción propia i nuestra acción lejislativa es mucho 
mas modesta. Se liuaita a solo dos puntos esen- 
ciales, que al dar cima a nuestra tarea nos parece 
útil recordar; — a saber, a la libertad industrial de 
trabajar el oro, mediante una patente o licencia 
barata i renovable cada año, i a la aplicación de 
cst€ sistema a los vastos i comparativamente víi'- 
jenes campos de la Araucania, territorio que es 
hoi esclusiva propiedad de la nación, puesto que 
por su rescate del bárbaro derrama la última a 
estas liOLMS su sudor, su oro i su sangre. 

¿Puede pedirse menos? 



438 



XI. 



I sin embargo, nosotros solo a eso llegamos i 
con eso nos damos por satisfechos para el presente, 
advirtiendo que en ese terreno no nos encontramos 
solos, pues varaos ya en la honorable compañía del 
ministro del ramo i de los mas ricos propietarios 
de pertenencias auríferas de la montaña de Cara- 
mávida, tanto en laa medidas i adjudicadas como 
en las por denunciar i por medir en Magallanes i 
en la Tierra del Fuego, para cuyos páramos i 
arrecifes víi navegando a estas horas esforzada 
esjxídicion de argonautas. (1) 



(1) Soa interesantes algunos detalles publicados en la obra 
titulada Thomas Brassey in Nineteentk CeMury sobre el oro de 
Magallanes i sa riqueza. 8a calidad es taa bueaa, aegun eans 
datos, que mientras el oro biaa repat;ido de Ballarat en Austra- 
lia se ha vendido a razón de 3 £ IS chelines i 6 peniíjuea la on- 
za, el du Magallanes ha alcanzado mas o méuoa el mismo pre- 
cio, o sea 3 £ 16 chelines. Según esperimentos del vice-cónsul 
de S. M. B. en Punta Arenas, Mr. Shanklin, varias veces citado 
en este libro, do 3,000 yaídaa cúbicas de cascajos sac¿ 680 pe- 
Sos oro o sea 37 es. por yarda, cuando en California ha producido 
millones lavar cascajos que solo rendían 4| por yarda cíibíca. 

Sognn nuestros amigos D. Dublé Almeida, antiguo goberna- 
dor de Magallanes, i Daniel C. Ramírez, comerciante de aque- 
lla colonia, el producido del oro pasa de 22,000 pesos un año 
con otro en la colonia; i el último, que se halla recien llegado de 
aquellos parajes, nos asegura que hoi mismo el quo quiere lavar 
oro en el rio de las minas, '^múo al pueblo, saca uno, dos i hasta 



— 431» — 



cLo que es indudable, decia hace poco nn bien 
usado artículo de la prensa de Valparaíso, ha- 
lando de las espectativas i de los temores de la 
presente hora para los mineros del oro, lo que es 
f indudable es que ni al país ni a los que* han ob- 
^ftenido concesiones de tierras auríferas, ni a los 
■que hau invertido algún dinero en reconocimien- 
tos i ensayes, puede convenirles la incertidurabre 
' actual. Unos i otros están sufriendo una especie 
l¡ de suplicio de Tántalo; creen que ya van a tocar 
la riqueza, i la riqueza se les escapa. Prolongar 
esta situación es perder tiempo i dinero, lo que, 
en los malos días que corren, constituye una pér- 
dida doblemente sensible, porque esos capitales i 
esa actividad que se están malgastando, aplicados 
a otras industrias, podrían liacerks prosperar. 
»Esto por lo que toca a los particulares. El go- 
ierno también tiene algo que hacer en materia 
de lavaderos, i es -preparar una lei que supla Jos 
icios de nuestras ordenanzas de minas que no tie- 
en disjjosiciones aplicables a la esplotacion de tie- 
ras auríferas. 
»La analojía entre una mina i un lavadero no 
isa mas allá de la semejanza de sus productos: 
el lavadero i de la mina se estraeu metales pre- 



Eres pesos diarios. Todo el oro de Magallanes va directaineute a 
Europa, i eu 1875 el gobernador Diil>lé mandó hacer tres cajas 
_o tarjeteros de ese metal a luglaterra. 



— 440 — 

ciosoR. Pero ni la forma en que se hacen los pedi- 
mentos, ni la forma en que se plantea el trabajo, 
tienen en ambas industrias un solo punto de se- 
mejanza. 

»Para que se vea cnán absurdo es pretender 
aplicar nuestra lejislacion minera a los lavaderos, 
recuérdese solamente que la lei obliga al dueño 
de una pertenencia en una mina a poner en ella 
cierto trabajo en un plazo determinado ao pena 
de perderla. Abora bien: como el que pretende 
esplotar un lavadero necesita acumular muchas 
pertenencias, estaría obligado a poner trabajo en 
todas, lo que es inaceptable. ¿Cómo ha de poner 
trabajo el dueño de cien pertenencias en diez 
puntos diversos a la vez? Ello, lo repetimos, seria 
un verdadero absurdo.» (1) 

XIT. 



Pero ¿a que ocurrir a divagaciones ni a teorías 
sobre la necesidad i la urjeucia de la reforma es- 
pecial i específica que reclamamos, cuando el mas 
próspero i el mas reciente descubrimiento aurífe- 
ro de Chile está sirviendo de ejemplo vivo del 
mal que lamentamos?-— Hace, en efecto, por estos 
dias apenas un año que unos pobres hombres lia- 



— 441 — 



mados Novas (i según otros unos desertores del 
ejército) descubrieron el primer grano de oro na- 
tivo en una serie de quebradas que se vacian en 
el rio Pilpilco i forman, corriendo de sur a norte, 
el nudo que se llama la Montaña Negra en las 
vertientes occidentales de la cadena de Nahuel- 
buta, a cinco o seis leguas de Cañete i a mas cor- 
ta distancia de Tacapel viejo, donde fué ultimado 
el primer minero de oro de la conquista, don Pe- 
dro de Valdivia. 

¿I qué se ha adelantado desde entonces? -Plei- 
tos, mensuras i contra mensuras, pedimentos con- 
tra pedimentos, balazos, afanes, contrabandos i 
robos escandalosos, que uno de los descubridores i 
víctima del mal réjimen actual ha estimado hasta 
en la cantidad de 200,000 pesos.... Ese es el inven- 
tario de un gran descubrimiento bajo el réjimen 
actual. 

H Esto no obstante, es tal la riqueza nativa de 
^ aquel sucio volcánico, el cual de seguro fué traba- 
jado por los españoles, conforme a demostracio- 
nes en todas parte visibles del paso de jentiles i 
* cristianos, que su esplotacioQ continúa siendo una 
I de las espectativas mas lisonjeras del país, al pun- 
■ to que el hallazgo reciente i auténtico de una de 
las pantns t/e oro mas valiosas de que haya memo- 

LA E. DEL o. 50 



xni. 



lia, encontrada en la pertenencia de un pobre mi- 
nero del apellido de los de la Vision del Bronce en 
Pe torca (Soriano), ha producido nna verdadera 
sensación en todos los círculos financieros de Clii- 
le. Hasta hoi, al meuos, no t>e habia tenido noticia 
do una pepa de oro que sobrepujaHe ala de la que- 
brada primera de las pertenencias llamada Cali- 
fornia en la Montaña Negra, con escepcion de la 
punta de oro de don Santiago Lira que peaó en Ca- 
suto (mas según la tradición que en la romana) 
cinco libras de oro i la de don Jp.an Palacios de 
Malcai-a que pesó mas do nna arroba. La punta de 
<>;•<) de Lebu, que fue llevada al pueblo de este 
nombre el 10 de octubre último para ser examina- 
<la i puesta en la balanza, dio por lei de peso 3005 
gramo í¡, i de éstos 2578 eran de oro puro i solo 432 
de cuarzo. (1) 

{ 1) Lfis pepas de oro de mayor volumen que se han conocido 
eu el inimdo después de la (lue lieniof. citado, bajo lii autoridad 
de Qaroikío, liuii sido, segiiü un apunte de nuestro ]al)o?'ioso anií- 
p,o llowsell, las siguientes; Una que existe on el CoJtyio de Mi- 
nería de San Petersbni'^o aactida de loa Montes Ura,ltí8 que pesa 
3 í medio kilógraroos, u sea, cerra <le odio libras. Otrd de Oa- 
null Creeek (Calif Tnia) de 18 libras, estralda en líííO con peao 
<ln 18 liliri\s. Otra del niiHino país en el mineral de Vaüecito riel 
j»e8o justo de una íin'ob.t: viirias dií ;)0 libras da Nueva, Zelan- 
dia i ¡a mayor d^l mundo 'Luividií ¿» Bien venir^ti [ TJ/n Weil 
come) que uu feliz minero s,wó del lUinoso BaUarat eii Austra- 
lia, la cual pobiibii ISl libriis; i t-.-vtu no eri. pc-pu siiio .m; '' 
Valia este proJijio mintTíilójion, apaite dü su pre.io de >ín 
ciou, 45 mil picaos, i su diK'üu guisó una fiivtiioft txljjlüéii 



— 443 — 

XIV. 

Las «chispas», «pellas», «pepas», i «puntas de 
oro» de la Montaña Negra son de frecuente ha- 
llazgo, ]o que prueba, junto con las lavas i las 
cenizas volcánicas que se encuentran en sus que- 
bradas, el oríjen ígneo del metal. — Hemos oido 
hablar, a mas de la punta citada de Soriano, de 
una diispa que se vendió en 131 pesos 25 centa- 
vos i una pepa propiedad de don Juan Waise que 
pesó 450 gramos. Los empleados de la casa de 
Moneda nos han asegurado haberse comprado hace 

Véase a este propósito lo que de las minas de oro de Australia 
i especialmente del distrito de Ballarat cuenta el conde de 
Beauvoir en sus amenos e interesactes Viajes alrededor del 
mundo. 

I a propósito ¿no deberla adquirir el Estado estas que podría- 
mos llamar joyas de la corona que la naturaleza constituida en 
primoroso artífice regala al amado pais? En todos los museos do 
Europa se exhiben preciosidades estranjeras dé este jénero, sin 
esceptuar el de Historia Natural de Madrid, en cnyos estantes 
hemos visto riquísimas muestras antiguas de minerales de Amé- 
rica. Se nos ha asegurado también que la pepa de Quilacoya 
comprada por Mr. Price en 1839 fué a parar al Museo británico 
de Londres. 

De todas suertes serian preciosas, como todas las que se han 
acopiado en Chile, particularmente por la intelijeute Junta de 
minería de Oopiapó.. Esta asociación remitió al gobierno en fe- 
brei*odel878 cinco cajones de muestras para ser distribuidas 
en los diversos liceos de la república. (Anales de la Universidad, 
marao de 1878), 



— 444 — 

poco en ese establecimiento una pepa de Lehu que 
pesaba 487 gramos, por la cual se pagó 500 pesos. 
Según esa misma fuente de información, el oro de 
Lebu es delgado, pero de un hermoso amarillo i 
purísimo de lei^ pues ha pasado de 23 quilates, o 
sea, de 969 de fino en mil partes de metal. En 
cuanto al rendimiento por lavado se ha dado cuen- 
ta de haberse sacado hasta tres pesos de 8 bateas 
de cascajo i 60 pesos de una tonelada. 

XV. 



«Es ya fuera de duda (decia haciendo entusias- 
ta reseña del porvenir que aguarda a Lebu, un 
periódico austral) que los minerales de oro de 
Montaña Negra de este departameuto son de una 
riqueza colosal que asegura, no solamente el por- 
venir de esta provincia, sino también el de toda 
la república. 

i>La situación en lugares abundantes de agua i 
maderas a poca distancia de esta ciudad, a cinco 
leguas de Cañete, a una legua al oriente del ca- 
mino público que une a estos dos pueblos i a inme- 
diacianes de la Caramávida i Temuco, lugares los 
mas poblados i productores de este departamento, 
reúne un conjunto de circunstancias que ofrece al 
minero todo jénero de facilidades i ventajas para 
hacer una esplotacion cómoda i económica. 

);Hoi que, puede decirse, solo se practican los 



» 



primeaos ensayos de trabajos mineros en este gran- 
dioso descubrimiento, se han estraido ya centena- 
res de miles de pesos. I lo que es raas digno de no- 
tarse es que desde el descubrimiento hasta el 
presente no han dejado de estar apareciendo en 
sus diversas quebradas troy.os de oro de admirables 
dimensiones. Hará cinco meses vimos uno de don 
F. Ovalle Olivares estraido de la quebrada Salto 
cuyo peso era de mas de trece onzas. Posteriormente 
fué vendido otro a comerciantes franceses de Ca- 
ñete, cuyo peso era de mas de 900 gramos. Últi- 
mamente hemos visto las muestras siguientes: dos 
trozos traídos de la Descubridora del Carmen 
perteneciente al señor Ovalle i Oa., uno de 223 
gramos i el otro de 373 oro puro; de una pequeña 
quebrada denominada Primera que entra por el 
lado sur a la Descubridora del Carmen o Nueva 
California, han estraido los señores Smith i So- 
riano un pedazo de 140 gramos, otro de 419, am- 
bos de oro puro; i el 8 del presente mes estos 
mismos señores en la misma quebrada encontra- 
ron un enorme trozo que hemos tenido en nues- 
tras manos cuyo peso en bruto es do tres mil cinco 
gramos, oro puro dos ynil quinientos setenta i tres 
i 432 de cuarzo, según el análisis practicado por 
los señores Mary i Barren. (1) 




— 446 — 



XVI. 



«De la misma quebrada primera de California, 
decía otro periódico lugareño (^El Araucano del 
10 de octubre), se trajo una gran cantidad de oro 
en polvo, como dos mil gramos. Todo este oro 
visto sobre una mesa no significa solo un valor de 
tres a cuatro mil pesos, significa tal vez el engran- 
decimiento de un pueblo. Esa piedra de dimen- 
siones poco comunes, no es una piedra única, ais- 
lada, es una parte insignificante de una inmen- 
sa riqueza. Creemos, pues, fundadas las palabras 
que la vista de tanta abundancia de oro arran- 
có a muchos: «El porvenir de l^ebu está asegu- 
rado!» 

«En la pertenencia del señor Schliebener se 
ha sacado oro en polvo i algunas pepas, entre las 
cuales figuran dos de alguna importancia: una pe- 
só 373 gTíimos; la otra 233. Solo en el dia de ayer 
el señor Barron recibió siete mil i tantos pesos en 
oro.» 



do la suerte de los mineros de la Montaña Negra en el último 
alzami'ínto de los indios. Pero ¿acaso el oro ha sido parte de la 
rebelión hffí como en 1553? 

Se anuncia al menos que lian sido muertos rauclios de los po- 
bladores do Temuco en la Montaña Negrn, i por esos mismos 
parajes fué sacrificado hace 328 años ol primer gobernador de 
Chile i señor de Araiico, don Pedro de Valdivia. 



— 441 



XVII. 



I bien, apesav de todas estas tentaciones i estos 
francos i aun opulentos dones de la naturaleza; 
apesar do hallarse la proplcda;! de la Montaña 
Negra constituida en manos liberales i aun jene- 
rosas corno las del señor Fraacisco Ov^alle Oliva- 
res i los señores Cousiño de Lota, puede afirmar- 
se, sin cometer una cxajeracion en ello, que el sis- 
tema de estacas fijas i de pertenencias acumulati- 
vas ha estado haciendo en la Montaña Negra el 
misino esterilizante oficio que haria una barrera, 
siquiera fuera de oro, conteniendo dentro de re- 
mota represa, perdida en la montaña, las aguas 
que una vez sueltas darian fertilidad i opulencia a 
vasta campiña. A la verdad, el trabajo lejítimo i 
fecundo ha estado de para en Lebu, eseepto en 
las faenas de propied^id particular ya citadas que 
persiguen sus aprestos con meritorio i dignísimo 
esfuerzo. Pero el trabajo libre, el que engrandece 
las comarcas, el que enriquece a los países como 
comunidad, se ha hec'io, a ^drtud de la fuerza de las 
cosas i los defectos de la lei, materia do contraban- 
do, de celos, de peligro ^í, de robos que alejan la 
confi'iriza, salud de todas las e¡npres;is industriales. 
I todavía, si la lei de estacas fijas i acumulati- 
vas que enjendra el monopolio no hubiese de re- 
formarse ¿no veríamos mañana, pasado, dentro de 



poco, cuando la aurífera Araucania, redimida del 
bárbaro mas por el colono que por el soldado, se 
halle toda en nuestras manos' i bajo la éjida de 
la civilización, no veríamos, decíamos, ese mismo 
peligro i esc grave daño crecer con el suelo i con 
la riqueza, hasta hacer necesjiria una nueva cam- 
paña contra los perros del hortelano que no tar- 
darían en adueñarse de todo el territorio con 
sus estacas como hoi lo están .los araucanos con 
sus lanzas? 

XVIII. 

He allí el peligro del porvenir, he ahí la llaga 
viva del código de minería respecto del oro; pero 
he allí también el remedio: — la licencia que auto- 
riza el trabajo libre, remunerativo para el estado, 
que ésto custodia sin gastar, que dirije sin oprimir 
i que al fin, como los hilos imperceptibles que en 
su oríjen forman el manantial de los rios, llevan 
la abundancia i el bienestar a todas partes. 

I por esto ponemos fin a nuestro trabajo, ya 
demasiado estenso para tan sencillo si bien patrió- 
tico tema, reproduciendo en su pajina final algo 
que habríamos deseado hacer grabar con bien 
mareados tipos en su carátula; esto es, un facsí- 
mil de lo que en California, en la Australia i en 
la Nueva Zelandia constituye la base, el título, 
la lei, el amparo, la riqueza, la vida en fin i la 



: 



— 449 — 

fortuna de la esplotacion del oro, — todo, lo cual 
consiste en una pequeña tira de papel de oficio o 
pergamino que vale 5 pesos cada año, i diria así 
testualmente, aplicándolo al mas vecino distrito 
de faenas de oro ^q la capital i al hombre que por 
su desinteresado entusiasmo mereciera tener en- 
tre nosotros el primer puesto en las filas de los ci- 
vilizadores do Chile por el oro: 



LA E. DÜL o. 67 




«Articulo 1." Se establece en Pantiafjo 
iiiiu seuieilad bajo lu dotioriiinaciün de «Su- 
cLoJad Narioual de jMinoriii». 

!».\rt. ií." Lii Sociedad tiene por objeto 
el fomento ¡ progreso de la mineria. 

xArt. ;j.° La Sociedad, tan liieiío como el 
estado de sus recursos Jo permita, fundiirñ 
escuelas es|ieciales, lal)omloriüR do quími- 
ca aiialitica i colecciones do todos tos mi- 
nerales conocidos. 

>Art. 4." Kjerccrá ipualmonto rii acción 
por medio de iit, prensa por ¡itiblioacioues 
periódicas, proiiioviondo coniíresos de mi- 
neros o iiidii!>trialcs; estableciendo rela- 
ciones con sociedades o corporaciones es- 
tranjeras para el cambio recíproco de co- 
nocimientos, i ]iropa^ando, en fin. los me- 
jores i mas nuevos sistemas de esplotaciuu 
i beneficio de las materias rjue son objeto 
de la industria, 

(Esiatutos fie la «Sorírdml Xacional de 
Mineriat, novieuibro da 1881). 



I. 



Estraño parecerá sin duda a muchos, que un li- 
bro tan llano como el presente, tan escaso de 
emociones como nutrido de números, humilde i 
prosaico como uu risco de escasa lei, alcance los 
honores de un epílogo. Pero fuera de que el oro 



4üá 

ha dado oríjen a mayores dramas quo la mujer, 
desde Colon a Hainbold, desde Jasca al capitán 
Sutter, desde Cagliostro a Paran", lo cierto es que, 
tal como ha nacido en tosco psifial, la obra que 
hoi entregamos al público ha tenido sin esfuerzo 
epílogo, i por esto lo colocamos aquí, ensanchando 
en unas cuantas líneas el márjen de la tela orijínal 
sobre la cual el bosquejo había sido diseñado. 

Ese epílogo está contenido en las pocas líneas 
que a su frente hemos puesto por epígrafe; pero 
no podemos menos de agregar el acta de instala- 
ción preparatoria de una sociedad llamada a pro- 
ducir para la industria minera en Chile los mismos 
opimos frutos que hoi rinde a su labranza la So- 
ciedad Nacional de Agricultura. Esa acta dice 
así: 

(£ PRIMERA REUNIÓN DE LA JUNTA ORGANIZADORA 

I» Convencidos los que suscriben do la necesidad 
i conveniencia de organizar una Sociedad Nacio- 
nal de Minería que propenda al desarrollo i fo- 
mento de los intereses mineros, 

» Acuerdan: 

»Constituirse en junta a fin de trabajar en la 
realización de aquel propósito. Al efecto se convo- 
cará a una reunión a todas las personas que resi- 
diendo en esta ciudad, tengan interés en la iudus- 



tria minera, i se solicitará la cooperación de todos 
los mineros de la república. 

dLos señores Francisco Gandarillas i Agustín 
Nazario Elguin, nombrados secretarios de la Jun- 
ta, quedan encargados de ejecutar i transcribir 
sus acuerdos. — Smtiago, noviembre 17 de 18S1. 

j>A, Sassí. — TelÁsJoro Andrada. — José de BeS' 
paldiza. — • Lorenzo Elguin Eodrigu&z. — Agustin 
Nazario Elgaín, — Washington Lastarria, — Na- 
zario Elgidn. — Francisco Gandarillas. — A. 2." 
Sassi. — i/. M. O valle O. — Alberto Gandarillas. — 
P. N. Videla. — F. L. Luco.— J. Francisco Jüvas, 
— Maman F. Ovalle. — N. González Julio. — J. A?i' 
to7iio Tagle A. — Alejandro Pérez, — Francisco de 
P. Pérez.:» 



Acompañan a estas albricias de una nueva edad 
para la minería en Chile las siguientes importan- 
tes i eficaces reflexiones de uno de sus promotores 
i secretario que nosotros no podemos menos de 
acojer en un libro que se titula La edad del oro^ 
metal matriz i tipo de todas las riquezas que las 
entrañas de la tierra rinden al esfuerzo humano. 

«Se trata, dice el señor Francisco Gandarillas, 
en una carta a «¡La Época» del 25 do noviembre 
(que es la fecha ea que escribimos) se trata de 
organizar una Sociedad Nacional de Minería, quo 



— 455 — 

f fomento i vele por el progreso de esta industria, 
tan principal e importante en nuestro organismo 
económico. 

I «Queremos que la minería, imitando a la agri- 
cultura, que ha sabido ser mas previsora i que ha 
comprendido mejor, que la unión es la fuerza, 
. tenga la posición social que le corresponde. 

K j>La Estadística Comercial correspondiente al 
año último mauifiesta que, mientras la esporta- 
cion de productos agrícolas solo ha ascendido a 
poco mas de once millones de pesos, la esporta- 

^cion de productos de la minería, comprendiendo 

"fen ella todas las industrias estractivas, supera de 

Í treinta i siete millones de pesos. 
i>Este solo dato bastaría para manifestar la im- 
portancia i el desarrollo que esta industria tiene i 
puede alcanzar en Chile. 
■ íNuestro país es, sin duda, el mas rico de la 
tierra en productos minerales, i son muchos los 
que viven en él sin saberlo, como aquel ciudada- 
^xto que, ya viejo, vino a caer en que hablaba en 
^ prosa. 

' dSíh embargo, no hái intereses mas mal com- 
prendidos ni peor atendidos. 

3> Desdo que se constituye la propiedad de la 
mina hasta que el producto se embarca en nues- 
tros puertos para ir a carabiarso al estranjero, to- 
do es dificultades i cábelas.» 



— 400 — 



ni. 



Ocupándose en segindíi do nuestro pequeñísi- 
mo proyecto presentado al Senado en agosto últi- 
mo, base orijinaria i casi esclusiva de este libro, 
el autor de las consideraciones anteriores, lo aco- 
jo también en justicia con las palabras siguientes: 

«A muchos de estos males so ha tratado de po- 
ner remedio inútilmente, i penden ante la consi- 
deración del Congreso algunos proyectos tendien- 
tes a ese fin. 

nEl último tal pez es el del honorable senador 
por Coquimbo, para hacer posible la esplotacion 
de los lavaderos de oro por los métodos hidráuli- 
cos modernos. Este proyecto, defectuoso i deficien- 
te como es, a nuestro juicio, porque se preocupa 
mucho del oro i nada del agua para lavarlo, po- 
dría serdr siquiera para iniciar una verdadera re- 
forma.» 

Aceptamos con verdadera satisfacción loa cali- 
ficativos de «defectuoso» i «deficiente» del proyec- 
to senatorial de agosto, puesto que es lo mismo 
que el proyecto dice, limitándose al esclusivo pun- 
to del trabajo libre en la Araucania que era todo 
el alcance que por entonces la idea tenia, 

Hoi vemos con sincera satlsfiíccion que la idea 
innata crece, se desarrolla i brilla. I al tomar no- 
ta de tan consolador progreso, nos enorgullece- 



— 457 — 

mos de haber puesto el primer adoquín en la an- 
cha via, el primer pilar bajo la bóveda de la ina- 
gotable mina, la primera tenue lumbrera al sol 
del aspa, por la cual será dable penetre a los 
ricos planes i lavaderos del futuro, la luz de la 
reforma que es mas poderosa i mas fructífera 
dentro de las entrañas de la tierra que el brillo 
fugaz de la pólvora i el esparcimiento de sus es- 
rnmbros en las canchas... 



El autor. 



Santiago, noviembre 25 do 1881. 



■» ■ »< 



LA £. DEL O. OS 



ANEXOS. 



I. 



DISCUSIÓN ILVniDA EN Kr> SÜN'AnO CON MOTITO DE I-V APHOr.ACION EX 

JEXKItAL UEI- PIKIYKCTO (¿UE SIUVK DE ItASK AL I'IÍESENTS LIliUO, 

US LA SE5IOX DB AgCEL fCEKl'O CORRESPONDIENTK AL 

21 Ue AGUSTO DB 1881 



El señor Vicuña Machenna. — Hai ea la carpeta del señor 
Secretario un proyecto que tuve el honor de presentar hace 
algunos dias, tendente a regularizar la esplotacion do los ya- 
cimientos de oro en el territorio de Arauco. 

Como sobre esta misma materia exista en Comisión otro 
proyecto auálogo, pedida que el mío pasara a esa misma 
Comisión. 

líl señor Presklenlc. — Pero, como Su Señoría sabe, no so 
puede pasar un proyecto a Comisión antes de su aprobíicion en 
jeneral. 

El señor Vicuña Machenna. — Mi objeto, señor, es pedir la 
■discusión jeneral. 

El señor Presidenle. — En discusión jeneral el proyecto. 

Se leyó la moción del señor Vicuña Mackenna, publicada 
<en la sesión de 11 de Julio del. presente año, moción que liene 
por objeto regularizar la esplotacion de los ¡/acimientas aurí- 
feros de la Araucanla. 

El señor Vicuña Mackenna, — Esto proyecto, señor, corres- 



— 459 — 

pondo a una verdadera revolución industrial, que se ha ope- 
rado, desde hace treinta años, on las naciones productoras da 
oro. 

Persiguiéndose en los tiempos de la colonia en América 
casi esciusivamonto el beneficio de las minas de oro, la lojis- 
lacion se vio obligada, atendiendo a la escasez de conquista- 
dores que entonces poblaban el continente, a otorgar grandes 
porciones da tierra a un mismo individuo, para que esplotara. 
esos yacimientos. De ahi venia que un simple individuo era 
dueño do grandes porciones auríferas, para esplotarlas sia 
otro medio que el sudor i la sangre de grandes manadas de 
indios, que trabajaban como esclavos. 

Eso trabajo manual ha desaparecido ju-nto con la población 
indíjcna, i el progreso de la ciencia i de las industrias lo ha 
remplazado por los grandes descubrimientos modernos de la 
liidrúulica i del vapor que han transformado esas faenas. 

Ya que el Gobierno está resuelto a solucionar la cuestioa 
de la Araucania, sometiendo definitivamente aquel territorio- 
ai imperio de nuestras leyes» se hace indispensable dictar 
una lei sobre minas, que no sea como la que rije en la part» 
ya esplotada. 

Ya la lejislacion vijente ha principiado a dar en A rauco el 
resultado que ha producido siempre en la primera época del 
descubrimiento de un gran mineral, resultada que» producirá 
siempre, mientras tenga por base el derecho que concede a 
iiin solo individuo, para denunciar a título de descubridor dos 
pertenencias, i en seguida, a nombre de un hijo, de un ami- 
go, etc., otras tantas pertenencia». Ese resultado es que una 
sola persona se hace dueño de una comarca entera, con grave 
perjuicio de la riqueza pública i privada, porque naturalmen- 
te no puede esplotarla toda. 

Es, pues, indispensabla cambiar la base de la lejislacion, 
tanto mas cuanto que Arauco fué en el pasado la provincia 

Iverdaderameulo productora de oro, como lo prueba el hecho 
de haber habido una ciisa de moneda en Osorno, i hai autores 



■ 



— 4G0 — 

que sostienen que habia otra en la Impei'ial. Es posible que 
con la ocupación total i pacífica vuelvan aquellos descubri- 
mientos. Ya, según parece, se han principiado. 

En fin, señor, la ¡dea jeneral del proyecto es esta: ¿convie- 
ne ensanchar la esfera del trabajo en los placeres ile oro do 
la Araucanía, si o nó? Si el Senado cree que conviene, aprue- 
ba en jeneral el proyecto para pasarlo a Comisión, donde re- 
cibirá las variaciones a que so preste; porque en realidad el 
proyecto no hace mas que apuntar una idea, calcada do lo 
que pasa en California i Australia. 

El sefior Maih.—rH& pedido la palabra únicamente para 
hacer una reserva de opinión, que talvez puede llegar a ser 
enteramente opuesta a la solución que propone el proyecto. 

Aceptando que la materia sobro la cual versa este debate 
es una do aquellas que deben sufrir alguna modificación, daró 
mi voto a la aprobación jeneral del proyecto; pero anticipo 
desde luego que ni sus disposiciones, ni las razones en que el 
Honorable Senador por Coquimbo lo ha apoy;ido, me parecen 
de acuerdo con nuestra lejislacion, ni con las costumbres do 
nuestra sociedad. 

Precisamente, uno de los principales defectos do nuestra le- 
jislacion minera es la poca protección que presta al descubrí • 
dor. A mi juicjo, los privilejios del descubridor deben ser muí 
verdaderos i positivos, i precisamente es esta aspiración la 
que tiende a contrariar el proyecto casi por completo. 

Noto, por otra parte, que algunas de las disposiciones quo 
contiene, como la del art. 16, por ejemplo, son inútiles, dada 
nuestra lejislacion vijente, porque son disposiciones que están 
no solo en el Código de Minas, sino en el Código Civil. 

Se voló en jenei'al el proi/edo, en la intcHjencia de que de- 
lia pasar a Comisión i fué aprobado por unanimidad. ( 1 ) 



(1) Hai en osta parto un pcfioeño error en la redacción oficial del Bole- 
tín del Senadu publicado en el Dmrto O/Tci'oí el 24 do setiembre do 18H1- 
Proplameiilo na hubo unanimidad, porque hubo un 7010 en contra, i este fué 
el del scüor Cuadros, senador supleuto por Coquimbo i minero del Karte. 



— 4G1 — 



EL OÜO DE LA MONTAÑA NEGRA I EL ORO DE LÁ ARAUCARIA. 

(Carta"! cara>)!aflas entre el scüop F. Ovalla Olivares i el autor en seliem- 
hre do 18HI. coii unitivo de la diücusion i ¿iprobaciün en ¡eneial dol 
«royocto do Icl del lUtirao sobre refariuas del Código do Minas coa re- 
lación al oro de la Araucanía.) 

Miiieral de la Monlaña Negra, setiembre 6 de Í88L 

Señor don Benjamín Vicuña Mackenna. 

Estimado señor: 

El puesto que Ud, ocupa en el Senado, su prestijio de escri- 
tor i el interés que ha manifestíido por defender los derechos 
del pueLlo, me obligan a dirijirnie por la prensa, ya que no 
me es posible contestarle en la Cámara, a fin de hacer lúa 
sobre los antecedentes que han servido do base al proyecto 
sobro «yacimientos de oro en Arauco», presentado por Ud. al 
Senado. 

Ud., por segunda vez, en presencia del Senado, ha asevera- 
do «que un solo individuo ha llegado a denunciar en Arauco 
comarcas enteras.* 

Para los que no conozcan las disposiciones vijentes del Có- 
digo de Minería; para ios que no conozcan la tramitación obli- 
gada que los jueces de letras de la República están obligados 
a dar a toda solicitud o petición de minas, llegaría a creerse 
que, en el juzgado do Lebu, por una escepciou, se hablan he- 
cho concesiones indebidas, otorgando a un solo individuo va- 
rias pertenencias mineras, con perjuicio de los demás. 

Hai, pues, un deber de mi parta en manifestar al país i alas 
personas ilustradar, la manera i forma como he llegado a ad- 
quirir las pertenencias mineras que poseo. El procedimiento 
que he seguido es el mismo que Ud. conoce i que se ha adop- 



— 4G2 — 



tado fin Catapilco, Llarapaico, Marga-Marga, Las Dichas, Ni- 
blinto i demás asientos mineros donde existen lavaderos 
de oro. 

El articulo 2-4 del Código de Minería dice testualmente lo 
quo sigue: «Fuera de los casos i personas espresaraente es- 
ceptuadas en la lei, nadie podrá adquirir, a titulo de descu- 
brimiento o denuncio, mas de una pertenencia sobre una misma 
veta o corrida, pero cualquiera persona hábil puede adquirir 
por otros l'didos las que quisiere, sin limitación alguna.» 

Esto último os precisamente lo que ha sucedido en los la- 
vaderos do oro do «Müntafía Negra». Llegué a este mineral 
uno de los primeros. Llegué con capital, con fé i conciencia 
propia, con la esporiencia que puede adquirirse en 25 afSos do 
estudios i esplorac iones. Con la voluntad inquebrantable de 
csplorar i trabajar al amparo de la lei i de las garantías que 
la Constitución del Estado otorga a todos los ciudadanos. 

Tuvo fé en la importancia del descubrimiento, tuve confian- 
za que en mi país debia al fin imperar el orden i ampararse a 
los hombres honrados i laboriosos, i fué por eso que en medio 
del desorden de los primeros tiempos i de la lluvia de balas 
que silbaban sobre nuestras cabez:is, llamé a los primeros des- 
cubridores de la quebrada Fortuna, señores Juan de Dios i 
Sebastian Novas, José Candelario San-Martin i Maximiano 
Acevedo i les propuse comprarles sus derechos al descubri- 
miento. Ellos aceptaron gustosos, i tanto mas desde que una 
partida de aventureros, invocando las ieoriaa del libre apro~ 
vecfiamienío, avanzaba en pos de loa descubridores, hasta 
arrebatarles su descubrimiento. De esta manera he llegado a 
ser dueflo del primer descubrimiento titulado «La Fortuna.» 

Viendo que el descubrimiento hecho era una pequeña mues- 
tra de la riqueza que debian encerrar estas comarcas mal 
esploradas, formó con los mismos deocubridores señores Novas 
i varios amigos anin(u>sosr i enttisiastas una sociedad minera 
que so llama «Fraucisco Oval lo i C^*, sociedad por la cual me 
obligué a suministrar los capitales necesarios para las espío- 



raciones i esplotaciones minenis, contribuyendo, ademas, con 
mis estudios i dirección personal de la negociación, de la cual 
era el socio jerente. En compensación, tomó el 50 %. El resto 
lo dividí entro mis asociados. 

Bajo estas bases i ayudado por mis socios, machete en mano 
i el barro hasta la rodilla, abriéndonos paso a través de raon • 
tailas impenetrables, llegamos a descubrir los importantes 
minerales que se llaman «El Carmen o California», «San Ben- 
jamín», «Lancotcn» i «Santa Rita*. 

Los partidarios del libre aprovechamiento, sin querer reco- 
nocer la propiedad minera, llegaron a adueñarse d) varios 
puntos de nuestros descubrimientos. Ha sido necesario soste- 
ner verdaderas luchas: i si no ha habido desgracias que la- 
mentar, ha sido porque hemos tenido la rara paciencia de de- 
jarnos arrebatar mas de doscientos mil pesos en oro a trueque 
de evitar conflictos. Hemos podido defender a viva fuer/a 
nuestras propiedades; pero hemos preferido, por respeto a la 
lei i por la moralidad del pueblo, recurrir siempre a las au- 
toridades, pidiendo el castigo de los culpables. 

En los primeros tiempos hubo varios señores que nos enta- 
blaron juicios alegando derechos a los descubrimientos Fortu- 
na i California. Como ua medio pacifico de zanjar las dificul- 
tados, les propuse someter la solución de las cuestiones a la 
decisión de un juez arbitro. El señor don Josó Benitoz, juez 
letrado do Yumbel, fué designado por mis contendores como 
juez arbitro, con facultades amplias; nombramiento que acep- 
tó gustoso, pues se trataba do un intelijente i honorable fun- 
cionario. La resolución del juez compromisario me fué favora- 
ble, tanto en el descubrimiento Fortuna como en el titulado 
California. El señor Washington Lastarria, i njeuiero del go- 
bierno, fué encargado do mensurar i entregarme uno i otro 
descubrimiento. Las actas de mensuras se encuentran inscri- 
tas en el rejLstro del conservador de minas del departamento 
de Labu, todo lo cual puede certificarlo el escribano de minas 
señor Saavedra. Las dcma^'- per tenencias mineras que la bocic- 



^ 404 



dad F. 0?all,3 i C/' ha comprado a varias personas liao sido 
también mensuradas por el injoníaro don Carlos Ljnd i Iw 
actas de mensura se encuentran inscritas en el rejistro res- 
pectivo. 

Esta ha sida, seilor Vicufla Mackenna, la historia del des- 
cubrimiento de los lavaderos do oro de Montaña Negra i el 
procedimiento que liemos adoptado para adquirir nuestras 
pertenencias minoras. Si nuestros títulos no esüln ajustados 
a la leí; si alguien se cree perjudicado, puede ejercitar su 
derecho ante los tribunales do justicia. Yo, acatando síis fa- 
llos, entregaré todas i cada una una de mis pertenencias al 
que la Corte de Concepción declaró ser dueiio. Mientras tan- 
to, firme en mi derecho, i en la legalidad de mis títulos, segui- 
ré trabajando con actividad en las diversas faenas que tengo 
implantadas. I si he heclio, para algunos, la calaverada de 
sacrificar mi salud, mi tiempo i mi dinero, en adquirir varias 
pertenencias mineras, es porque creo que en Chile, i especial- 
mente en la Araucania, apesar del fracaso de las empresas 
de Catapilco, Llampaico, Niblinto i otras, os posible e-splotar 
con ventaja sus ricos minerales i lavaderos, con buena admi- 
nistración pública, i con trabajos bien meditados i organiza- 
dos. 

Espero que andando el tiempo se me hará justicia i mis es- 
fuerzos serán apreciados debidamente por los hombres de 
Estada, por la jente ilustrada i por los hombres de la ciencia. 

El proyecto presentado por Ud. al Senadi>, manifiesta: «que 
los privilejios que la lejislacion espaiiola concedía al descu- 
bridor eran escesivos» i trata, en los lavaderos de oro, de li- 
mitar la estension da las pertenencias. 

Par mas trabas que se ponga en la lei, por mas que se limi- 
te la ostensión de la propiedad minera, dados los adelantos de 
la ciencia, ellas serian impotentes a detener el espíritu do 
empresa, la inversión del capital, i la asociación que pudieran 
hacer varios individuos para esplotar o ejorcitar cualquier 
acto traslaticio de dominio. 

/ 



— 463 — 



El minero, como todo industrial, busca la solución de uo 
problema, i una vez resuelto; tiende a asegurar en todo o par- 
te el resultado de sus esfuerzos i sacrificios. 

¿Qué capitalista, qué esploradtn* serio liabria que basase 
sus combinaciones en pertenencias mineras do la estension 
que üd, señala? Los trabajos de esas pequeilas pertenencias 
volantes serian trabajo de pirquen, que no darian otro resul- 
tado (jue destruir o inutilizar iraporta-ntea minerales, como ha 
sncedido con los miles de minerales que hai en la República, 
aterrado > i llenos de agua. 

Permítame, señor Vicuña, ocuparme por un momento del 
minero descubridor, de ese elemento absnrbunte que, según 
üd., priva a los demás de las riquezas destinadas .-i la comu- 
nidad. Para mí, como para los lejisladores españoles que san- 
cionaron la Ordenanza de Nueva España, el descubrido}' es 
un ser benéfico, abnegado, el hom!)re de acero, que mientras 
su? amigos de ciudad se calientan al calor de la chimenea i 
apuran la copa de champaña en amorosas libaciones, él, intré- 
pido, a pié, sin mas elemento qua su herramienta, un pedazo 
de pan i un poco de agua, se lanza al desierto, a las nieves 
perpetuas, a las montañas, a arrancar a la naturaleza sus se- 
cretos i a desafiar la muerte a cada paso. Él transita por un 
témpano de hielo, socavado por los vapores de una solfatara; 
él pasa por un verlijinoso precipicio, la tempestad, la nieve, 
la lluvia, el sol, el frió, el hambre, la miseria, en fin, conclu- 
yen por conducirlo de un hospital al sepulcro. La riqueza 
soñada apenas ha alcanzado a acariciar los sueños de su fan - 
tástica iinajinacion. 

El descubridor es casi siempre el simpático roto, ol hijo del 
pueblo, destituido de fortuna, falto de ilustración, que fiado 
en su fuerza moral i en la potencia de su brazo, busca el pan 
i el de sus hijos en apartadas rejiones, dontle los hombres re- 
galones no se atreven a llegar. Su fortuna tiene el orgullo de 
estraerla de las entrañas de la tierra i no de las lágrimas ni 
de las luchas de sus semejante::). 



LA K. DEL U. 



X 



ñu 



] si estu sucede, ¿por qué no premiar el esfuerzo individual 
la abnegación i el patriotismo? ¿Por qué igualar al de^cttbHdor 
■con el ocioso, que con manos limpias viene a aprovecharse del 
resultado, quizá, de 30 años de esludios i sacrificios? 

Si hai alguna profesión que demande major fuerza de üna- 
jinacion, mayor fuerza material i moral, es la noble profesión 
del minero descubridor. Eu lodo país culto, agradecido, justo 
apreciador de los méritos individuales, deberia al minero des- 
cubridor concedérsele, a mas de sus pertenencias mineras, 
una distinción especial, según fuese la importancia de su des- 
cubrimiento. 

I tan cierto es que el noble sentimiento de la gratitud se 
encuentra arraigado en ios grandes pueblos, que en la pro- 
vincia de Atacama, a la cual tengo el honor de pertenecer, 
en la ciudad de Copiapó, bai una estatua erijida en memoria 
del descubridor do ('LañarciUo, Juan Godoy, estatua que el 
hombre de ciencia, el chileno agradecido, el estranjero, saluda 
<5on cariño i respeto, contemplando con asombro al corapañei-o 
de labor de Abraham Lincoln. 

Pero, vol varaos al mineral «lavaderos de oro de Montaña 
'Negra»» que tanta bulla ha despertado i que ha merecido los 
honores de un proyecto de lei presentado por Ud. al Senado. 
iQuó mas tiene este mineral que el do Catapilco que Ud. co- 
Jioce i cuy;i colosal riqueza describió hace años? Recuerdo 
que en su descripción decia: que habia mas oro en el trayecto 
de un socavón, que en todo el Banco de Londres. ¿Qué se ha 
hecho esa colosal rii[ueza? ¿Dónde están esos jeiiios yankees 
que venían a abrirnos los ojos i a ensenarnos a trabajar? ¡Ilu- 
siones de la imajiuacion, sueños fantásticos que ss han tradu- 
cido en una pérdida de mas do 200,000 pesos. La verdad es, 
señor Vicuña, que el papel aj^uanta todo i que es necesario 
pensar mucho, untes de dar una opinión, sobre asuntos que no 
se conocen. 

Tengo profunda seguridad que dados los hábitoi de nuestras 
«lases trabajadoras, la inseguridad qiín reina «n I od campos i 



— 4G7 — 

rej iones apartadas, la iadolencia de los gobiernos, i la lentitud 
de los procedimientos judiciales, aprobado el proyecto de Ud. 
el dia que se descubriera un rico mineral se convertirla en 
un campo de batalla, donde no escasearían ni los heridos n^ 
los muertos. 

Creo, señor VicuQa, que U lei actual podría modificarse con 
ventaja oyendo la opinión de los mint)ix)á prácticos, asociados 
a los jurisconsultos mas distinguidos i al dictamen de injenie- 
ros competentes. Yo estoi cierto que ello modiflcaria en parte 
sus ¡deas, i con sus luces i su outusiasmo ay udaria a hacer 
una obra de vital importancia para el p;iís. 

Entretanto, le saluda afectuosamente su atento S. S. 

F/'aneisco Ocalle Olicaves. 



(contestación.) 

Santiago, setiembre 15 de 1881. 
SeQor don Francisco Ovalle Olivares. 
Mi estimado amigo: 

He laido con verdadero placer la interesante carta que se 
ha serví* lo usted dirijirmo desde la ^Montaña Negra» con fe- 
cha ü del presente i que da a luz Ei FerrríHMiri'il de hoi. 

Antes de todo, permítame desvanecer un error que mi sin- 
cera estimación por usted no me consentiría dejar establecido. 

Juzga usted que entre los antecedentes que motivaron la 
moción que presenté al Senado sobte el oro de la Araucunia 
figuraban los importantes do-scubrimientos i posiciones arlqui- 
ridas por usted en la Montaña Negra, i cuya franca i varonil 
historia usted nos traza. 

Este es un error. 

La base única de mi moción, aprobada ya en jeneral por el 



^ ms — 



Senado, no e?, esa cuestión iudividual en la que cabe a usted 
indisputable honra, sino los proyectos de pacificación i ocupa- 
ción total del territorio araucano desdo el rio Traiguén hasta 
la laguna i ciudad arruinada da Villa-Rica. 

He creído (i usted concluye por darme razón sobre este par- 
ticular en su carta) que la lei actual sobre yacimientos de 
oro es esti'echa, deficiente i tiende a esterilizar el trabajo pro- 
ductor del minero, esponiándolo a caer en el monopolio o en 
las trampas de las socioidadr-s anónimas án minas, que tanto 
daño han hecho a nuestro país desde Caracoles a Paraff. 

Pero he estado tan lejos de atacar los derechos tan anirao^ 
sámente adquiridos por usted, que /le csceptuado espHcilamen- 
ie del sistema que propongo, no solo la montaña que usted 
posee, sino toda la zona occidental dn la cordillera de Nahuelbu- 
¿a, Je la cual aquella es una rama o espolón. Conozco lo sufi- 
ciente el derecho para saber respetar todo título lejí ti mámente 
Adquirido, i aprecio tanto como usted el mérito i aun la gloria 
del desciibridtír para vulnerarla, en lugar de ofrecerle estí- 
mulo. 

Por consiguiente, los ricos yacimientos de la Montaña Ne- 
gra i todoí los que estén ya en posesión de descubridores parti- 
culares, deban, a mi juicio, dejarse inct>lumes, i esto es 
precisamente lo que he solicitado en la moción a que usted 
alude. /Pero no cree usted necesario, indispensable, absoluta- 
mente indispensable al mismo tiempo, que se declare el Esta- 
do absoluto dueño de todas las comarcas auríferas que nues- 
tras armas van a devolver por la segunda vez a la civilización, 
al capital i a la intelíjencia^ ¿No declara n^i-^A mismo, en su 
carta que contesto, que se ha visto forzado a dejarse robar 
mas de doscientos mil pesos en oro dentro de las pertenencias 
<[a^ le ha otorgado la leí? ¿I no es esto una prueba flagrante 
<le que la lei actual es incompleta i desigual, que no establece 
la verd-xdera prolpccion del descubridor i menos del trabaja- 
/doi' suelto? Luego hai un punto en el que estamos completa- 
íaente de acuerdo; i es el de que la lei actual es mala i ucee- 



— -ir>o — 



inoficaz para nse 



gur; 



sita una reforma radical, jiorquo si 
la propiedad i la csploUicion es una pequeña comarca cerno la 
de la Montaña Negra ¿cuánto no habrá de serlo cuando tenga 
su aplicación a una comarca vírjen i tan estensa como la de 
la Araucania? 

I en otro sentido, ¿no juzga usted que abolidas Isíh enco- 
miendas, que eran la ser-vidumbre peipétua del indio lavador 
de oro para el conquistador, es preciso introducir un nuevo 
sistema de esplotacíon jeneral? 

lié aqui toda la cuestión que yu he sometido al Senado, co^ 
mo una simple base, sin prejuzgar nada i sedo como una evo^ 
iucion económica i social del porvenir, que puede ser de 
gran trascendencia para el pais i sus clases trabajadoras. 

Yo p;irlo di> la impresión jeneral justificada por la historia i 
por la formación jeolójica de la Araucania, (tan semejante a 
la de la Alta California), de que en ese territorio hai grandes 
riqueza-i auríferas; i a este prop'sito estoi preparando un fo- 
lleto diiraoátrativo, con documentos inéditos sacados de nues- 
tros areiúvos i aun de las casas de moneda de Santiago i Po- 
tosí, para manifestar lo que racionalmente debe esperarse de 
la ocupación araucana bajo el punto de vista especial de la 
produccioa del oro. 

I ea ese mismo trabajo espero demostrar que lo que dije o 
presencié de la antigua riqueza de Catapilco, Llarapaico i otros 
parajes del norte, es una verdad histórica i un problema de 
adaalidad, qne Ud. cree ya resuelto, pero que no lo está ni 
con mucho todavía. 

El verdadero enigma para esas zonas no es el oro: es el 
agua. I como este elemento sobra en la Araucania, queda des- 
cartada una de las grandes dificultades del problsma. 

Por lo deina-í, al decir do Ud. en su párrafo fina! que la leí 
actual es suiceptible de una útil re forma -mediante la acción 
combinada del hombre práctico, es decir, del miners i del le- 
jislador, dice exactamente lo que yo establezco en mi proyec- 
to. A la verdad no tiene aquel mas alcance, como lo espresa 



— 470 — 

ierminantementd ea su preámbulo, que provocar una discu- 
sión i una solución satisfactorias para el pais; i esto es lo que 
veo con verdadera satisfacción que comienza a suceder. 

La publicación del folleto o libro (porque no sé todavía lo 
que será, pues me ocupo en acopiar los materiales) a que he 
aludido, avivará talvez esa discusión, i al fin todos llegaremos 
a entendernos en hien del pais i de la comunidad, noble pro- 
pósito que a usted alienta i del cual yo mismo he podido dar 
testimonio respecto del jeneroso patriotismo que a usted ani- 
ma mientras fui intendente de Santiago i presidente de la So- 
ciedad Protectora. 

Reslablecida la discusión en sus verdaderos propósitos i 
puntos de mira de ínteres jeneral, me as grato quedar a sus 
órdenes i suscribirme su afectísimo amigo. 

Benjamín Vicuña Maekenna. 



III. 

BaZON DEIi OKO comprado t FUXDIDO SN hk CASA DB MONEDA DB 
SANTIAGO DURANTE EL TRIENIO DE 1879,80, 81, COK ESPECIFICACIÓN 
DE SU PESO, PROCEDENCTA I ESTADO EN QOE Fuá ADQUIRIDO, 8BODN 
DATOS SUMINISTRADOS POR LA OFICINA DE ENSAYES DE ESE ESTABLECI- 
MIENTO. 

Afío \%'i^.-^-OTofwndido en la casa de Moneda de Santiago 
perteneciente a particulares. . 



Kilógs. 


G-ramos. 


Procedencia. 


Estado del oro. 


39 


839 


Santiago 


En chafalonía 


ao 


665 


» 


En barras 


2 


569 


» 


Eu pellas 


2 


888 


* * 


En polvo 


4 


476 


» 


En monedas de $ 1 i 2 


10 


085 


» 


En monedas estranjeras 



566 Valparaíso . En polvo 



— 471 — 



iUgs. 


Gramos. 


Procedencia. 


Estado del oro. 


3 


179 


» 


En pellas 


4 


705 


' » 


En barras 


1 


600 


» 


En chafalonía 


3 


844 


Talca 


En pellas 


1 


478 


» 


En polvo 





888 


> 


En barras 





478 


> 


En chafalonía 


12 


313 


Tiltil 


En pellas 


9 


152 


Illapel 


En polvo 


2 


723 


» 


En pellas 


4 


923 


» 


En barras 


8 


040 


Llampaico 


En polvo 


6 


592 


Petorca 


En polvo 


3 


806 


Andacollo 


En polvo 


2 


589 


Rancagua 


En pellas 


2 


487 


Itata 


En barras 


1 


943 


Freirina 


En pellas 


1 


758 


San Felipe 


En polvo 





529 


» 


En chafalonía 





742 


Hualleco 


En polvo 





501 


Lebu 


En polvo 





803 


Constitución 


En polvo 





315 


Yu rabel 


En polvo 





492 


Máipo 


En pellas 


2 


042 


Li mache 


En pellas 





543 


Gatapilco 


En polvo 





612 


Gasuto 


En polvo 





175 


Ocoa 


En pellas 





262 


Ligua 


En barras 





337 


Niblinto 


En pellas 





431 


Perú 


En chafalonía 


15H 


360 





472 — 



Ano 1880. 


, — Oro fundido en la 


casa de Moneda de íiantia 


/o 






perteneciente a 


particulares. 




Kílógs. Gramos. 


Procedencia. 


Estado del oro. 




17 


121 


Santiago 


En cliafalonía 




1 


195 


» 


En pellas 




2 


540 


» 


En barras 




5 


245 


» 


En polvo 




22 


980 


Valparaíso 


En polvo 




14 


187 


» 


En barras 




4 


976 


» 


En pellas 







444 


» 


En chafalonía 




6 


983 


Chilenos 


Ea monedas de $ 1 i 


2 


18 


273 


Estranjeroa 


En monedas 




14 


537 


lUapel 


Es pellas 




10 


119 


» 


En polvo 




5 


978 


Tiltil 


En pellas 




1 


198 


» 


En polvo 




9 


669 


Petorca 


En polvo 







427 


» 


En pellas 




7 


308 


Llampaico 


En polvo 




4 


813 


Rancagua 


En pellas 




4 


407 


Catapiloo 


En polvo 




9 


745 


AndacoUo 


En polvo 




3 


695 


Talca 


En pellas 







819 


» 


En chafalonía 







820 


» 


En polvo 




3 


774 


Itata 


En barras 







985 


Concepción 


En polvo 







680 


San Felipe 


En chafalonía 




1 


310 


Leba. 


En polvo 







629 


Ocoa 


En pellas 







451 


Colchagua 


En polvo 





- 473 



Kilógs. 


Gramos. 


Procedencia. 


Estado del oro. 


1 


607 


Curicó 


En barras 





815 


Ligua 


En polvo 


9 


352 


Melipilla 


En pellas 


1 


734 


Casuto 


En polvo 


1 


516 


Ovalle 


En polvo 


3 


734 


Bolivia 


En polvo 


1 


087 


Maule- 


En polvo 


186 


153 




Aiío 1881. 


-Oro/ 


undido en la casa 


de Moneda d 



perteneciente a particulares. 



loga. 


Gramos. 


Procedencia. 


Estado del oro. 




6 


025 


Santiago 


En chafalonía 




3 


065 


» 


En polvo 




1 


420 


» 


En barras 




31 


880 


Valparaíso 


En polvo 




15 


215 


» 


En barras 




8 


808 


» 


En pellas 




1 


083 


» 


En chafalonía 




7 


592 


Chilenos 


En monedas de 


$112 


• 5 


• 275 


Estranjeros 


En monedas 




22 


828 


Lebú 


En polvo 




5 


349 


» 


En barras 




3 


054 


Tiltil 


En pellas 




2 


214 


» 


En polvo 




8 


731 


Illapel 


En pellas 







308 


» 


En polvo 




o 


230 


Niblinto 


En pellas 




2 


307 


Andacollo 


En polvo 




1 


992 


Itata 


En barras 




LA E 


. DEL 0. 






60 



— 474 — 



gs. 


Gramos. 


Procedencia. 


Estado del oro, 


1 


355 


Huasco 


En barras 


2 


071 


Talca 


En barra.s 


1 


647 


y^ 


En pellas 


1 


000 


» 


En polvo 





676 


Rancagua 


En pellas 





220 


» 


En polvo 





254 


Roble 


En pellas 


2 


174 


Petorca 


En polvo 


1 


150 


Copiapó 


En barras 


1 


236 


San Felipe 


En pellas 



139 . 159 

Caga de Moneda, octidre 1.° de 1881. 

Nota. — La suma de ciento treinta i nueve quilogramos cien- 
to cincuenta i nueve gramos representa el oro fundido hasta 
el 1.° de octubre, e» decir, en nueve meses del año presente. 



RESUMEN POR LOCALIDADES EN LOS TBKS AÑOS DE 

1879, 80 I 81. 



kg. gs. 

Talca 5. 678 

Tiltil 12. 313 

lUapel 15. 799 

Llampaico... 8. 040 

Petorca 6. 592 

Andacollo... 3. 800 

Rancagua... 2. 58ü 

Itata 2. 487 



i»»o. 


I8»i. 


• Total. 


ks. gs. 


ks. gs. 


ks. 


g». 


5. 334 


2. 718 


13. 


7a3 


6. 176 


5. 268 


24. 


057 


24. 656 


4. 039 


64. 


494 


7. 308 





IS- 


348 


10. 076 


2. 174 


IS. 


832 


9. 745 


2. 307 


15. 


858 


4. 313 


0. 896 


7. 


798 


3, 774 


1. 992 


8. 


253 



— 475 — 

1»70. i»»0. iSi^i. Total. 

k^. gB. ka. g&. ks. gs. ka. gs. 

Freirina: 1. 943 1. 943 

San Felipe... 2. 587 O 680 1. 236 4. 503 

Gualleco 0. 742 0. 742 

Lebu 0. 501 1. 310 28. 177 29. 988 

CoastiLucion 0. 803 ... 0. 803 

Yumbel 0. 315 0. 315 

Maipo 0. 492 0. 492 

Limache 2. 042 2. 042 

Catapilco.... 0. 543 4. 407 4. 950 

Casuto 0. 612 1. 734 2. 346 

Ocoa 0. 175 0. 629 0. 804 

Ligua 0. 262 0. 262 

Niblinto 0. 337 7. 537 7. 874 

Coacepcion 0. 985 0. 985 

Colehagua ..'. 0. 451 0. 451 

Curien 1. 607 1. 607 

Melipilla 0. 352 0. 352 

Oralle 1. 516 ... ... 1. 516 

Maule 1. 087 1. 087 

Huasco 1. 355 1. 355 

Roble 0. 254 O, 254 

Copiapó 1. 150 1, 150 

RESUMEN. 

ka. ga. 

1879 155. 360 

1880 186. 153 

1881 139. 159 

481. 672 



IV. 



KL ORO DB CHILE BAJO SD PUNTO DE VISTA CIRNTIFICO, QDIMICO 
I JEOLÓJICO. 

(Resumen escrito por don Alberto Mackenna para el presente libro.) 

Lecho de los minerales i de loa lavaderos de oro en Chile..— Cómo 
se halla el oro en la naturaleza. — Lavadei'os de oro en Chile. 
— Producción de oro en Chile. — Diversos sistemas de beneficio 
del oro que pueden adoptarse en Chile. — Memorias que con- 
viene consultar sobre el beneficio <^e minerales de oro, — Memo- 
rias que seria útil consultar para tomar datos sobre el oro su- 
perficial del terreno aurífero en California. — Producción total 
de la plata i oro en el mundo, desde los primeros tiempos hasta 
fines de 1871. 



I. — Lecho de los minerales t de los lavaderos de oro en Chile. 
— Dice Domeyko que «el lecho de los minet^ales de oro eo 
Chile se halla en terrenos graníticos no estratificados, en 
las rocas que ea jeaeral constituyen la costa del Pacifico i la 
parte mas elevada de los Andes i que se conocen en la jeolojía 
bajo la denominación de rocas de solevantamiento, rocas de 
cristiilizacion». 

Los lavaderos de oro se hallan en los terrenos que provienen 
de la destrucción de los anteriores. — (DoyiEYKo.— Tratado de 
ensayen, pá}. 330.) 

II. — Cómo se halla el oro en la 7ia(uraleza. — La mayor 
parte del oro que circula en el comercio proviene de los lava- 
deros de Estados Unidos, Rusia i Australia i la cantidad de 
oro que se estrae de las minas ha sido siempre insignifi* 
cante con relación a. la del oro de los lavaderos. 

Después del oro nativo los minerales mas abundantes son lo.s 
metales de color de oro i los bronces de oro, en los que este 
metal e-ítíi combinado en luiu forma no bien defluida hasta hoi. 

Lívs minerales de esi^a clase que dejan alguna utilidad en 



Chile tienen una lei Ae 20 a 30 centavos por cajón i en Rusia 
se esplotan iguales minerales con lei de 5 centavos i con nota- 
bles provechos. 

Vienen en seguida los minerales de oro que dan unidades 
por ciento como es el teluro corabinadü con oro quo se ha en- 
contrado en Estados Unidos i Alemania, el paladio aliado 
con oro que se ha hall-ido en el Brasil i el rodio en combina- 
ción cr>n el oro en Colombia. 

Estos minerales tienen de un 2 a un 40 % de oro. 

El oro se halla también en pequeña cantidad al estado de 
amalgama, aliado con la piala acompañando ai estaño en te 
rrenos da Cornwail (Inglaterra) i con el iridio en Califoi- 
nia. 

III. — Laoaderos de oro en Chile. — Los lavaderos mas co- 
nocidos en Chile son los de Catapilco, Punitaque, Gualleco 
(Talca), AndacoUo, Marga -Marga, Hierro Viejo (Petorca). 

«Es digno de notar, dice Doraeyko, que aun on los paises 
donde las arenas auríferas se benefician en grande i producen 
riquezas inmensas, como por ejemplo, en los lavaderos de Ru 
sia, o bien en los del Brasil, la lei media de estas arenas no es 
ma^or que la que se observa en Chile», — (Tratado de ensayes, 
pdj. 323.) 

Es de advertir que la prüduccion total de Rusia desde 1814 
a 1860 ascendió a 582,88.^ kilogramos de oro, cuyo valor al- 
canza mas o menos a 1,882.000,000 de francos. — (Anales de 
itilnas. — 1864.) 

IV. — Producción de oro en Chile. — Al principio del siglo, 
la prciduccion anual de todas las minas de oro del mundo era 
de 100,000 marcos, en cuya producción Chile ocupaba el ter- 
cer lugar. 

«En efecto, dice Domeyko, el Brasil era el país que al prin- 
cipio del siglo producia la mayor cuantidad de oro (28.000 mar- 
cos); venia después Colombia i eu particular Nueva Granada, 
cuya pioducciou anual subia a 10 o 20,000 marcos; i en Chile 
se estraian mas de 11,000 marcos anualmente, miéutra» ahora 



I 



— 47S — 

la esíraccion anual d© í»ro de esta República apéaas pasa de 
3,000 marcos». — (Tratado de ensayes^ páj. 320.) 

Y.— Díversoa sistemas de beneficio del oro que pueden adop- 
tarse en Chile. — Las máquinas para beneficiar los lavaderos de 
oro han llegado en Estados Unidoá a una perfección tal que 
se obtiene utilidad de ostraer el oro donde hai 10 centavos de 
este metal en una tonelada de tierra aurífera. 

Respecto al beneficio de minerales, se puede practicar en Clii- 
le ya por lavadu i amalgamación, haciendo una calcinación pre- 
via con vapor de agua, como aconseja Rivot, o haciendo (asar 
el metal molido sobre un cilindro caliente como se hace en 
Boston, o ya empleando en el beneficio por fundición el plomo. 
para recojer el oro según se practica en los grandes estableci- 
mientos de Hungría, o por último, empleando el cloro como in- 
dica Plattes, lo cual ha dado buenos resultados en iUemania. 

VI. — Memorias que condene cjnsuUar sobre el beneficio de 
mineiales de oro. — Beneficio de minerales de teluro con oro 
en el establecimiento de Boston, en Colorado (Estados Unidos.) 
— {Anales de m?w<x.í.— /líio 1874 i 75.) 

Nuevo sistema para tratar los minerales de oro i plata. — M, 
Rivot. —{Anales de mina^. — Año 1870.) (1) 

Nuevo método para beneficiar las piritas i sacar el oro i la 
plata que contienen. —Anales de Qiúmica i Fisiea. — Año 1872, 
tomo 27.) 

Nuevo método de ensaye i tratamiento de las piritas aurí- 
feras. — /. B. Boussingault. — (Anales de minas. — Año 1827). 

Viaje a Hungría, ejecutado un 1851 por M. M. Rivot i Du- 
chauez. — [Anales de minas. — Año 1853.) 

Nuevo método para separar el azufre i el arsénico de mine- 



(I) Hablando Rivot (la [jiiniera lumbrera moderna de la Mstalurjia) de 
este procedimiento i del pocQ om i plata (jiie sacan en California por Jo 
defectuoso de los procrtdLniientos empleados, dice ealas palabras. — «Estoi 
autorizado para pensar fjue el éxito completo de las últimaB operacioneí" 
dará en un porvenir iiiui próximo un vuelo notable a la producción del oro 
i de la plata en América.» 



— -179 — 

rales de ovo.^(Boletin de la sociedad de estímulos. — Año 1864.) 
Manera de operar el oro haciendo pasar el cloro por el me- 
tal fundido. — (Boletín de la sociedad de estímulos. —Año 1872.) 
Este procedimiento económico i rápido se emplea hoi en las 
casas de moneda de Inglaterra i Estados Unidos. 

YW.^^Memorias que conviene consultar para tomnr datos ge- 
nerales sobre la esplotacion del oro. -Metales preciosos. Sobre 
la producción i el consumo jeneral de los metales preciosos 
durante el periodo de 1857 a 1871. — M.E. Ro.'^wag. — (Boletín 
dfi la sociedad de estímulos. ~ Año\%l^.) 



Producción de oro i plata en Austrídia i Estados Unidos, i 
datos sobre la producción total de oro i plata en el mundo, se 
encuentra en los Anales de minas. — Año 1868. 



Minerale? de oro en Italia i Escocia. — (Anales de minas. — 
1869.) 



Minas de orí; del Brasil. — (Anales de minas, — Serie 1.", to- 
mo 2°, páj. 199.) 

Vill. — Superficie del terreno aurífero en California. — La 
superficie de toda la zona de oro esplotada en 1863 ascendia a 
19,000 kilómetros cuadrados i se hallan distribuidas estas mi- 
nas en una estension de mas de 130 kilómetros de largo sobre 
el curso de rios navegables como el San Joaquin i el Sacra • 
mentó que conduce a la bahía de San Francisco. 

La facilidad de comunicación, la estraordinaria abundancia 
de agua i loi capitales hacen difícil que los terrenos auríferos 
de Chile puedan dar los beaaficios que dan los terrenos aurí- 
feros de California. 

En los lavaderos de oro la .situación constituye la mitad de 
la riqueza. 
IX. — Producción olal de piala i oro en el mundo desde 



los primeros tiempos hasta fines de 1871 (1). — ^En 1848, la 
producción total de metales» preciosos era estimaila en 30 mi- 
llares 152 ruilloneá de piala i 11 inillareá 426 railloues de 
oro, sea en todo 44 millaren 578 millones de francos. En esta 
suma están comprendido;? como antiguos fondos, provinientes 
de los siglos anteriores al año 1500, 700 millones do plata i 
300 millones de oro. 

En 1857 encontramos la cifra total de tí millares 174 mi- 
llones estraidos despuei de 1848, la cual se componía de 2 
millares 170 millones de plata i 6 millares 4 millones de oro. 

Durante este período la producción de plata era constante i 
normal, pero ia del oro habia llegado a ser estraordinaria; se 
elevaba en menos de nueve años a cerca de la mitad del oro 
que existia en 1848. 

La Australia habia suministrado 1 millar 695 millones; Ca- 
lifornia 2 millares 508 millones; Rusia 678 millones. En lodo, 
4 millare-s 781 millones de francos sobre un total de 6 milla- 
res 4 millones. El resto era la producción de diversos paisas 
productores de América (Méjico, Nueva Granada, Estados 
Unidos, Perú, Bolivia, Brasil, Chile) sea 445 millones i a los 
diferentes centros europeos como 65 millones; a las islas de la 
Gardo i las India?, 505 mülones; i en fin a la costa de Guinea 
i al resto del África, IOS millones. 

Agregando las sumas de los dos períodos, el uno anterior a 
1848 i el otro posterior a 1748, hasta 1857, se encuentra de 
la producción total en estJ año la suma de 52 millares 761 
millones, de los cuales 32 millares 331 millones en plata i 20 
millares 130 millones en oro. 



(1) Eiloa dutos los ha turnado T. Roswag de todas las publicacioneá 
notablti-'i que se han hecho en cada país del inundo i es lo mas comploto 
<iue so ha escrito .sobre la materia. No e^itará de mas agregar que tm tui- 
llar equivale a mil millones dt> fraticjs. o sea a doscientos milloniis de 
pesos fuertes. 



- 481 - 

La producción total de oro on el período de 1857 a 18'?1 
es la siguiente: 

ORO. 

Mllrs. de fres. 

California 2.241,150 

Australia 4.491,275 

Rusia 1.239,750 

Paiües americanos (Nueva Granada, Estados 
Unidos, escepto Califoraia, Perú, Bolivia, 
Brasil, Chile) término medio anual 49 millo- 
nes i medio 693,000 

Europa. (Todos los países menos Rusia.) Térmi- 
no medio anual 7 millones i medio 101,500 

Asia. (Islas do la Garde, Indias inglesas, Araw 

ote.) Término medio anual 56 millones 784,000 

África. (Costa de Guinea, Zanzíbar Alto Ejipto, 
Kurdistan, etc.) Término medio 12 millo- 
nes 168,000 

Total jeneral de la producción del oro 9.718,675 

Como se ve, la producc'oa total del oro en el periodo de 
1857 a 1871 asciende a 9 millones %. 

El fondo común había subido durante este m'.smo tiempo de 
3 millares 367 millones % de plata i de 9 millares 718 millo- 
nes de oro, en todo 13 millares mas o menos, eu un millar por 
año término medio. El oro representa los 74 o 77 % de esta 
producción (en números redondos los %). 

RESUMEN. 

Mllrs. de fres. 

Total del oro estraido hasta el año 1857 20. 430 millones 
Oro es traído de 1857 a 1871 9.719 » 

Total del oro producido 30. 149 

LA E. BEf. o. 6 1 



— 482 -* 

MUrs. de fres 

Total de la plata estraida hasta 1857.... 32. 331 millones 

Piala estraida ea el período de 1857 a 

1871 3.367 » 



Total de la plata producida.. 35. 698 millones 

Sumada la producción del oro i plata tendremos que la pro- 
duccioQ de todas las minas del globo asciende de 65 a 66 mi- 
llares de francos. 

El oro representa el 45,58 %. 

En 1856 el oro representaba solo el 38,7 %. 

De 1856 a 1871 ha subido 6,88 % la producción del oro so- 
bre la de p\sita..—Bulletin de la société oT cncouragemeM. — N.° 
248. — Métaux precieux. — M. T. Roswag. 



^ 



i 



ÍNDICE. 



Dedicatoria. 

PltKLIMINAR., 



Páj. 5 
Páj. 7 



CAPITULO I. 



El oro de Chile en tiempo de los Incas 

Los primitivos chilenos no onocian ni el mo, ni el valor, ni la esplota- 
c\o:\ ildl oro. — .\rte «me les onseñaroii los penianos i trilM)tor|ue les im- 
puso el Inca — Iduas de los pcniauos sobre el oro— Lo usan solo coino 
yrnatnenlacion, pero no coiuo medio de cambio? — Nociones de Garcilaso 
de la Vega. — .\lniagro encuentra en Copiapó minas de oro científicamen- 
te trabajadas. — En qué consistía el tributo de Chile. — Derroteros fabu- 
losos sobre el rescate de Atahnalpa en Chile.— Va*io de oro hallado 
en Copiapó i regalado al presidente Prieto.— Imponderable acumulación 
do oro hecha por los Inca^, mediante la producción de las minas del Pe- 
rú i do Chile. — Noticias de Cioza de Leen i de üor.jara. — La nmromn 
da Huáscar i la cadena de oro de los jesuítas de Santia-^o. — Riijue/.as de 
1)^ templos del .Sol i de las minas de Carabaya. — Ocultaciones de oro 
sag'in üarcilaso i otros antiguos cronistas. — Comprobación auténtica de 
las riquezas acumijladHS en el Perú, mediante el rescate do Atahnalpa, i 
su ttrla lit reparlirion — Lo que cupo a Cíiilos V. i a Francisco Pízarro. 
—Las riquezas del palacio de verano del emperador de La China en 
1860, i los lesoroj de Arjel i de Caxamarca. — Comparaciones i anéc- 
dotas. — Vcriticacionc 3 posteriores. — Remates recientes de ofrendas de 
oro i plata del Perú en Londres Páj. 33 

CAPITULO II. 
El oro en Gliila en tiempo de don Pedro de Valdivia 

I. — .H.VUr.A-M VItCA. — 11. (iUII-ACOY\ — III. I^ IMPKRI.XL. — 1 V. ll3l>KNO. — 

V. riL.I.AKHIC\ 

VA ,\d'?laut<)do d''>n Diegode .Miu^i^nj llega hasta el lerriturio de Casablanca 
i MclipiUü.— >'Juis.iB verdaderas de su regroáO ü1 P«íú. — A pesar de (]ae- 





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Stanford, California 



Bctaní tJili jbiwk ob or befort dato du. 



i Pídro de Navarretc sobre lo« metale» preciosos importados de Ame- 
rica a Espa'"ia en loa siglos XVI i XVll. — Períodos de produccioo t e*- 
pürtaciüii ijue establece Huraholdt hasta pi'iticipios del presente sigto- 
— Cálciiloá de Alurcolela i de Robertsori, de Caiiipomanes i de Pezoela. 
— l'iSttidioá i estadística do Chevalier sol)rL< el oro i la plata en el Nuevo 
Miiiido hasta lS4f;. — Parte principnl que en todas estas demustraciones 
so asigna al oro de Chile. — Por qué el nombre de esta colonia nofi|?ara 
liirrrlitiurmlt: en los prirueroa aigloá, sino cuuio un apéndice anónimo del 
Peni.— Uumboldt es el priuiei-o <]ue hace justicia a Chile como país pro- 
diict'jrde oro. i lo coloca mucho iiias arriba del Perú i de Méjico. — Chi- 
le produce tres veces mas oro que el Perú. — Comparación de la casa de 
Munoda da Chile con las do Popayan, Potosí i Lima, aegun datos inédi- 
tos, i cómo la primera ha sobn;pujado a las otras en él oro. — «Una onza de 
oni» di3 la casa de M.jtmda do lLia.a. — Demostraciones del viajero ingles 
Helnis i de Hunilioldt. — El acarreo del oro de Chile desde el Callao a C¿- 
diz i Ilotas prodijio.siis de metales preciosos. — Estadística de Chevalier 
soljre el oro de Chile. — La lejislacion eapafiola sobre el oro como de- 
mostración de su pi'oduccioQJenuiua i verdadera Páj. 230 

CAPITULO IX. 

Las mermas del oro en Chile 

Causas que fomentaron el CQnt<abaado del oro en las Indias. — Impuesto del 
¿2 por ciento. — Cómo se repartían estas gabelas. — El iptin/o iM rei.— 
El uno i medio ile Colum. — La ijuiliíi i graves siiceaos a que dio lug'ar 
en Ciiile a principios del siglo XMU. — Protestas de independencia en 
177-i, — Los chilenos consigue» la abolición de e.ste impuesto en IHO'A. — • 
El impuesto de atin-iit i enérjicaa protestas a que dio lugar. — Los mer- 
caderes santiaguiuos cobran la «aparta» del uro i de la plata; pero se 
oponen a que se establezca un banco da rescate — El raeao de tn<i \ pa- 
ra que servia — Seis causas de detrimento parala industria del oro en 
la época de la colonia. — Los pleitos. — La cainjalla i la pjna de muer- 
te. — Penuria i carestía de capital i de utensilios.— Falta da pn lección 
publica. — Benéfico gobierno del |)residento Manso, i sus frutos. — Baio 
ureeio del oro por Lxs imperfecciones de su elaboración i las artes de 
los mercaderes da Lima. — Desaparición completa de los indios de enco- 
ii)¡ond.>i. — Los precursores de Paralf — El fraile Aiidia i su secreto de 
millones. — Los qiiíraico.s Blanco i Palazuclos. — Termina con la indepen- 
dencia la edad del oro en Chile, i motivos por qué continuamos nuestra 
tarea mas nllá de esa época i de nuestra promesa Páj 249 

CAPITULO X. 

La decrepitud de la edad del oro en Chile 

liillüenciiiesterilizadora de la guerra de la independencia en la producción 
del oro. — Ocultación de capitales i disminución de brazos. — Decreto da 
la juntu di? Irtl3 en favor de los mineros. — La producción del oro decae 
ala mitad en 1814, i eu 1821 casi no hai pastas (jne amonedar. — Cua- 
dro de la amonedación del oru desde 1818 a 1821.— La amonedación dos- 
cietulc a 400 marcos por año en 1830 i IS31, años de esterilidad para 
Chile. — Demostración del onj amonedado en Santiago desde 1822 a 
IH30 --Gabulas que gravan la csportacion del oro, i sus atenuaciones en 
IH32, — Se aumenta en este uño el precio de compra de oro en la casa 
de Moneda i la venta se quintuplica. — tnlluencía adversa de loa descu- 



de Arqueros i Chañarcillo~e^I^produccion del 
OPO.~€E1 librode ta PlaU.> — Cálculo de la producción del sro desde 
184'la 1875. — Casos de esplotaciones ricas de oro de 1830 a 44. — El 
yankee Yansen en Yaquil. — El oro en la rejion central desde Aculeo a 
«Las Palmas» en el departannenlo do «'úrico.— «Kl hoyo de la Vieja» 
en el San Cristóval. — La* tierras auríferas de Peñuelaa en 1840-44. — 
Oro chileno amonedado en el trienio de ia79-80-81, segiin Brieba. — 
Condensación de la producción de fm/tía /*(</(*»•<•« diferentes en los últi- 
mos tres años. — Amonedación del oro de Calapilco, de Llarnpaico, 
de Niblinto i de Lebii. — El oío en Ulapel durante el invierno de 1881, i 
rniaas qne en ese -lepartamento existen i se trabajan. — Descubrimientos 
auríferos de California, i cómo éstos redundan en daño directo de la pro- 
ducción del oro en Chile. — La tercera edad del oro en California, i có- 
mo esta nueva faz de la industria ha abierto nuevos horizontes a la 
Cíplotacion del oro eel pais. Páj. 270 

CAPITULO XI. 
California 1 Chile 



Las tres épocas de la edad aurífera de California i las dos de Chile.— La 
época de loa lavaJeron, la época de las niiimn, i la época de los latcajos 
ttibterrántos. — Procedimientos hidráulicos para esplotar los úlliinoB, « 
injeutes capitales invertidos en lo» estados norte-americanos del Pacifi- 
co. — ^¿Existe el problema de la tercera zona en Chile'í— Asimilaciones 
eon California. — Latitudes, ejes i sistemas. — Clima, orografía, riog, llu- 
vias, secas, siiceaion en la producción de lo.s metales, etc. — California 
corresponde jeo^rjfícamente a la Araucania con mas propiedad que aChi- 
le. — Cómo sobrevino en aquel pai.^ el descubrimiento de los cascajos 
aurífero» después del agotamiento del oro soperficial e intermedio.^ 
Opiniones de Bowie i Whileney. — Escesiva pobreza da los caeca.ios de Ca— 
lifornia i piogücs ganancias que dejan mediante el sistema hidráiilicu. — 
Tres centavos por cajón. — Chile-Gulch i su prodijiosa riqueza. — Cascajos 
azules. — Opinión de Mr. Shantliu.— Los rinocerontes fósiles de Chile- 
Qulch i los mastodontes de las Dichas. — Fabulosas cantidades de meta- 
les de oro i plata combinados. — Demostraciones i datos hasta 1876.— 
Prodijiosa amonedación de pastas en Estados Unidos. — Las principales 
amonedaciones en 1875 según Soetebeer. — Aplicación del sistema hi- 
dráulico a Chile i sus primeros ensayos. — jHan sido estos ejecutados en 
la misma forma i con los mismos recursos que en Cahfornia?' — ¿De- 
ben darse por deñnitivoa? — Opiniones de Sbanklin, Holcombe i Se- 
weU „ Páj. 291 

CAPITULO XIL 

Los cascajos auríferos de Catapilco 

El primer|)ro»p«cíor o cateador de los cascajos auríferos de Chile, el doctor 
Bames. — Catapilco i su fama aurífera. — Llega un emisario a Chile i 
regresa el doctor Burnes a Estados Unidos en 1876.— Mr. John Flagler i 
prolijos reconocimientos profesionales que ejecuta en Catapilco. — Se re- 
suelve a establecer trabajos por la presión hidráuliga i regresi» a Esta- 
dos Unidos. — Vigoroso planteamiento inicial de las faenas. — El injenic- 
ro Simpson. — La fiebre de Paraff i nuestras escuraiones en 1878. — Es- 
Curaion a Catapilco. — La comitiva, la partida, los adioses i los aoo- 
niodoB. — < Ambrosio Lámela.»— De Viña del Mar a Concón.— La caraelj 



Ll B. DEL O. 



6'¿ 



de Colaio.^Los gringos de Semana Santa i la avenlnra dol arriefo cf« 
toH gringog. — Quinteros. — Puchuncaví.— La laguna da Catapílco. — Una 
acojida yarikee i sus brindis. — Visitas a las faenas del oío.— El Cule- 
brón i el Quemado.— El cambista Román í sus tesoros. — Podio Crui! i 
Moateni'gro. — Una arroba de oro por semana. — Descripoion do los ira- 
bajoi». — L'>8 canales — Loa ffumrs i los acueductos,— L;i revelación del 
indlcí en el hospital de Santiago. — Kisueñas ilusiones. — Carta^i da Mr. 
Pldglcj' t(iie las conñi-iiian , , Páj, 327 

cap:tdlo XIII. 

Las quebradas de Maleara i Alvarado en la provincia 
de Valparaieo 

El afii. do pHiatr i la l¡el>i'e;"i»ít/i?iü en l^t?? — Remedio *|Ué pitia la última 
habriiin encontrado lo-s chilenos en un refrán doincstici» de dun Manuel 
Sala3 i en el diccionario de ln lengua en la palabra «piedra.» — Pánico 
de fines de 1877, i lo qtie dijo don Manuel Montt al Faberla ipúebra dol 
banco Üavid-Thonias.— El balance de la rique/a do (.liile en 1875. — 
Bienes- positivos fjiie el «entraño-Pamir» produjo al pais despertándola 
aíicjon al oro vordiidcro, — iíl trabajo ha siiio siemiire la tabla del 
naufrajio do Chile. — Uevivensie todo* los derroteros i leyendas anti- 
guas — La laguna del Tigre en el camino de lluspallala i í'onzuelos en 
Osorao.— Escursiones en los campos auríferos de Pedro de Valdivia. — 
Orfriiní/.anso no menos de siete compañía! auríferas, i cuent.i «pie seda 
de ellas. — Enfxerros i nuevas tradiciones. — Alcances i /jorwHflrt».*. — Los 
Cristales i Cachiyuyo. — Los Talayeras i Alfonso Duipio Ante-Cristo. — 
El CJiítajio de las esoursioiics auríferas se radica en Viña del Mar. 
— La eorapañia d» Maleara, i cabalgata que a ella se dirijo en mayo de 
187H. — F,l camino hasta Colino. — El jeneral Marnto en Conca i en Con- 
cón. — 121 canónigo de Caracas i el letrero del finado. — La noche de Col- 
ino i el ascenso a la montaña de -Manco. — El hossauna i el ¡hallow! de 
las cuiíibres. — El cabo Olivos i el vaquero Cortes. — El descenso i el 
doícubiidor Molina.— Kn el fondij de la mina i su maravilloso aspecto. 
— La piedra del descubridor i su en^^aye en la Moneda.— Por qué no 
nos lionio» ocupado en este libro de la faz científica i jeolojica de la 
cueslion del oro. — Itesiinieu por don Alberto Maclcenna.— Los ingleses 
i 1 ;s aboríjenos del cacique Maleara. — Don Juan Palacios i su paila de 
OH». — Kstévan Silva, el último niinerf) de Maleara, i su salteo. — Regreso 
déla carabana de Maleara a Quillota i a Viña del Mar.— Una visita 
aurífera a la quebrada de los Alvarados, «el valle de Andorra.» de Val- 
paraíso, — Los lavaderos del «Peñón» i del «Morro» — Vestijios de la 
riqueza aurífera del departamento de Lioiache i de la provincia de Val- 
paraíso - Páj. 383 

CAPITULO XIV. 



La lejislaclon del oro en Chile i su uijente reforma 

Escelencia del Código d« Mineriu de 1875. — Sus principales defectos i 
urjencia de su reforma. — Estudios del actaal ministro de justicia señor 
Vergara. — Las tarifas do las mensuras de Lebu. — El uso del agiia para 
el lavado de cascajos auríferos i las prohibiciones del art. 6.' del Códi- 
go dn Minería. — lístension escesiva de las eiitric¡ii< i pertenencias.-— El 
despueble i su sustitución por la patente minera. — Lejislacíon criminal 
inglesa sobre las minas. — El salteo del mineral del Inca en 1848. — Las 



■oeiedades anónimas de minas, i precaucioaos minuciosas de la lejiala- 
cion inglesa. — Los espositorea i trataJiataa modernos de la lejislacion 
minera en Chile. — El mayor peligro de las compañías i minas de oro 
en Chile no está en el broceo sino en el njio i en la farsa. — Limitación 
de nuestros propósitos solo al trabajo libre en la Araucanía. — El oro 
de Magallanes i de Tierra del Fuego. — Datos i noticias. — Acertadas 
apreciaciones de la prensa sobre la condición actual de la industria del 
oro. — Los ejemplos aue de la situación i de los efectos de la lejislacion 
ofrece actualmente el mineral do Lebu, — Maravillosas pejms de oro vol- 
cánico de la Montaña Negra, i su comparación con las de otras comar- 
cas auríferas — Reseña de los placeres do Lebu i su estado actual. — Ven- 
tajas que reportaría al pais (si no a los particulares) como comunidad, 
el trabajo libre de la Araucanía. — El remedio de la situación. — La li- 
cencia del minero i su primer ejemplo para lo venidero. — Conclu- 
sión Páj. 426 

Epílogo Páj. 452 



ANEXOS. 
L 

Discusión habida en el Senado con motivo de la aprobación en jeneral del 
proyecto c^ue sirve do base al presente libro, en la sesión de aquel 
eaerpo correspondiente al 24 de agosto de 1881 Páj. 458 

II. 

Si oro de la Montaña Negra i el oro de la Araucanía. — Cartas cambiadas 
entre el señor F. Ovalle Olivares i el autor en setiembre de 1881, con 
motivo de la discusión i aprobación en jeneral del proyecta de lei del 
último sobre reforma del Código de Minas con relación al oro de la 
Araucanía Páj. 416 



Contestación. 



Páj. 467 



111. 



Razón del oro comprado i fundido en la casa de Moneda de Santiago du- 
rante el trienio de 1879, 80, 81, con especificación de su peso, proceden- 
cia i estado en que fué adquirido, segim datos suministrados por la ofici- 
na de ensayes de este establecimiento Páj. 470 

IV. 

El oro de Chile bajo su ponto de vista científico, químico i jeolójico.— 
Resumen escrito por don Alberto Mackenna para el presente li- 
bro P4j. 478 



FIN DE LA EDAD DEL ORO EN CHILE. 



V 



cr. 



r7 








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